II, 5.4.8 - La novela autobiográfica en el Quijote



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







La novela autobiográfica en el Quijote

Referencia II, 5.4.8



                                          Yo, señor, soy Cervantes...
                                          Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Prólogo (1617).



Quijote I, 35 (Cervantes Project)
El Quijote contiene germinalmente las formas de un paradigma que en la Edad Contemporánea va a ser objeto de un amplio y complejo desarrollo: la novela autobiográfica[1]. La historia intercalada del capitán cautivo, Ruy Pérez de Viedma, intensionaliza en el Quijote rasgos determinantes de la novela autobiográfica. Lo que cuenta este personaje remite a hechos vividos por Cervantes. La forma es ficticia, y novelesca, pero la materia es real, y ha sido vivida por el autor de la novela. No estoy diciendo que el Quijote sea una novela autobiográfica, sino que el relato que hace el capitán cautivo es un episodio narrativo del Quijote (I, 39-41) que, integrado o extensionalizado en esta novela, se caracteriza por dar forma objetiva a rasgos determinantes o intensionales propios de la denominada novela autobiográfica. ¿Cuáles son estos rasgos?: los que definen la ficción autobiográfica, y que no habrá que confundir con los que corresponden a la autobiografía histórica o a la biografía ficticia.

La ficción autobiográfica es la narración no histórica, es decir, no acaecida realmente en el Mundo Interpretado (Mi), que un ser humano, o sujeto operatorio, se atribuye a sí mismo, en calidad de narrador que es protagonista de la propia historia que cuenta (autodiégesis), sobre una interpretación que, elaborada desde el presente, se expone de forma retrospectiva y analéptica. Estas son las características que definen intensionalmente la historia que narra el capitán cautivo, la cual constituye, a los ojos del lector[2] del Quijote, un relato de ficción autobiográfica, desde el momento en que el intérprete de la novela identifica al cautivo Miguel de Cervantes como la persona real que ha vivido empíricamente los hechos formalizados en la narración del personaje. Los materiales objetivados formalmente en la ficción autobiográfica habrán de ser, por paradójico que resulte, necesariamente reales, es decir, habrán tenido que suceder de forma efectiva, porque en caso contrario no podrán ser nunca constitutivos de hechos autobiografiables, aunque posteriormente su exposición narrativa se ponga en boca de un ente de ficción. 

Dicho de otro modo, tales hechos han tenido existencia operatoria, la cual ha dado lugar a consecuencias en la historia personal de un ser humano, esto es, en su biografía. Cuando los materiales de esta existencia operatoria, efectivamente vivida —el cautiverio argelino, entre 1575 y 1580, por ejemplo—, se formalizan en un discurso, cuyo narrador es el protagonista mismo de los hechos vividos, hablaremos de autobiografía. Y sólo si este narrador no es un ser humano de carne y hueso, sino que se trata de un personaje de ficción, es decir, de una entidad que carece de existencia operatoria en el mundo real, porque su existencia operatoria se limita al mundo de ficción de una obra literaria (en cuyo caso se hablará de existencia estructural, en lugar de operatoria), en ese caso denominaremos a la autobiografía ficción autobiográfica.

Desde las características antemencionadas puede considerarse que el relato intercalado de Ruy Pérez de Viedma es, en cierto modo, una novela corta autobiográfica, porque sus materiales biográficos corresponden, visiblemente, a la experiencia histórica y personal vivida por Miguel de Cervantes en el cautiverio argelino entre 1575 y 1580. Éste es uno de los escasos pasajes literarios en que el autor del Quijote extensionaliza el documento humano en la ficción. Otras integraciones propias de la ficción autobiográfica en Cervantes podrían observarse en sus comedias de tema turquesco, especialmente Los tratos de Argel, Los baños de Argel, El gallardo español y La gran sultana, en su novela ejemplar El amante liberal, y acaso también en algún episodio puntual del Persiles. No puede olvidarse en este punto el Viaje del Parnaso. La crítica se ha detenido con atenta puntualidad en una cuestión relevante en esta obra, como es la dimensión autobiográfica (Canavaggio (1977, 1980). Y lo ha hecho prestando atención al autor, Cervantes, y al género en que se inscriben muchos de los elementos formales del Viaje, la fábula menipea y los contenidos de cuentos milesios, relatos cuyo protagonista es un individuo que viaja, solo, y que contempla de forma crítica y burlesca numerosas realidades y formas de conducta humana. Este autobiografismo se inserta además en una configuración literaria aún más compleja, como es la presencia del narrador en el poema (Riley, 1994).

Por lo demás, la autobiografía en Cervantes se manifiesta de forma paratextual, como ha señalado Maurice Molho (1993), y ya ajena a la ficción, al objetivarse como un testimonio directo y personal, al que se le confiere el estatuto de experiencia efectivamente vivida, por más que pueda dudarse de su autenticidad. Molho ha estudiado lo autobiográfico en Cervantes de forma muy precisa en un artículo que, si breve, resulta muy pertinente y revelador. Molho apela allí a la autobiografía histórica, no ficticia. No considera para nada relatos como el del cautivo. Inquiere la presencia de Cervantes en el paratexto de su obra, especialmente en los prólogos, a los dos Quijotes, a las Novelas ejemplares, a las Ocho comedias y ocho entremeses, y, de forma especialmente expresiva, en el prólogo al Persiles.

Digámoslo de una vez: el discurso autobiográfico cervantino, desde 1613 hasta el último respiro, es el de un intelectual insumiso permanentemente dispuesto a atacar en defensa propia […]. La autobiografía es exclusivamente paratextual; después de ocho años de silencio, el paratexto cervantino sufre una mutación radical que lo convierte en discurso-yo […]. Ahora bien, la autobiografía no es sino la promoción del yo a la literatura. No el yo ficticio, el de Lázaro de Tormes y de su descendencia picarista (aunque el discurso-yo de Cervantes es como el de Lázaro, el de un yo que se percibe marginado), sino el yo personal de Miguel de Cervantes Saavedra actor / autor de literatura, que ahora se toma a sí mismo por tema y vector de literatura (Molho, 1993/2005: 606-615)







Notas

[1] He de confesar al lector crítico que he leído, desde hace años, bastantes trabajos escritos, con frecuencia en nombre de la Teoría de la Literatura, sobre la autobiografía. Y he de confesar que cuanto más leo a los teóricos de la literatura que escriben sobre esta cuestión, menos la entiendo. El único trabajo que me ha ayudado a comprender lo que la autobiografía es es el de Philippe Lejeune, titulado Le pacte autobiographique (1975). Trabajos posteriores del mismo autor no me han sido más útiles (Je est un autre: l’autobiographie de la littérature aux médias, 1980; Moi aussi, 1986). En estos últimos libros la interpretación de lo autobiográfico se reduce a psicologismo, a través de una fenomenología del yo que culmina en las últimas versiones de “Le pacte autobiographique (bis)” (1983). Por desgracia, el resto de cuantos se han ocupado de la autobiografía, en sus diferentes facetas, versiones y tipologías, apenas han superado la obra de Lejeune, excepto en la retórica y en la fenomenología desde la que abordan estos temas: el “yo oculto”, la intimidad, lo personal, la voz de la conciencia, las “fronteras del yo”, las “tintas de Narciso”, “búsqueda de una identidad”, el “pacto ambiguo”, el “yo de papel”, la “ilusión biográfica”, “pleamar de la memoria”, el “multiforme prisma de la memoria”, y un larguísimo etc. de tropos y figuras semánticas... Reiterar una y otra vez el discurso del “pacto”, sea autobiográfico, ambiguo, o de cualquier otro tipo, equivale a incurrir constantemente en la falacia adecuacionista, desde la que se hipostasía tanto la conciencia del yo autobiografíado como la conciencia ilusa de su supuesto lector. Ese pacto es la fórmula retórica de una ilusión fenomenológica, que convierte los contenidos de un discurso cualquiera en un epifenómeno de la conciencia de quien lo recibe y cree interpretarlo, como el espejismo del agua en el desierto. Si la teoría literaria actual encuentra tantos problemas para abordar racionalmente la cuestión de la autobiografía debería preguntarse si esta situación no se resolvería, en cierto modo, acudiendo a una teoría de los géneros literarios capaz de interpretar gnoseológicamente, y no psicológica ni tropológicamente, qué es, y cómo puede explicarse, un material autobiográfico.

[2] No diré “lector real” porque, como he señalado en numerosas ocasiones, el lector, o es real, o no es. No hay lectores irreales, ni implícitos, ni implicados, ni informados, ni modélicos, ni archilectores, ni protolectores, etc. Estas entidades son figuras retóricas, resultado innecesario de multiplicar entes inexistentes. El único lector efectivamente existe es el lector de carne y hueso, es decir, cualquiera de nosotros. Lo demás es retórica propia de teóricos de la literatura que hacen teología de la teoría de la literatura. Eso sí, a lo que parece, con mucho éxito de audiencia. La ignorancia es osada ante la Filosofía y obsecuente ante la sofística.





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «TÍTULOdeENTRADA», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (REFERENCIA), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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