III, 4.3.1.7 - Crítica a la Idea de Sociología en Jauss



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
______________________________________________________________________________________________________________________

Índices







Crítica a la Idea de Sociología en Jauss

Referencia III, 4.3.1.7





CC0 1.0 Licencia universal de dominio público
La séptima y última de las tesis de Jauss apela directamente a la función social de la literatura, a la vez que exige reconocer en la Historia de la Literatura una concepción disciplinar especial de la Historia general. Pero el marco de referencia de esta última tesis, que aquí voy a considerar críticamente, lo constituye la Idea de Sociología que Jauss utiliza para interpretar la función pública de la literatura.

La función social de la literatura se hace manifiesta en su genuina posibilidad allí donde la experiencia literaria del lector entra en el horizonte de expectativas de la práctica de su vida, preforma su comprensión del mundo y repercute de ese modo en sus formas de comportamiento social (Jauss, 1967/2000: 186).

Jauss sorprende aquí por su inusitado y repentino moralismo. Platón, y una vez más Lutero, entre otros tantos patriarcas eclesiásticos y doctrinarios, surgen entre los referentes históricos de tales planteamientos. En su pensamiento literario, Jauss busca una función para el arte en general y la literatura en particular, y le asigna una función social, que estará determinada por la formación moral de la sociedad. En suma, Jauss considera que la literatura ha de servir a un fin formativo y moral en los lectores. De hecho, uno de sus últimos reproches a la teoría literaria formalista será precisamente el de haber dejado “de lado la función eminentemente social de la literatura, es decir, su función de formación social”, pues

El estructuralismo literario no pregunta (como tampoco lo preguntaron antes que él la ciencia literaria marxista) cómo llega la literatura a «dejar su marca en la representación de una sociedad, representación que es su condición previa» y cómo ha contribuido a dar a la historia su carácter de proceso (Jauss, 1967/2000: 186).

Así es como Jauss exige a la literatura una “función formadora de sociedad” (187). La función de la literatura sería, pues, superior e irreductible a la mera representación, reproducción o expresión, no ya mimética u objetiva, sino incluso emotiva o subjetiva, desde el momento en que su finalidad última sería la formación estética, esto es, moral, de la sociedad que ha de recibirla e interpretarla. Jauss parece incluso sustituir la interpretación científica por la interpretación moral, determinada en la estética de la recepción. En definitiva, los valores de la estética literaria están al servicio de los valores morales de la sociedad que consume las obras de arte.  

De todo ello hay que deducir que la tarea específica de la literatura en la existencia social se ha de buscar precisamente allí donde la literatura no se agota en la función de arte representativo (Jauss, 1967/2000: 193).

Y aquí reside uno de los objetivos fundamentales de la estética de la recepción jaussiana, en descubrir o revelar “aquella función formadora de sociedad en sentido propio”, y que corresponde a la literatura en su relación de competencia “con otras artes y poderes sociales en emancipar al hombre de sus ataduras naturales, religiosas y sociales” (193). En realidad, el ideario de Jauss nos parece en este punto de un idealismo exultante. La literatura, muy lejos de liberar al ser humano de ataduras religiosas, ideológicas, políticas, etc., tiende con frecuencia a establecerlas y a consolidarlas. Con frecuencia, de forma excesivamente emocionante. Lo único que puede liberar al ser humano de éstas y otras ataduras es la interpretación crítica basada en el conocimiento de la Filosofía y de la Ciencia, y, por supuesto, en el conocimiento de la Filosofía de la Literatura (Crítica literaria) y de la Ciencia de la Literatura (Teoría literaria).

Sin embargo, Jauss parece haber anclado la función del arte literario no en la estética de la recepción orientada hacia su interpretación crítica, científica y normativa, sino proyectada hacia la formación moral de una sociedad política. Así, en este punto, la literatura no puede limitarse a una experiencia estética, pues no le basta con ser una obra de arte, sino que ha de adquirir el estatuto de una experiencia estética sancionada moralmente, es decir, ha de ser una obra de arte moralmente influyente.

La orientación previa de nuestra experiencia por obra de la facultad creativa de la literatura no se basa únicamente en su carácter artístico, que contribuye a romper el automatismo de la percepción cotidiana gracias a una forma nueva […]. La relación entre literatura y lector puede actualizarse tanto en el terreno sensorial, en cuanto estímulo para la percepción estética, como en el terreno ético, en cuanto exhortación a la reflexión moral (Jauss, 1967/2000: 188-189).

Jauss se distancia del ideal kantiano del arte por el arte, que no reconoce, sofísticamente, en las obras estéticas una finalidad exenta o exterior, sino gratuita, inmanente o ideal[1]. Por el contrario, el artífice de la estética de la recepción otorga a la construcción artística un valor moral explícito y operativo, de modo que “la experiencia de la lectura puede librarle [al ser humano] de adaptaciones, prejuicios y situaciones constrictivas en la práctica de su vida, obligándole a una nueva percepción de las cosas” (Jauss, 1967/2000: 188). En realidad, Jauss se sustrae al idealismo kantiano en este punto para precipitarse en un idealismo si cabe aún mayor, cual es el de la sociología roussoniana de un contrato social dentro del cual la literatura puede educar a Emilio[2].  

Jauss escribe, todavía en 1967, desde la confianza o la creencia, de que la literatura puede desempeñar todavía alguna función social. Es un idealismo. Ya lo era en 1967, y hoy lo es aún muchísimo más. Jauss se equivocó. 

En primer lugar, porque es absolutamente idealista hablar de un público, sin más, para la literatura. Lo he dicho muchas veces: el único público que tiene la literatura es el público académico, hoy día muy mermado y muy confundido por las turbulencias e inquisiciones ideológicas de trivialidades tales como los “estudios culturales” o nesciencias retóricas difundidas bajo la protección institucional de lo “políticamente correcto”. 

En segundo lugar, porque, lejos de desempeñar algún tipo de función social, la literatura se ha convertido en un instrumento utilizado por diferentes medios y agentes sociales, con frecuencia nada literarios ni estéticos, y que en absoluto pretenden serlo, que ejercen sus propias funciones sociales y que, puntualmente, si así lo requieren, se sirven de la literatura cuándo y cómo les da la gana. Pueden inventarse a un novelista o a una poeta, promocionarlos y difundir su obra, para hacerlos desaparecer inmediatamente después si han agotado su comercialización o explotación, o si el mercado así lo aconseja. El horizonte de expectativas de Jauss es contemporáneamente un horizonte de expectativas no estéticas, sino consumistas. Algunos escritores y poetas creen que son artistas porque la prensa habla de ellos, o sus libros se venden en los escaparates de las librerías de los aeropuertos. Ignoran, o fingen ignorar, en el mejor de los casos, que son solamente un efímero producto del mercado literario o cultural. Marionetas humanas en manos de empresarios de ocasión. Estos “artistas” viven en el narcisismo de su supuesta genialidad; sus “mecenas”, sin embargo, viven de la comercialización de la idea posmoderna de cultura, el opio del pueblo. Pero adviértase algo muy cierto: estos mecenas o empresarios no explotan el trabajo de tales artistas, explotan su vanidad. Este tipo de “artista” al que me refiero es mucho más vanidoso que trabajador. La explotación de su trabajo nunca sería rentable; la de su vanidad, sí.

Por otro lado, la literatura no puede sobrevivir por sí sola en el mundo. No ha sucedido así en el pasado, y aún menos puede la literatura subsistir por sí misma en el mundo contemporáneo y posmoderno. Necesita del intérprete. No sólo del lector. Una literatura hecha sólo de lectores en nada se distinguirá de un código de barras o de una lista de la compra abandonada en un supermercado. La literatura requiere la labor del intérprete, es decir, del transductor, que no es además cualquier intérprete, sino uno muy cualificado: aquel que posee poderes y competencias, es decir, potencias y facultades, para transformar y transmitir los significados estéticos y literarios, e imponerlos de diversos modos a una sociedad política de lectores. Porque la literatura no existe como tal al margen de una sociedad política y académica. Sin intérpretes académicos no hay literatura. Fuera de la Academia la literatura no existe. En Babel no hay literatura. Hay códigos de barras, que hacen las veces de obras de arte posmodernas.

Hoy día la literatura carece de función social estable y propia. Sólo en manos de empresarios editoriales y agentes de la propiedad intelectual las obras literarias cotizan en el mercado[3]. Fuera de ello son un pretexto para justificar el trabajo, cada vez menos literario, que se desarrolla en las posmodernas Facultades de Letras, allí donde aún siguen existiendo o superviviendo. En este contexto, la literatura no desempeña hoy día ninguna función social propia. En cualquier caso, desempeña una función social ajena, allí donde determinados grupos económicos, con frecuencia no estatales, se sirven de ella con fines comerciales o propagandísticos. Ya ni siquiera políticos. Los Estados suelen utilizarla con fines propagandísticos, a través de sus Ministerios de Cultura, u organismos equivalentes, con objeto de captar votos o generar grupos ideológicos de opinión. 

Nuestra época pasará a la historia por haberse consumado en ella el abandono efectivo de las instituciones públicas respecto a los estudios literarios, de los que las administraciones del Estado se había ocupado prácticamente desde la Ilustración europea hasta hace unos años. Los Estados posmodernos han retirado su apoyo a los estudios literarios, filosóficos y estéticos, esto es, a las denominadas comúnmente Humanidades. Cabe pensar incluso que, cuando el apoyo institucional a las ciencias humanas comenzó a ser especialmente poderoso, durante la segunda mitad del siglo XIX, acaso lo fuera con el objetivo, indudablemente promovido por la burguesía como clase social dominante, de contrarrestar el desarrollo del pensamiento marxista. 

Sea como fuere, lo cierto es que hoy por hoy, ni siquiera la Universidad pública, supuestamente a la cabeza de las instituciones educativas de un Estado moderno, se sirve de la literatura como instrumento de nada, en muchos casos ni siquiera de conocimiento, sino de ideología. La función social de la literatura fuera de la Universidad es igual a cero, y dentro de ella vale lo que vale su rentabilidad ideológica, en el abastecimiento de subvenciones y recursos humanos por el que disputan los diferentes gremios reconocidos como “políticamente correctos” (especialmente los grupos feministas, racistas y nacionalistas, los tres movimientos contemporáneos que siguen promoviendo y exigiendo a día de hoy formas de discriminación —sexual, étnica y política—, curiosamente, en nombre de la igualdad, la solidaridad y la justicia).







Notas

[1] En otro lugar he criticado enérgicamente la falacia de la estética kantiana y su idealismo del arte como finalidad sin fin. Vid. al respecto mi Crítica de los géneros literarios en el Quijote (Maestro, 2009: 290-312).

[2] El remate psicologista a toda esta suerte de idealismos lo alcanza Jauss cuando, al final, persiste en la recomendación de la hermenéutica gadameriana incluso para conseguir los logros morales presupuestos a la estética de la recepción literaria: “Desde el punto de vista de la estética de la recepción, su función social en el terreno ético debe captarse igualmente en las modalidades de pregunta y respuesta, problema y solución, bajo las cuales penetra en el horizonte de su influencia histórica” (Jauss, 1967/2000: 189).

[3] Interpreto como una ingenuidad la conclusión de las siguientes palabras de Jauss, que cito en cursiva: “la recepción del arte no es, en modo alguno, consumo pasivo, sino una actividad estética obligada a la aprobación o al rechazo y, por lo tanto, fuera del alcance de la planificación del mercado” (Jauss, 1977/1986: 24). Desde que hay mercado nunca nada ha existido ni sobrevivido jamás “fuera del alcance de la planificación del mercado”.






Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Crítica a la Idea de Sociología en Jauss», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (III, 4.3.1.7), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...