II, 5.4.9 - La novela epistolar en el Quijote


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





La novela epistolar en el Quijote

Referencia II, 5.4.9



Doré, Sancho como gobernador
El descubrimiento de la novela epistolar de los siglos XVI y XVII remite a antecedentes griegos: Chion de Heraclea (Düring, 1951), Heliodoro y Aquiles Tacio, con la inclusión de cartas en la novela bizantina. Desde el Renacimiento, la literatura van poblándose de cartas intercaladas, que impregnan, como partes integrantes y extensionales explícitas, obras literarias pertenecientes a diferentes géneros y especies: Gargantúa a Pantagruel, Hamlet a Ofelia, don Quijote a Sancho... Son hechos fundamentales, en este punto, la impresión en Venecia, en 1553, de la novela epistolar de Juan de Segura, Proceso de cartas de amores, a cargo de Gabriele Giolito, así como las sucesivas reimpresiones de que es objeto Cárcel de amor (1492), de Diego de San Pedro, durante la década de 1520, y el propio Lazarillo de Tormes (1554), que combina la ficción epistolar con la autobiográfica (Navarro, 2008). Erasmo de Rotterdam, en su Opus de conscribendis epistolis, de 1522, había dado a la estampa uno de los tratados epistolares latinos más importantes e influyentes.

En sus trabajos sobre los géneros epistolares, Claudio Guillén (1985a) piensa en la carta limitándose sobre todo a las concepciones de los humanistas del más temprano Renacimiento, en la que la epístola emerge como una cualidad extraordinaria de una suerte de literatura oral. En medio de una retórica luminosa, tan propia de la escritura de C. Guillén (1985a: 300), que cabe calificar de “enciclopedismo poético”, este autor acaba por identificar a la carta como el signo, si no de “la literariedad, al menos [de] la alfabetización”, pese a que los lectores del Quijote podían leer desde 1615 cartas de analfabetos tan cualificados como Sancho Panza o su mujer, Teresa Panza, o de destinatarios tan singulares —y no menos iletrados— como Aldonza Lorenzo.

Lo cierto es que con Cervantes la novela se abre camino a través de la explotación y reestreno de todos los géneros y especies literarios posibles, entre los cuales la epístola desempeña también su papel, como fuerza motriz discreta pero innegable. La intrahumanidad se objetiva a través de la carta en la literatura moderna. La novela se abre, acaso mejor que otros géneros, hacia las formas menos restrictivas de la estética literaria[1]. La epístola germina en el Quijote con una informalidad hasta entonces inédita, en la que se amalgaman la misiva cortesana, el mensaje familiar y la carta retórica.

En sus trabajos sobre el género epistolar, Martín Baños (2005) distingue tres tipos de cartas: epístola familiar, epístola retórica y epístola cortesana. Las tres modalidades se dan en el Quijote. Las dos primeras se inscriben en la tradición de los modi epistolandi latinos, aunque también estarán presentes en los manuales vernáculos, mientras que la epístola cortesana se desarrolla casi exclusivamente en el seno de estos últimos.

Las denominadas epístolas familiares serían las cartas procedentes y constituyentes del ámbito de la comunicación privada y personal. Es el tipo de cartas que intercambian Sancho y su mujer, Teresa Panza (II, 36 y 52). Las cartas de Sancho y su mujer no tienen intimidad. Ante el analfabetismo de sus artífices, están escritas y leídas por intermediarios, ávidos de ociosidad y curiosidad insalubre, de la que Teresa Panza es muy consciente.

El bachiller se ofreció de escribir las cartas a Teresa de la respuesta, pero ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que le tenía por algo burlón, y, así, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que sabía escribir, el cual le escribió dos cartas, una para su marido y otra para la duquesa, notadas de su mismo caletre, que no son las peores que en esta grande historia se ponen, como se verá adelante (II, 50).

La última carta de Teresa Panza a Sancho (II, 52) se lee por don Quijote ante los duques, y a instancias de estos en público. Hoy nos sorprende esta profanación de la intimidad epistolar.
Las cartas familiares se inscribían en la categoría establecida por Cicerón en el género de epístolas familiare et iocosum, frente a las del género severum et grave[2]

Las cartas de este primer tipo serían identificadas por los humanistas del Quinientos como un colloquium o sermo natural, familiar, amistoso, informal, cotidiano, de modo que tanto su forma como su contenido, su elocutio, dispositio e inventio, en suma, no responderían a la exigencias del discurso retórico establecido. Las artes dictaminis medievales ignoraron por completo el concepto familiar de la epístola, promoviendo su orientación retórica. Serán los humanistas quienes sí codifiquen, muy gratamente por otra parte, la epístola como género familiar, coloquial, informal. En este punto resultó fundamental el descubrimiento que Francesco Petrarca y Coluccio Salutati hicieron en 1345 de buena parte de los epistolarios ciceronianos, hallazgo que, distanciándose deliberadamente del “magna vis dicendi”, promovieron bajo el signo del “mediocre domesticum et familiare dicendi genus” (apud Martín Baños, 2005: 24).
La epístola retórica sería aquella que eleva su elocutio por encima del lenguaje ordinario, coloquial, familiar. Diríamos que tiende a sustituir el leguaje natural por un uso artificial y sofisticado del lenguaje. Es, ante todo, el modelo que sigue la célebre carta de don Quijote a Dulcinea del Toboso (I, 25), que Sancho nunca llega a entregar, y que su memoria aplebeyada deturpa hasta lo grotesco[3]

Es acaso también el estilo de las cartas intercambiadas entre la duquesa y Teresa Panza, que no disponen ni reproducen el modelo cortesano plenamente (II, 50 y 52). La Edad Media enfatizó, mucho más que el Renacimiento, las posibilidades retóricas de la epístola, al contraponer, como ha demostrado Martín Baños (2005, 2005a), la oratio o discurso hablado, desestimándolo, frente al dictamen o texto escrito, en torno al que se aglutinaban los cuidados de la antigua preceptiva: “el ars dictaminis no es otra cosa que la aplicación sistemática de las reglas retóricas a la escritura de cartas y otros documentos” (Martín Baños, 2005: 25). Sin embargo, en modo alguno el Renacimiento supuso la disolución de la epístola retórica, de fuerte ascendencia medieval, sino que incluso codifica su presencia en las artes dictaminis de las escuelas europeas del siglo XVI. Se consolida así el modelo de la epístola retórica como género literario, que encuentra en el tratado erasmista Opus de conscribendis epistolis (1522) su más intensa justificación[4].

Por último, la epístola cortesana, surgida hacia mediados del siglo XVI, debe su génesis y desarrollo al intercambio de mensajes relativos al mundo administrativo, social y convencional de la Corte y los ceremoniales ambientes cortesanos. Es una especie epistolar que nace vinculada a la herencia del humanismo, a la vez que abre caminos completamente nuevos a la tradición precedente[5]. Podrían inscribirse aquí las cartas del duque a Sancho, quien las recibe en calidad de “gobernador” (II, 47), así como las misivas intercambiadas entre don Quijote y Sancho Panza durante la estancia de este último en la ínsula Barataria (II, 51).





Notas

[1] “Cabe también acercar a este grupo —escribe López Estrada a propósito de la novela sentimental o cortesana— los inicios de la novela epistolar con argumento amoroso (Ch. E. Kany, 1937; F. Vigier, 1984). Precedido por un pliego de Cartas y coplas para requerir nuevos amores de 1535 (F. López Estrada, 1945 y 1961, p. 71), Juan de Segura escribe con este artificio epistolar el libro Proceso de cartas de amores...” (López Estrada, en Carrasco Urgoiti et al., 2001: 108).

[2] Como ha señalado oportunamente Martín Baños, “en muchas ocasiones la expresión epístola familiar está vacía del significado al que antes hemos hecho alusión y del que vamos a seguir hablando. La razón última de tal vaciedad semántica se halla en un título desafortunado: el que a principios del siglo XV comenzó a generalizarse para la colección ciceroniana hoy conocida, en efecto, como Familiares. No está claro quién impuso el nombre a este epistolario descubierto en 1392, pero fue un nombre a todas luces inoportuno, porque la colección incluye cartas propiamente ‘familiares’ junto a muchas otras que, bien por su temática, bien por su estilo, no lo son” (Martín Baños, 2005: 20).

[3] “A la célebre carta que don Quijote le envía a Dulcinea del Toboso por mediación de Sancho —«la mejor carta de amores de la literatura española», en opinión de Pedro Salinas— se la puede relacionar con prácticamente cualquiera de las innumerables epístolas amatorias incluidas en los libros caballerescos” (Roubaud, 1998: cxvii).

[4] “Este texto fundamental cumple dos objetivos principales: el primero es, como decimos, renovar y depurar el arte epistolar desde la perspectiva de la genuina retórica clásica; el segundo, arremeter contra quienes pretendían reducir la carta a los estrechos límites del sermo familiaris. Hacia finales del siglo XV, en efecto, comenzaba a tomar cuerpo la tendencia clasicista que consideraba la carta como un texto esencialmente sencillo y amistoso, familiar. Erasmo no rechazaba de plano que la carta pueda ser entendida en estos términos, pero polemiza con quienes no aceptan la heterogeneidad, la multiplicidad radical de la forma epistolar. Apelando al andamiaje de la retórica, Erasmo concibe en su obra una epístola capaz de trascender el tono informal y desenfadado para acercarse, casi en igualdad de condiciones, a la oratio” (Martín Baños, 2005: 26).

[5] “Los tratadistas vulgares, sin embargo, encuentran dificultades para ubicar en los esquemas neolatinos las cartas más habituales y necesarias en el mundo dinámico y cambiante de la Corte. Es el caso de Battista Guarini, cuyo Secretario (1594) parte para este punto de la oposición tradicional grave / familiar. La obra comienza distinguiendo, en efecto, entre los dos tipos de carta acostumbrados en los manuales humanistas: tomando en consideración el estilo, las epístolas se dividen, primeramente, en famigliari (sencillas, claras, amistosas y festivas), y elevate (de dicción más culta, stringata y ragguardevole). Aplicando después un criterio temático, Guarini desdobla las elevate en dos tipos más de carta: las ufficiose o di complimento, que satisfacen la variada gama de obligaciones y ritos sociales cortesanos (desde la recomendación o la acción de gracias hasta la felicitación o el consuelo), y las negoziose, que se ocupan de asuntos prácticos, de interés o provecho” (Martín Baños, 28).





Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La novela epistolar en el Quijote», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.4.9), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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