I, 8.1.1 - La Literatura Comparada como Idea


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





La Literatura Comparada como Idea

Referencia I, 8.1.1




CC0 1.0
Como Idea, la Literatura Comparada se sitúa en un contexto metodológico de coordenadas muy definidas. En primer lugar, en tanto que Idea, el intérprete de la Literatura Comparada actuará desde una perspectiva crítica, y no exclusivamente teórica, es decir, desarrollará una actividad filosófica (porque trabajará con la literatura como Idea: crítica literaria) y no científica (porque no examinará la literatura como Concepto categorial o científico: teoría literaria). En segundo lugar, la Literatura Comparada, como Idea, se sitúa en el espacio antropológico y en el espacio ontológico, respectivamente, en tanto que material antropológico, construido por el ser humano, y en tanto que realidad material, efectivamente existente, corpórea y operatoria.

Con anterioridad me he referido a la Literatura como Idea (Maestro, 2007a), y he explicado cómo desde este punto de vista solo puede ser objeto de una filosofía, es decir, de una crítica. No voy a repetir aquí lo ya escrito, por lo que remito al lector interesado a la referencia bibliográfica correspondiente. Sin embargo, sí añadiré una particularidad pertinente a la interpretación de la Literatura Comparada como Idea: la importancia que en este contexto adquiere la figura gnoseológica de la relación, dada en la relación misma de comparación que caracteriza metodológicamente el ejercicio de esta disciplina[1]

La Literatura Comparada funciona en este caso como una forma relatora, es decir, como una forma de relación racional y lógica entre dos o más Ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios. Los relatores son figuras gnoseológicas que convierten términos de una clase en conceptos de otra clase, con frecuencia más compleja, y que disponen de este modo los recursos necesarios para el desarrollo de la crítica. De esta forma, la relación que puede establecerse entre el concepto de endecasílabo utilizado por Petrarca en su relación con el concepto de endecasílabo característico de la poesía modernista finisecular será, inevitablemente, objeto de relación gnoseológica. Lo mismo sucederá si comparamos el concepto de personaje propio de la narración épica con el mismo concepto tal como se objetiva en la Bildungsroman. Solo a partir de una interpretación dialéctica, analógica o paralela de tales conceptos será posible construir una interpretación crítica de las ideas objetivadas a través de estos u otros conceptos literarios.

Por lo que se refiere a la ubicación de la Literatura Comparada en los espacios antropológico y ontológico, diré lo siguiente.

Como interpretación referida a la literatura, el comparatismo solo puede darse en el eje circular del espacio antropológico, es decir, en el sector de las relaciones humanas. No cabe hablar, pues, de Literatura Comparada en los ejes radial (la literatura como expresión formal o reflejo mimético de la naturaleza) ni angular (la literatura como representación mística de una realidad suprasensible, divina o metafísica) del espacio antropológico, ya que en estos sectores se situarían interpretaciones de hechos literarios que hoy día no pueden considerarse como científicas, sino como discursos psicologistas, ideológicos o retóricos, que se predican sobre las formas literarias en tanto que expresión de una realidad sensible (mímesis), o sobre las lecturas e interpretaciones teológicas (mística) de los materiales literarios. 

La primera de estas tendencias ha dominado prácticamente hasta el siglo XVIII, en la poética mimética y su preceptiva, de base aristotélica, al incurrir en la falacia descriptivista, de fundamento epistemológico, y perpetuarse en la reducción de la literatura a una dimensión exclusivamente formalista, de la que han participado sin excepción, en mayor o menor medida, todas las poéticas formales y funcionales del siglo XX, y aun del XIX, si consideramos a la Escuela Morfológica Alemana. Una orientación de esta naturaleza, aplicada a la Literatura Comparada, reduce las figuras gnoseológicas del método comparatista a un descriptivismo formalista al que difícilmente podrían asimilarse términos categoriales del campo de la literatura como lo son el autor, el lector o el transductor. 

La segunda de estas tendencias ha sido dominante sobre todo en períodos como el Barroco, el Romanticismo o la posmodernidad, épocas que postulan e imponen una desconfianza frente a los modos racionales de interpretación de la materia física (M1) y lógica (M3), a los que proponen subrogar o reemplazar, en la medida de lo posible, por interpretaciones basadas en “hechos de conciencia”, constitutivos de un mundo fenomenológico (M2): el psicologismo, las intuiciones emocionales, la sensibilidad, el sentimiento individual, la creencia personal o gremial, el yo y el otro, el ello y sus complejos, el mundo de los sueños…, y, en suma, el discurso irracional. Como he indicado en otras ocasiones, si Dante o Calderón son buenos poetas, lo son por haber demostrado un dominio extraordinario de las formas y de las ideas literarias, pero no por haber sido católicos. Es la razón antropológica lo que les confiere genialidad, que no la razón teológica. No es Dios el lector de la Divina commedia o de La vida es sueño, sino el ser humano, dotado de una razón y de una inteligencia exclusivamente antropomórficas.

Desde el punto de vista del espacio ontológico, la Literatura Comparada adquiere pleno desarrollo en los tres sectores o ejes, constituidos por la Materia física (M1), la literatura como realidad lógico-formal y lógico-material; por la Materia fenomenológica (M2), la literatura como discurso de experiencias sensibles, imaginarias, psicológicas, ficticias, etc.; y por la Materia lógica (M3), la literatura como sistema de Ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios. La Literatura Comparada no puede reducirse, de forma exclusiva o excluyente, a ninguno de estos tres sectores o ejes, lo que supondría la supresión de toda interpretación crítica posible, desde el momento en que la literatura es una materia dada de forma efectiva y operatoria en cada uno de esos tres géneros de materialidad (el físico, el fenomenológico y el lógico).

En este sentido, es muy frecuente que las implicaciones posmodernas en el ámbito de la Literatura Comparada se manifiesten precisamente en el eje psicologista del espacio ontológico, imponiendo visiones subjetivas y animistas de lo que literatura es. No por casualidad escribe una autora —cuyo nombre me permito no citar, dada la simpleza de su argumentación— que:

Existen lectores y escritores, sin embargo —pensemos en Hermann Hesse, por ejemplo, o en Arthur Waley—, que sienten una profunda emoción de empatía ante la literatura y el pensamiento no europeos; cuyo canon personal debe incluir tanto a Li Tai Po y a Confucio como a Goethe y a Keats.

El comentario que puede hacer cualquier mente mínimamente educada en el uso de la razón será el de pedir cuentas sobre qué cosa es “sentir una profunda emoción de empatía” por la literatura, sea europea, ártica o marciana. Si para Hesse, Waley, o quien sea, la literatura es una cuestión de emociones, sentimientos, empatías o antipatías, es evidente que nada tienen que enseñarnos sobre lo que la literatura es. Cuando la literatura se reduce a una emoción, y se la despoja de ideas y conocimientos racionales, el ser humano queda convertido en un analfabeto perfecto, ebrio de sensibilidad, pero iletrado, al que de ninguna manera pueden salvar ni la exquisitez de una hipersensibilidad irracional ni la fama de ser un artista capaz de escribir o transcribir sentimientos sin ideas. Es el uso de la razón, o la carencia de ella, lo que nos hace inteligentes o estultos. Del mismo modo que no es la simpatía, ni la emoción, lo que hace de la literatura un discurso de ideas, y por lo tanto susceptible de una construcción y de una interpretación inteligentes. Y ni mucho menos es la procedencia geográfica —europea, africana o extraterrestre— lo que en sí mismo nos hace ni simpáticos, inteligentes o “majetes”. 

Comparar a Confucio con Goethe es, en términos literarios, lo mismo que comparar una obra de arte concreta con un refranero general ad usum prudentium. Goethe, en sus obras literarias, hizo algo más que aconsejar teológicamente prudencia, moderación y virtud. Por otro lado, y para concluir con la glosa a esta ridícula cita, cuya autoría protejo con la cortesía del anonimato, diré que hablar de “canon personal” es lo mismo que diseñar, en cartografía, un “mapamundi de Pontevedra”. Si un canon es un sistema de normas objetivas, y por lo tanto supraindividuales, ¿cómo un individuo puede imponer supraindividualmente unas normas que son fruto de su conciencia individual? Por muy fértil que sea —u hormonada que esté— la imaginación de cada cual, la conciencia de un único sujeto no puede imponer normas a la totalidad de la Humanidad, a menos que la conciencia de ese Yo sea una suerte de Superconciencia que, desde el imperialismo de una hipnosis global, subyugue la percepción e interpretación del resto de los seres humanos, casi, diríamos, sin excepción. También hay otra alternativa. Y es que quien habla de “canon personal” no sepa ni lo que es un canon ni lo que es una persona. 

Un canon no es un “hecho de conciencia”, sino el resultado de muchos “hechos”, en los que intervienen obras literarias, naciones y estados, civilizaciones, inquisiciones, imperios, sistemas educativos y financieros, grupos empresariales y editoriales, y, a veces, también la Universidad.





Nota

[1] La idea de relación aplicada a la Literatura Comparada no es ninguna novedad, pues data de los comienzos mismos de la disciplina. Concretamente, autores como Tieghem (1931) fueron los primeros en utilizar esta referencia en sus manuales de Literatura Comparada. Con todo, conviene precisar que cuando comparatistas franceses, como los pertenecientes a la escuela de Tieghem y Baldensperger, hablan de rapports, y de forma específica de rapports de fait, están haciendo un uso positivista del concepto de relación, por referencia a los campos categoriales de la Lingüística y de la Historia de la Literatura. El uso que aquí hago de la Idea de Relación es un uso gnoseológico, es decir, lógico-material, está determinado por el principio de symploké, y remite siempre a relaciones ternarias o tridimensionales, que nunca binarias o bipolares. Se trata, pues, de la Idea de Relación como figura filosófica y crítica, no científica, conceptual o categorial. El Materialismo Filosófico distingue claramente entre ideas (objetos de crítica) y conceptos (objetos de ciencia) a la hora de enfrentarse a los materiales literarios, como he analizado en detalle en otro lugar (Maestro, 2007a). Así, leemos, no sin cierto rubor hoy día, estas palabras de Tieghem, reproducidas por Zima en su Komparatistik (1992: 25): “La literatura comparada es una rama de la historia literaria; es el estudio de las relaciones espirituales internacionales, de las relaciones de hecho (rapports de fait) que han existido entre Byron y Pushkin, Goethe y Carlyle, Walter Scott y Vigny, entre las obras, las inspiraciones o, en suma, las vidas de escritores de literaturas diversas”. Como se observa, para Tieghem todo era cuestión de relación, aunque hoy día las “relaciones espirituales internacionales” puedan hacernos pensar en sesiones de espiritismo para extranjeros, y las “relaciones de hecho” en problemas relativos a nuevas formas políticas de emparejamiento al margen de vicarías y juzgados.



Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La Literatura Comparada como Idea», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (I, 8.1.1), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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