III, 3.3.4 - Literatura Comparada sin comparación literaria


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







Literatura Comparada sin comparación literaria

Referencia III, 3.3.4




CC-BY Garlandcannon - Flowers of Discernment
En su expropiación posmoderna de El coloquio de los perros, Miller despliega un trabajo de literatura comparada entre esta novela de Cervantes y un texto de Thomas Pynchon titulado La integración secreta (The Secret Integration, 1964), una historia estadounidense de aventuras protagoniza por adolescentes combativos, alegres y divertidos. Miller nos da muchos detalles (argumentales, sociológicos, ideológicos, culturalistas, racistas, étnicos, también sexistas, aunque menos...) del libro de Thomas Pynchon, pues no todos los lectores que han leído a Cervantes han leído también La integración secreta. Y a la inversa.

“La integración secreta” cuenta la historia de una pandilla adolescente de cuatro chavales que se citan en solemne secreto, como el “Comité Interno”, en un escondite en el sótano de una mansión abandonada en Berkshire, para impulsar una compleja conspiración en contra de las “instituciones” y los “planes” es los adultos que los rodean. Su líder es un “genio adolescente” llamado Grover Snodd que ya va a la universidad (41).

A la universidad estadounidense, ¿no?

Pero vamos a examinar lo que real y efectivamente Hillis Miller compara entre La integración secreta y El coloquio de los perros. Porque Miller, en realidad, más que una comparación, lo que hace es una exposición yuxtapuesta entre el texto de Pynchon y la novela de Cervantes. Al primero se refiere durante las páginas 37-64 y al segundo durante las páginas 64-97. Su artículo termina en la página 98. Para ser sinceros, la comparación de Miller procede más por hipóstasis inicial de cada relato y por adecuación final entre ambos que por relación comparativa alguna entre materiales y formas literarios objetivados en cada una de las obras y conjuntamente considerados. Entremos, de hecho, en detalles.

Miller pone en relación asintótica o autotética, es decir, no alotética, no conexa, dos obras literarias, La integración secreta y El coloquio de los perros. En su relación comparativa, ambas obras permanecen intangibles. Con todo, esto no es en sí mismo un problema, dado que desde la poligénesis, por ejemplo, podría explicarse el fenómeno de intertextualidad observable entre dos o más obras literarias, obras entre las que no cabe establecer relaciones directas o inmediatas de causalidad, inferencia o consecuencia, aunque compartan rasgos comunes, que no serán fenomenológicos, sino esenciales. Sin embargo, este último —la poligénesis— tampoco es el caso, ni el fenómeno. Miller, tomando como modelo de narración posmoderna el relato de Pynchon, postula que El coloquio de los perros de Cervantes es, por excelencia, una narración posmoderna, porque, según él, las características de La integración secreta están perfectamente reproducidas en la novelita de Cervantes. A lo que parece, Cervantes “pronostica” o “preludia” la obra de Pynchon. Y ahí reside el éxito del autor del Quijote. ¿Cuáles son estas características posmodernas, preludiadas por Cervantes, y canonizadas por Pynchon? Las que el propio Miller ha enunciado como definitorias de la novela posmoderna, y que he citado más arriba. Las mismas, como he indicado, que pueden encontrarse también en buena medida en los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo, por ejemplo.

Quien propone una comparación literaria entre dos o más obras literarias procede en la interpretación de materiales literarios a través de la figura gnoseológica de la relación, determinada por dos tipos de procedimientos o modalidades. Las relaciones son operaciones interpretativas ejecutadas según dos tipos de criterios. En primer lugar, las relaciones pueden ser isológicas (dadas entre términos de la misma clase: de autor con autor, de obra con obra…) o heterológicas (dadas entre términos de clases diferentes: de un autor con una obra, de una obra con un lector, de un autor con un lector…). En segundo lugar, las relaciones pueden ser distributivas (dadas con el mismo valor en cada parte del todo: el impacto de una obra en una totalidad de lectores) o atributivas (dadas con distinto valor en cada parte del todo: el impacto de una obra en un lector concreto y distinto de los demás). La relación que Miller está llevando a cabo al comparar La integración secreta con El coloquio de los perros es del tipo isológico y atributivo (Maestro, 2008). Pero esto Miller no lo sabe. Entre otras cosas porque, en su caso, la comparación, lejos de articularse de forma relativa o relacional, esto es, mediante la relación como figura gnoseológica, se expone de forma yuxtapuesta o incluso copulativa (siendo la cópula, ciertamente, bastante violenta y nada fértil), de modo que acaba por desembocar en la falacia adecuacionista: aquí la obra de Pynchon, aquí la obra de Cervantes, y aquí la posmodernidad, estableciendo esta última entre las dos primeras una adecuación o correspondencia fenomenológica. Y eso es todo.

Y eso es todo porque los parecidos, las analogías y las afinidades que Miller dice ver son fenomenológicas, psicológicas, ideológicas, fideístas y, en todos los casos, aparentes y superficiales. Es decir, son analogías de la apariencia. Cosmética de hermenéutica posmoderna. El planteamiento de Miller es muy simple: “yo soy posmoderno, aunque eso sea algo que ni siquiera existe, más allá de la retórica que lo exhibe, difunde y genera, pero es algo que me permite simular que lo que hago crítica literaria, o algo que la gente interpreta como tal. Cervantes es un autor de referencia, es decir, un autor canónico, a hombros de cuya obra y figura yo puedo exhibir mis capacidades posmodernas para ejercer un simulacro de crítica literaria, aunque Cervantes y su obra sí existan y la posmodernidad y sus ilusionismos —que son los míos— no”. Pero al sofista no le interesa el conocimiento, sino sus apariencias y simulacros.

En La integración secreta hay seres humanos marginados. En El coloquio de los perros también. Por lo tanto: ¡hete aquí la analogía! ¡Ambas obras son posmodernas! También hay elementos fantásticos, sobrenaturales, maravillosos, de “realismo mágico”, surrealistas, oníricos...[1] ¡Ambas obras son posmodernas! También hay en cada una de ellas narradores telepáticos, porque —piensa Miller— Berganza “no emite juicios ni profiere interpretaciones” (36). Admirable... Lo dicho, que ambas novelas son posmodernas. Está clarísimo. ¿Cómo no ver el traje del emperador? ¿Cómo no apreciar el agua del Jordán que brota del retablo de las maravillas? ¿Cómo no resultar anegado por ella, “hasta la canal maestra” (Cervantes, 1615/1998: 145)?

Los métodos y autoridades que cita Miller son muy expresivos, como juzgará el lector, al leer afirmaciones como las siguientes: “Como Derrida dice en un seminario, si crees de verdad, entonces ya no se trata de un fantasma” (49). ¿Quiere decir esto que lo que existe en tu mente existe en la realidad, y ya está? Lástima que para ser millonario haya que poseer efectivamente millones de euros o de dólares, y no solamente imaginar que se poseen. Con la inteligencia ocurre lo mismo que con el dinero: no basta imaginarla, hay que poseerla, es decir, ejercerla. Pero el humor de Miller no se detiene en la cita de autoridades. Avanzado el artículo se califica a sí mismo de “lector inocente”, en los siguientes términos: “El lector meticuloso, aunque quizás inocente (como yo), etc...” (51). No hay lectores inocentes, y aún menos si antes son previamente meticulosos. Hay, en todo caso, lectores nescientes. Y cínicos. Y no conviene confundir la inocencia con la nesciencia. Porque la primera remite a la privación de la ciencia, y la segunda a su negación. Miller parece hablarnos desde la segunda, deseándonos la primera. Digo esto porque Miller, llevado, poseído o simplemente embargado, por un psicologismo extremo, absurdo y casi místico, afirma que “leer una historia es despertar a un fantasma, revivificar, espiritualizar de nuevo, evocar como espíritus, a todos los personajes imaginarios de ese relato, incluso a aquellos que son, como Carl Barrington, imaginarios, fantasmagóricos, espectrales dentro de la ficción de la historia” (56). Me pregunto si estas palabras son de un intérprete de la literatura o del intérprete de una sesión de espiritismo. ¿Es el crítico literario un médium? ¿Somos ahora, en lugar de profesores de Teoría de la Literatura, especialistas en alguna materia o asignatura llamada Interpretación Oracular de Textos Literarios? A juzgar por las palabras de Miller, y por el crédito que la Academia y la Universidad prestan a este tipo de escritos babélicos, confieso francamente no saberlo.

La apelación a los fantasmas, o incluso a una interpretación literaria propia de chamanes, no es casual ni aislada. Porque más adelante Miller reitera que “una historia es como un fantasma. No se puede ni creer ni no creer en ella” (64). Bueno... Esto lo dice el Sr. Miller, pero, una vez más, y sin ánimo de molestar, advierto que quien afirma la existencia de fantasmas no prueba que los fantasmas existan, sino, simplemente, que quien habla necesita un médico. En los fantasmas no se puede creer, a menos que se sea un ignorante, porque se vive en un tercer mundo semántico, o porque se esté enfermo, a causa de la desgracia de sufrir alguna dolencia paranormal o alguna patología psíquica (lo cual, con toda franqueza, no tiene ninguna gracia, aunque lo parezca).

Tras este paseo por la retórica de la literatura, Miller parece concluir donde había comenzado, en la misma afirmación acrítica de partida: “La integración secreta confirma mi propuesta de que la narrativa posmoderna presenta comunidades que se caracterizan por lo que Derrida llama la lógica auto-inmunitaria” (63). Miller se lo dice y Miller se lo confirma. Miller domina la crítica autológica. Por mi parte, y sin ánimo de incomodar, confirmo que la Ilíada de Homero también presenta comunidades que se caracterizan por lo que Derrida llama la lógica auto-inmunitaria, algo que, desde la Política de Aristóteles, quienes estudiamos Filosofía reconocemos e interpretamos bajo el concepto de eutaxia. No sé si Miller considera que la Ilíada es también un ejemplo de novela posmoderna. Posiblemente sí, a la vista de sus argumentaciones.







Nota

[1] “He dicho que un rasgo de la narrativa posmoderna es cierto uso de lo sobrenatural, de fantasmas y espíritus, junto con el «realismo mágico»” (48). Me pregunto, ciertamente, qué puede haber de posmoderno entonces en géneros donde lo fantástico y lo maravilloso son partes determinantes, intensionales o esenciales, de géneros, especies u obras tales como la poesía épica, pasajes bíblicos, tragedias clásicas, cantares de gesta, libros de viajes, crónicas de indias, historias artúricas, cuentos populares, romanceros, tratados de teratoscopia, taumatografías, crónicas de prodigios, libros de caballerías, comedias de magia, literatura de cordel, espectáculos populares... Tras leer a Miller podemos pensar, como Tales de Mileto pensaba del agua, que “todo es posmoderno”.  




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Literatura Comparada sin comparación literaria», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (III, 3.3.4), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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