I, 2.2.1 - La Literatura en el Espacio Antropológico


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





La Literatura en el Espacio Antropológico

Referencia I, 2.2.1




CC0 1.0
Toda reflexión sobre el lugar que ocupa la Literatura en el espacio antropológico es inicialmente una cuestión muy complicada, porque sin duda este lugar ha sido y es un lugar históricamente variable. Con todo, no resultará difícil clarificar algunas consideraciones que, por otra parte, tienden a imponerse por sí mismas. Definamos, en primer lugar, siguiendo a Bueno (1978), qué es el espacio antropológico.

Espacio antropológico es el lugar, el territorio —diríamos, y no metafóricamente—, en el que está incluido el material antropológico, es decir, es el campo en el que se sitúan los materiales antropológicos. La Literatura es una parte esencial de ese material antropológico. Tradicionalmente se ha interpretado este espacio como un escenario que hay que entender desde la Naturaleza, desde Dios o desde el Hombre mismo. Sin embargo, el espacio antropológico no es un lugar metafísico, hipostasiado, monista, sino un lugar físico, terrenal, material. No es posible entender al ser humano solo desde la Naturaleza, o solo desde Dios, ni tampoco desde el hombre mismo de forma exclusiva y excluyente[1].

El ser humano no se explica desde sí mismo, sino que está rodeado de realidades naturales, de entidades que no son él mismo, de muchas otras cosas ajenas a él, y por tanto no se puede aceptar que todo lo que existe sea inteligible exclusivamente desde lo humano. El Hombre no se explica por sí mismo, no es absolutamente autónomo. El ser humano está inmerso en un espacio que no es exclusivamente humano: fuera de este espacio envolvente, el Hombre no puede explicarse; y dentro de ese mismo espacio, no todo puede explicarse a partir de lo meramente humano. El espacio antropológico es un conjunto de realidades que envuelven al Hombre y que no son necesariamente humanas (los animales, la naturaleza inerte...), y sin embargo gracias a ellas precisamente el material antropológico puede ser organizado e interpretado.

El Materialismo Filosófico distingue tres ejes en el espacio antropológico:
         
1) El eje circular o de los seres humanos.
2) El eje radial o de la naturaleza (lo inanimado e inhumano).
3) El eje angular o de la religión (lo animado e inhumano, esto es, los animales, como núcleo de la experiencia religiosa, que evolucionará según la numinosidad, la mitología y la teología)[2].

Siempre habrá que determinar qué parte del material antropológico pertenece a cada eje. En el espacio antropológico todas las entidades son corpóreas, materiales, físicas. No hay idealismo, no hay metafísica, no hay creacionismo. El ser humano es una criatura que brota de la evolución animal.

La sociedad política es un ejemplo sobresaliente de lo que es el espacio antropológico: los tres ejes se manifiestan visiblemente en ella, es decir, en la estructura de un Estado. El eje circular (los tres poderes, por ejemplo) constituye la capa conjuntiva de la sociedad política. El eje radial supone el aprovechamiento de la naturaleza, el trabajo, la producción, los tributos... El eje angular remite a los símbolos de animales que nutren banderas (leones, águilas, serpientes...), lemas, blasones, escudos, proyectando su fuerza numinosa (vis numinis) sobre la colectividad que los ostenta... Los iconos de animales se manipulan así como si sus referentes fueran diosecillos o númenes, cuales seres dotados de poderes superiores a los meramente humanos.

El espacio antropológico es, pues, un instrumento teórico de análisis del material antropológico, donde la constitución y organización de cada material en cada eje abre múltiples combinaciones posibles de interpretación. Cito a Bueno:

Las líneas más importantes del Materialismo Filosófico, determinadas en función del espacio antropológico (en tanto este espacio  abarca al “mundo íntegramente conceptualizado” de nuestro presente, al que nos venimos refiriendo) pueden trazarse siguiendo los tres ejes que organizan ese espacio, a saber, el eje radial (en torno al cual inscribimos todo tipo de entidades impersonales debidamente conceptualizadas), el eje circular (en el que disponemos principalmente a los sujetos humanos y a los instrumentos mediante los cuales estos sujetos se relacionan) y el eje angular (en el que figurarán los sujetos dotados de apetición y de conocimiento, pero que sin embargo no son humanos, aunque forman parte real del mundo del presente).
I. Considerado desde el eje radial el Materialismo Filosófico se nos presenta como un materialismo cósmico, en tanto que él constituye la crítica (principalmente) a la visión del mundo en cuanto efecto contingente de un Dios creador que poseyera a su vez la providencia y el gobierno del mundo (el materialismo cósmico incluye también una concepción materialista de las ciencias categoriales, es decir, un materialismo gnoseológico).
II. Desde la perspectiva del eje circular, el Materialismo Filosófico se aproxima, hasta confundirse con él, con el materialismo histórico, al menos en la medida en que este materialismo constituye la crítica de todo idealismo histórico y de su intento de explicar la historia humana en función de una “conciencia autónoma” desde la cual estuviese planeándose el curso global de la humanidad.
III. Desde el punto de vista del eje angular, el Materialismo Filosófico toma la forma de un materialismo religioso que se enfrenta críticamente con el espiritualismo (que concibe a los dioses, a los espíritus, a las almas y a los númenes, en general, como incorpóreos), propugnando la naturaleza corpórea y real (no alucinatoria o mental) de los sujetos numinosos que han rodeado a los hombres durante milenios (el materialismo religioso identifica esos sujetos numinosos corpóreos con los animales, que desde el paleolítico están representados en las cavernas magdalenienses, por ejemplo, y se guía por el siguiente principio: el hombre no hizo a los dioses a imagen y semejanza de los hombres, sino a imagen y semejanza de los animales (Bueno, 1995: 83-84).

Ahora bien, ¿cómo se organizan e interpretan en el espacio antropológico los materiales literarios? Vamos a verlo.

Es posible, que pudiera aceptarse, desde muy tempranamente, es decir, como una concepción originaria de la literatura helénica, mas no de la literatura hebrea, por ejemplo, la siguiente disposición.

En primer lugar, desde el punto de vista del eje circular, la Literatura adquiere ante todo una dimensión pragmática, histórica y política, a partir del momento en que los seres humanos construyen, intercambian, reciben e interpretan construcciones literarias, dotadas formalmente de contenidos materiales (oralidad, manuscritos, libros, soportes digitales...), psicológicos o fenomenológicos (fabulación, historias ficticias, personajes ideales, relatos míticos, explicaciones imaginarias...), y lógicos o conceptuales (la literatura como forma de conocimiento y de expresión de ideas, reflexiones, conceptos).

En segundo lugar, desde la perspectiva que proporciona el eje radial del espacio antropológico, la Literatura se nos manifiesta en su dimensión estrictamente material, física, productiva, técnica y tecnológica, desde las litografías más primitivas, grabadas sobre piedra bruta, hasta la informática moderna, con sus sofisticados soportes electrónicos, pasando por la imprenta de Guttenberg, resultado todo ello de la manipulación humana de los recursos que ofrece una naturaleza inerte. No conviene olvidar nunca que el ser humano es la única criatura capaz de manipular la materia. Los animales no lo hacen.

En tercer lugar, desde el punto de vista del eje angular, la Literatura siempre ha tenido la posibilidad de concebirse como construcción, expresión y comunicación de referentes trascendentes, numinosos, metafísicos: personajes mitológicos, héroes inmortales, hombres divinizados, dioses sacrificados, titanes abatidos... No en vano el evehmerismo queda, por ejemplo, desde esta perspectiva, vinculado a una concepción angular del hecho literario. Lo mismo cabría decir de una interpretación fideísta o confesional de las Sagradas Escrituras, o incluso de una lectura teológica y cristiana del Quijote[3], por ejemplo, en plena Edad Contemporánea.

Adviértase que de aceptarse este último planteamiento, relativo al emplazamiento de la Literatura en el eje angular del espacio antropológico, se estaría enunciando el núcleo de toda una teoría explicativa de los orígenes materialistas de la Literatura, es decir, el núcleo de una etiología o genealogía materialista de la Literatura (Maestro, 2012). La génesis del hecho literario residiría entonces en la construcción fabulosa de personalidades numinosas, en la invención de figuras heroicas, seres supremos, mitos, titanes, semi-dioses o dioses, génesis que coincide precisamente con las etapas preliminares de las religiones secundarias o mitológicas (Bueno, 1985), la cual se manifiesta de forma específica y concreta en la Grecia antigua, en el mismo lugar y durante el mismo período en los que comienza a codificarse y a constituirse para Occidente la génesis de lo que desde entonces conocemos como el Canon literario, es decir, la Literatura. Una explicación detallada de esta génesis, explicativamente consagrada al nacimiento del discurso literario, constituye el primer paso hacia una Genealogía de la Literatura, como se explicará más adelante.






Notas

[1] Esta última tendencia ―advierte Bueno (1978)― es la que representa el sistema filosófico idealista de Fichte, en el que todo se interpreta desde el yo humano (no desde el yo divino). El espacio antropológico no tendría aquí ninguna dimensión, es el yo absoluto. No hay otro espacio. Es también la postura de Cassirer, al considerar que la cultura, creada por el Hombre, puede comunicarse como algo universal, exclusivamente humano, etc. El canto del cisne del idealismo alemán.

[2] Se trata aquí de los animales en tanto que criaturas numinosas, es decir, de los animales que han mantenido con los seres humanos relaciones que no han sido ni circulares ni radiales, sino angulares. Éste es el origen de la religión (Bueno, 1985). Los animales percibidos como númenes. No son humanos, pero forman parte anímica de la naturaleza y de la sociedad.

[3] Este tipo de interpretaciones literarias son racionalmente intolerables y científicamente insostenibles. No se puede aceptar la existencia de ideas que desborden los límites de la razón humana. El agnosticismo, por ejemplo, se convierte en algo completamente ridículo al aceptar, en nombre de la razón, ideas que trascienden el racionalismo del espacio antropológico. No se puede suspender, en nombre de un escepticismo supuestamente racionalista, un juicio que se formula sobre ideas irracionales. Las ideas son construcciones de la razón humana, inmersas en el desarrollo de su propia historia, y ni sus orígenes ni sus consecuencias pueden situarse racionalmente fuera del espacio antropológico. No es posible dar por supuesta la esencia de algo —de la religión por ejemplo, esto es, de un dios, como núcleo esencial de ese algo—, si los saberes categoriales o científicos no pueden por sí mismos explicarla racionalmente, es decir, exponer críticamente en qué se sustantiva el contenido material esa forma referencial. El materialismo no puede aceptar que hechos sobrenaturales se presenten como causas de hechos naturales. Las supuestas ideas metafísicas siempre actúan causalmente a través de ideas corpóreas y operatorias (Bueno, 1972, 1985, 1995).




Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La Literatura en el Espacio Antropológico», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 2.2.1), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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