III, 3.3.7 - Hermenéutica literaria y retórica para minorías posmodernas


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





Hermenéutica literaria y retórica para minorías posmodernas

Referencia III, 3.3.7




CC0 1.0 Licencia universal de dominio público
Dice Miller que en El coloquio de los perros “el significado nunca se plantea de manera explícita. Se deja al lector que identifique y evalúe. Al hacerlo, el lector realiza lo que yo denominaría un juicio ético autónomo” (72). Vamos por partes.

En primer lugar, ¿qué obra literaria cervantina plantea significados de forma explícita? Sólo un neófito puede detenerse en una afirmación de esta naturaleza. En segundo lugar, ¿qué obra literaria obliga al lector a aceptar un significado sin evaluarlo previamente? La pregunta en sí misma es absurda, al menos que se plantee en un mundo en el que el crítico literario, sustituyendo al autor y a la obra literaria misma, obligue al lector a asumir una determinada interpretación. Pero sucede que este último modo de proceder es el característico de la crítica posmoderna, al imponer a los lectores una interpretación “políticamente correcta” de las obras literarias, y desautorizar ideológicamente a todo lector que se niegue a semejante sumisión. Se nota que Miller está acostumbrado a hablar ante un público acrítico y sumiso. Yo no pertenezco a ese público. Y la educación científica que he recibido no me permite integrarme en ese gremio, practicante de la sumisión diferida, que se transmite solidariamente de miembro a miembro. En tercer lugar, ¿qué es un “juicio ético autónomo”? ¿Una ocurrencia autológica o personal? ¿Una interpretación dialógica o gremial? ¿Un juicio normativo basado en una ética sin moral, en una moral sin ética, o en una moral contra la ética?  El Sr. Miller me responderá. Porque sólo con figuras retóricas no avanza ni la poesía bien compuesta, cuanto menos un sistema de ideas imaginarias que se desenvuelve como una madeja suplantando las figuras gnoseológicas por figuras tropológicas cada vez más gratuitas y ocurrentes.

Inmediatamente, Hillis Miller nos cita con su doctrina sobre las minorías. Y nos dice que “un rasgo distintivo de la narrativa posmoderna es que presenta a la comunidad como autoinmunitaria, auto-destructiva” (74), de modo que tiende a exterminar a todos aquellos individuos que no se adapten a ella. Yo no sé si es propio de la novela posmoderna esta práctica de presentar “comunidades autoinmunitarias”, porque comunidades de este tipo están presentes en el Cantar de mio Cid, el cual, a lo mejor —yo no lo sé—, resulta que también es un poema épico posmoderno. Lo que sí sé es que los gremios posmodernos sí funcionan, dentro de las sociedades políticas —y académicas— contemporáneas, como grupos autoinmunitarios frente a quienes no forman parte —y se niegan a formar parte— de su autismo gremial. El gremio, la secta, el grupo, es un sucedáneo de la sociedad real, y permite que determinados individuos, con frecuencia incapaces de abrirse paso en la sociedad real y normal, se “sientan” felices integrados en esos grupos para-sociales, donde el autismo gregario sirve de consolador colectivo. El individuo tiene personalidad; el gremio tiene “identidad”. Ya me he referido puntualmente la idea de identidad en la posmodernidad. También a la idea de minoría. No repetiré aquí lo que he dicho en esos trabajos, a cuya lectura remito a quien pueda estar interesado en leer algo diferente y crítico respecto a la propaganda posmoderna al uso sobre estos temas (Maestro, 2007: 186-208; 2007a; 2008; 2009).

En el contexto de las minorías, Hillis Miller declara: “La similitud entre la propaganda en contra de los moriscos de El coloquio de los perros y el antisemitismo actual me pareció fascinante e inesperada” (80). Sólo desde la ignorancia de la literatura cervantina un ser humano puede sentirse fascinado por algo así... Miller lee a Cervantes como un neófito. No debe sorprendernos que para él la crítica de Berganza a los moriscos tenga un sentido literal. Miller no percibe la ironía de Cervantes a través de la crítica que el can hace de los moriscos, una crítica desde la que el perro expresa los tópicos y las vulgaridades más manidas, vulgares y sobadas del Siglo de Oro español. Miller cree que lo que dice Berganza es una crítica contra los moriscos, cuando en realidad es una parodia de los que, en la sociedad política de la España aurisecular, critican a los moriscos. Lea Miller la biografía de Jean Canavaggio (1986) sobre Cervantes, y los comentarios del hispanista francés al respecto. Lea Miller los trabajos de Edward Riley (1976) sobre los cínicos y El coloquio de los perros (se los cito en inglés en la bibliografía final). Lea Miller las páginas Maurice Molho (1970) dedica a esta novela y a estos pasajes. Lea Miller las numerosas páginas que Márquez Villanueva (1973, 1975) ha dedicado a la cuestión morisca en Cervantes. Añádase a estas lecturas el trabajo de Georges Güntert sobre “El discurso de las minorías”, donde leemos: “Quien analiza la aparición de los representantes de las minorías en Cervantes está siempre abocado a la aporía. Haya, desde el principio, una cosa clara: no existe en Cervantes un discurso explícito acerca de las minorías” (Güntert, 2007: 185). Quizá con el conocimiento de lo que han escrito, entre otras muchas, estas personas, su fascinación disminuya. Y su nesciencia también:

Cervantes, sin embargo, estaba a favor de la expulsión de los moriscos. ¿Los judíos, los moriscos y los gitanos eran antígenos o formaban parte del tejido nativo del cuerpo político? (80).

Afirmar que Cervantes estaba favor de la expulsión de los moriscos es inadmisible, porque no hay argumentos definitivos que lo prueben ni que lo desmientan. Aducir la declaración de un personaje literario como revelación del pensamiento del autor equivale a incurrir en la falacia intencional más aberrante. Eso es lo que hace Miller. Por otro lado, me permito recordar, siguiendo al DRAE, que un antígeno es una sustancia que, introducida en un organismo animal —y subrayo lo de animal—, da lugar a reacciones de defensa, tales como la formación de anticuerpos. Al margen del desafortunado ejemplo zoológico, que no entro a considerar, es ofensivo advertir, por pura obviedad, que los judíos ya no estaban en España desde 1492, que los moriscos fueron expulsados en 1609, y que los gitanos siempre han vivido en España, y son, de facto, la única comunidad histórica real y efectivamente existente. Son, incluso, la única nación étnica presente, desde que cabe hablar de nación étnica, en la Península Ibérica. Y recuerdo también que los moriscos eran musulmanes —moros— bautizados que permanecieron en España tras la expulsión de los árabes como sociedad política, de modo que difícilmente se puede ser morisco sin ser español, porque el uno es hipónimo del otro, hiperónimo.

Pero el asombro de Miller es inagotable. Él nos dice: “En muchos lugares de España todavía encontramos huellas del talento especial de los moriscos para la arquitectura. La Alhambra es un logro cultural impresionante” (80). Pues sí, naturalmente. Lo curioso es que a continuación añade una ingenuidad de tomo y lomo:

El nombre de Jacques Derrida es de origen judío español. Podemos argumentar que con la expulsión de los judíos, España perdió la oportunidad de tener a Derrida como uno de sus hijos naturales, para bien o para mal (81).

Frente a lo que piensa Miller, por mi parte diré que no considero a Derrida como genio de nada, sino como un sofista y un retórico. Que sus orígenes sean judíos, musulmanes, cristianos, romanos, celtas o lusitanos, es para la ciencia y para la nesciencia tan irrelevante como el color de ojos, la alopecia o la halitosis de Maritornes.

Pero hay algo más importante que conviene reprobar en esta cuña de Hillis Miller sobre el judaísmo. Lo que más llama la atención en toda esta mitología elaborada, articulada y subvencionada por las potencias históricamente enemigas de España es la fuerza sobresaliente del irracionalismo, capaz de imponerse a la realidad de los hechos y datos de la Historia documentada. El ejemplo de la expulsión de los judíos, al que apella Hillis Miller, debe examinarse a la luz de los datos que menciona en Iván Velez en su obra Sobre la Leyenda Negra (2014). Todo el mundo sabe que en 1492 España decreta la expulsión de los judíos de su territorio estatal. Pero no todo el mundo sabe —y parece que Hillis Miller tampoco—, ni quiere saberlo, que en 1290 Inglaterra expulsa a todos los hebreos de su geografía política (incluida Gascuña, entonces bajo dominio de Eduardo I). Francia destierra a los judíos en 1306. Hungría lo hace en 1349 y Austria en 1421. Lituania los expulsa en 1445. Portugal, en 1497. Asimismo, las diferentes ciudades-estado de las actuales Italia y Alemania echan a los hebreos de todos sus territorios durante los siglos XVI y XVII. Sin embargo, parece que solo España expulsó a los judíos. Es un ejemplo de los múltiples que pueden reconocerse documentalmente tras una interpretación científica y documentada de la Historia. ¿Por qué las nuevas ideologías que se vierten y se imponen, sobre todo desde la posmodernidad contemporánea, y en particular en los medios académicos y universitarios, se construyen y expanden desde la ocultación de estos datos y hechos? ¿Es esa la forma de hacer Historia del New Historicism? ¿Es la forma que usa Hillis Miller para interpretar la realidad?

Uno de los aspectos que más llama la atención en la construcción y diseño de la Leyenda Negra, como destaca Pedro Insua en su prólogo a la obra de Vélez, es que responde siempre a los mecanismos de “omisión” y “exageración” de datos y hechos. La peor mentira, suele decirse, es una verdad a medias. Y en la Historia, las “verdades a medias” operan como fundamentos de auténticas falacias. La concentración y deformación de hechos, datos e ideas, presentados y confitados desde ideologías al uso, han asegurado a la Leyenda Negra antiespañola una presencia aún vigente en nuestros días. ¿Por qué omite estos hechos Hillis Miller en su comentario? ¿Malevolencia o simplemente ignorancia?

Es una realidad muy grave, académicamente al menos, pues “es a través del prisma negrolegendario como gran parte de la sociedad española obtiene su visión de la Historia de España” (Vélez, 2014: 18). Resulta muy preocupante, desde el punto de vista científico, cómo la ideología y la psicología social han invadido el mundo académico para perpetrar en él interpretaciones abiertamente contrarias a la realidad de la ciencia y de la documentación históricas[1].

La renovación de los estudios de Historia, Filosofía y Filología, no vendrá de la obra escrita por historiadores, filósofos y filólogos contemporáneos (si se me permite este último oxímoron): vendrá, en todo caso, de científicos activos en otros campos categoriales, como la biogenética, la astronomía o la matemática, por ejemplo, ciencias no democráticas, esto es, no tan directamente inflamables por la cultura, la ideología o los prejuicios de la psicología imperante, según momentos, en las diferentes sociedades humanas. Muchas de las libertades de que gozaron los Humanistas de la Ilustración se debieron a los descubrimientos científicos de la Astronomía, la Matemática y la Física desarrolladas durante el Renacimiento. Los pomposos “hombres de Letras” han sido extraordinariamente parasitarios de los esfuerzos llevados a cabo, desde siempre, por quienes se han dedicado, en condiciones con frecuencia mucho más adversas, a la práctica de las Ciencias experimentales. Los libros son, con más frecuencia de lo que se creen quienes los escriben, refugio de cobardes más que laboratorio de valientes. Entre Erasmo de Róterdam y Galileo Galilei hay algo más que doscientos años de diferencias.

Tras sus reflexiones —fascinadas, como él mismo declara— sobre la interpretación posmoderna de las minorías auriseculares, Miller se centra en el personaje de la Cañizares, y, en líneas generales, en las brujas. En estas páginas Miller demuestra dos deficiencias flagrantes: la primera y más grave es el profundo desconocimiento que revela sobre la bibliografía cervantina relativa a la religión, la brujería y la superstición en la obra del autor de El coloquio de los perros. Me pregunto qué ha leído Miller de Cervantes, al margen de haber leído en inglés, en una edición de 1963, este coloquio. La segunda deficiencia es la ingenuidad, o la inocencia (prefiero evitar aquí la palabra nesciencia) desde la que interpreta el papel funcional y las implicaciones semánticas del personaje de la Cañizares. Para Miller, como para Berganza, la Cañizares es una bruja. Lástima que para Cervantes la Cañizares sea simplemente una mujer chiflada y demente, que cree ser una bruja cuando se unta de potingues con los que se narcotiza  hasta casi entrar en coma. Escribe Miller:

¿Creía Cervantes en las brujas? ¿Tendríamos que creer en las brujas para ser buenos lectores de El coloquio de los perros? ¿De todas maneas, qué quiere decir creer o no creer? (84).

Admirables premisas para el desarrollo de una interpretación. Las tres preguntas responden a una ingenuidad creciente. No se pueden tomar en serio en un trabajo académico. Prosigo.





Nota

[1] Se observa que hay una doble vara de medir, o ley del embudo, por hablar llanamente, a la hora de interpretar el papel desempeñado por diferentes imperios históricos: “Resulta interesante confrontar el Cerro Rico de Potosí con las minas auríferas de Las Médulas, en España. Si Potosí ha constituido todo un símbolo de la explotación hispana del indio, tan oprobiosa imagen no pende sobre Las Médulas, lugar donde los romanos emplearon mano de obra esclava. En efecto, cuando se habla de Roma se suelen exaltar su logros civilizatorios suavizando en ocasiones su sostén esclavista” (Vélez, 2014: 304).




Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Hermenéutica literaria y retórica para minorías posmodernas», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (III, 3.3.7), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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