I, 4.4.2 - La verdad circularista de la semiología literaria


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







La verdad circularista de la semiología literaria

Referencia I, 4.4.2




CC0 1.0
A las tres corrientes gnoseológicas que sobre la idea de ciencia he ido aplicando a la interpretación de las teorías literarias desarrolladas en torno al autor (descriptivismo), al mensaje (teoreticismo) y al lector (adecuacionismo), poniendo de manifiesto las falacias objetivas en que incurre cada una de ellas, cabe añadir una cuarta, la que ofrece la gnoseología materialista desde la teoría del cierre categorial: el circularismo.

La teoría del cierre categorial (Bueno, 1992) asume del descriptivismo la exigencia de una presencia positiva del material empírico de una ciencia, y del teoreticismo, su afirmación de una realidad constructiva, operatoria, lógico-formal en toda ciencia. Sin embargo, pretende superar las limitaciones de estas concepciones gnoseológicas mediante el dualismo entre materia y forma, y a través de la disociación entre una “forma lógica”, supuesta depositaria de una racionalidad que se aplica a diferentes materias o contenidos empíricos. La teoría del cierre categorial considera que la forma lógica es solo el modo de organizarse ciertos contenidos, el modo de establecerse la conexión de unos materiales con otros en un contexto social. La racionalidad incluye la referencia a la materia, y no es disociable de ella de ningún modo. Porque materia y forma son conceptos conjugados, es decir, conexos internamente, e indisociables, pues no pueden darse por separado ni autónomamente (como sucede con otros conceptos conjugados: reposo / movimiento, espacio / tiempo, padre / hijo…)

En este contexto que ofrece la semiología literaria, las tesis de Bueno (1992) sobre la verdad circularista alcanzan su máximo rendimiento. A las tres corrientes gnoseológicas que sobre la idea buenista de ciencia he ido aplicando la interpretación de las teorías literarias desarrolladas en torno al autor (descriptivismo), al mensaje (teoreticismo) y al lector (adecuacionismo), poniendo de manifiesto las falacias objetivas en que incurre cada una de ellas, cabe añadir una cuarta, la que ofrece la gnoseología materialista desde la teoría del cierre categorial: el circularismo.

Con el término circularismo el Materialismo Filosófico de Bueno identifica la teoría gnoseológica denominada teoría del cierre categorial, que considera que la verdad científica se objetiva en la conjugación de la materia y la forma de las ciencias. El circularismo niega la distinción, disociación o hipóstasis de la materia y la forma de los componentes de las ciencias, y propone su reducción o absorción mutuas, su indisolubilidad, su síntesis circular, diamérica y dialéctica, según la cual la forma de la ciencia es el nexo mismo de constitución, mediante identidades sintéticas, de las partes constitutivas —partes extra partes— de la materia de la ciencia, es decir, el contenido mismo de la verdad científica como concepto categorial. Forma y materia solo pueden tratarse cuando se dan ya determinadas mutuamente, interdependientes, indisociables e inseparables. El circularismo, desde este punto de vista, podría entenderse como una reducción dialéctica del adecuacionismo. Reducción dialéctica que las poéticas de la recepción nunca alcanzaron, al incurrir en una reducción fenomenológica.

La teoría del cierre categorial es la ejecución del circularismo gnoseológico, el cual, en lo referente a los materiales literarios, está dado en la semiología misma de su constitución y organización ontológica.



Interpretación de la Ontología literaria
desde la Semiología y la Gnoseología materialistas







Por todas estas razones es posible afirmar, en la aplicación a la literatura del circularismo gnoseológico, que la realidad ontológica del transductor, o crítico de los materiales literarios, como sujeto operatorio que se constituye en artífice de una interpretación literaria destinada a actuar e influir decisivamente sobre interpretaciones ajenas, constituye el punto de llegada y de partida del proceso mismo de la interpretación de todos los materiales literarios. 

El transductor recibe el regressus de la lectura literaria e inicia el progressus de nuevas interpretaciones hacia nuevos sujetos operatorios, entre los que puede encontrarse el propio autor, y sin duda nuevos lectores, reales, de carne y hueso, evitando de este modo la reducción fenomenológica que las poéticas de la recepción fueron incapaces de eludir, y asegurando así un proceso dialéctico ininterrumpido a las exigencias de la pragmática literaria, en sus diferentes estadios y desarrollos ontológicos: la construcción autorial, la significación textual, la recepción lectorial y la interpretación transductora, de la que habrán de partir nuevas construcciones interpretativas y textuales que reiniciarán sin cesar el proceso hermenéutico y comunicativo. 

La semiología alcanza, desde el circularismo gnoseológico, su mayores logros sintácticos, semánticos y pragmáticos, libre de los formalismos anquilosadores, característicos de la teoría literaria del siglo XX; exenta de los reduccionismos sociológicos, historicistas y fenomenológicos, propios de las poéticas de la recepción; y vinculada explícitamente a una ontología manifiesta y dinámica (autor, obra, lector y transductor o intérprete), que le permite recobrar las realidades lógico-materiales que le habían sido negadas por los idealismos posformalistas, el nihilismo de las corrientes destructivitas, y las aberraciones de las ideologías posmodernas. Queda así restablecida la realidad de la ontología literaria y las posibilidades conceptuales y categoriales de su interpretación gnoseológica.

El Materialismo Filosófico concibe la verdad científica como un concepto categorial que se construye mediante la identidad sintética, como posibilidad de nexo diamérico entre las partes que constituyen una o varias totalidades. El principio de symploké es aquí fundamental. Las ciencias son sistemas lógico-materiales que se nos presentan como totalidades cerradas —no clausuradas— de partes concatenadas o relacionadas entre sí, de forma racional y lógica —no arbitraria o innecesaria—, constituidas desde el Mundo (M) y constituyentes del Mundo Interpretado (Mi), en virtud de los sujetos operatorios que las manipulan y construyen. 

Las partes o elementos lógico-materiales de las totalidades o sistemas científicos se organizan en torno a núcleos o nódulos de cristalización (teoremas), susceptibles a su vez de entrelazarse y relacionarse en symploké unos con otros (pero no uno con todos, ni todos con todos, lo cual es formal y materialmente imposible), constituyendo de este modo esferas categoriales o campos científicos definidos y cerrados, pero nunca inconexos ni clausurados.

El circularismo gnoseológico no apoya la verdad de las premisas en la verdad de las conclusiones. Aristóteles percibió el camino del circularismo, pero lo percibió como inviable porque su adecuacionismo le hacía incurrir en un “circularismo vicioso” que trató de evitar sistemáticamente. El problema de Aristóteles consistió en ser incapaz de considerar la materia de la ciencia como exógena a la ciencia misma, una consideración que el adecuacionismo no puede permitirse. El circularismo gnoseológico considera que la materia de la ciencia es algo inmanente, endógeno, a la ciencia misma. Como la forma, la materia es un componente de la inmanencia misma de las ciencias. 

En todo campo categorial o científico, materia y forma mantienen relaciones endogámicas, inmanentes o conjugadas. El circularismo deja de ser vicioso desde el momento en que identifica sintéticamente tales endogamias, inmanencias o conjugaciones, como realidades esenciales a toda construcción científica. El círculo deja de ser vicioso en la medida en que amplía endogámicamente su radio de acción. La materia se incorpora a la forma, pues, en la medida en que la forma se incorpora a la materia. La forma silogística deja de ser un cauce inmaterial y separado del Mundo (M) para operar circularmente como una construcción en la que esa forma se conjuga inmanentemente con la materia de los contenidos que están siendo formalizados en el Mundo Interpretado (Mi). La verdad de la premisa mayor se alcanza tras su conclusión, sí, pero aquí la conclusión no es ni una ni única, sino múltiple, plural y dialéctica, y por supuesto resultado de numerosos desarrollos circulares. El silogismo deja de ser una tautología adecuacionista para exponerse como resultado de una dialéctica circularista.

No por casualidad el Materialismo Filosófico concibe las ciencias en su relación con las tecnologías, lo cual implica una consideración específica del significado gnoseológico que poseen los aparatos e instrumentos científicos. Los instrumentos de las ciencias pueden considerarse como operadores o como relatores. Son operadores aquellos aparatos científicos que transforman fenómenos en conceptos (por ejemplo, un telescopio, un microscopio, la teoría de la métrica, o incluso el alfabeto, desde el momento en que permiten conceptualizar realidades materiales como un planeta, una célula, un pentasílabo adónico o la palabra que designa un objeto extralingüístico). Son relatores aquellos instrumentos de la ciencia que convierten conceptos de una clase en conceptos de otra clase, con frecuencia más compleja (por ejemplo, una balanza, un termómetro o un reloj, los cuales actúan como relatores físicos, del mismo modo que una operación de resta o multiplicación, por un lado, o una traducción lingüística, por otro, actúan respectivamente como relatores matemáticos o como relatores verbales). 

La ciencia, por tanto, no es un mero “conjunto de proposiciones”, un “discurso”, un “lenguaje”: un telescopio no es un “discurso”. El circularismo, por lo tanto, implica una ontología específica a la hora de sostener una Idea de Ciencia, determinada esta ontología por el hecho de que la verdad científica brota de la identidad sintética que se establece necesariamente entre determinadas partes del campo categorial, cuyas conexiones, dadas en symploké, son objetivas, sistemáticas y necesarias.

La teoría del cierre categorial exige, en consecuencia, operar con componentes terciogenéricos (M3), es decir, con materialidades lógicas y conceptuales de la realidad, con el fin de construir una teoría de la literatura sobre realidades esenciales necesarias y efectivamente existentes, aunque resulten dadas en el seno de existencias efímeras, ligadas a fenómenos y determinadas por psicologismos. La naturaleza de la verdad como identidad sintética exige el establecimiento de una relación conjugada o diamérica entre materia y forma. A estas cuestiones esenciales de gnoseología literaria dedicaré el capítulo V de esta obra. Prosigamos, ahora, con la transducción en la literatura.





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La verdad circularista de la semiología literaria», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 4.4.2), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria


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