I, 8.3.4.3 - Interpretación etic de la literatura en el contexto de la Literatura Comparada


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
______________________________________________________________________________________________________________________

Índices




Interpretación etic de la literatura en el contexto de la Literatura Comparada

Referencia I, 8.3.4.3


¿Por qué esta nación fue más contumaz que las otras? ¿Por naturaleza, acaso? Pero esta no crea las naciones, sino los individuos, los cuales no se distribuyen en naciones sino por la diversidad de lenguas, de leyes y de costumbres practicadas; y solo de estas dos, es decir, de las leyes y las costumbres, puede derivarse que cada nación tenga un talante especial, una situación particular y, en fin, unos prejuicios propios.
Baruch Spinoza (Tratado Teológico-Político, XVII, iv, 1670).


CC0 1.0
¿Cómo abordar el conocimiento de los contenidos culturales de una literatura? ¿Reproduciendo miméticamente esos contenidos culturales tal como se les aparecen a los seres humanos que pertenecen a ese pueblo o cultura (indigenismo), o analizando críticamente las operaciones que esos mismos seres humanos ejecutan (antropología)? ¿Acaso es posible reproducir esos contenidos culturales, o al menos construir sus coordenadas gnoseológicas, desde los términos de nuestra propia cultura? El primer interrogante nos sitúa en una perspectiva emic; en el segundo, nuestra perspectiva será etic[1]. ¿Es posible conocer los contenidos emic de otra cultura?, ¿o solo podemos alcanzar probabilidades? ¿Qué realidades habría que reconocer en los contenidos emic de una literatura foránea? Estas son algunas preguntas que debe hacerse el teórico de la literatura cuando pretende reflexionar críticamente sobre la Literatura Comparada.

El lector que conoce la obra lingüística de Pike (1954) se habrá percatado ya de la procedencia de esta oposición emic / etic, si bien se reinterpreta aquí desde los criterios gnoseológicos del Materialismo Filosófico, tal como expone Bueno (1990a), cuyas ideas sintetizo según sus propias palabras. La distinción que postula Pike entre emic / etic es la objetivación de una diferencia que en última instancia no puede reducirse sin más, como si se tratara de una rectificación (dialógica) respecto de una confusión (previa), a lo que se clarifica mediante un proceso discriminatorio. Tampoco se trata de una distinción folclórica o proverbial, del tipo “sabe más el loco en su casa que el cuerdo en la ajena”, o incluso teológica (“solo Dios sabe los designios del pecador”), ni tampoco clasista o gremial (solo los jóvenes pueden comprender a los jóvenes, solo los viejos a los viejos, solo los locos a los locos, etc.) También podría interpretarse, como discriminación habitual, en el ámbito del Derecho Procesal Romano, en la distinción entre la declaratio del acusado y los testimonios de los testigos de vista o el análisis facta concludentia. Desde su filosofía, Marx consideraba que la mejor forma de conocer a un individuo no era atenerse a lo que él mismo decía de sí mismo, incluso en el supuesto de que no quiera engañarnos, sino que es preciso atenerse a sus actos, a sus obras. Y en este punto coincidía con la advertencia de las Escrituras, en virtud de la cual “por sus obras los conoceréis”.

Por su parte, el Materialismo Filosófico busca la figura crítica que caracterice el estatuto gnoseológico de la oposición emic / etic. Así, de acuerdo con la teoría del cierre categorial, se considera que las ciencias positivas y las disciplinas filosóficas no se organizan en torno a un objeto presupuesto[2], sino que se mueven dentro de una multiplicidad de términos enclasados o clasificados en un campo categorial o científico (la Química, la Literatura, la Termodinámica, la Lingüística, etc.), de modo que entre estos términos se establecen relaciones, mediante operaciones que disponen la concatenación de tales términos (en el caso de la Literatura, como sabemos, los términos son cuatro: autor, obra, lector y transductor). De este modo, los términos relacionados mediante operaciones constituyen un campo gnoseológico. La unidad del campo categorial de una ciencia aparece, pues, como resultado de un proceso interno de construcción, mediante segregación y selección de materiales gnoseológicos, que se incorporan, o no (si procede excluirlos), al proceso de concatenación. En el caso de la Literatura Comparada, el comparatista o sujeto operatorio trabaja y opera, esto es, relaciona, los términos fundamentales y más complejos del campo categorial: autores, obras, lectores e intérpretes o críticos precedentes.

Ahora bien, los términos literarios (autor, obra, lector y transductor), tal como se relacionan en el campo gnoseológico de la Literatura Comparada, responden, o al menos deben responder, a un contexto exogámico, y no a un contexto endogámico. Entiendo por endogámico aquel contexto literario que determina relaciones dadas entre términos filiales, es decir, más precisamente, entre términos autotéticos, que brotan o proceden de un mismo conjunto o matriz, por ejemplo, las relaciones que pueden establecerse entre dos obras o dos autores pertenecientes a una misma literatura nacional (Cervantes y Unamuno, el Buscón de Quevedo y La familia de Pascual Duarte de Cela, etc.) Se trata, sin duda, de relaciones endogámicas, dadas entre términos de clases afines o filiales. Piénsese, por ejemplo, que la relación dada entre dos hermanos es siempre una relación autotética, al tratarse de personas que proceden de una misma madre o matriz. 

Por el contrario, los contextos exogámicos son aquellos contextos literarios que determinan relaciones dadas entre términos que brotan o proceden de distintos conjuntos o campos de referencia, es decir, más precisamente, entre términos alotéticos, o términos procedentes de sistemas o matrices diferentes. Piénsese, por ejemplo, que alotéticos son los miembros que constituyen una pareja o un matrimonio, al proceder cada uno de ellos de una matriz o madre diferente. Diremos, en suma, que son alotéticos aquellos términos o elementos diferentes por su naturaleza, por su matriz u origen, y que a partir de sus diferencias genealógicas permiten establecer relaciones de analogía o afinidad (un matrimonio); a su vez, son autotéticos aquellos términos o elementos que comparten un mismo origen, una misma causa o genealogía, esto es, una misma madre o matriz (dos hermanos). 

Los términos autotéticos implican un mismo tronco común, una misma procedencia. Responden al modelo de las esencias plotinianas, y en Literatura Comparada darían lugar a interpretaciones endogámicas. Por su parte, los términos alotéticos implican contextos exogámicos, conjuntos y sistemas literarios diferentes en su causalidad, los cuales exigen interpretaciones que justifiquen sus relaciones de analogía, afinidad, paralelismo o dialéctica. En los contextos exogámicos y en los términos alotéticos está el motor de la Literatura Comparada como método de interpretación destinado a la relación crítica de materiales literarios.

En consecuencia, solo entre términos literarios alotéticos es posible establecer y justificar relaciones de analogía o afinidad, paralelismo y dialéctica, bien a través de influencias causales o eficientes, bien a través de fenómenos de poligénesis, o semejanza sin influencia, en tanto que manifestaciones simultáneas de un mismo fenómeno estético en dominios literarios supuestamente inconexos. 

En consecuencia, la Literatura Comparada, en sentido estricto y riguroso, debe darse en contextos literarios exogámicos —es decir, entre términos alotéticos—, los cuales están determinados por la disposición de los materiales o términos literarios (autor, obra, lector, transductor) en dos ejes, vertical, o de ordenadas (y), y horizontal, o de abcisas (x). 

El eje de ordenadas objetivará los materiales literarios pertenecientes a un determinado sistema literario que se toma como referente causal o eficiente, mientras que el eje de abcisas objetivará los términos o materiales literarios representativos del sistema literario que actúa como referente consecutivo o receptor del impacto, influencia o presencia, que los primeros ejercen sobre los segundos: es decir, que siempre habrá un determinado sistema literario —de autores, obras, lectores e intérpretes— que, tomado como referente de partida (eje de ordenadas) ejercerá una influencia en otro determinado sistema literario —de autores, obras, lectores e intérpretes—, que a su vez codificará (autor), objetivará (obra), consumirá (lector) y sancionará críticamente (transductor) la recepción del primero.



Eje horizontal o de abcisas,
en perspectiva determinante o etic (x)


Eje vertical o de ordenadas,
en perspectiva determinada o emic (y)



Como resulta obvio, en el eje de ordenadas o vertical se sitúan las construcciones literarias emic (autores, obras, lectores, críticos) que van a ser objeto de interpretación etic por parte de los términos literarios que los manipulan y codifican, como autores; los objetivan en nuevas obras literarias, mediante la interpretación creativa; los leen y consumen, como lectores y receptores; y los examinan, inquieren, censuran, promueven, reseñan, difunden críticamente, etc., como intérpretes o transductores. En resumidas cuentas, y por lo que respecta al contexto gnoseológico de la Literatura Comparada, la oposición etic / emic puede sintetizarse en el siguiente esquema:



Emic
Etic
Literatura nacional o gremial
Literatura Comparada
Dentro
Fuera
Descripción que se sitúa dentro de la perspectiva del sujeto agente o ejecutor
Descripción que se sitúa dentro de la perspectiva de su observador o intérprete
Presente
Pasado
Intérprete contemporáneo,
o históricamente copresente
al fenómeno estudiado
Intérprete extemporáneo,
o históricamente posterior
al fenómeno estudiado
Endogamia
Exogamia
Sujeto Agente
Sujeto Gnoseológico
El conocimiento es el conocimiento del
sujeto agente
El conocimiento es el conocimiento del
sujeto operatorio o intérprete
El juez es el nativo
El juez es el antropólogo
El intérprete es el nativo
El intérprete es el comparatista
Natural
El proceso no se descompone,
sino que se ejecuta, sin más
Artificial
El proceso se descompone
según criterios ajenos a quien lo ejecuta
Interno
Las descripciones emic pueden ajustarse a los hechos y alcanzar un adecuación máxima
Externo
Las descripciones etic no tiene por qué adaptarse “como un guante a la mano” a los hechos
Relativo
Las descripciones emic mantienen una estrecha relación con sus protagonistas y con sus correlatos, esto es, con sus partes relativas
Absoluto
Las descripciones etic se mantienen en un plano segregado del sujeto agente, disuelta toda
referencia al punto de vista del agente
Integrado
Alcanzan la integración de los rasgos descritos.
La ley interna de construcción
se mantiene en el plano emic
Desintegrado
No tienen por qué alcanzar
la integración de los rasgos descritos
Total
La perspectiva emic alcanza la comprensión
global del proceso como unidad total
Parcial
La perspectiva etic siempre es parcial, pues
nunca alcanza la comprensión global del proceso como unidad total



Lo que nos es dado con mayor facilidad e inmediatez es lo que es emic para nuestra cultura. Según la fórmula de Lévi-Strauss, lo etic es lo emic de la comunidad de antropólogos.

En consecuencia, como se ha indicado con anterioridad, la Literatura Comparada difícilmente puede desarrollarse en contextos endogámicos, es decir, en espacios gnoseológicos en los que los términos del campo están determinados por relaciones de sincretismo o identidad. Es el caso, por ejemplo, de postular un estudio de comparatismo literario entre obras de una misma literatura (términos pertenecientes a una misma clase), como Lazarillo de Tormes y La familia de Pascual Duarte. La endogamia viene dada por pertenecer a una clase común, pues ambas obras se inscriben en la clase de Literatura Española, aunque una sea aurisecular y anónima y la otra posguerracivilista y de autor bien conocido. Del mismo modo, difícilmente puede considerarse como un estudio propio de Literatura Comparada la relación crítica que un intérprete puede establecer entre la primera y la segunda parte del Quijote, o incluso la implicación en este contexto determinante del Quijote de Avellaneda, pues, en el primer caso, ambas obras sufren las consecuencias de un sincretismo dado en la identidad autorial (Cervantes) y, en el segundo caso, la terna se inscribe en una dialéctica que, más que comparatista, resulta absorbida en una figura filosófica tridimensional: tesis (Quijote I de Cervantes, 1605), antítesis (Quijote apócrifo de Avellaneda, 1614) y síntesis (Quijote II de Cervantes, 1615) (Maestro, 1994a).

Voy a referirme a continuación a los desarrollos gnoseológicos que, desde los criterios de la oposición etic / emic, pueden alcanzarse en el ejercicio de la Literatura Comparada. Las ideas, fuera de un contexto gnoseológico, al margen de unas coordenadas lógico-materiales, pierden toda posibilidad de interpretación coherente, y dan lugar a referentes confusos. En consecuencia, siguiendo a Bueno (1990a), voy a criticar, en primer lugar, los desarrollos no gnoseológicos del prisma de Pike (etic / emic), con objeto de desestimarlos, y, en segundo lugar, procederé a exponer los desarrollos gnoseológicos, es decir, aquellos que postula para la Literatura Comparada el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura.

Los desarrollos no gnoseológicos de la oposición etic / emic de Pike pueden reducirse a tres fundamentales, dados, por supuesto, en el contexto de la Literatura Comparada, y que aquí voy a rechazar sistemáticamente: emicismo, eticismo e isomorfismo.

1) Emicismo. Esta postura sostiene que la distinción emic / etic es necesaria en el momento de constitución de la disciplina o ciencia de referencia, en este caso, la Literatura Comparada, precisamente porque desde tal perspectiva se postula que el conocimiento científico y crítico ha de desenvolverse esencialmente en el ámbito emic. En las primeras etapas de la historia de la Literatura Comparada, el ámbito emic correspondía a lo que entonces se identificaba como ajeno en las literaturas nacionales —lo foráneo—, de las que se partía como referencia y como objetivo con el fin de construir e interpretar relaciones de influencia e internacionalidad. Es, en suma, la concepción de Literatura Comparada tal como la propugnan Machado y Pageaux (1981: 15) cuando la afirman como “el estudio de los elementos extranjeros que existen en todas las literaturas”, de modo que el comparatista estudia lo ajeno (emic) en lo propio (etic), y desde el punto de vista de lo ajeno, esto es, émicamente. En la retórica que utiliza la posmodernidad para simular un interés por la Literatura Comparada, o cierta capacidad de comprensión al respecto, lo emic se identifica con lo no europeo. Con frecuencia, desde la terminología ideológica de la tropología poscolonial, se usan acríticamente los términos “otro” y “otredad” en un sentido émico.

El emicismo es la envoltura desde la cual el propio Pike presentó su distinción etic / emic. El objetivo en la obra de este lingüista era que las ciencias humanas, sobre todo la Antropología y la Lingüística, pudieran conocer los contenidos culturales desde el punto de vista emic[3]. Desde la teoría del cierre categorial esta tesis se expone así: el lugar donde se configuran las esencias o estructuras esenciales, por oposición a las estructuras fenoménicas, de las ciencias antropológicas es el lugar de los contenidos emic. Los puntos de vista etic se consideraban vías de accesos fenoménicas o fisicalistas —artefactos— que conducen al objetivo principal. De este modo, las determinaciones etic desempeñan una función auxiliar, instrumental, secundaria, propia de un ordo inventionis[4].

El emicismo, desde esta perspectiva “adentrista”, no solo defiende la tesis de que el objetivo de una disciplina científica (Literatura Comparada, Sociología, Lingüística, Antropología…), o de una ideología gremial (feminismo, socialismo, falangismo, racismo…), es reconstruir la realidad de aquello a lo que esta disciplina se refiere (sociedad, lengua, cultura, mujer, raza, organización política…) desde el punto de vista del sujeto agente (el nativo, el indígena, la mujer, el socialista, el falangista, el negro…), el cual forma parte de los hechos que se examinan; sino que además exige también aceptar que esta reconstrucción e interpretación solo puede llevarse a cabo por personas que forman parte émicamente del propio grupo social que es objeto de estudio. El nativo desconfiará siempre del antropólogo, la mujer del hombre, el blanco del negro…, y a la inversa. No cabe autismo más onanista. En consecuencia, solo los franceses podrían entender a los franceses, los catalanes a los catalanes, las mujeres a las mujeres, los jóvenes a los jóvenes, los viejos a los viejos, los hombres del Medioevo a sus contemporáneos, un romántico no podría comprender a un renacentista, Wagner no podría interpretar la música de Vivaldi, y solo un loco podría ofrecer una lectura acertada del Quijote

Desde un punto de vista gnoseológico, el emicismo, o “adentrismo”, equivale a negar el concepto mismo de sujeto gnoseológico, que resulta diseminado y sustituido por los múltiples sujetos agentes, miembros de cada cultura o grupo social, dedicados a la autognosis. Es la situación en la que contemporáneamente se encuentra la posmodernidad cuando pretende interpretar la literatura, al carecer de una posición etic definida y racional. Como escribió Merton (1973/1977: 185) al hacer suyos los lemas de Max Weber o Georg Simmel, “no es necesario ser un segundo Lutero para comprender a Lutero”. El criterio de oposición dentro / fuera, sobre el que se sostiene este emicismo o “adentrismo”, es una adulteración ideológica de la realidad a la que dice referirse, porque no se puede aceptar acríticamente, es decir, sin criticar y desmontar su inconsistencia, la suposición de que quien pretende conocer adecuadamente a Lutero, a Cesar, a Cristo, ha de poseer una “complejidad” humana —psíquica, física o química—, idéntica o equivalente a la que atribuimos a Lutero, a Cesar o a Jesucristo… De hecho ―como explica Bueno (1990a)― no es posible el conocimiento que no se libera de la creencia según la cual uno ha de entrar en Cesar o en Lutero para conocerlos. La gnoseología apunta realmente hacia el camino inverso: Cesar o Lutero han de entrar en nosotros, en nuestro horizonte gnoseológico, es decir, en nuestras coordenadas científicas, para que puedan ser interpretados. La realidad no se comprende si no es posible reproducirla desde nuestras propias coordenadas gnoseológicas, dicho en términos ordinarios: conocemos lo que está a nuestro alcance solo cuando nos lo aprehendemos.

2) Eticismo. Esta postura sostiene que la distinción emic / etic es necesaria en el momento de constitución de la ciencias de referencia, en este caso, la Literatura Comparada, pero añade que resulta críticamente imprescindible explicar los contenidos emic desde el punto de vista de las estructuras esenciales de la investigación científica, que identifica con la interpretación etic, esto es, la literatura y la cultura que corresponden de forma nativa y primigenia con el sujeto operatorio (el crítico o transductor), sea intérprete, investigador o comparatista, pero no con el sujeto agente (el autor o artífice). En el contexto de la Literatura Comparada, el eticismo supone el estudio de los elementos propios que existen en otras literaturas, consideradas como ajenas o foráneas, esto es, diferentes. Se trataría, en suma, del análisis de características que se identifican como propias de una literatura y que se han manifestado o desarrollado en otras literaturas, afectándolas de algún modo esencial. El eticismo apela en este contexto gnoseológico a la interpretación de cómo los elementos identificados como propios de una literatura influyen, determinan o impactan en la construcción, difusión e interpretación de literaturas foráneas. Se desarrolla de este modo una orientación analítica diametralmente distinta del emicismo.

La visión emicista es discutible no solo por motivos epistemológicos, sino sobre todo por motivos gnoseológicos. En la visión eticista, lo etic no es lo externo o artificioso, es decir, no es una contrafigura de lo emic, como espacio en el que actúa el centro de gravedad de la realidad antropológica. Pike concibió lo emic como lo interno y esencial, y lo etic como lo preliminar y fenoménico. Sin embargo, desde el eticismo, puede considerarse que lo etic no es una mera interferencia fenoménica en los contenidos del campo, sino que se trataría de los contenidos mismos del campo, y que por lo tanto habrá que interpretar como las estructuras esenciales de ese campo.

Pongamos un ejemplo. Los españoles que acompañan a Cortés ven “en la espantosa fiereza y horrible aspecto” del ídolo Cozumel un efecto probable de la aparición del demonio, que acaso “deseaban en su imaginación [la de los indios] aquellas especies” (Solís y Ribadeneyra, Lib. I, cap. XV; apud Bueno, 1990a: 55). La interpretación que dan los españoles del ídolo emic es un ejemplo de cómo se construye una crítica ontológica (de contenido teológico), al considerar al ídolo como un simulacro del demonio de la cultura cristiana. La interpretación de los españoles era etic, pero no científica, sino mitológica.

La defensa más radical de la perspectiva etic la sostiene el positivismo, y concretamente el eticismo materialista marxista, que ni siquiera duda de la posibilidad de conocer los pensamientos de los seres humanos, que sí le niega precisamente al “idealismo de la conciencia”, es decir, niega que los proyectos, los planes o los ideales, puedan considerarse como la perspectiva explicativa última de las ciencias humanas. El marxismo considera que todos estos contenidos solo pueden explicarse a partir del ser social del hombre, que siempre se manifiesta desde una perspectiva etic, nunca emic. 

En el contexto de la Literatura Comparada, es etic la postura que vincula el desarrollo del comparatismo a la expansión del nacionalismo, y que ve en las explicaciones comparadas de dos o más literaturas la pretensión de una literatura por imponerse interpretativamente a las demás. Desde la retórica posmoderna, se acusará de eticismo a toda interpretación europeísta de los hechos literarios. Para la tropología posmoderna, eticismo y etnocentrismo serán términos equivalentes. Ahora bien, en este punto, mi pregunta es tan simple como desafiante: ¿cabe hablar de literatura al margen del eticismo europeísta? Porque la literatura no es una invención europea, evidentemente, pero la interpretación de la literatura sí que lo es. ¿De no haber sido por la invención europea y aristotélica de la Teoría de la Literatura, las culturas no europeas habrían calificado e interpretado como “literatura” lo que, gracias a esta invención metodológica europea, califican e interpretan como “literatura”? 

Porque si la respuesta a esta pregunta es afirmativa, entonces la explicación racional es que la Literatura Comparada es una invención europea, y que la Teoría de la Literatura también lo es, incluso con mayor implantación histórica y europeísta que aquella, y que una y otra metodología se han exportado, impuesto e importado sobre otras culturas no europeas, con una consecuencia fundamental: haber contribuido a hacer legible para Occidente la creación literaria de pueblos y culturas que, sin la intervención europea y occidental, jamás habrían interpretado lo que, tras la intervención europea y occidental, hoy todos interpretamos como literatura, gracias a la Literatura Comparada y a la Teoría de la Literatura. Sin estas dos construcciones europeas y etnocéntricas, la posmodernidad no podría rentabilizar, con la eficacia con que lo hace, la explotación de la miseria universal, especialmente extra-europea. La colonización posmoderna no se basa en la explotación de la riqueza, sino en la explotación de la miseria. Y en manos de la crítica poscolonial, la Literatura Comparada es un instrumental nada despreciable en la codificación y explotación de la miseria tercermundista contemporánea.

3) Isomorfismo. Se plantea como una coordinación de las explicaciones emicista y eticista. Se postularía así un isomorfismo entre el modelo cognitivo (emic) que guía a autores, pueblos o sociedades políticas, a escribir obras literarias, y el modelo operativo (etic) que explica las relaciones postuladas por el comparatista como relaciones de isovalencia, isología o isonomía, aun cuando en realidad resulten materialmente indemostrables, y solo puedan serlo de forma idealista, a modo de desideratum utópico. La expresión posmoderna que identifica al isomorfismo como modo de manipulación de los materiales literarios es la de hibridismo, para referirse a las relaciones binarias entre culturas, y la de multiculturalismo, para designar la suprema isovalencia de las diferentes y desiguales sociedades, culturas y literaturas efectivamente existentes. Se impone de este modo la negación de la razón humana, como facultad que capacita al individuo para el ejercicio de la crítica, es decir, para el establecimiento y la justificación de clasificaciones, valores y contravalores. En una palabra: el isomorfismo niega la existencia de un criterio, es decir, de una razón crítica. El intérprete tiene que “hacerse el tonto”, en nombre de la cortesía académica, o de la cobardía personal, para no ofender a quienes postulan dogmática y fraudulentamente la isovalencia entre los aztecas y los españoles de fines del siglo XV. Cuando un científico escribe necedades solo puede ser leído como un necio, por muy tonto que se finja el lector.

En el contexto de la Literatura Comparada, el uso del isomorfismo provoca interpretaciones completamente fraudulentas, porque desde un punto de vista gnoseológico, es decir, lógico-material, solo se puede hablar de isomorfismo entre dos conjuntos cuando hay correspondencia entre Términos y Relaciones del conjunto inicial o de partida y el terminal o de llegada, y cuando hay correspondencia entre Operaciones dadas en cada uno de los dos conjuntos. Pero de ninguna manera hay isomorfismo cuando no concurren tales condiciones. La igualdad solo se da en condiciones de simetría, reflexividad y transitividad entre las partes conjugadas. También podríamos exigir un requisito de equivalencia. 

En consecuencia, solo podría hablarse de isomorfismo en Literatura Comparada cuando trabajamos con Términos del campo categorial de la literatura que tienen la misma valencia, y que por tanto son equivalentes, algo que resulta realmente imposible de determinar desde el momento en que prescindimos de un sistema normativo y calificativo, y que incluso aun sirviéndose de un canon unánimemente aceptado, como de facto lo es en la práctica el Canon denominado Occidental, apenas nos permitiría movernos más allá de términos como Cervantes, Shakespeare, Dante, Goethe, Dostoievski, etc., y algunas de sus obras, que no todas. Quiero decir con esto, en suma, que solo podrá hablarse de isomorfismo si suprimimos la literatura, es decir, si nos analfabetizamos. Para los posmodernos esto no entraña ninguna dificultad, dado que para ellos la literatura es un discurso completamente ilegible como tal, y su máximo deseo consiste en que todo el mundo perciba igualmente la literatura como un discurso ilegible. 

Los principales representantes de esta interpretación analfabética de la literatura son autores como Derrida, Foucault y, sobre todo, Terry Eagleton, cuya obra Literature Theory. An Introduction (1983) es lo más lamentable, por absurdo, que una mente racionalista puede leer. El proceder de la posmodernidad se resuelve en una yuxtaposición, en este caso al menos, del modelo cognitivo (la creación literaria emic) y del modelo operativo (la interpretación literaria etic), yuxtaposición fundada en un supuesto isomorfismo. Añadiré, además, que incluso aceptando la ficción del isomorfismo, nadie podría explicar a partir de él el modelo cognitivo de una literatura (la construcción de una literatura por parte de sus sujetos agentes o nativos), es decir, nadie podría explicar cómo se construye su propia guía de conducta, si es que el autor, el pueblo o la sociedad política que es artífice de una literatura, desconocen las posibilidades de interpretarla, es decir, si desconocen la acción de la crítica y el poder racional de la influencia.

Frente a las perspectivas emic, etic e isomorfa, el Materialismo Filosófico propone la aplicación de un modelo explícitamente gnoseológico. La construcción de una explicación racional (ordo doctrinae) de los hechos, por trivial que sea, procede de un modo que no es ni emic, ni etic, ni la yuxtaposición isomorfa de ambos. Lo que exige una explicación racional, muy al contrario, es regresar (regressus) a un marco inteligible, teórico, lógico y formal, que dé cuenta de los mecanismos operatorios (la interpretación literaria) en que se basa el modelo cognitivo (el acto de construcción literaria) del sujeto agente[5].

No se trata de describir los modelos cognitivos que actúan psicológicamente, desde las mentes de los sujetos agentes (autores, pueblos, sociedades políticas que construyen obras literarias), sino los modelos operatorios que actúan materialmente desde los modelos cognitivos del sujeto agente. El objetivo es explicar las vías de instauración de los mecanismos operatorios. Y esta es la competencia por excelencia del comparatista o sujeto operatorio que relaciona (o compara) los términos literarios (autor, obra, lector, transductor) del campo gnoseológico de la literatura. Por esta razón hay que apelar siempre a los materiales apotéticos, esto es, los materiales literarios que figuran en el eje de ordenadas o eje de partida: autor, obra, lector y transductor[6].

En el desarrollo de este procedimiento habrá que distinguir tres tipos generales de ontología, dada su relación con los problemas gnoseológicos implicados en la oposición etic / emic de Pike y las premisas ontológicas relativas al modo de unidad y relación que media entre las diversas literaturas posibles. Se distinguirán, en consecuencia, tres tipos de ontología: univocista, equivocista y dialéctica.


1. Ontología univocista. La ontología univocista es aquella que niega la diferencia entre dos o más términos. Es la ontología subyacente al racionalismo idealista que considera que, en su esencia, todas las culturas —y sus respectivas literaturas— son idénticas y equivalentes entre sí, poseen el mismo valor, y por tanto son traducibles las unas a las otras. Esta ontología está detrás de los análisis de los lenguajes al modo de Aristóteles, Kant, Piaget o Chomsky. Desde las coordenadas de esta ontología, se postula que el plano emic es el plano de los fenómenos, el cual nos conduce al plano de las esencias. La ontología univocista se basa en la equivalencia o isovalencia de todas las culturas, en la existencia de universales lingüísticos, y en la afirmación de una suerte de patrón universal o tabla isonómica de categorías culturales. Habría unas leyes generales, o esenciales, distribuidas de forma unívoca en todas y cada una de las culturas y literaturas. La ontología univocista es aquella a la que apela la posmodernidad cuando se refiere a las culturas como entidades isovalentes: todas las culturas son iguales y todas están relacionadas entre sí en términos de igualdad. Esencialmente, todo estaría conectado con todo (monismo metafísico y holismo armónico).


2. Ontología equivocista. La ontología equivocista es aquella que niega la relación entre dos o más términos. Desde los criterios de esta ontología, todas las culturas y literaturas resultan diferentes entre sí, heterogéneas e irreductibles (mutuamente o a un tertium). En relación con la ontología equivocista podría hablarse de relativismo, y también de megarismo[7]. Las diversas literaturas —incluida la propia, y en particular una “comunidad de intérpretes literarios”— se comportan como entidades independientes, como sistemas clausurados, sin perjuicio de conexiones interculturales puntuales y más o menos precisas. Esta ontología “megárica” inspira la teoría de las culturas de Spengler, cuyo paralelo biológico es la concepción de las especies de Von Uexküll, en virtud de la cual los “mundos en torno” (Umwelt) de cada especie pueden insertarse en una teoría de la evolución, a la que propiamente son ajenos. 

En Lingüística y en Antropología el equivocismo es la ontología que subyace a la concepción de Whorf (1956). En el contexto de la ontología equivocista el prisma de Pike brilla de forma muy intensa. Emic es ahora “el interior estructurado de cada cultura”, es decir, lo esencial, mientras que Etic es lo externo, el fenómeno. Lo fenoménico y lo esencial se mantienen en la ontología equivocista, pero invertidos en relación a su posición en la ontología univocista. La ontología equivocista es aquella a la que apela la posmodernidad cuando se refiere a las culturas como entidades megáricas: cada cultura es en sí misma original y ha de preservarse intacta en su originalidad frente al dominio colonizador de otras culturas. Esencialmente, todo estaría desconectado de todo y cada parte se comportaría como una mónada independiente de las demás (megarismo metafísico y atomismo armónico).


3. Ontología dialéctica. La ontología dialéctica es aquella que identifica la diferencia y articula la relación o comparación entre dos o más términos. La ontología dialéctica se enfrenta al univocismo que niega la diferencia entre dos o más autores, interpretaciones, obras o literaturas, desde el postulado idealista y demagógico según el cual “todas las culturas son iguales”; y se opone igualmente al equivocismo que niega la relación entre autores, obras o conjuntos literarios supranacionales y suprahistóricos, esto es, que rompe la symploké imprescindible en todo ejercicio de crítica literaria, al aislar a los autores de sus obras, y a estas de sus lectores, intérpretes y contextos culturales, históricos, económicos, sociales, etc. 

Univocismo y equivocismo son dos tipos de discurso sobre los que la posmodernidad despliega la esencia de su arsenal retórico e ideológico. Y son, además, univocismo y equivocismo, dos imperativos que inhabilitan metodológicamente toda posibilidad de ejercer y desarrollar la Literatura Comparada, porque, en primer lugar, si no es posible relacionar dos o más literaturas tampoco será posible compararlas, y, en segundo lugar, si no es posible reconocer y objetivar las diferencias entre dos o más literaturas, autores u obras, porque se postula que todas las literaturas y culturas son iguales, entonces no hay nada que comparar. Sin diferencia y sin relación no es posible la comparación.

En consecuencia, la ontología dialéctica rechaza de plano la ontología de la uniformidad, univocista, propia del racionalismo idealista, y subraya la diferenciación y la heterogeneidad entre las culturas, tanto como puede hacerlo el equivocismo. Sin embargo, no es equivocista, porque niega los supuestos megáricos y autárquicos de cada cultura, y porque reconoce la doctrina de la symploké, basada en la relación racional y lógica y en la evolución consecuente y sistemática. 

Tampoco es metamérica (relaciones entre totalidades globales o estructuras enterizas), porque no necesita regresar a una perspectiva de relaciones globales que depare un sistema de esencias supraculturales, es decir, que postule una cultura abarcadora de todas las demás. Sí es diamérica (relaciones puntuales entre las partes elementales de dos totalidades o estructuras), porque sí regresa a la perspectiva de relaciones entre las partes o elementos que constituyen dos estructuras relacionadas partitivamente, proceso que permite analizar la interconexión de unas literaturas con otras, en una relación comparativa y crítica en la que hay diferencias en cuanto a la potencia abarcadora de las distintas literaturas o sistemas literarios (lo que no implica ni exige un postulado de traducibilidad sin residuo, desde el momento en que siempre opera el mecanismo de la transducción).


La diversidad de los sistemas culturales no alcanza ahora un sentido meramente distributivo, puesto que la diversidad es ahora la misma interactividad conflictiva de las partes diferentes en cuanto a su potencia abarcadora, de las distintas culturas. La ontología dialéctica reconoce ampliamente las tesis del relativismo cultural. Sencillamente no concibe este relativismo como uniforme y simétrico: entre las diversas culturas o sistemas culturales (lenguas, sistemas de numeración, sistemas tecnológicos, &c.) median relaciones asimétricas en cuanto a los grados de potencia abarcadora. Unas culturas o sistemas culturales son más potentes que otros, pero en diversas líneas, y gracias a ello pueden ser analizadas los unos por los otros (Bueno, 1990a: 106).

En la ontología dialéctica, etic (la interpretación científica: gnoseología) es lo único que puede explicar operatoriamente a emic (la construcción literaria: ontología)[8]. La ontología dialéctica es característica del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, y en el contexto gnoseológico de la Literatura Comparada niega tanto el monismo metafísico u holismo armónico de la ontología univocista (todas las culturas son iguales y todas están relacionadas idénticamente entre sí), como el megarismo metafísico o atomismo armónico de la ontología equivocista (todas las culturas son originales, diferentes e independientes entre sí, y como tales se mantienen intactas y se desarrollan autónomamente en el tiempo y en el espacio). Las primeras se afirman en el mito de la isovalencia, y las segundas en la falacia del megarismo. Tanto el mito de la isovalencia, desde el que se niega el uso de la razón como criterio valorativo, y se cancela toda posibilidad de ejercer la Literatura Comparada, ya que si todo es igual a todo nada hay que comparar ni que relacionar, como la falacia del megarismo, según la cual las culturas y las literaturas son entes originales, intactos e independientes entre sí, como pompas eternas de jabón que flotan en un cosmos estoico y fabuloso, y desde el que igualmente se niega la posibilidad de practicar la Literatura Comparada, ya que si nada está relacionado con nada, y nada influye en nada, nada hay que comparar, tanto lo uno como lo otro, la isovalencia y el megarismo, constituyen los dos pilares fundamentales de la posmodernidad como aberración interpretativa de la Idea de Cultura, de la Historia de la Literatura, de la Literatura Comparada y de la Teoría de la Literatura.







Notas

[1] Uso los términos de Pike (1954), emic / etic, pero reconstruyendo esta distinción conceptual desde los criterios del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura. Indispensable en este punto es el opúsculo de Bueno (1990a). Para una introducción al Materialismo Filosófico como teoría literaria contemporánea, vid. Maestro (2006, 2006a, 2007a, 2007b).

[2] La Biología no se organiza en torno a la “vida”, ni la Antropología en torno al “Hombre”, sino respectivamente en el campo categorial de los materiales biológicos y en el de los materiales antropológicos. Las ciencias no están delimitadas por su objeto de conocimiento, sino por su campo categorial, que es el espacio gnoseológico en el que se sitúan, como realidades ontológicas y efectivamente existentes, los materiales, esto es, los hechos, los cuales se constituyen como objeto de conocimiento científico.

[3] Según escribe Bueno (1990a), desde el punto de vista de la Antropología, por ejemplo, el emicismo concibe la interpretación aducida por el sujeto agente (los nativos tsembagas que cambian la altitud de sus campamentos en determinadas épocas del año) como aquella interpretación en la que en última instancia residen las razones de su conducta (la presencia de espíritus malignos en las zonas bajas). El emicismo explica los hechos desde la perspectiva del modelo cognitivo del sujeto agente (cómo actúan los nativos). Sin embargo, en estos casos la “explicación” emicista de los hechos no suele ser una explicación, al menos desde el punto de vista del racionalismo del sujeto gnoseológico, sino que constituye un contenido que él mismo debe ser explicado. ¿Cómo? Desde una perspectiva eticista. La interpretación eticista se basa en criterios científicos portados por la cultura del sujeto gnoseológico, en este caso, el antropólogo. En el ejemplo aducido de los tsembagas, se consideran las explicaciones émicas, que se sitúan en un lugar mitológico, ya que aluden a la presencia de espíritus, etc. Se procede a una investigación basada en causas científicas: análisis sanguíneo de los efectos, y comprobación del virus de la malaria. Sin embargo, la explicación científica en que se basa el eticismo (constatación de la malaria y del mosquito anofeles) explica las causas de la malaria, pero no la resistencia de los tsembaga a bajar más allá de los mil metros. Son dos cosas diferentes. Las concatenaciones etic explican la causa de la fiebre, pero no la conducta de los nativos, es decir, explican las causas científicas, pero no el comportamiento social, no las “razones” de los tsembagas. En ejemplos de este tipo, hablar de una explicación emic de los hechos es hablar de un modo incorrecto, desde el punto de vista de la teoría de la ciencia, porque es el mismo hecho emic lo que ha de ser explicado, es decir: la ignorancia de los tsembagas, al atribuir a espíritus malignos la difusión de una enfermedad, la malaria, causada por el mosquito anofeles.

[4] La relación entre folclore y emicismo es indudablemente muy estrecha. Bueno ha demostrado cómo el folclore es un espacio concreto y fértil en el que puede analizarse la dialéctica de las reconstrucciones de las figuras culturales, según la perspectiva etic / emic de Pike. El término folclore es neologismo creado a partir de las palabras anglosajonas Folk (pueblo) y Lore (sabiduría, conocimiento, acaso enseñanza, vinculada por algunos al alemán Lehre). El término fue introducido por William John Thoms, con el pseudónimo de Ambrosio Martin, en su carta titulada “Folklore”, y publicada el 22 de agosto de 1846 en la revista Athenaeum (núm. 982). Thoms definió entonces el folclore como el “saber tradicional del pueblo”. Cuando este concepto, que nace vinculado a los pueblos civilizados europeos, se extiende a los pueblos primitivos, el folclore se hace coextensivo con el saber tradicional de cualquier pueblo, y además, al dejar indeterminado el alcance de ese “saber tradicional”, el concepto de folclore se confunde prácticamente con el concepto antropológico de cultura. El folclore, como sabiduría tradicional de un pueblo, es un concepto emicista. Se trata, además, de saberes concretos, no de carácter abstracto o científico. Como señala Bueno (1990a) en la argumentación que aquí expongo, la reconstrucción museístico-teatral del folclore, como sabiduría tradicional de un pueblo, solo es posible cuando se refiere a ciertos contenidos culturales, pero no a todos. ¿Se consideraría folclórica una batalla real entre tribus de pueblos primitivos contemporáneos? En suma, toda selección de materiales folclóricos, que convencionalmente han consolidado su permanencia (danzas, leyendas, cuentos, cantos populares, juegos, costumbres…) sugiere siempre la existencia de motivaciones ideológicas, políticas o económicas, más allá de las meramente estéticas o científicas. Estas motivaciones tienen como voluntad subrayar ciertos rasgos simbólicos, llamados posmodernamente “señas de identidad”, como si la identidad fuera cuestión de metafísica subyacente e intemporal, y no el resultado de un refuerzo —en el más estricto sentido de Skinner— impositivo y educacional, ejercicio sobre una masa de individuos, organizados de forma ideológica, social o política, en tanto se mantienen en competencia con otros grupos ideológicos, sociales o políticos.

[5] La relación emic / etic solo alcanza su pleno significado gnoseológico a través de la relación fenómeno / esencia. La esencia alcanza su sentido en función del fenómeno, puesto que ella es 1) el término del regressus desde los fenómenos, y 2) el principio del progressus hacia los fenómenos. La clave causal y material de los procesos antropológicos está en la esencia de los procesos antropológicos. En la medida en que los contenidos emic no son asimilables por los contenidos etic, el intérprete permanece en el reino de los fenómenos, tal como se entiende esta categoría semántica desde la teoría del cierre categorial. En la tradición kantiana fenómeno se opone a noúmeno. En la tradición platónica, fenómeno se opone a esencia. Husserl recupera la tradición platónica en su Idea de la fenomenología (1907), donde incluso señala la necesidad de eliminar al sujeto para alcanzar la esencia. Sin embargo, la eliminación de la existencia del sujeto, de la existencia de la cogitatio, para alcanzar las esencias plantea problemas muy difíciles a la teoría de las ciencias humanas. En la teoría del cierre categorial el concepto de fenómeno se opone a la esencia y a la referencia fisicalista. Los “hechos” son ante todo referencias. Y las referencias fisicalistas se nos comunican a través de operaciones manuales, por tanto, operaciones distributivas, porque cada individuo o grupo las reproduce distributivamente. Pero sucede que los hechos no son una realidad absoluta, sino que tienen lugar en un horizonte fenoménico, que está determinado por un contexto cultural e histórico. Como ha señalado Bueno (1990a: 84), “la perspectiva emic es la perspectiva de la gente”.

[6] Si no contásemos con objetos apotéticos, la comunicación sería imposible. Apotético (de apó, lejos y tithemi, poner) es concepto relacional que sirve para designar lo que se presenta u ofrece a distancia, con evacuación de los objetos interpuestos —tanto en el espacio como en el tiempo— del sujeto operatorio. Son apotéticas las conductas de los animales, la captación a distancia de los comportamientos de otro, etc., y toda secuencia de acciones operatorias que impliquen un distanciamiento respecto al objeto al que se refieren. Se opone a paratético. A su vez, paratético (de pará, junto a, y tizemi, poner) es concepto relacional que sirve para designar aquellas situaciones en las que las relaciones recíprocas entre dos cuerpos son producidas por su mutua contigüidad espacial o temporal. Son paratéticas las leyes de choque de los cuerpos, los principios de acción y reacción, los tropismos, las reacciones químicas, etc.

[7] Sobre el megarismo de las culturas cabe advertir lo siguiente. En el vestíbulo del Museo Antropológico de México leemos que “todas las culturas son iguales”. Esta declaración de isonomía e isovalencia de las culturas nos sitúa en el ámbito de una ideología del megarismo de las culturas. Los megáricos llevaron al límite metafísico la doctrina de las esencias de Platón, y postularon la existencia de un reino de esencias inmutables, inconmensurables e incomunicables entre sí. A esto mismo equivaldría una igualdad isonómica e isovalente de todas las culturas. En este sentido, los antropólogos se convierten en ideólogos de movimientos de liberación. La cultura solo es un conjunto borroso de contenidos múltiples y heterogéneos, que no mantienen entre sí relaciones asimilables a las que pueden mantener las partes un organismo. La cultura no se puede oponer a la Naturaleza, porque la Naturaleza, como unidad de referencia, no existe.

[8] Adviértase que esta explicación siempre será b-operatoria, es decir, siempre implicará a un sujeto operario presente como término en el campo gnoseológico. Dicho de otro modo, el comparatista, siempre será un ser humano, es decir, un ente dotado de una psicología que la interpretación científica o gnoseológica tendrá que segregar y depurar.




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Interpretación etic de la literatura en el contexto de la Literatura Comparada», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 8.3.4.3), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...