I, 5.1.1 - Teoría del conocimiento científico y crítico de la Literatura: Ciencia y Filosofía


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
______________________________________________________________________________________________________________________

Índices







Teoría del conocimiento científico y crítico de la Literatura: Ciencia y Filosofía

Referencia I, 5.1.1



¿Y no es también probable, e incluso necesario a partir de lo ya dicho, que ni los hombres sin educación ni experiencia de la verdad puedan gobernar adecuadamente alguna vez el Estado, ni tampoco aquellos a los que se permita pasar todo su tiempo en el estudio, los primeros por no tener a la vista en la vida la única meta a que es necesario apuntar al hacer cuanto se hace privada o públicamente, los segundos por no querer actuar, considerándose como si ya en vida estuviesen residiendo en la Isla de los Bienaventurados?

Platón, República, VII (519c).



CC0 1.0
La Ciencia es una forma específica de conocimiento crítico y operatorio de la realidad, es decir, de la materia. En el caso particular de la Literatura, este conocimiento crítico de la realidad literaria, de la materia literaria, es decir, de la Ontología de la Literatura —autor, obra, lector e intérprete o transductor—, solo es factible en las condiciones y posibilidades de una cultura moderna y civilizada, y solo puede desarrollarse desde la Ciencia y desde la Filosofía.

Voy a recuperar a continuación los fundamentos gnoseológicos de este conocimiento crítico de la literatura —expuestos con anterioridad en la capítulos esenciales de la Genealogía de la Literatura (2012)—, y para ello, en primer lugar, explicaré —siguiendo a Bueno (1987, 1997)— qué entiendo aquí por cultura, por modernidad y por civilización, y, en segundo lugar, desde los criterios de una tipología evolucionista del conocimiento, delimitaré los conceptos de Ciencia y de Filosofía[1].



1. Conocimientos culturales y conocimientos naturales

Los conocimientos son, según el modo de adquisición, de dos tipos: culturales (adquiridos por aprendizaje social y artificial) y naturales (innatos, instintivos, invariantes, universales).
Los conocimientos culturales requieren una formación o aprendizaje social, indudablemente humano, cuya complejidad, en el seno de un Estado, se objetiva en un sistema educativo, en una paideía, definida en sus objetivos, fines prolépticos y consecuencias teleológicas. La educación científica y cultural de una sociedad política, cuya máxima expresión es el Estado, no puede ni debe descentralizarse nunca, como no debe serlo tampoco la Defensa (ejército y fuerzas armadas). La descentralización estatal de un sistema educativo supone la disolución cultural de una sociedad política y su disgregación científica como grupo, cuya coherencia política haría más eficaz el desarrollo y la implantación sistemática del conocimiento. Todo lo que conduzca a la fragmentación de un Estado implica la destrucción de su eutaxia[2].

Por su parte, los conocimientos naturales son aquellos que no requieren de ningún sistema educativo destinado a su práctica o aprendizaje. No necesitamos ir a la escuela para aprender a llorar o reír. Son actividades naturales que el ser humano, por el hecho de ser humano, sabe y puede hacer, en condiciones normales de nacimiento y existencia, de forma completamente natural[3].



2. Culturas bárbaras y culturas civilizadas

Según los modos de construcción y de acuerdo con los medios de transmisión de los conocimientos culturales, estos dan lugar a culturas bárbaras y a culturas civilizadas. Los modos de construcción del conocimiento pueden ser técnicos o tecnológicos. Son conocimientos técnicos los que se basan en una actividad artesanal, en función de la cual el ser humano se adapta a la naturaleza y a sus exigencias. Son conocimientos tecnológicos aquellos que se basan en una actividad científica, en virtud de la cual la naturaleza y sus recursos se adaptan a las exigencias del ser humano. 

Por los medios de transmisión, los conocimientos culturales pueden ser sistemáticos y objetivos o asistemáticos y subjetivos. Son conocimientos sistemáticos y objetivos los que se dan en el mundo de las materialidades lógicas (M3) o terciogenéricas, es decir, los que son independientes de la psicología individual, están organizados y transmitidos de acuerdo con criterios lógicos y racionales, y cuyas explicaciones dan cuenta comprensible de sus causas y fundamentos. Son conocimientos culturales asistemáticos y subjetivos aquellos que se dan exclusivamente en un mundo psicológico o fenomenológico (M2), escenario de materialidades psíquicas de naturaleza segundogenérica (Bueno, 1972; Maestro, 2006, 2007b, 2009). 

Este tipo de conocimientos se basan en creencias públicamente codificadas, en imágenes solidificadas por la conciencia, en discursos ideológicos no verificados científicamente, en opiniones indiscutidas y autorizadas, en fideísmos acríticos, en psicologismos históricos. Se trata, en suma, de conocimientos dóxicos, cultivados en la opinión, en la apariencia, es decir, en lo que Platón denominó la visión desde la caverna. Podríamos decir, en consecuencia, que se trata de un conocimiento o una cultura cavernícolas: un tercer mundo semántico.

A partir de estos criterios, el Materialismo Filosófico considera bárbaras a aquellas culturas cuyos conocimientos se basan exclusiva o fundamentalmente en interpretaciones psicologistas y materialidades segundogenéricas, es decir, en un mundo fenomenológico o psicológico (M2). De acuerdo con el mismo criterio, se consideran civilizadas aquellas culturas cuyos conocimientos se construyen, organizan y transmiten fundamentalmente según interpretaciones sistemáticas y racionales, basadas en la ontología materialista de un mundo lógico o terciogenérico (M3).

Diremos, en síntesis, que desde el punto de vista del racionalismo y del conocimiento científico, las culturas pueden dividirse en dos grupos: las que desarrollan un comportamiento racional científico y las que no. El Materialismo Filosófico denomina a las primeras culturas civilizadas y a las segundas culturas bárbaras. Cada una de ellas posee una tipología específica de los modos lógico-materiales del conocimiento cultural, como expondré inmediatamente siguiendo a Bueno.

Se manejan aquí nociones abiertamente implicadas en el ámbito de la Política. Desde los presupuestos del Materialismo Filosófico, la Política es un sistema de Ideas y realidades que afectan directamente a la constitución y eutaxia de un Estado. De hecho, la Literatura es política en tanto que constituye y dispone sistemas de Ideas implicadas en la Ontología del Estado, ideas que determinan la integración y relación del individuo en la realidad material de una sociedad política. La Política queda así configurada como aquella symploké de ideas que dispone la forma de vida del individuo en el seno de la vida social y material del Estado (Bueno, 1991, 1995b). 

El sistema de relaciones (lógico-materiales) entre el individuo y una sociedad estatal constituye lo que denominamos Política. Una tribu, una sociedad bárbara, o incluso un feudo, no dan lugar a una Política efectiva, sino a una filarquía o a una fratría. Se trata de sociedades naturales o gentilicias, no de sociedades políticas (Maestro, 2007: 186-209). Una tribu no es una polis. Ni un feudo es un Estado. La Política, tal como la entendemos, es la organización del poder, es decir, la administración de la libertad.



3. Tipología del conocimiento en las culturas bárbaras

Cuatro son los tipos de conocimiento característicos de las culturas bárbaras: Mitología, Magia, Religión y Técnica. 

La mitología es, esencialmente, una explicación ideal e imaginaria de hechos. El saber mitopoyético o legendario se basa en relatos ritualizados, que se transmiten literalmente y sin alteraciones, de generación en generación, mediante la difusión oral. Explican el origen, organización y destino de una comunidad étnica y cultural, cuya identidad se trata de preservar, junto con los elementos relevantes de la vida cotidiana. 

La magia, a su vez, consiste simplemente en la exhibición de poderes falsos, que simula manipular objetos de la naturaleza con fines diversos. Hechiceros, chamanes, augures y arúspices son algunas de las figuras “sacerdotales” responsables, en las sociedades bárbaras, del ejercicio de la magia, mediante el uso de fetiches (hechiceros), de prácticas de conexión entre vivos y muertos para pronosticar acontecimientos futuros o revelación de misterios (chamanes), interpretaciones ornitológicas, relativas al vuelo y canto de las aves (augures), e intérpretes de las tripas de animales recién sacrificados y desollados (arúspices). 

La religión es, a su vez, la religación o subordinación de la experiencia humana a un referente al que se atribuye fraudulentamente un poder numinoso[4]

En las religiones primarias o numinosas (pleistoceno inferior), este referente es el animal, al que se atribuyen poderes extraordinarios, se le invoca y adora, se le caza e ingiere, etc.; en las secundarias o míticas (es el caso de las antiguas religiones griega y romana), el referente es el dios mitológico y antropomorfo, imagen del hombre que ha domesticado al animal, y se ha investido de sus poderes numinosos (Hércules vence al león, Jasón vence al dragón, etc.); y en las terciarias o teológicas (Cristianismo, Judaísmo, Budismo e Islam), el referente —inevitablemente politeísta— es la idea de un dios cuyos atributos son completamente abstractos (invisible, eterno, inmutable, inmóvil...) (Bueno, 1985). Finalmente, la técnica es un conjunto de saberes, de naturaleza artesanal, que hacen posible la adaptación del ser humano a la naturaleza.



4. Tipología del conocimiento en las culturas civilizadas

En las culturas civilizadas, los conocimientos se organizan en dos tipos fundamentales, según sean conocimientos críticos o conocimientos acríticos. Son críticos los conocimientos que se basan en conceptos científicos y en criterios filosóficos, es decir, en sistemas de pensamiento racionales y lógicos (M3). Son acríticos aquellos conocimientos culturales basados en argumentos sofísticos, es decir, en un racionalismo idealista y en una lógica ideológica, pero no en un racionalismo materialista y en una lógica científica o filosófica. Ideología, Teología y Pseudociencia son los tres tipos principales de conocimiento cultural y sofista característicos de una cultura civilizada. A estos tres tipos de saberes ha de añadirse un cuarto, ajeno a la sofística, y por entero implicado en un racionalismo materialista y lógico-científico: la Tecnología.

La Ideología es un discurso basado en creencias, apariencias o fenomenologías, constitutivo de un mundo social, histórico y político, cuyos contenidos materiales están determinados básicamente por estos tres tipos de intereses prácticos inmediatos, identificables con un gremio o grupo social —autista y en última instancia fundamentalista—, y cuyas formas objetivas son resultado de una sofística, enfrentada a un saber crítico (ciencia o filosofía). La ideología es resultado de la fragmentación que las mitologías experimentan como consecuencia del desarrollo del pensamiento racionalista y la investigación científica. La ideología es siempre una deformación aberrante del pensamiento crítico (ciencia y filosofía). Toda ideología remite al idealismo y al dogmatismo, y a un grupo social que se repliega sobre sí mismo, frente a otros grupos, por oposición a los cuales construye idealmente la que considera su propia “identidad”.

Las Pseudociencias son discursos irracionales que simulan argumentos racionales. Responden a objetivos primarios y prácticos, favoreciendo la entropía del sistema y la anomia de las masas, el estado de aislamiento del individuo y la desorganización de la sociedad, mediante la incoherencia de sus normas. Sin embargo, en muchos casos responden en las civilizaciones contemporáneas a un mercantilismo editorial de primera categoría, al abastecer de libros de autoayuda y absurdas terapias psicológicas el consumismo de la población posmoderna, movilizando un magnífico volumen de negocio a escala planetaria.

La Teología, o teoría de dios, que no teoría de la religión, es la forma de conocimiento cultural bajo el que se desarrollan las religiones terciarias, o teológicas, como consecuencia del impacto racionalista que la ciencia y la filosofía ejercieron sobre las mitologías y las creencias características de las religiones secundarias. Así, por ejemplo, el Cristianismo es la religión más racionalista y moderna de cuantas existen —y el catolicismo mucho más que el protestantismo—, porque ha asimilado más y mejor que ninguna otra la filosofía racionalista de raíces platónicas y aristotélicas, manipulándola fraudulentamente al servicio de sus propios intereses eclesiásticos (terrenales) y fideístas (“celestiales”). El racionalismo cristiano es un racionalismo evidentemente idealista, no materialista, del mismo modo que su lógica es una lógica psicologista, no científica, y su filosofía es una filosofía acrítica y retórica, es decir, esterilizada, que no crítica ni verdadera, esto es, fértil, salvo con fines e intenciones eclesiásticamente autodefensivas.

La Tecnología, por último, ha de entenderse como la adaptación de la naturaleza al ser humano, gracias al uso y aplicación de los conocimientos científicos a la manipulación de la naturaleza, expuesta al servicio del género humano y fuertemente dominada por él[5].



5. Conocimiento dóxico y conocimiento epistémico

De esta tipología evolutiva del conocimiento se deriva una discriminación esencial, expuesta por Platón en la República, y reinterpretada por Bueno dentro del Materialismo Filosófico como sistema de pensamiento. En consecuencia, hay que distinguir un conocimiento dóxico, o pseudoconocimiento, basado en la opinión, en la información superficial, parcial, limitada, nunca verificada, de los hechos. Es un conocimiento sobre apariencias, no sobre realidades. Remite a visiones imperfectas, imágenes aparentes solidificadas por la imaginación, creencias y fideísmos. 

En contrapartida, se hablará de un conocimiento epistémico o científico para identificar aquellos saberes culturales que se transmiten de forma selectiva, sistemática y organizada, y que cumplen tres requisitos fundamentales: son necesarios, porque penetran las causas y fundamentos que los originan; son objetivos, porque dependen de la naturaleza formal y material del objeto de conocimiento y no de las construcciones artificiales del sujeto de conocimiento (son, pues, objetivos, en un sentido gnoseológico, no epistemológico); y son sistemáticos, porque están organizados de acuerdo con criterios normativos, lógicos y racionales, que rebasan la voluntad de un individuo (yo) o de un grupo social (nosotros).

La Ciencia es, por lo tanto, una construcción operatoria, racional y categorial, constituyente de una interpretación causal, objetiva y sistemática de la materia. Del conocimiento científico brotan los conceptos categoriales, sobre los cuales se constituye la noción de verdad científica. La verdad solo es dable en contextos científicos o categoriales, fuera de los cuales no cabe hablar en términos de verdad, sino de opinión. La verdad es, pues, un referente no solo posible, sino efectivamente existente, sí, pero siempre dentro de un campo categorial, es decir, de un contexto científico, de un conocimiento epistémico.

La Filosofía, por su parte, no es una ciencia, y como advierte Bueno no necesita serlo para ejercer sus funciones críticas. La Filosofía es una organización lógica y racional de Ideas, no de conceptos. Los contenidos materiales de la Filosofía son las Ideas Objetivas, que se construyen a partir del análisis dialéctico de los conceptos categoriales elaborados por las ciencias. La Filosofía es, por lo tanto, un saber de segundo grado, que requiere para su existencia y desarrollo un saber categorial o científico previo. 

Por esta razón la Crítica Literaria es posterior a la Teoría de la Literatura, y por ello mismo la Teoría de la Literatura es a su vez posterior a la Literatura. Porque solo sobre una Ontología, en este caso de la Literatura, será posible construir una teoría científica, o Gnoseología, a la que denominamos, desde Aristóteles, Poética o Teoría de la Literatura, la cual analiza los Conceptos objetivados formalmente en los materiales literarios, y porque solo a partir de una ciencia (o Gnoseología) de los materiales literarios es posible desarrollar una Filosofía de la Literatura, o Crítica Literaria, en tanto que crítica de las Ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios.

Este tipo de estudios solo puede desarrollarse, de forma coherente y verificada, a través de los criterios lógico-materiales comprehendidos en un sistema de pensamiento y de interpretación como el ofrecido por el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura. Del mismo modo, por las razones apuntadas, la interpretación y el análisis crítico de la literatura solo puede darse en el seno de culturas modernas y civilizadas, es decir, dentro de un Estado políticamente organizado.






Notas

[1] Son capitales, en estas páginas que siguen, los libros Symploké (1987) y El mito de la cultura (1997) de Gustavo Bueno. Las ideas que aquí se exponen y aplican a nuestro estudio de la Gnoseología de la Literatura proceden de estas fuentes buenistas, cuya lectura es absolutamente recomendable y necesaria.

[2] “Es malo lo que introduce la discordia en el Estado” (Spinoza, Ética, 1677/2004: 4, XI).

[3] Cuestión diferente es el comportamiento social y cultural que el ser humano desarrolla en la ejecución de sus conocimientos naturales, de acuerdo con las normas sociales, morales y culturales del grupo humano al que pertenece el individuo, es decir, de la sociedad en la que el sujeto se educa cultural y científicamente, esto es, políticamente.

[4] “La religión organizada es la mayor y más potente de las pseudociencias” (Sokal, 2008/2009: 22).

[5] En su ensayo sobre “La Teoría de la Esfera y el Descubrimiento de América”, Bueno define la tecnología en los siguientes términos, desde una concepción en la que las ciencias se constituyen como resultado de tecnologías previas y matrices: “Una tecnología es un sistema operatorio que envuelve una o varias series de operaciones normalizadas (por tanto, con reglas universales) susceptibles de dar lugar, aplicadas a un material adecuado, a resultados o productos determinados. Cuando una tecnología no da los resultados obtenidos será una pseudotecnología o tecnología imperfecta” (Bueno, 1989: 26).




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Teoría del conocimiento científico y crítico de la Literatura: Ciencia y Filosofía», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 5.1.1), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...