III, 3.3.6 - Cinismo (sobre Hillis Miller)


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





Cinismo (sobre Hillis Miller)

Referencia III, 3.3.6




CC0 1.0 Licencia universal de dominio público
Acto seguido Miller cita, entre las fuentes de El coloquio de los perros, dos obras sólo ignoradas por quien no haya leído los más básicos manuales al uso: El asno de oro de Apuleyo y Metamorfosis de Ovidio. Aparte de estas citas, y al margen de Luciano de Samósata, que ni se menciona, Miller se refiere a la filosofía cínica en estos términos:

Los cínicos constituían una secta filosófica en la Grecia antigua, fundada por Antístenes de Atenas, quien creía que el auto-control era la única manera de alcanzar la virtud. Un cínico es alguien que cree que todos los hombres están motivados por el egoísmo, y ése es el caso ciertamente de la mayoría de las personas de El coloquio de los perros (70-71).

Es la verdad que a cualquier estudioso de la cultura grecolatina, del mundo de la Antigüedad, o de la Filosofía griega, semejante concepción de los cínicos le provocará perplejidad y admiración. Esta idea de la filosofía cínica más parece alcanzada tras la lectura de un manual contemporáneo de autoayuda que de la lectura del pensamiento de Antístenes en el Cinosargo o de Diógenes de Sínope. Lo primero que hay que advertir es que los cínicos no buscaban la virtud, sino su crítica, descrédito y desmitificación. El cinismo representaba la ideología democrática subyacente en los estamentos más extremos de la sociedad esclavista, así como el menosprecio de las normas y convenciones sociales hasta el insulto y la infracción del decoro. Desde la desvergüenza, y frente a las riquezas o glorias de la vida acomodada, los cínicos propugnaban una forma de conducta contracultural, desarrollada al margen del racionalismo convencional y de las dependencias sociales políticamente correctas. La idea de cinismo que Miller muestra tener es completamente Kitsch. Y esto es muy grave, si es que con semejante kit de herramientas pretendemos interpretar para los demás una novela como El coloquio de los perros.

El casamiento engañoso concluye cediendo la palabra al antropomorfismo animal, en el que se deposita, para mayor ridículo de la especie humana, el discurso más racional y la moral mejor definida. El animal es depositario de los valores más preciadamente humanos y logocéntricos: el lenguaje y la razón. Lamento que estos hechos contraríen la argumentación y la retórica destructivista de Miller. Irónicamente, los canes hablan desde la oscuridad de la noche, acaso desde un cosmos onírico, y siempre rodeado de enfermos, locos o necios, gentes paranormales y aisladas de la sociedad, de la ley incluso, y por supuesto de los ideales del Estado.

No es anda nuevo hablar de cinismo en relación con El coloquio de los perros. Sin embargo, muy pocas veces se ha hablado de él a propósito de El casamiento engañoso. Además, siempre se trae a colación en tales casos el cinismo de los antiguos griegos, más como una suerte de retórica ilustrativa de la crítica literaria que como lo que realmente fue: una filosofía y una forma de vida. Por otra parte, nunca he leído nada relativo a las Novelas ejemplares de Cervantes que considere el cinismo desde el punto de vista de su implantación en el presente crítico, es decir, siempre se aborda como algo exento del presente de la interpretación literaria. En este sentido, cuando se habla del cinismo de El coloquio de los perros se suele incurrir, sin duda de forma inconsciente, en una reiterada doxografía o doxosofía sobre los tópicos cínicos. Miller es, en este sentido, un ejemplo sobresaliente.

La etimología que siempre se aduce para señalar los orígenes del cinismo filosófico parte del término griego kyon (perro). No obstante, Diógenes Laercio sugiere el término Cinosargo (“perro ágil”)[1] para designar a los cínicos, los cuales habrían recibido estas denominaciones como un atributo honroso, pues reflejaría con la mayor autenticidad el tipo de vida que deseaban seguir: vivir conforme a la naturaleza, vivir del modo más natural posible. Como viven de hecho Cipión y Berganza, por ejemplo, si bien ellos no tienen opción que elegir, siendo testigos privilegiados e intérpretes singulares de cuantos “secretos” encierra la vida real de los seres humanos.

De un modo u otro es aceptable suponer que la filosofía cínica tiene su origen en el ideal de un modo de vida que pretende identificarse lo más posible con la naturaleza. Este ideal de vida, basado en un proyecto de retorno a la naturaleza desde las leyes de la polis, implica que es más natural para el ser humano vivir a imitación de los animales que vivir conforme a las leyes del Estado. El proyecto de los cínicos es, pues, posible únicamente desde la civilización. No se puede regresar a la naturaleza cuando todavía no se ha salido de ella. Por ello no es casualidad que la filosofía cínica surja precisamente en un momento histórico de deterioro de la polis griega. Estas escuelas son posteriores a la entrada en escena de Macedonia en el panorama griego. Filipo y Alejandro acabaron con la idea de polis, ya que eliminaron la independencia política de las ciudades-estado. Atenas siguió conservando su fama de lugar relevante para la educación, pero la cultura helenística va a tener ya otros protagonistas. Los cínicos son la respuesta a esta decadencia política. Es una filosofía que quiere alejarse de todos los asuntos de la polis, una polis debilitada y frágil. Los cínicos tomarán a Sócrates como uno de sus referentes, con cuya imagen pretenden recuperar en cierto modo el estilo del filósofo mendicante, y su concepción de la filosofía como una autarquía, en el sentido de ser la propia fortaleza del individuo. La filosofía —decían— nos hace indemnes a la fortuna.

Las ideas de los cínicos están rehabilitadas en buena parte de la obra de Rousseau, al propugnar la reducción del hombre al estado y condiciones de la naturaleza pura, negando los valores de la civilización y las ventajas del progreso. Las leyes del Estado se discuten, y se propugna una suerte de panfilismo cuyo desenvolvimiento sólo puede darse en una naturaleza, por supuesto más imaginaria que real. Con todo, los cínicos no pretendieron nunca la Arcadia que siguen buscando los seguidores de Rousseau, al plantear contemporáneamente, en términos teológicos, la subordinación o reducción del Hombre a la Naturaleza, la cual desempeñaría las funciones de un Dios ultrajado, consumido y explotado por los seres humanos. Desde un punto de vista político, el referente inmediato es el ecologismo trascendental de nuestros días. El rechazo de la polis por parte de los cínicos tiene su correlato contemporáneo, mutatis mutandis, en el mismo recelo con el que los nacionalismos separatistas peninsulares pretenden la fragmentación del Estado español: la desconfianza en las normas morales que nos hacen a todos iguales ante la ley estatal. Es, en suma, una forma de nostalgia de la barbarie, añorando —siempre desde el confort de la civilización— modos terapéuticos e imaginarios de vida ajenos a la civilización, pero no a sus ventajas.

Al margen del cinismo compartido por Antístenes, Rousseau y los movimientos ecologistas y nacionalistas contemporáneos y posmodernos, hay que afirmar que la filosofía cínica exhibe un discurso contracultural que nace del seno mismo de las sociedades culturalmente más desarrolladas y sofisticadas. En este sentido, el cinismo es un producto cultural más de las sociedades avanzadas, que no existiría sin el lujo y la comodidad que lo hacen materialmente visible y factible. Difícilmente podemos imaginarnos un diálogo de cínicos en el Pleistoceno superior.

Con todo, lo que quiero subrayar aquí es que la filosofía cínica, que se manifiesta más por lo que niega —la civilización— que por lo que afirma —la naturaleza—, se fundamenta —al igual que la deconstrucción derridiana, o que la vacua retórica de Hillis Miller— sobre una contradicción insuperable: niega los medios que hacen posible sus fines. Bien conocida es la imagen que ofrece Diógenes Laercio de Diógenes el Cínico, quien, al ver a un muchacho beber agua del arroyo con las manos, arroja su cuenco con el fin de adoptar una forma de comportamiento más próxima a la naturaleza. Lo que podría preguntársele entonces al cínico de Diógenes, como —en términos igualmente filosóficos— al cínico de Derrida, es porqué no renuncian también al lenguaje y, de una vez por todas, a la razón para expresarse, y vivir así en un estado mucho más silvestre, que los aproxime bien a la Naturaleza. Los póngidos y los homínidos, primeros antropoides del Oligoceno —al igual que hoy día los orangutanes—, estaban mucho más próximos a la naturaleza que cualquiera de los cínicos griegos o de los destructivistas contemporáneos. Ellos apenas disponían de recursos racionales, mientras que los cínicos y los destructivistas posmodernos, poseyéndolos en grado sumo, como sofistas profesionales que son estos últimos, actúan para inducir y educar a los demás en el abandono, respectivamente, de la civilización y del racionalismo. Para Derrida ha sido muy rentable pasarse la vida escribiendo y publicando libros en contra de la escritura, extraordinaria labor que ninguno de sus afanosos lectores le ha cuestionado jamás. Derrida siempre ha tenido un gusto especial por los lectores acríticos. Son sus lectores modélicos o ideales. Es bonito proclamar la supremacía de las culturas ágrafas (valga la paradoja) frente a las culturas alfabetizadas y dotadas de escritura. Sin embargo, en un mundo en el que el desconocimiento de la Ley no exime de su cumplimiento, es recomendable —al margen de lo que escriba el Sr. Derrida— saber leer y escribir. A menos que su intención sea, como la del sofista, la de engañar a los demás a cambio de enriquecerse personalmente.

El cinismo contemporáneo —y es el cinismo que caracteriza igualmente a los personajes de El coloquio de los perros—, desprecia las convenciones morales y sociales, pero —frente a la escuela griega de filosofía cínica— finge aceptarlas. El cínico contemporáneo, al igual que los cínicos que protagonizan los relatos de la vida de Berganza, fingen aceptar lo “políticamente correcto” para introducirse de lleno en la sociedad y, confundiéndose con el medio, disponer de inmunidad moral para despreciar y burlarse de todas las convenciones que dicen respetar. Las únicas fidelidades del cínico son sus intereses prácticos, nunca las normas morales. La ideología que el cínico contemporáneo dice poseer no es más que un salvoconducto retórico, un discurso que exhibe para codificarse socialmente como alguien respetable. En El coloquio de los perros los cínicos no son Cipión y Berganza, sino todos los demás. A Cipión y Berganza corresponde la manifestación, nada cínica, dicho sea de paso, del desencanto, el descreimiento y la desmitificación de la España aurisecular. Su crítica ni siquiera es denuncia, evita en lo posible la murmuración, y jamás se permite el sarcasmo, ni la sátira o la risa sardonia. Cipión y Berganza hablan incluso como dos ingenuos, cuyas palabras carecen por completo de ironía —salvo por el intertexto literario en que las sitúa su autor, Cervantes—, y sólo tienen en común con los auténticos cínicos la obscenidad, es decir, el hecho de mostrarse a sí mismos, en calidad de mensajeros o relatores —y por la acción transcriptora, mediadora o transductora de Campuzano—, publicando sin reservas ni reticencias todo aquello que es moralmente reprobable en una determinada sociedad. Desde este punto de vista, el cínico se comporta como un moralista que critica y denuncia los vicios que impiden la prosperidad de una sociedad humana. El único cinismo que poseen Cipión y Berganza es el cinismo que pone de manifiesto la falsa moral, el fraude de las convenciones sociales y la falacia de lo políticamente correcto en las ascuas imperiales de la España aurisecular. Cervantes no quiso poner en boca de personajes humanos el relato de semejante ruina. En tal caso, habría sido inevitable crear la figura de un pícaro adulto, en la órbita de Guzmán, o al menos considerando las leyes gravitatorias generadas por la novela picaresca de Mateo Alemán. No son los objetivos de Cervantes.

El cinismo del autor de El coloquio de los perros no descubre nada que no se sepa sobradamente. Su crítica no revela ninguna dimensión moral inédita, ni tampoco inmoralidades incógnitas. Ni siquiera pone al descubierto la fragilidad ignorada de las convenciones sociales. Cervantes hace algo mucho más sencillo, dentro de su amplia complejidad, al idear la aventura de la frustrante relación entre el alférez Campuzano y doña Estefanía, y al abatir al soldado en el delirio onírico de dos perros locuaces, cuyos coloquios relata a un no menos singular licenciado Peralta. Cervantes dice en público lo que tácitamente se silencia. Lo que todos sabemos y nadie se atreve a decir. El coloquio de los perros es su obra más valiente, la mejor elaborada en términos filosóficos y, pese a ser la menos verosímil de todas sus creaciones, la más íntimamente ligada a la verdad. Al fin y al cabo, la verdad del mundo es una mentira que estamos obligados a creer sólo en la medida en que participamos en ella. Sólo los cínicos, los que se sustraen a ella, al no participar en sus estructuras, con frecuencia civilizadas y políticas, pueden criticarla libre y obscenamente. Es el privilegio de la independencia, es decir, el privilegio de quienes viven emancipados de la vanidad propia y del poder ajeno.

Desde este punto de vista, las consideraciones de Miller sobre el cinismo en El coloquio de los perros nos sorprenden por su pobreza.





Nota

[1] Cinosargo era también el nombre de la ciudad en que Antístenes fundó de la escuela cínica, según Diógenes Laercio (1887/2004: 324): “Disputaba en el Cinosargo, gimnasio cercano á la ciudad, de dónde dicen algunos tomó nombre la secta Cínica”. Si esto fuera cierto, los cínicos procederían directamente de Sócrates, de quien Antístenes fue discípulo, y formarían, así, parte de los llamados “socráticos menores”, de los que Diógenes de Sínope fue la figura más relevante.





Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Cinismo (sobre Hillis Miller)», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (III, 3.3.6), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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