II, 5.1.2 - El narrador del Quijote y el Principio de Discrecionalidad



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices

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El narrador del Quijote (3 de 4). 
Cervantes niega la certidumbre de un mundo unitario 







El narrador del Quijote y el Principio de Discrecionalidad

Referencia II, 5.1.2



Quijote II, 17 (Cervantes Project)
Es indudable que el pensamiento humano se manifiesta de forma discontinua, y que sus posibilidades de conocimiento, comprensión y comunicación actúan de forma igualmente discreta. Ningún ser humano dice en un solo discurso todo lo que sabe y pretende, del mismo modo que ninguna obra literaria u objeto artístico se agota en una sola lectura, aunque formalmente se objetive en una sola emisión, pues las formas adquieren siempre cierta estabilidad frente a la multiplicidad e indeterminación de los sentidos que comunican.
Todos los autores ficticios del Quijote son personajes, pero no narradores; y casi todos los personajes del relato son narradores de historias intercaladas, pero no envolventes (Cardenio, Luscinda, el cautivo...), aunque con frecuencia sí autobiográficas. Sin embargo, Cide Hamete, el personaje más pasivo —y si cabe más ficticio— de todo el Quijote, representa la disgregación de la perspectiva autorial única o monológica, al constituir, sólo formal o virtualmente, una de las manifestaciones discretas y polifónicas más dilatadas de las que conciernen a la autoría ficta de la novela.

La historia de Don Quijote se presenta como producto de varios autores (Hamete, el morisco aljamiado...) —y de uno sólo (Cervantes)—, cuyas versiones, en un juego creciente de identidad y diferencia, no siempre convergen. La narración misma del relato promueve múltiples signos de discrecionalidad y disgregación, de diferencia en la identidad. El lector está ante un sistema narrativo determinantemente barroco.

La certidumbre de un texto unitario, eludida por el Narrador-editor, es una mera ilusión, como también es una ilusión textual el sistema de autores ficticios, cuya naturaleza efectiva es exclusivamente retórica. Como ha señalado El Saffar (1989), el cronista de la historia es un moro, el traductor un morisco, los papeles aparecen rasgados y marginados..., las primeras palabras, destinadas a Dulcinea, la describen de forma zafia y grotesca; la circunstancia genética del manuscrito es social, racial y lingüísticamente de lo más heterogénea, y su unidad se discute desde todos los puntos de vista.

A medida que transcurre la narración se intensifica la marginalidad del supuesto autor, en especial desde el capítulo 9 de la primera parte. Hay un desplazamiento ilusionista del centro autorial hacia sus márgenes, que adquiere una formulación discreta, y que se consigue mediante una transducción[1] del autor real, operada y dirigida por él mismo a lo largo de su propio discurso.

El personaje literario se revela en su existencia ficcional y se comprende en su estatuto ontológico a través de una presentación calidoscópica disociada en varias facetas, que se manifiestan de forma discontinua o discreta a lo largo del discurso narrativo. La formulación tautológica del principio de identidad (A = A), el yo dado acríticamente, permite el desglosamiento de una de sus entidades en sucesivas e ilimitadas unidades discretas (A = a1, a2, a3..., an), que encuentran su correspondencia en cada una de las manifestaciones textuales del personaje, cuya suma equivale a su constitución ontológica global, definitiva, asequible así al conocimiento del lector, y sólo comprensible a través de declaraciones discursivas y funcionales proporcionadas por el texto.


                                   Principio de identidad                           A  =  A
                                   Principio de discrecionalidad               A  =  a1, a2, a3..., an


Desde este punto de vista, la narración del Quijote se construye sobre la disposición textual, expansionalmente discreta y polifónica, del sistema retórico de autores ficticios. Se trata de entidades de ficción que se sustantivan formal y ontológicamente en personajes concretos, los cuales, con nombre propio o no, y dotados en mayor o menor grado de predicados semánticos y notas intensivas, son los que constituyen el sistema retórico de autores ficticios (autor primero, Cide Hamete, traductor morisco, poetas de Argamasilla y Narrador-editor), cuya fragmentación debe entenderse como reflejo icónico de la dificultad que encuentra el hombre barroco en conferir unidad a los objetos de la experiencia, que sitúa todavía en el mundo exterior. Se admite que el personaje se multiplica y se complica en el discurso literario como una imagen en una galería de espejos, pues el concepto de persona como unidad compacta y racional por relación a la cual se construye el ente de ficción ha sido discutida con frecuencia, y presenta diferencias según las épocas y períodos.


Principio de Identidad

A  =  A

(A) Miguel de Cervantes   =   Autor real del Quijote (A)


Principio de Discrecionalidad

A = a1, a2, a3, a4, a5

Narrador del Quijote [A] Autor primero [a1] + Cide Hamete [a2+ Traductor morisco [a3]+ Académicos de Argamasilla [a4+ Editor [a5]



Martínez Bonati (1977a) pone en relación la presencia en el discurso de múltiples narradores, así como la inconsistente coherencia de su disposición[2], con la tendencia general de toda la obra a discutir una y otra vez la unidad que ella misma propone desde otros puntos de vista, y advierte que “todo esto tiende a romper el marco formal de la obra, que naturalmente es soporte de unidad [...]. El narrador determina, dentro del marco de la obra, un gesto de trascendencia, hacia lo real del presente histórico” (359)[3].

Hatzfeld (1964), en sus estudios sobre el barroco, ha hablado del fusionismo como de aquella tendencia a unificar en un todo múltiples pormenores, y a asociar y mezclar en una unidad orgánica elementos contradictorios. Del mismo modo, Cioranescu (1957) ha insistido en este aspecto al advertir que los objetos de la literatura barroca (personajes, narradores, paisajes, acciones, escenarios...) no se describen propiamente, sino que se sugieren, de modo que sus contornos se atenúan y confunden, de forma semejante a lo que sucede en la pintura con la técnica del claroscuro. Las figuras humanas y sus acciones se reflejan en la visión de los personajes, como si se tratara de un espejo en que se reflejase la realidad. Parece indudable, pues, que la disposición discreta y polifónica del sistema narrativo del Quijote obedece a esta exigencia prototípicamente barroca, de conferir solidez a conjuntos orgánicos claramente contradictorios e inestables, pese a que la visión de unidad que trata de proyectar el hombre sobre su realidad exterior resulta una y otra vez defraudada y discutida. Habrá que aguardar a la llegada de la Ilustración y del Romanticismo para que los presupuestos epistemológicos de estos períodos justifiquen el estatuto unitario del objeto de conocimiento en el pensamiento y la conciencia subjetivas del hombre, que ya no en el mundo exterior. Es un viaje que nos desplaza desde la teoría de la mímesis hasta la estética del autologismo.






[1] En relación al autor de obras literarias, Gadamer (1960/1984: 155-156) ha escrito a este respecto que “el que se disfraza no quiere que se le reconozca sino que pretende parecer otro o pasar por otro. A los ojos de los demás quisiera no seguir siendo él mismo, sino que se lo tome por algún otro, pero sólo en el sentido en el que uno juega a algo en su vida práctica, esto es, en el sentido de aparentar algo, colocarse en una posición distinta y suscitar una determinada apariencia. Aparentemente el que juega de este modo está negando su continuidad consigo y para sí, y que sólo se la está sustrayendo a aquellos ante los que está representando [...]. Lo único que puede preguntarse es a qué hace referencia lo que está ocurriendo. Los actores (o poetas) ya no son, sino que sólo es lo que ellos representan”. Como se observa, Gadamer escribe casi como Derrida.

[2] “No estoy hablando de errores, cuando hablo de las fuerzas desintegradoras en el Quijote, sino de un diseño, de una intención creadora que incluye impulsos de disolución como parte de la horma artística [...] ¿Cómo conciliar, por otra parte, el original arábigo con los juegos estilísticos en el habla de los personajes, los arcaísmos de Don Quijote, la ineptitud del vizcaíno en el castellano, las inflexiones pastoriles del epíteto en ciertos pasajes, etc.? Es obvio que el juego cervantino de las escrituras es ligero e inconsistente” (Martínez Bonati, 1977a: 354 y 358).

[3] Este autor habla con frecuencia de “desintegración” y “fragmentación” para referirse a la experiencia del proceso de lectura (362) —lo mismo sucede en el proceso narrativo—, y cita la siguientes palabras de Spitzer (1955), que resulta interesante reproducir aquí: “el ángulo de visión desde el cual se presentan las cosas del mundo en el Quijote, sería cambiante, inestable, huiría constantemente de un punto de vista fijo [...]. El diseño cervantino rehúye una consolidación monolítica de la imagen” (354). Deben recordarse a este propósito las célebres palabras de Ortega, tan propensas al ridículo y la parodia, recogidas en El espectador (1916-1934/1966, I: 24), en su artículo “Verdad y perspectiva”. Allí escribe: “Donde está mi pupila no está otra, lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra... La realidad se ofrece pues en perspectivas individuales ”. Más adelante, en esta misma obra —El espectador (VIII: 180)—, Ortega advierte que “el psicólogo impresionista niega lo que suele llamarse el carácter, que suele ser el perfil escultórico de la persona y ve en esta mutación perdurable, una sucesión de estados difusos, una articulación siempre distinta de emociones, de ideas, colores, esperanzas”. Para el Materialismo Filosófico Ortega es, ante todo, un psicólogo, difícilmente un filósofo.



Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «El narrador del Quijote y el Principio de Discrecionalidad», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.1.2), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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