I, 8.4.2 - Crítica del concepto tradicional de Literatura Comparada


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





Crítica del concepto tradicional de Literatura Comparada

Referencia I, 8.4.2



CC0 1.0
Se repite con frecuencia que Literatura Comparada es término importado de las ciencias, debido a la acuñación de la expresión anatomie comparée de Cuvier. Sabemos que la expresión que seguimos hoy utilizando para referirnos a esta disciplina académica y a este método de interpretación literaria adquirió desarrollo fructífero en el desarrollo de una historia sobre esta materia en los cursos impartidos por Noël y Laplace en la Sorbona (Cours de littérature comparée, 1816-1825).

Pues bien, para muchos “teóricos” de Literatura Comparada, esta expresión designa, todavía en nuestros días, una realidad ontológica y metodológica de las ciencias humanas demasiado compleja como para ser definida satisfactoriamente con breves palabras. Desde la perspectiva que aquí sostenemos, construida sobre el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, una afirmación de esa naturaleza es completamente falsa y engañosa. No es cierto que la Literatura Comparada no se pueda definir, y no es tampoco cierto que constituya una expresión deficiente o estéril de la que deba prescindirse. En primer lugar, porque la Literatura Comparada puede definirse gnoseológicamente como el análisis comparado de los materiales literarios (autor, obra, lector y transductor), dados en symploké, y expuesto como resultado de una interpretación literaria basada en criterios sistemáticos, racionales y lógicos; y, en segundo lugar, porque la expresión Literatura Comparada ha servido, sirve y seguirá sirviendo, a todo tipo de comparatistas, teóricos y críticos de la literatura, para designar lo que en efecto es, el ejercicio y el resultado de la interpretación comparada de materiales literarios.

Considero, francamente, que cuestionar el uso científico de tal nomenclatura es, hoy por hoy, una labor que no conduce a ninguna parte, y que solo puede explicarse por el afán de protagonismo de quien pretende encontrar el quinto pie de un gato que siempre tendrá cuatro patas. Asimismo, considero que postular la imposibilidad de definir la Literatura Comparada, como hacen alarde comúnmente muchos “teóricos” de la literatura, con la pretensión de simular de este modo una suerte de seriedad y exigencia a la hora de proceder en sus investigaciones, que con frecuencia acaban en un retahíla retórica de cuestionamientos y objeciones inútiles, solo sirve para poner de manifiesto la debilidad, cuando no de la inutilidad, de las teorías literarias que manejan, algunas de las cuales se jactan sin consciencia alguna de la fragilidad de su “pensiero debole”.

A continuación, voy a exponer críticamente algunos de los sentidos e interpretaciones que, según la intención y finalidad metodológica de autores, escuelas y períodos, ha adquirido el concepto de Literatura Comparada.

Baldensperger (1921), uno de los principales representantes de la “escuela” o dominio de comparatistas franceses de principios de siglo, concebía el estudio de la Literatura Comparada como el análisis de las relaciones entre dos o más literaturas nacionales, articulada a través de la influencia de autores y movimientos concretos, y carente, con frecuencia, de una metodología más consistente sobre genología y morfología literarias[1]. Se trata, en suma, de un uso reductor del método comparatista, limitado a una bidimensionalidad de elementos, objetivados en un autor de una literatura nacional y una mentalidad trascendental a varias literaturas nacionales. Como va a suceder sistemáticamente en cada tendencia comparatista, los trabajos de Baldensperger sobre Literatura Comparada reflejan el estado de la teoría literaria francesa de principios de siglo XX: el anclaje en las ascuas del positivismo decimonónico, las relaciones de influencias y la crítica historicista y biográfica. Evidentemente, hoy no podemos entender la Literatura Comparada al modo de este patriarca del comparatismo. Baldensperger no es hoy nuestro colega.

A lo largo del siglo XIX, la expresión “literatura general” venía utilizándose, de forma tradicional y excesivamente convencional, para referirse a la poética, y al conjunto de principios y nociones teóricas sobre la literatura[2], hasta que a comienzos del siglo pasado, en 1921, Tieghem comenzara a utilizarlo con objeto de distinguir la literatura general, o estudio de aquellos movimientos y modas literarias que trascienden lo nacional, de la literatura comparada, que se ocuparía de las relaciones recíprocas entre dos o más literaturas[3]. En una hora histórica en las proyecciones ulteriores del comparatismo, Tieghem comenzó a multiplicar los entes sin necesidad. Pretendió usar una expresión mundana y confusa —literatura general— con el mismo valor distintivo que entonces poseía una expresión académica y operativamente definida —Literatura Comparada—. Y la confusión prosperó. Las confusiones, con frecuencia, prosperan, porque, a río revuelto, ganancia de pescadores.

Guillén (1985: 88) ha tratado de explicar o justificar la división propuesta por Tieghem en 1921 entre “literatura general” y “literatura comparada” apoyándose en dos razones para él principales: en primer lugar, el término “literatura general” se utiliza con frecuencia a comienzos de siglo para designar una tendencia o “movimiento hacia lo supranacional y lo universal [...], por cuanto se concedía una clarísima prioridad a los fenómenos nacionales”; en segundo lugar, “el papel de la Littérature Générale se parecía al que hoy desempeña la teoría de la literatura, es decir, llevaba implícito un grado significativo de «teoreticidad»”. Como podrá observar cualquier lector, la diferencia que propone Guillén es completamente retórica, y carece de todo fundamento gnoseológico. Por otro lado, semejante distinción solo puede justificarse a la altura de lo que ha sido y es la teoría literaria desarrolladla a lo largo de la segunda mitad del silgo XX, pero nunca a partir del estado de la crítica literaria francesa de la década de 1920, ante la cual se sitúa la propuesta innecesaria de Tieghem. Con mucho más acierto que Guillén, y desde luego con mucha menos retórica, Wellek y Warren (1949/1985: 61) consideraron que, tal como las delimita Tieghem, “la literatura ‘comparada’ y la literatura ‘general’ se funden inevitablemente”, por lo que “acaso lo mejor fuera hablar simplemente de literatura”, pues “¿cómo se puede determinar, por ejemplo, si el ossianismo es tema de la literatura ‘general’ o de la literatura ‘comparada’?”. He aquí la argumentación de Wellek, tal como fue defendida en el célebre congreso de la icla en Chapel Hill, en 1958:

Pongo en duda, no obstante, que el intento de Van Tieghem de distinguir entre la literatura “comparada” y la “general” pueda imponerse. Según Van Tieghem, la literatura “comparada” se limita al estudio de las relaciones entre dos literaturas, mientras que la literatura “general” atiende a los movimientos y corrientes que atraviesan varias literaturas. Esta distinción es insostenible e impracticable. ¿Por qué —valga el ejemplo— ha de considerarse que la influencia de Walter Scott en Francia es “literatura comparada” mientras que un estudio de la novela histórica durante el romanticismo habría de ser “literatura general”? ¿Por qué hemos de distinguir entre un estudio de la influencia de Byron en Heine y un estudio del byronismo en Alemania? El intento de reducir la “literatura comparada” al estudio del “comercio exterior” de las literaturas es decididamente desafortunado (Wellek, 1958/1998: 80).

Respecto a la denominación misma de “Literatura Comparada”, autores como Wellek y Warren afirmaban en 1949 que “el término comparative literature, empleado por los estudiosos anglosajones, es embarazoso, y constituye, indudablemente, una de las razones por las cuales esta importante modalidad de los estudios literarios ha tenido menos éxito académico del esperado”. Tras referirse a algunos de los sentidos que en las distintas lenguas modernas puede adquirir el término adyacente comparative, sostienen que “ninguno de estos adjetivos de distinta formación resulta muy luminoso, ya que la comparación es método que utilizan toda la crítica y todas las ciencias, y de ningún modo describe cabalmente los procedimientos específicos de los estudios literarios (Wellek y Warren, 1949/1985: 57). Años más tarde, en su ensayo Discriminations, Wellek (1970: 3-26) se ocupaba de describir el nombre y la naturaleza de la expresión “comparative literature”, repitiendo las mismas ideas, que resultan reproducidas con frecuencia en obras posteriores, y reiterando la convencionalidad de una denominación que, según él, era más afortunada que precisa. Conviene hacer notar, sin embargo, que el éxito de una disciplina no depende exclusivamente de su denominación. Y conviene añadir que cuando Wellek habla de Literatura Comparada se asegura de este modo el hecho decisivo de que todo el mundo sabe de qué está hablando. Finalmente, la “fortuna” de una disciplina como la Literatura Comparada, a la que tantos buscadores de oro han pretendido, sin éxito, bautizar con una apelación mejor, muy probablemente se debe a la precisión del término con el que todos la identificamos, término que, como digo, no ha podido ser superado por ningún otro en la mayoría de las lenguas que le han otorgado nombre.

Con todo, las definiciones de Literatura Comparada no han dejado de existir y sucederse desde sus más incipientes comienzos. He aquí una de las concepciones más abiertas del comparatismo literario, enunciada por Remak en 1961, desde la cual los confines del modelo comparatista se extienden a todas las modalidades de creación y estudio del humanismo, el arte y la sociología[4].

En la misma línea de Wellek y Warren (1949) se sitúan las declaraciones de Pichois y Rousseau (1967/1969: 9-10 y Brunel, 1983: 15-16), al mencionar las denominaciones que adquiere la expresión Literatura Comparada en algunas de las lenguas modernas, e insisten de forma notoria en que se trata de una designación “completamente defectuosa”, si bien no proponen otras alternativas, e incluso no declaran de forma precisa en qué consiste tal defecto y ambigüedad.

Literatura comparada es una expresión tan defectuosa y al propio tiempo tan necesaria como “historia literaria” y “economía política”; pero, contrariamente a estas, aquella aún no ha pasado de veras al dominio público, por lo menos en Francia [...]. Sin embargo, ninguno de los sustitutos propuestos, demasiado largos o abstractos, ha arraigado. Y muchas lenguas conocen la misma dificultad por haber imitado al francés: letteratura comparata (italiano), literatura comparada (español), hikaku bungaku (japonés). El inglés dice comparative literature (“littérature comparative”, es la fórmula que hubiese deseado Littré); el alemán es aún más explícito: vergleichende Literaturwissenschaft (ciencia “comparante” de la literatura, donde el participio[5] de presente subraya el acto, es decir, el método, con menoscabo del objeto pasivo; fijémonos, de paso, en la otra denominación, vergleichende Literaturgeschichte, “historia literaria ‘comparante’”, en boga a fines del siglo XIX); el neerlandés vergelijkende literatuurwetenschap es un claro calco del alemán” (Pichois y Rousseau, 1967/1969: 9-10 y con Brunel, 1983: 15-16).

Brunel mantiene en 1983 el concepto de comparatismo literario sostenido en 1967 por Pichois y Rousseau, al considerar que la denominada Literatura Comparada es ante todo el resultado de la confluencia de cuatro estratos disciplinarios: los intercambios literarios internacionales, la historia general de las literaturas nacionales, la morfología literaria y la historia de las ideas y el pensamiento. “La littérature comparée —escribían estos autores en 1967— est l’art méthodique, par la recherche de liens d’analogie, de parenté et d’influence, de rapprocher la littérature des autres domaines de l’expression ou de la connaissance, ou bien les faits et les textes littéraires entre eux, distants ou non dans le temps ou plusieurs cultures, fissent-elles partie d’une même tradition, afin de mieux les décrire, les comprendre et les goûter” (Brunel, 1983: 150). Si bien esta definición no pretende sino expresar una referencia convencional del comparatismo literario, bastante insulsa y confusa, dada su ambigua amplitud y su indefinida implicación fenomenológica, que atañe ante todo a su contenido y posibilidades de interpretación la observación de dos principios fundamentales de la ontología e investigación literarias —la literatura es una función específicamente humana, y sus manifestaciones resultan siempre discontinuas y plurales— lleva a los autores franceses que cito a proponer una concepción más lapidaria del comparatismo literario, en la que la interpretación metodológica (comparación) domina insulsamente sobre la facultad creadora (literatura).

Littérature comparée: description analytique, comparaison méthodique et différentielle, interprétation synthétique des phénomènes littéraires interlinguistiques ou interculturels, par l’histoire, la critique et la philosophie, afin de mieux comprendre la Littérature comme fonction spécifique de l’esprit humain (Brunel, 1983: 151).

Brunel me disculpará, pero su definición es completamente ideal, retórica y fenomenológica. Es ideal porque implica todo cuanto cabe, a la altura de la teoría literaria francesa de principios de la década de 1980, en la conciencia del comparatista de turno. Es retórica porque no explica críticamente cuál es el concepto de historia, de filosofía, de teoría literaria o de cultura que toma como referencia, y porque amalgama gratuitamente tanto lo que llama la “descripción analítica” como lo que denomina “la interpretación sintética”. Y es fenomenológica porque plantea una interpretación fenoménica de la literatura, como actividad construida “espiritualmente” por una “mente” humana. Por otro lado, Brunel reduce la interpretación de la Literatura Comparada al tamiz de las obras y de los autores examinados a partir de una variante retórica de términos afiliados y emparentados entre sí de forma tan acrítica como feliz: analogía, parentesco, influencia, relación, tradición, comprensión, descripción y gusto personal.

En una línea no demasiado distante a las hasta ahora mencionadas, el pensamiento del comparatista Jost ratifica una vez más la ambigüedad de la denominación Literatura Comparada, al afirmar que “le terme de littérature comparée est une première source de confusion. Il impose l’idée de comparaison, sans en déterminer aucunement l’objet: on ignore ce que l’on invité à comparer, et notre expression pourrait figurer honorablement dans une anthologie des mille et un gaucheries des artistes du verbe” (Jost, 1968: 314). Estas palabras de Jost son, sin más, una boutade que solo un veterano puede permitirse entre novatos. La Literatura Comparada impone un método, la comparación, y designa un objeto, la literatura. Podría decírsele a Jost incluso que la Literatura Comparada posee un fundamento más gnoseológico que epistemológico, porque en su misma expresión —si a juzgar nomenclaturas acudimos— apela no a un objeto (la literatura) y un sujeto (el intérprete), lo que responde a una epistemología, sino que postula de modo inequívoco una materia que examinar (la literatura) y una forma de conceptualizarla (la comparación), lo cual responde de forma directa a las exigencias de una gnoseología.

Por su parte, un autor como Jeune, en su Littérature Générale et Littérature Comparée (1968: 14), vuelve a proponer inútilmente el uso de la expresión “literatura general”, afirmando ahora un confusión entre la isovalencia y la yuxtaposición de esta última y la Literatura Comparada, de modo que invita a utilizar la expresión de “littérature générale pour désigner soit le survol de l’histoire universelle de la littérature, soit des études d’histoire littéraire générale, soit encore la quête vague et vaine d’un air de famille”. Jeune hace crecer innecesariamente una confusión de implicaciones metodológicas. De modo semejante, Pichois y Rousseau, en la primera redacción de su Littérature comparée (1967), sostienen todavía una concepción metodológica muy afín a la de Tieghem, al discriminar literatura general y comparada, y reducir el estudio de la literatura universal a una taxonomía más o menos precisa de autores y obras históricas. En otro lugar de su ensayo sobre comparatismo literario, Brunel (1983: 135) sostiene que “la poétique comparée ne sera donc pas la comparaison des arts poétiques (laquelle présente d’ailleurs beaucoup d’intérêt), mais plutôt celle des pratiques littéraires, de l’écriture au sens où l’on emploie volontiers ce terme aujourd’hui”. Debe hacerse notar que el concepto de Brunel de “poétique comparée” se limita realmente a una morfología de la literatura, en la que pretende encapsular incluso a la teoría literaria. En este dilatado contexto de confusionismo ontológico y metodológico, autores como Machado y Pageaux (1981) proponen, libérrimamente por su parte, que la poética comparada comprende también el estudio de la estética de la recepción, de la crenología, con sus fuentes e influencias literarias, y de la tematología, en la que incluyen motivos y mitos.

En el contexto de esta inagotable y estéril confusión, Dällenbach (1977) entiende por poética comparada “une théorie générale des formes littéraires”, mientras que Brunel (1983: 103) prefiere hablar más bien de “une pratique du texte littéraire, ou, en l’occurrence, des textes littéraires, dans ce qu’ils ont de plus concret”. En un intento frustrante de sintetizar los diferentes sentidos que desde la formulación de Tieghem ha adquirido la confusión de los términos “literatura general” y Literatura Comparada, Brunel[6] ha escrito, que “la littérature générale est l’étude des coïncidences, de analogies; la littérature comparée (au sens étroit du terme) est l’étude des influences; mais la littérature générale, c’est encore la littérature comparée [...]. Tieghem, qui a contribué à promouvoir le concept de ‘coïncidences’, se rendait bien compte que la littérature générale telle qu’il la concevait n’excluait pas la recherche des influences”.

Marino ha sido acaso más preciso que otros autores a la hora de discutir la conveniencia de determinadas denominaciones, y denunciar la “crise congénitale” de la expresión Literatura Comparada, derivada en gran medida de una tradición literaria que no ha sabido discutir a tiempo la supuesta eficacia de su utilización en el ámbito de lo que él llama una teoría comparatista de la literatura.

La question essentielle reste posée: si le “mot” est en “crise” endémique et si aucune définition n’est acceptable, qui nous empêche de reformuler le mot et la chose: c’est-à-dire la problématique comparatiste dans son ensemble? Si le terme est conventionnel, pourquoi ne pas lui substituer par une autre convention, mais plus adéquate et modernisée? Il faut donc sortir des vieilles ornières (Marino, 1988: 12).

Lo cierto es que lo único que nos impide formular de nuevo, y con éxito seguro, la idea y su referente, es la fortuna y la precisión, no superadas por otros términos aducidos, de la idea, el concepto y el método implicados en lo que designa la expresión Literatura Comparada.

En sus estudios sobre esta disciplina, Guillén (1985: 13) enuncia una definición, que se ve obligado a matizar inmediatamente después, en los siguientes términos: “Por Literatura Comparada (rótulo convencional y poco esclarecedor) se suele entender cierta tendencia o rama de la investigación literaria que se ocupa del estudio sistemático de conjuntos supranacionales”. El mismo autor declara en nota a pie de página su coincidencia con Dyserinck (1977: 11), y afirma que “[wir können] die Komparatistik spezifisch supranational nennen”. Bueno. Digamos, en primer lugar, que esta definición aducida por Guillén no aduce realmente nada, ni ontológicamente, ni metodológicamente, ni mucho menos gnoseológicamente. Sus palabras son, de nuevo, otra boutade que solo puede permitirse un veterano entre novicios, pero no entre colegas. Ni mucho menos ante críticos. En primer lugar, ¿es de veras la Literatura Comparada a estas alturas un rótulo poco esclarecedor? ¿Para quién? En segundo lugar, ¿cómo se puede hablar de la Literatura Comparada como de una “cierta tendencia o rama de la investigación literaria”, cuando, al mismo tiempo que Guillén (e incluso él mismo en otros trabajos) se está hablando de la Literatura Comparada como de una Teoría de la Literatura capaz de desarrollar una metodología de interpretación literaria propia y solvente? Y en tercer lugar, ¿cómo puede reducir Guillén impunemente el objeto de la Literatura Comparada al “estudio sistemático de conjuntos supranacionales”? ¿Es la literatura —precisamente ahora— un “conjunto supranacional”? ¿Conjunto de qué? ¿Superior a lo nacional en qué?

Desde un punto de vista metodológico, Guillén parece inclinarse por un modelo de comparatismo literario que, tendente a “desentrañar las propiedades de la comunicación literaria, de sus cauces primordiales, de la metamorfosis de géneros, formas y temas” (Guillén, 1985: 14), se interesa especialmente por el análisis de tensiones e interacciones entre “lo local y lo universal”, “lo presente y lo ausente”, “la experiencia y su sentido”, “el yo y cuanto le es ajeno”, etc..., todo lo cual parece orientar el talante y la conciencia del comparatista hacia el estudio de cuatro categorías críticas con las que trata de sintetizar o armonizar en un conjunto el pluralismo al que se enfrenta: 1) la distancia entre la inclinación artística y la preocupación social, 2) la diferencia entre la interpretación práctica de textos particulares y la aclaración teórica a la luz de sistemas generales, 3) la distinción entre lo individual (obra, escritor, literatura nacional...) y el sistema (conjunto, género, período, movimiento...), y 4) “la tensión entre lo local y lo universal, con la cual se enfrentan especialmente los comparatistas” (Guillén, 1985: 17). Esta clasificación, que someteré a crítica más adelante, en el apartado final de este capítulo, es una propuesta de Guillén que supone simplemente la retorización de una dialéctica, es decir, la presentación retórica y sofisticada de un material literario que realmente debería exponerse en términos dialécticos y lógicos, en lugar de presentarse bajo la cobertura de una clasificación tropológica y psicologista, en la que, desde luego, no se agotan, ni de lejos, ni la totalidad de los materiales literarios, ni la complejidad de las relaciones racionales y lógicas dadas en la symploké que los hace interpretables.

En 1979, los estatutos de la ailc, elaborados durante el IX congreso de la asociación, celebrado en agosto del mismo año en Innsbruck, recogen la siguiente delimitación de los estudios de Literatura Comparada, que sitúan en el ámbito del “étude de l’histoire littéraire, de la théorie de la littérature et de l’interprétation des textes, entreprise d’une point de vue comparatif international”.

El comparatismo norteamericano, y en general la crítica literaria desarrollada en los países de lengua inglesa, ha utilizado frecuentemente como sinónimas las expresiones de “literatura general” y “literatura comparada”. Lo cual viene a demostrar que son palabras que designan la misma cosa. Tal es el caso de autores como Wellek y Warren, que se han servido también de la expresión “literatura universal”, y de investigadores como Block (1976), que han identificado en cierto modo “literatura general” y “teoría de la literatura”, como si todo fuera uno y lo mismo. Por su parte, estudiosos como W. Friederich, director del Yearbook of General and Comparative Literature, manifestaba a comienzos de la década de 1980 que “je ne sais pas très bien ce que c’est que la “littérature générale” et depuis plusieurs années je suis à la recherche d’un article documenté qui pourrait débrouiller l’écheveau des diverses définitions [...]. Peut-être ainsi pourrions-nous après coup savoir quelle est exactement la tâche de notre Yearbook”.

Desde mediados de siglo, la tendencia más aceptada respecto a las denominaciones de “literatura general” y Literatura Comparada ha sido la propuesta por Wellek y Warren, especialmente tras el congreso de Chapel Hill, en 1958, como he indicado anteriormente. Esta propuesta, que postula la indisolubilidad de ambas concepciones metodológicas en los estudios literarios —y por lo tanto lo innecesario del término “literatura general”—, ha sido ratificada más recientemente por Kaiser (1980), en sus estudios sobre las “Vergleichende Literaturwissenschaft und allgemeine Literaturwissenschaft”, y por Guillén (1985: 87), quien advierte —con palabras idóneas para época, lugar y audiencia— que “generalmente hoy el término «Literatura Comparada» es una etiqueta convencional que abarca lo mismo la Littérature Comparée que la Littérature Générale. La etiqueta es imperfecta y anticuada, sin duda, pero precisamente por ser tan tradicional, tiene la ventaja de seguir sugiriendo —mejor que «Literatura» a secas o que títulos grandiosos como «Literatura universal»— la dialéctica de la unidad y la multiplicidad sin la cual sería difícil concebir o entender tanto la creación como la historia de la poesía; o desarrollar una idea actual de la literatura”.

Wellek y Warren, tras insistir en su Theory of Literature (1949/1985: 61) y en su ponencia sobre “The Crisis of Comparative Literature” (1959) en que “comparative and general literature merge inevitably”, han subrayado a este propósito que “el gran argumento en favor del término ‘Literatura Comparada’ o ‘general’, o simplemente ‘literatura’ sin más, es la falsedad evidente de la idea de una literatura nacional conclusa en sí misma”, y han insistido en que la literatura europea forma una gran unidad, un todo. Ahora bien, ese todo no deja de ser una totalidad ideal, por otra parte muy atomizada y muy atomizable, no solo desde criterios políticos, en virtud de los diferentes estados efectivamente existentes, sino también desde criterios históricos, geográficos y hasta demográficos, por no hacer alusión a los criterios étnicos, raciales, sexuales, ecológicos o ideológicos, tan queridos por el irracionalismo posmoderno, capaz él solo de elaborarnos una historia racial de la literatura universal, una teoría genital o sexual (que la castidad anglosajona denomina “de género”) de la literatura europea, o una poética occidental de la literatura ecologista (desde las Geórgicas virgilianas hasta la novela lírica de Gabriel Miró, por ejemplo). Ya se ha insistido aquí en que esa totalidad, desde la que se pretende interpretar de forma ideal y fenomenológica la literatura europea, como prototipo, dicho sea de paso, de la literatura del resto del mundo, se somete a procesos de comparación y analogía solo después de que el ser humano europeo ha desarrollado, con suficiencia, métodos y posibilidades de interpretación que le permiten enfrentarse, desde una perspectiva etic, es decir, externa, y por lo tanto no emic, ni interna, a fenómenos culturales y literarios construidos por otras sociedades políticas y naturales, a las que por su propia formación es ajeno como intérprete capaz de acceder a ellas. Si el ser humano europeo desarrolla estas capacidades, que luego exportará a otros continentes, para identificar en las manifestaciones literarias, supranacionales e históricas, intercambios, influencias y procedimientos morfológicos, es porque estas capacidades comenzaban a ser esenciales para la construcción, sostenimiento y expansión de sus propias comunidades políticas y sociedades estatales.




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Notas

[1] Sobre Baldensperger y su escuela de comparatistas, vid. el capítulo dedicado a la historiografía de la Literatura Comparada, sobre todo la parte relativa al cuerpo y curso de esta disciplina, donde se ofrece una visión más amplia de sus presupuestos y prácticas metodológicas.

[2] Acerca del uso adquirido por el término “general”, y sus derivados, en el ámbito de la Literatura Comparada, vid. Marino (1988: 74 y ss.)

[3] En algún caso tiende a identificarse Literatura Comparada con expresiones tales como “literatura universal” y “literatura general”. A menudo se ha hablado de Literatura Comparada y “literatura universal” para designar el estudio panorámico, conjunto, de diversas literaturas nacionales, a través de períodos históricos concretos y comunidades literarias independientes (si se nos autoriza el oxímoron). En español, como en la mayor parte de las lenguas modernas, la expresión “literatura universal” podría designar la traducción del concepto Weltliteratur, de Goethe (1827), quien, como he indicado, pretendió expresar con él la hipotética existencia de una época en la que todas las literaturas constituyan una sola, en un ideal orgánico y teológico de síntesis en el que cada nación desempeñaría un papel singular en el concierto universal. En otras ocasiones, el término “literatura universal” se ha utilizado en un sentido que, sin pretensiones científicas, alude al conjunto de obras consideradas como clásicas o modélicas en la historia de la literatura mundial, manifestaciones consagradas del genio creador cuyas obras maestras han alcanzado proyección universal (Homero, Sófocles, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Hugo...)

[4] “Comparative literature in the study of literature beyond the confines of one particular country, and the study of the relationships between literature on the one hand, and other of the areas of knowledge and belief, such as the arts (e.g. painting, sculpture, architecture, music), philosophy, history, the social sciences (e.g. politics, economics, sociology), the sciences, religion, etc., on the others, and the comparison of the literature with other spheres of human expression” (Remak, 1961: 3). Sobre la tendencia de algunos especialistas a incorporar al comparatismo literario el estudio de las bellas artes, vid. más adelante el capítulo dedicado a los modelos y taxonomías de la Literatura Comparada, así como las referencias bibliográficas allí indicadas.

[5] “La forma pasiva del participio, comparée, empleada por Villemain, es el engendro poco feliz que las lenguas románicas (italiano, portugués, rumano, español) calcarán; en vez del adjetivo activo que se utilizará en inglés —comparative—, en alemán —vergleichend—, en holandés, húngaro, ruso, etc. También es sensato que sea la ciencia o el saber quien compare —vergleichende Literaturwissenschaft—, no el objeto del saber, o sea la literatura misma” (Guillén, 1985: 13). Como autores precedentes, Guillén distingue el uso adjetivo o sustantivo del vocablo que designa la operación comparativa, el cual en las lenguas latinas, procedente del supino del verbo comparare, califica el objeto de estudio, es decir, adjetiva una ontología literaria, mientras que, en las lenguas de procedencia germánica, el valor de la comparación, si bien recae igualmente sobre el adyacente del sustantivo Literatur, lo hace para expresar de forma activa una intención metodológica sobre el objeto de conocimiento.

[6] Brunel (1983: 103-104) cita a este propósito las siguientes palabras de Tieghem, tomadas de su estudio sobre Le Romantisme dans la littérature européenne: “Cette méthode, rapproche intimement les idées, sentiments, tendances, les oeuvres et les formes d’art analogues à travers les frontières nationales ou linguistiques [...]. Elle tient le plus grand compte des influences étrangères que la littérature comparée a découvertes et analysées. Elle replonge les écrivains dans l’atmosphère littéraire internationale que les plus rebelles en apparence aux appels de l’étranger n’ont pas manqué de respirer”.





Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Crítica del concepto tradicional de Literatura Comparada», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 8.4.2), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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