II, 5.1.3 - El narrador del Quijote es un cínico y un fingidor



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices

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El narrador del Quijote (4 de 4): un cínico y un fingidor. 
Las mentiras del narrador del Quijote







El narrador del Quijote es un cínico y un fingidor

Referencia II, 5.1.3


Quijote I, 21 (Cervantes Project)
Con anterioridad he hablado del narrador del Quijote como de un farsante lúdico y cínico. No sólo es un simple narrador infidente (Avalle Arce, 2006), alguien de quien el lector no puede fiarse, porque miente con fluida inteligencia. Es algo mucho peor. Es un farsante y un fingidor. Es el principal cómplice del protagonista, don Quijote. Artífice y encubridor de su supuesta locura, y simulador, junto con Alonso Quijano, del patológico racionalismo que sustenta el comportamiento y las acciones de don Quijote. No adelantaré aquí cuestiones relativas a la Idea de Locura en el Quijote, que considero una impostura, una invención, una farsa, de Alonso Quijano para poder comportarse como don Quijote. Me limitaré solamente a subrayar que el narrador es el principal agente formalizador en la novela de esa Idea de Locura, de la que se apropia Alonso Quijano para jugar a ser, y de hecho ser, un don Quijote.

Obsérvese la actitud inicial del narrador frente al personaje y frente a la historia. El narrador se distancia del protagonista de modo tal que, como narrador, se atribuye la posesión y uso de una razón de la que Alonso Quijano va desposeyéndose paulatinamente y por completo: “Con estos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje” (I, 2). El narrador se distancia igualmente de la historia, de su contenido y de sus posibles fuentes, cuestionando y relativizando la certeza de toda información al respecto. De toda menos de una decisiva: la relativa al acto mismo de contar verdaderamente aquello de lo que dispone, aunque aquello de lo que disponga sea algo sorprendente e incluso difícil de creer. El narrador convertirá formalmente esa materia en un discurso verosímil.

Quieren decir que tenía el sobrenombre de “Quijada”, o “Quesada”, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba “Quijana”. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad (I, 1).

Siempre que el narrador va a contar algo extraordinario, fuera de lo común, o simplemente desconcertante —lo cual, francamente, tiene lugar a cada paso—, trata de justificar lo que sucede desde la verosimilitud y la verdad más firmes. La aparición de Dorotea, por ejemplo, cantando los versos de un ovillejo, se reproduce a partir de la desmitificación del mundo pastoril, y subrayando la excepcional autenticidad de la escena:

Estando, pues, los dos allí sosegados y a la sombra, llegó a sus oídos una voz, que, sin acompañarla son de algún otro instrumento, dulce y regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles que aquel no era lugar donde pudiese haber quien tan bien cantase. Porque aunque suele decirse que por las selvas y campos se hallan pastores de voces estremadas, más son encarecimientos de poetas que verdades; y más cuando advirtieron que lo que oían cantar eran versos, no de rústicos ganaderos, sino de discretos cortesanos. Y confirmó esta verdad haber sido los versos que oyeron estos (I, 27).

Paralelamente, las primeras intervenciones de don Quijote son las de un libro arcaico. Don Quijote habla librescamente, como una antigualla, y por supuesto, de caballerías. En los momentos más iniciales de la novela, el personaje carece de idiolecto y de lenguaje personal. No posee un lenguaje propio. Su discurso es el hipotexto de la novela de caballerías. El narrador no nos permite oír su voz propia, personal, genuina. Y no lo permitirá hasta bastante más adelante. Tras algunos soliloquios iniciales, prestamos librescos de un arcaizante lenguaje caballeresco, don Quijote no dialoga hasta llegar a la venta, y dirigirse cortesanamente a dos mozas del partido, que sólo pueden sorprenderse de su presencia y reírse de sus palabras:

—Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno, ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran (I, 2).

El narrador, en consecuencia, nos informa con puntualidad de todos los artificios que muy racionalmente usa don Quijote para construir su locura. Las causas de esta locura se presentan, en exclusiva, motivadas por la lectura de los libros de caballerías, de modo tal que la voluntad personal de Alonso Quijano resulta siempre preservada de toda tentativa de propiciar formas de conducta en las que esta locura, tan de diseño, sea un pretexto para adoptar un modo de vida diferente al hasta entonces llevado en su aldea, junto a su ama, sobrina y amigos cercanos, un modo de vida, en suma, que permita a Alonso Quijano disponer de unas libertades que, de otra manera, le estarían absolutamente vedadas y resultarían por completo imposibles.

Por otro lado, cuando el narrador escribe estas palabras, ¿qué grado de implicación asume en lo que dice?: “Pidió [el cura] las llaves a la sobrina del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana” (I, 6). ¿Quién considera aquí a “los libros autores del daño”, el cura o el narrador? ¿Finge el narrador pensar lo mismo que el cura y la sobrina, y los demás personajes? ¿Es simplemente una suerte de estilo indirecto libre? Muy poco más adelante, el mismo narrador dirá: “tal era la gana que las dos tenían [ama y sobrina] de la muerte de aquellos inocentes”, refiriéndose a los libros. De esta declaración se desprende que el narrador no cree que los libros hubieran sido causa de la locura de don Quijote. Si aceptamos esto, la simpleza de los personajes, al quemar la biblioteca de Alonso Quijano, no sólo es una muestra del tratamiento burlesco que les confiere el autor en la novela, o de su rapacidad, en el caso del cura y el barbero para apropiarse de libros ajenos, sino que, desde el punto de vista de la historia narrativa, sus supuestos remedios terapéuticos son errados e inútiles, fruto más de la impotencia, o de una indignada venganza, que de la sensatez y la razón. Además, los libros ya habían sido leídos —y bien aprehendidamente— por Alonso Quijano. El daño, supuesto o no, ya estaba hecho.

Con todo una de las mayores demostraciones de cinismo y fingimiento del narrador del Quijote se muestra precisamente ante el lector real de la novela. Prácticamente hasta el capítulo 9 el narrador no recupera de nuevo la primera persona con la que comenzó la redacción del relato. Adviértase que el narrador del libro se presenta ahora como lector de los manuscritos arábigos, inmediatamente traducidos, de la historia que él mismo recopila, cuenta y edita[1]

El recurso a los autores o cronistas ficticios de las aventuras de los caballeros andantes está presente en los libros de caballerías. Es un recurso dado a Cervantes por la tradición literaria caballeresca que asegura parodiar[2]. Aquí, ese cronista o historiador, de las aventuras de don Quijote, ya lo sabemos, será árabe, y se llamará Cide Hamete Benengeli, algo así como señor Berenjena, o cosa similar. Pero el Quijote no es un libro de caballerías, aunque contenga muchas partes integrantes o extensionales de este género literario, como puede serlo de hecho la figura de Cide Hamete. ¿De quién se burla el narrador al incluir este personaje inverosímil en la pragmática de la comunicación narrativa? Indudablemente del lector, y no tanto de los libros de caballerías, especie literaria en la que esta figura extraordinaria estaría como pez en el agua, esto es, como parte determinante o intensional del género literario. 

El narrador se burla del lector con sorprendente frecuencia. Es lo que sucede cuando reflexiona, o finge reflexionar, in fieri sobre su propio proceso de contar la historia, de forma irónica y burlesca, como si cuanto sucediera no fuera invención del propio narrador para hacer verosímil al lector la invención de una ficción ciertamente convincente. El narrador habla como si don Quijote hubiera existido real y efectivamente, como si su existencia fuera operatoria, en el mundo de lo seres humanos, y no solamente estructural (Maestro, 2006a), como de hecho lo es, en el mundo de la literatura, esto es, en los límites lógico-formales y lógico-materiales de su propia novela[3].

Sin embargo, don Quijote y su historia recuperan muy pronto el estatuto exclusivamente libresco, es decir, su existencia estructural. La historia de don Quijote está escrita en árabe, en unos manuscritos dispersos, que se venden a precio de saldo en un mercado toledano[4]. El manuscrito que llega al traductor morisco y al narrador que lo edita contiene ya anotaciones, en árabe, de posibles lectores conocedores de esa lengua. Y la anotación que se nos lee es precisamente una que adquiere implicaciones relativas a la pureza de sangre y al judaísmo, asociada al personaje más idealizado del Quijote, Dulcinea[5]

La invención de Cide Hamete, ese personaje ridículo e inexistente, al que de forma retórica se atribuye la autoría, es decir, la escritura, del manuscrito árabe que cuenta la historia de don Quijote, es la mayor impostura del narrador. En realidad, Cide Hamete no narra nada nunca: sólo es citado, apelado, narrado a su vez, por el narrador y editor del Quijote. Cide Hamete es una ilusión narrativa, una estrategia textual, un autor ficticio, una retórica de la autoría, el tropo mayor de la novela. A este personaje de ficción se atribuye la autoría de un texto que siempre resultará imperceptible e inasequible para el lector, pues nunca llegamos a leer, ni a conocer, el manuscrito árabe. Sabemos, simplemente, lo que nos cuentan, que es muy poco, y muy falso[6]. El narrador anuncia cínicamente que la traducción del morisco será fiel. También es falso. En realidad el traductor hará cambios, suprimirá pasajes, resumirá episodios, restará crédito a los más, etc. En suma, manipulará el texto diegéticamente. El narrador lo sabe, y por ello precisamente miente una vez más al lector al declararle su convicción en la fidelidad de una traducción fraudulenta, sobre la que el propio narrador hará los retoques que le parezcan. ¿Cuántos transductores intervienen en el texto del Quijote?[7]

De forma no menos cínica, el narrador se convierte finalmente en editor. Juega con el lector y sus expectativas, como si él, como artífice de todo el juego, no tuviera nada que ver realmente con el proceso de recopilación de los materiales de una historia por entero ajena al propio narrador, inventor y editor de toda ella. Este narrador es un cínico, un fingidor y también un ludópata. Le encanta jugar con la verdad de las mentiras y con las ficciones de la realidad inventada.

Estaba en el primero cartapacio pintada muy al natural la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía, «Don Sancho de Azpeitia» que, sin duda, debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía «Don Quijote». Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propriedad se le había puesto el nombre de «Rocinante». Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía «Sancho Zancas», y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de «Panza» y de «Zancas», que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera.
Si a esta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues cuando pudiera y debiera estender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En esta sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto (I, 9).

Por lo que se refiere a las formas de que se sirve el narrador para transmitir al lector los contenidos materiales de la historia, su cinismo y fingimiento no son menores. Siendo narrador omnisciente, formaliza ante el receptor los hechos como si su conocimiento de ellos fuera el de los personajes (equisciente), o incluso como si este saber fuera incluso inferior al que disponen los propios protagonistas (deficiente).

Los procedimientos de que se servirá el narrador para dar cuenta de los hechos, de forma con frecuencia cínica y sutil, están dados ya en el capítulo 8 de la primera parte, en la aventura de los molinos de viento, y sin apenas alteraciones se conservarán hasta el episodio de la destrucción del retablo de maese Pedro, en el capítulo 26 de la segunda parte, es decir, algo menos de la mitad de lo que corresponde a la historia narrada en el segundo volumen. Tres son los puntos de vista relacionados y en conflicto: Sancho, don Quijote y el narrador. Sancho expresa el principio de realidad, lo que hay (molinos de viento); don Quijote impone su propia psicología, a partir del logos caballeresco, que sirve al juego de su locura (gigantes de brazos descomunales); y el narrador representa los hechos desde la fenomenología de lo verosímil, esto es, expone, muy cervantinamente, con propiedad un disparate o, siendo más discretos, diríamos que expone de forma ordinaria hechos extraordinarios:

—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran (I, 8).

Habitualmente, el narrador optará por limitar la percepción del lector a la percepción de los personajes. Progresivamente, el narrador va sirviéndose de forma cada vez más sofisticada de la fenomenología de lo verosímil como modo de expresión fundamental del relato. Esta forma de comunicación de la materia novelesca la utiliza el narrador desde la aventura del cuerpo muerto (I, 19). El narrador sabe todo acerca de cuanto va a suceder, pero no comparte con el lector este conocimiento, sino que se lo comunica desde la visión y la sensorialidad de los personajes. Porque el narrador, sabiendo y conociendo de antemano la esencia de los hechos sólo comunica al lector la fenomenología de esos hechos. Por no darle gato por liebre, le da fenómeno por esencia: primero el ruido, luego los batanes; primero “una cosa que relumbra”, luego la bacía de barbero, finalmente el yelmo de Mambrino; lo que parece una compañía sobrenatural de almas en pena es una comitiva fúnebre que traslada un cuerpo muerto, etc.

Yendo, pues, desta manera, la noche escura, el escudero hambriento y el amo con gana de comer, vieron que por el mesmo camino que iban venían hacia ellos gran multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se movían […], y vieron que las lumbres se iban acercando a ellos, y mientras más se llegaban, mayores parecían […].
Y, apartándose los dos a un lado del camino, tornaron a mirar atentamente lo que aquello de aquellas lumbres que caminaban podía ser, y de allí a muy poco descubrieron muchos encamisados, cuya temerosa visión de todo punto remató el ánimo de Sancho Panza […]; y creció más el batir y dentellear cuando distintamente vieron lo que era, porque descubrieron hasta veinte encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas en las manos, detrás de los cuales venía una litera cubierta de luto (I, 19).

Esta suerte de santa compaña de espíritus nocturnos no es sino una comitiva de doce sacerdotes y seminaristas —a los que don Quijote apalea impunemente— que conducen a Segovia el cadáver de un caballero muerto en Baeza. El narrador no dice ni una palabra relativa a una explicación proléptica de los hechos. Desaparece como instancia intermedia entre personajes y lectores para ceder de forma dramática el discurso directo a Alonso López, el bachiller natural de Alcobendas al que don Quijote deja con una pierna quebrada.

El mismo procedimiento narrativo se reitera en el episodio de los batanes. El narrador se convierte en una figura equisciente, y no revela al lector más que lo que le revelan los personajes.

[…] comenzaron a caminar por el prado arriba a tiento, porque la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa alguna; mas no hubieron andado docientos pasos, cuando llegó a sus oídos un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se despeñaba. Alegróles el ruido en gran manera, y, parándose a escuchar hacia qué parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de poco ánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua, que pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote.
Era la noche, como se ha dicho, escura, y ellos acertaron a entrar entre unos árboles altos, cuyas hojas, movidas del blando viento, hacían un temeroso y manso ruido, de manera que la soledad, el sitio, la escuridad, el ruido del agua con el susurro de las hojas, todo causaba horror y espanto, y más cuando vieron que ni los golpes cesaban ni el viento dormía ni la mañana llegaba, añadiéndose a todo esto el ignorar el lugar donde se hallaban (I, 20).

Las palabras de don Quijote confirman la autenticidad de las palabras del narrador: la situación causa un temor extremo:

Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas desta noche, su estraño silencio, el sordo y confuso estruendo destos árboles, el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca venimos, que parece que se despeña y derrumba desde los altos montes de la Luna, y aquel incesable golpear que nos hiere y lastima los oídos, las cuales cosas todas juntas y cada una por sí son bastantes a infundir miedo, temor y espanto en el pecho del mesmo Marte, cuanto más en aquel que no está acostumbrado a semejantes acontecimientos y aventuras (I, 20).

De nuevo en la “aventura del yelmo de Mambrino” el narrador se sitúa ante el lector en una posición equisciente. El tema que aquí se plantea, tan caro a Cervantes y los cervantistas, es el de la verdad y la realidad. En este episodio, como en casi todos los posteriores al capítulo 6 de la primera parte, el narrador habla poquísimo, y de forma cada vez más ambigua. Contrástense las tres visiones que tenemos de lo que aquí sucede, la del narrador, la de Sancho y la don Quijote. Dice el narrador, estimulando la ilusión perceptiva de personajes y lectores:

De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro... (I, 21).

Don Quijote, por su parte, encuentra una vez más iniciativa para confirmar sus expectativas:

... si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino... (I, 21).

Sancho, a su vez, ofrece el testimonio más fiable para el lector —más fiable incluso que el propio narrador, pues no pretende controlar el sentido del relato—, y constata lo que la realidad de los sentidos percibe:

—Lo que yo veo y columbro —respondió Sancho— no es sino un hombre sobre un asno pardo, como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra (I, 21).

Las palabras del narrador contienen elementos que nos sitúan en la triple perspectiva del propio narrador (cosa), del terrenal Sancho (que relumbra), del ingenioso don Quijote (como si fuera de oro, es decir, con la apariencia del oro). Es el triunfo de la fenomenología de lo verosímil, es decir, de lo que parece una verdad siendo una mentira. El narrador pretende comunicarnos con aparente y simulada neutralidad un discurso hábilmente manipulador. Al final, nos detalla la realidad, confirmando de este modo la ambigüedad mantenida hasta ese instante (nótese cómo en este caso, y sucede con relativa frecuencia, el narrador se distancia de don Quijote, calificando sus actos de desvariados y malandantes):

Es, pues, el caso que el yelmo y el caballo y caballero que don Quijote veía era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño, que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto a él, sí; y, así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte que al tiempo que venía comenzó a llover, y porque no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza, y, como estaba limpia, desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo, y esta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio rodado y caballero y yelmo de oro, que todas las cosas que veía con mucha facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y malandantes pensamientos. Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin ponerse con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con el lanzón bajo, llevando intención de pasarlede parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin detener la furia de su carrera le dijo… (I, 21).

El narrador continúa el juego de marcar diferencias de percepción cuando narra la escena en que don Quijote ordena a su escudero que recoja “la cosa que relumbra”:

Mandó [don Quijote] a Sancho que alzase el yelmo, el cual [Sancho], tomándola [la bacía] en las manos, dijo: (I, 21).

El narrador quiere marcar con fuerza el contraste entre el relativo “el cual”, en masculino —el yelmo, según don Quijote—, y el referente “la”, femenino, que alude a la bacía, según el narrador. La versión de Sancho viene acto seguido, y de propia boca: “Por Dios que la bacía es buena y que vale un real de a ocho como un maravedí”.

En numerosos momentos de la novela el narrador del Quijote finge silenciar lo que sabe y evitar lo que conoce. Con harta frecuencia habla de Sancho con impropiedad y falacia, al inducir al lector a considerarlo como bobo, simple o avaricioso, cuando nada de eso es realmente Sancho Panza. Así sucede cuando lo califica del modo siguiente: “Sancho Panza [...] les fue contando [al cura y al barbero] lo que les aconteció con el loco que hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo de la maleta y de cuanto en ella venía, que, maguer que tonto, era un poco codicioso el mancebo” (I, 27). No es cierto que Sancho sea codicioso. Durante su gobierno en la ínsula lo demostrará, y en diferentes momentos de la narración no se comporta como un personaje movido por la codicia. El narrador hace declaraciones desde las que trata de fingir que no conoce muy bien a sus propios personajes, lo cual es muy falso. Es una demostración más, no sólo de infidencia, sino de falacia y cinismo, desde las que trata de inducir al lector a interpretaciones erróneas o equívocas.

La fingida equisciencia del narrador, dada sobre todo formalmente en la primera parte, se confirma y hace más sofisticada aún en la segunda parte, especialmente en el relato de los episodios de la cueva de Montesinos, el mono adivino y la cabeza encantada. En los dos últimos el narrador revela, muy a posteriori, el fraude de cuanto ha sucedido, tras haberlo contado previamente como algo de veras cierto y admirable, sin trampa ni cartón. Sólo a toro pasado el lector llega a saber que el mono de maese Pedro no es sino un trampantojo de Ginés de Pasamonte, y que la cabeza encantada sólo es un artificio burlesco de don Antonio Moreno y su sobrino. En cuanto a la aventura de la cueva de Montesinos, el narrador desaparece por completo, y cede toda diégesis al personaje protagonista, cuya inventiva supera con creces las posibilidades sancionadoras y verificadoras del inverosímil Cide Hamete, a quien el narrador responsabiliza en última instancia del sueño de don Quijote en su encuentro con Montesinos y su corte subterránea.

Como habrá ocasión de comprobar a cada paso, las cosas que cuenta el narrador del Quijote no son como las cuenta el narrador.







[1] El narrador se convierte así en un narrador extradiegético, al situarse en un espacio narrativo envolvente que contiene la narración misma de la historia que cuenta: “Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se volvía en disgusto de pensar el mal camino que se ofrecía para hallar lo mucho que a mi parecer faltaba de tan sabroso cuento” (I, 9).

[2] “[…] cosa que no faltó a ninguno de los caballeros andantes, ‘de los que dicen las gentes / que van a sus aventuras’, porque cada uno dellos tenía uno o dos sabios como de molde, que no solamente escribían sus hechos, sino que pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías, por más escondidas que fuesen” (I, 9).

[3] “Por otra parte, me parecía que, pues entre sus libros se habían hallado tan modernos como Desengaño de celos y Ninfas y pastores de Henares, que también su historia debía de ser moderna y que, ya que no estuviese escrita, estaría en la memoria de la gente de su aldea y de las a ella circunvecinas. Esta imaginación me traía confuso y deseoso de saber real y verdaderamente toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al de desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle: que si no era que algún follón o algún villano de hacha y capellina o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido. Digo, pues, que por estos y otros muchos respetos es digno nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas, y aun a mí no se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia; aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me ayudan, el mundo quedara falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere” (I, 9).

[4] “Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con carácteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír” (I, 9).

[5] “Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha»” (I, 9).

[6] “Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro, y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra” (I, 9).

[7] “Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere” (I, 9).





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «El narrador del Quijote es un cínico y un fingidor», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.1.3), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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