I, 8.4.5.1 - Principios y modos de las ciencias


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







Principios y modos de las ciencias

Referencia I, 8.4.5.1



De acuerdo con la Teoría del Cierre Categorial de Gustavo Bueno (1992), la diferenciación, como determinaciones formales (gnoseológicas), entre principios y modos de las ciencias, ya está establecida en la tradición escolástica, en la Lógica mayor. Del mismo modo, en el Libro I de los Elementos de Euclides también se formula esta distinción entre principios —definiciones (horoi), axiomas (axiomata) y postulados (aitemata)—, por una parte, y teoremas y problemas (que la Teoría del Cierre Categorial interpreta como modos), por otra. Desde el punto de vista de Euclides o de los escolásticos, los principios de las ciencias se interpretaban como conceptos o principios incomplejos, frente a los principios complejos o premisas (juicios o proposiciones evidentes); por su parte, los modos de las ciencias (modi sciendi) se interpretaban como los resultados característicos, en la producción científica, de la actividad de los diversos actos de la mente en el manejo de los conceptos lógicos, de manera que del primer acto (conceptualización) resultan las definiciones, del segundo acto (juicio) resultan las divisiones o clasificaciones, y del tercer acto (raciocinio) resultan las demostraciones.

Por su parte, la Teoría del Cierre Categorial (Bueno, 1992), que es la teoría de la ciencia propia del Materialismo Filosófico, es decir, su Gnoseología, fundamenta la distinción entre principios y modos de las ciencias efectivas en la estructura objetiva que se dispone en el campo gnoseológico de una ciencia dada, y no en una supuesta estructura atribuida a la actividad psicológica de la mente que los genera, lo que supondría incurrir en un psicologismo inaceptable. Esta última sería una estructura fenoménica, no una estructura esencial. Adviértase en este punto que muchas, por no decir todas, las clasificaciones y taxonomías propuestas por los comparatistas, a las que me he referido en el capítulo anterior, remiten con frecuencia a estructuras fenoménicas de materiales literarios.

En consecuencia, desde los presupuestos de una gnoseología materialista, los modos de las ciencias son aquellos criterios que, como criterios generales, determinan o disponen las posibilidades de construcción de los contextos determinantes de las ciencias, constitutivos de sus campos categoriales, esto es, del espacio gnoseológico en el que se sitúan los materiales propios de una investigación científica. Designamos a estos criterios con el nombre de modos gnoseológicos de las ciencias.

A su vez, los principios de las ciencias son aquellos criterios que, como criterios especiales de cada ciencia, organizan o disponen la diversidad de normas constitutivas que con-forman los términos y las relaciones (entre términos) de cada campo científico o categorial, en cuya inmanencia se construyen los contextos determinantes que resultan de las operaciones llevadas a cabo por los sujetos gnoseológicos. Designamos a estos criterios con el nombre de principios gnoseológicos de cada ciencia.

Conviene definir, en este momento, qué es un contexto determinante o armadura. Un campo gnoseológico es una totalidad de términos, pertenecientes a clases distintas, y relacionados entre sí de forma material y lógica. Además, la construcción científica (material y formal), esto es, la formalización conceptual de los materiales del campo científico, no se desarrolla de forma mecánica ni acrítica, sino mediante construcciones, alteraciones, configuraciones, relieves..., es decir, mediante operaciones racionales y lógicas —llevadas a cabo por el sujeto operatorio o intérprete— que dan lugar a la construcción de armaduras o contextos determinantes: organizaciones inmanentes, estructuras lógico-formales y configuraciones lógico-materiales de los términos constitutivos del campo científico, que han sido relacionados (relaciones) por un sujeto operatorio (operaciones). 

Los contextos determinantes o armaduras son construcciones materiales de identidad, es decir, son materiales que, una vez conceptualizados o formalizados, permiten construir identidades sintéticas entre los términos gnoseológicos de un campo científico. De este modo, los contextos determinantes o armaduras permiten construir verdades científicas. Los contextos determinantes se distinguen de los contextos determinados porque los segundos son genéricos a los campos tecnológicos y científicos, mientras que los primeros poseen posibilidades de “fertilidad” para determinar relaciones necesarias entre los términos de un campo, frente a los contextos determinados, que en este punto son completamente “estériles”.

Procede ahora definir qué se entiende aquí por teorema. Los teoremas son construcciones completas, es decir, constituidas por una parte objetual (material) y una parte proposicional (formal), que, mediante la configuración de contextos determinantes que hacen posible su formulación, logran establecer relaciones verdaderas entre los términos de un campo gnoseológico. Teorema es, pues, aquella figura gnoseológica que contiene la solución o demostración en el enunciado mismo de su planteamiento. El problema, por ejemplo, es a su vez una figura gnoseológica que exige una solución o demostración a partir de su enunciación. Este es el concepto de teorema según la Teoría del Cierre Categorial, es decir, el teorema concebido como el contenido constructivo de una teoría científica. Este contenido constructivo puede desembocar en una conclusión proposicional, en una clasificación (teorema de los cinco poliedros regulares), o en un modelo (la concepción copernicana del epiciclo lunar).

En la tradición escolástica, por ejemplo, el teorema se concibe como el modo científico (modus sciendi) de la demostración silogística. En la Lógica formal contemporánea, teorema equivale a un proceso de derivación lógico-formal desarrollado a partir de premisas dadas. La Escolástica, y también la Lógica formal de nuestro tiempo, concibe la ciencia como un sistema lineal e hipotético-deductivo de proposiciones. Su postura es completamente teoreticista. 

Por su parte, la perspectiva del Materialismo Filosófico, desarrollada gnoseológicamente en la Teoría del Cierre Categorial, concibe la ciencia como un conjunto sistemático, abierto e ilimitado, de teoremas, a la vez que concibe el campo gnoseológico de cada ciencia concreta como un conjunto sistemático de armaduras o contextos determinantes. Desde tal perspectiva gnoseológica, la ciencia equivale a una construcción a la que los teoremas se agregan progresivamente, entretejiéndose unos con otros, sistematizándose y reorganizándose en la inmanencia de un campo cerrado, pero nunca clausurado. Las construcciones científicas parten de núcleos originarios bien definidos —teoremas o células gnoseológicas— que van desarrollándose en un cuerpo científico, al margen de cualquier dirección prefijada o predeterminada, y a lo largo de un curso histórico y social, en cuyas circunstancias diferentes factores pueden interactuar con los procesos de construcción científica.

Si un teorema es el desarrollo proposicional de una verdad científica, una teoría es un sistema de teoremas. Las teorías, como he expuesto con anterioridad, pueden ser teológicas, filosóficas y científicas (Maestro, 2007a). Ahora bien, desde el punto de vista de la gnoseología materialista, una ciencia no puede ser reducida a una teoría, ni a un conjunto de teorías, por muy organizado que este se presente. Algo así sería incurrir en un teoreticismo, en un formalismo cuyo límite sin duda es metafísico, dada su desvinculación de la materia. Una ciencia es una construcción operatoria, una construcción ejecutada por sujetos que actúan, y no solo desde teorías que formalizan. 

Las ciencias son construcciones en las que se conjugan elementos formales y materiales. Cuando las teorías se desvinculan de las realidades materiales, cuando pierden toda posibilidad de conjugación formal con la materia, entonces degeneran en especulaciones, en hipótesis, es decir, en formas completamente desconectadas de la realidad física y material del mundo real y efectivamente existente. Las ciencias son superiores e irreductibles a las teorías, porque las ciencias comportan y movilizan arsenales físicos de múltiples términos, operaciones y relaciones (sintaxis), fenómenos, esencias y referentes (semántica), sujetos, colectividades y pautas de interpretación y actuación (pragmática), sobre cuya complejidad se construye el Mundo Interpretado (Mi), y al margen del cual el Mundo (no interpretado) permanece como una realidad ilegible e inerte (M), es decir inoperable.

Una vez más se confirma que la Crítica de la Literatura tiene más que ver con la Filosofía que con la Ciencia, la cual se identifica propiamente con una Teoría de la Literatura. Una situación análoga se da en el espacio gnoseológico de la Historia. No puede decirse, en abstracto, si la Historia es una ciencia o no, pues en su seno, esto es, en las operaciones que lleva a cabo el historiador, se dan muchos modos de “hacer historia”. De la misma manera que también hay muchos modos de “hacer teoría literaria”. Uno de estos modos es el comparatismo, que procede de acuerdo con operaciones que el sujeto operatorio, como comparatista, lleva a cabo en el campo gnoseológico de la Literatura, mediante la relación (comparación) de términos (materiales literarios) categoriales. La figura gnoseológica fundamental de la Literatura Comparada, como modus sciendi de la Teoría de la Literatura, es la relación. En Literatura Comparada, relacionar es operar, y operar es interpretar. 

De los resultados de las relaciones dependerán los logros de las interpretaciones. Y el conjunto final dependerá del cierre categorial y de las verdades sintéticas que se lleguen a alcanzar en la formulación de tales interpretaciones. Un investigador literario puede establecer relaciones muy precisas, puede establecer identidades sintéticas, entre dos o tres obras, por ejemplo. Si tomamos el Quijote, pongamos por caso, como contexto determinante, a partir de él puede establecerse toda una serie de verdades relativas a fecha de publicación, autoría, relaciones con otras obras y autores, etc., que son auténticas verdades absolutas, probadas positivamente, es decir, identidades sintéticas que si alguien pusiera en duda nos haría reír (fecha de nacimiento de Cervantes, la existencia geográfica de La Mancha, la expulsión de los moriscos, la celebración del Concilio de Trento…). 

En algunos casos, incluso en la estructura literaria de las obras, pueden establecerse verdades (don Quijote enamorado o loco, Sancho analfabeto lúcido, Dulcinea como invención subjetiva del protagonista, Marcela como representante de ideales feministas…). Pero este es un nivel fenomenológico muy pobre. Cuando se articula una interpretación, desbordando los fenómenos y superando su manifestación psicologista, entonces se sobrepasa gnoseológicamente la categoría inicial en la que nos manteníamos, y que en un primer momento había cerrado en torno a nuestra psique la obra literaria. Pero la obra literaria no puede encerrarse en nuestra psique, sino en el campo categorial en el que se sitúan los materiales literarios en ella convocados y con ella relacionados en symploké: el autor, la obra misma, el lector y los críticos, intérpretes o transductores. Precisamente ahora tendremos que recurrir a Ideas que desbordan lo fenoménico de la literatura, ideas que exigirán explicaciones éticas, morales, políticas... El cierre categorial se establece cuando los resultados de las operaciones que construimos son del mismo tipo que las del campo de referencia, es decir, cuando los términos que construimos mediante relaciones y operaciones entre los términos dados son del mismo tipo que los términos dados

La Teoría de la Literatura, como ciencia categorial, puede mantenerse de forma relativamente estable dentro de un cierre categorial: el que proporcionan los materiales literarios (autor, obra, lector y transductor). Pero la Crítica de la Literatura, que trabaja con Ideas, al igual que la Literatura Comparada —que es una forma de crítica literaria—, y del mismo modo que la Historia, por ejemplo, dispone que el sujeto operatorio rápidamente tenga que desbordar el campo categorial inicial, y servirse de interpretaciones proporcionadas por otras ciencias y campos categoriales, cuyos conceptos tendrá que someter a una criba, esto es, a una interpretación de valores y contravalores que, más allá que la interpretación meramente científica y categorial, tendrá que ser crítica y dialéctica, es decir, filosófica. A poco que se comience a operar sobre una obra literaria, el intérprete pronto se verá en la necesidad de sobrepasar el campo de referencia para invadir otros campos. Y por ello la interpretación literaria tenderá a ser, en términos gnoseológicos, saber de segundo grado (Crítica de la Literatura), mientras que la teorización de la literatura, en términos igualmente gnoseológicos, será un saber de primer grado. La primera trabaja con Ideas, en las que concurre la Filosofía, sobre múltiples campos categoriales; la segunda trabaja con Conceptos, en las que domina, de forma determinante sobre el contexto, un único saber científico o campo categorial.




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Principios y modos de las ciencias», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 8.4.5.1), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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