III, 3.1.2 - La interpretación, ese acceso a un Significado Trascendente


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





La interpretación, ese acceso a un Significado Trascendente

Referencia III, 3.1.2




(CC BY-SA 2.0) Megyarsh - Flooding Sorrow
Shakespeare parece jugar en la definición que, entre burlas y veras, hace del conocimiento humano en el diálogo que mantienen el rey y Berowne al comienzo de Love’s Labour’s Lost (1598). El conocimiento es ante todo el conocimiento de las cosas ocultas y negadas al sentido común. Los medios de ese conocimiento han de orientarse sobre todo hacia el saber de aquello que se nos impide conocer: “Things hid and barr’d, you mean, from common sense […]. To know the thing I am forbid to know” (Love’s Labour’s Lost, I, 57-60).

El dramaturgo inglés juega con la idea ―tan seductora para el Romanticismo― de que quizá el conocimiento evita encontrarse con nosotros. Acaso la verdad solo es un derecho que no nos pertenece. De cualquier modo, el ser humano es el único ser vivo dotado de una capacidad de trascendencia, es decir, de una facultad para desear, generar e interpretar Significados Trascendentes. Sí, pero a costa de mucha psicología y poca ciencia.

Todo acceso al conocimiento está mediatizado, es decir, transducido; y semejante mediación no está ejecutada ni por el autor —que después del estructuralismo de Barthes “ha muerto”, voluntaria o involuntariamente—; ni por el texto (o escritura), cuya interpretación depende, sobre todo desde Gadamer, de un sujeto “sabio” que “dialoga” con la tradición; ni del lector ideal o lector modelo, al que tantas identidades y etiquetas se le han atribuido, y casi ninguna de ellas de fundamento auténticamente real. Hoy día el acceso al conocimiento está efectivamente mediatizado o transducido no por los agentes tradicionales jakobsonianos —autor, mensaje, lector—, sino por el sujeto que interpreta el mensaje para el lector, y que por ello mismo se interpone entre este y aquel. Este sujeto no habla por boca del autor, ni se acerca a la escritura del texto renunciando a sus propios valores morales, ideológicos o axiológicos, ni tan siquiera piensa muchas veces en la educación científica del lector común a la hora de formular la interpretación de la obra literaria; este sujeto intermediario piensa en la interpretación del texto ante el lector en la medida en que tal interpretación justifica su personal posición (política, cultural, económica, sexual, etc.) en el contexto de su vida real y social. La pragmática de la comunicación literaria ha de tener necesariamente presentes, al menos desde la sociedad de finales del siglo XX, los cuatro elementos en que estamos insistiendo: autor mensaje transductor lector. El objetivo de toda transducción es, pues, el lector, pero no un lector cualquiera, sino un lector sin voz, un lector vulnerable, desposeído de toda posibilidad de expresión pública reconocida. Solo así es posible imponer una interpretación falsa a una comunidad de individuos, porque solo así es posible hacer de una mera opinión una teoría aparentemente científica, cuando en realidad nada haya de científico, ni de teórico siquiera, en ese discurso. La doxa se convierte en episteme a los ojos del ser humano sin dejar de ser doxa. He aquí lo que desde Platón reconocemos con el nombre de demagogia: dotar conscientemente a la mentira de atributos de verdad. Aunque en estos momentos sea solo una posibilidad, Internet es un recurso decisivo que puede permitir la superación, siempre relativa, de este tipo de situaciones mediatizadoras; y no hay que olvidar, no obstante, que en Internet simplemente están los datos o los hechos, es decir, el acceso a ellos ante todo, pero la interpretación, como el conocimiento, es una experiencia específica del ser humano, y depende esencialmente de las capacidades intelectivas de la propia persona, al margen de las cuales solo habitan el nihilismo y la nesciencia.

Hoy menos que nunca accede el lector en un estado adánico a la lectura y percepción de los hechos sociales, culturales, literarios. Lo mismo podríamos decir incluso de los hechos reales. Casi todo tiende a estar cada vez más mediatizado, y con frecuencia lo está desde los más diversos signos ideológicos y axiológicos. Desde la elección del sexo de los seres humanos, hasta la clonación de las más variadas criaturas, sin olvidar la elaboración de alimentos transgénicos, o las formas de investigación interplanetaria o biogenética, una de las características primordiales de los nuevos tiempos será sin duda la mediación, es decir, la intervención humana que, en cualquiera de sus facetas, tiene como fin la alteración controlada del curso previsto —acaso natural— de determinados hechos y acontecimientos. El azar tiene cada vez menos posibilidades de movimiento. En una época y en una cultura determinadas por tales características, la visión (literaria) sin intermediarios no es posible. El profesor, el crítico, el editor, el periodista por supuesto, etc., disputan por dominar el acceso a los textos, es decir, al sentido, al Significado Trascendente, en el valor más amplio de la palabra, y ofrecer de este modo al lector una literatura, un sentido, un discurso, una religión, una política, un conocimiento, una sociedad, un cosmos..., previamente valorado y definitivamente interpretado.

Se nos quiere hacer creer que toda interpretación es una ficción explicativa, cuya consecuencia última es un fundamento moral y/o ético. La existencia de este fundamento no se discute. Lo que se discute, y se niega, es la legitimidad científica y crítica del conocimiento. De este modo, la interpretación ―ética y/o moral― se convierte en un dogma, que como tal se impone, y el intérprete pretende apoderarse de los materiales literarios cual un demiurgo que actúa como un dios veterotestamentario. El dogma solo se discute de forma aparente. No admite ironías. Discutir un dogma equivale a secularizarlo, a promover su desmitificación irreversible. Ahora bien, ¿qué es la interpretación literaria y cómo es posible dogmatizar desde ella? Vamos a considerar este planteamiento.

La interpretación no es un saber doxográfico, un saber pretérito, acrítico y extemporáneo, un saber acerca de las obras de Homero, Schiller o Pessoa; el saber interpretativo es un conocimiento acerca de lo presente y desde el presente. Homero, Schiller o Pessoa pueden formar parte inderogable de nuestro mundo actual, es decir, de aquellos objetos culturales que sustantivan nuestro conocimiento presente. La interpretación es un saber de segundo grado que presupone necesariamente otros saberes de “primer grado” (técnica, política, historia, matemática, métrica, lingüística, biología...) La interpretación implica de este modo un estado de las ciencias y de las técnicas lo suficientemente desarrollado como para que el sujeto pueda servirse de ella eficazmente.

Una interpretación es la respuesta gnoseológica a un imperativo epistémico, es decir, la explicación racional que el ser humano es capaz de desarrollar con el fin de esclarecer, hasta donde sea posible, la constitución, significado, uso y función de un fenómeno que de otro modo permanecería incomprensible, y que se impone en el pensamiento del sujeto con la exigencia de un interrogante. En las ciencias denominadas “naturales” la interpretación está determinada, entre otros aspectos, por el principio de causalidad y el principio de exactitud, cuyo límite es la identidad (A = A). Sin embargo, en las ciencias “humanas”, se nos impone desde Kant que la interpretación resulta muy difícilmente verificable más allá de unas escasas condiciones formales de observación. Allende los formalismos metodológicos, la interpretación literaria se nos presenta como una experiencia determinada por la ética individual o por la moral colectiva. Desde Maquiavelo, desde Cervantes, desde Shakespeare, el ser humano cuenta con demostraciones que le permiten conducir su experiencia mediante formas lógicas de conducta que se justifican por sí mismas. En nuestro tiempo, este individualismo ético se ha radicalizado poderosamente en las sociedades occidentales. La ética triunfa sobre la moral.

La interpretación literaria se formula siempre como una reacción, como una respuesta, cuyo fin es promover nuevas acciones mediante explicaciones que pretenden ser convincentes. Pero la interpretación es siempre un saber contra algo o contra alguien, un saber que se desarrolla y se esgrime frente a otros pretendidos saberes, frente a otras posibles interpretaciones o construcciones éticas, morales y científicas del mundo. Una interpretación lo es en función de otras interpretaciones que constituyen para el ser humano las coordenadas de una educación científica y moral. 

Aunque sus medios y recursos sean gnoseológicos (materialistas) o epistemológicos (idealistas), las causas y las consecuencias de una interpretación tienden a percibirse en sus dimensiones morales y éticas antes que científicas y críticas. Interpretamos desde el hacer, desde nuestras posibilidades operatorias, y para todo aquello que en nosotros encuentra alguna posibilidad de actuación. Si la literatura fuera verdadera y simplemente una ficción, no causaría tantos problemas a los moralistas de todos los tiempos. Moralistas, preceptistas, canonicistas, intérpretes del dogma todos ellos, encuentran en la literatura un obstáculo común e insoportable. Algunas veces estos moralismos han tratado de desterrar la literatura de su ciudad ideal (Platón); otras veces han tratado de someterla y controlarla mediante diferentes formas de compromiso (catolicismo y marxismo, dos caras singularmente opuestas de una misma y quizá única moneda); también se ha tratado de utilizar modos muy sofisticados de interpretación filológica con objeto de disimular los fundamentos morales del intérprete (formalismos, estilísticas, historiografías, psicoanálisis, crítica académica, teorías literarias varias...), hasta constituir tradiciones canónicas a las que se ha atribuido un estatuto de inmutabilidad; incluso se ha pretendido negar la interpretación literaria como tal, o ir contra ella (Sontag, 1966), como si algo así eximiera al intérprete de incurrir en una nueva interpretación, más dogmática y contundente si cabe que las que pretende discutir, negando cualquier resquicio de validez. 

Finalmente encontramos moralismos que, de forma directa y sin disimulos, pretenden interpretar la literatura de acuerdo exclusivamente con los fundamentos morales e ideológicos de su propio gremio social o académico. Es el caso de la crítica feminista, por ejemplo. Una misma obra literaria es fuente de interpretaciones diversas, según nuestro punto de vista sea filológico, marxista, católico, feminista, platónico o aristotélico. Una en su génesis, plural en su interpretación, la obra literaria resiste —e incluso contempla con indolencia— todas las interpretaciones que se vierten sobre ella. De las cuales se alimenta, como hemos dicho.

Se pretende que las formas de conocimiento literario encuentren en un fundamento moral o ético su razón de ser. En este sentido, se nos obliga a creer que ninguna interpretación está exenta de las fluctuaciones éticas y/o morales del presente, ni aún del pretérito. Se exige reinterpretar el pasado: inventar de nuevo la Historia. El mundo y la realidad en que habitan los seres humanos, y los seres vivos en su conjunto, no posee una morfología que pueda considerarse inmutable o independiente de quienes forman parte de ese mundo. La realidad es el resultado de la organización que algunos de sus elementos, como los seres humanos, establecen sobre todo aquello que incide sobre ellos. Esta actividad antropológica se desarrolla en función del radio de acción que nuestras facultades y posibilidades alcanzan en cada momento. El mundo no es, ciertamente, la totalidad de las cosas, omnitudo rerum, sino la totalidad de las cosas que nos resultan accesibles en función de nuestro radio de acción, de nuestro poder de organización, es decir, de nuestras posibilidades críticas de interpretación (Bueno, 1995).

Desde esta perspectiva, la interpretación tiene su causa en la consciencia de la necesidad de saber. El uso de este saber determina las consecuencias de la interpretación humana. Sin embargo, y desde cualquier punto de vista, esta consciencia de necesidad sapiencial posee siempre una causa ética y/o moral que la genera y desarrolla, un impulso o fuerza que, individual o colectivamente, trata de legitimarse e institucionalizarse a medida que progresa ese saber, esencialmente humano, del que ella misma es motivo y consecuencia. 

La interpretación literaria no siempre ha brotado de una consciencia de necesidad de saber literario. En estos tiempos que corren estamos especialmente lejos de ese interés por el saber literario, y en nuestras necesidades conscientes las éticas y las morales colectivas ocupan la totalidad de las exigencias interpretativas. Esto es lo que se nos impone. En su furor ideológico, las interpretaciones moralistas, hoy como ayer, no distinguen entre formas, géneros o discursos verbales y no verbales. La literatura les resulta completamente imperceptible como tal. No tienen capacidad de discernimiento entre lo estético y lo fisiológico, entre el verbo y el deseo. Solo discriminan la alteridad adversa o diferente de la identidad por la que se definen: “los que reaccionan como yo, y los que no reaccionan como yo”. 

Para algunas gentes no son necesarias más diferencias. Cualquier otra forma de interpretación, de diferenciación, es un discurso que niega la identidad, y por lo tanto debe combatirse desde el verbo, indiscutible, de fundamentos morales. Dogma dictum est. Platón habría admirado esta forma de disolución preceptiva de la literatura, que a él le resultó absolutamente imposible. Tal era la atracción con la que percibía e interpretaba lo genuinamente literario. Los nuevos dogmatismos morales y éticos de interpretación cultural no destruyen la literatura, sino que, en primer lugar, anulan sus posibilidades específicas de percepción y, en segundo lugar, instituyen de forma excluyente determinadas normas de interpretación, fuera de las cuales otras modalidades hermenéuticas resultan proscritas. Es una suerte de esterilización de ciertos sentidos: los literarios.

Hay algo común que comparten unánimemente todos los fundamentalismos éticos y morales: todos ellos se toman en serio la literatura, sus formas y sus contenidos. No se trata de un juego, ni de una ficción: se trata de una amenaza, cuyas palabras provocan por sí solas consecuencias reales. En lugar de meras palabras, se advierte una fábula hechizante, una suerte de acto mágico, un peligro que hay que controlar, codificar, prohibir, normalizar, canonizar una y otra vez, etc., interpretar, en suma, según la metodología de una determinada legislación moral. La que mejor convenga a nuestro ejercicio de poder. Así se impone, sobre la interpretación literaria, tanto la ética, como imperialismo del yo (el individuo), como la moral, como imperialismo del nosotros (la sociedad o el gremio, el lobby).

Las interpretaciones no son eternas. Más bien todo lo contrario: nacen con fecha de caducidad. Su vigencia depende del poder del grupo (moral) o del individuo (ética) que las impone. Su destino es ―siempre― la obsolescencia. Lo hemos dicho. Brotan de instituciones históricas y culturales, algo relativamente reciente en el desarrollo de la civilización humana, y dependen de configuraciones morales y sistemas ideológicos, sumamente frágiles, por más que puedan prologarse temporalmente más allá de algunas generaciones. En cualquier caso, y pese a sus fluctuaciones, la interpretación literaria, que es nuestra principal referencia aquí, puede ser objeto de una serie de acepciones objetivas, o con fundamento in re, que vamos a considerar a continuación, siguiendo a Gustavo Bueno (1992). La ciencia no cambia cuando cambia el contexto: la moral, la ética, la justicia, la sociedad, la política…, cambian y fluctúan periódicamente, movidas por los intereses más diversos y perversos.

En primer lugar, la interpretación es una actividad humana identificable con una tecnología, esto es, con operaciones complejas capaces de movilizar arsenales de ideas y conceptos: un “saber leer”, un “saber hacer”, o saber técnico, que implica criterios de la ciencia y del arte. La interpretación es una acción —piénsese en sus consecuencias pragmáticas—, una codificación, una organización plena de un estado de cosas que se someten a estudio y transformación.

En segundo lugar, esta facultad perceptiva, organizadora y operatoria, este “saber leer” y “saber hacer”, requiere para su desarrollo un sistema ordenado de proposiciones derivadas de principios: una ciencia, en sentido aristotélico. Es evidente, por tanto, que una interpretación solo puede manifestarse en un mundo, en una cultura, en una sociedad, en la que se den ciertas condiciones: escritura, organización lógica de teorías, comunicación, debate de ideas, e incluso libertad. La interpretación, considerada como sistema ordenado de proposiciones derivadas de principios, se sitúa muy cerca del concepto aristotélico de ciencia, tal como el Estagirita lo expone en sus Segundos analíticos. La interpretación no solo requiere una escuela, para “saber leer”; requiere también una academia donde se contrasten todas esas lecturas, es decir, una Universidad. He aquí el fruto del árbol de la ciencia. La disputa por el conocimiento, la competencia por una cualidad esencialmente diabólica y luzbelina. Una actividad profesional basada en la destrucción de toda inocencia.

En tercer lugar, la interpretación se ha visto con frecuencia muy determinada por la evolución de las ciencias positivas, sobre todo desde la física de Galileo y la matemática de Newton, y particularmente desde el desarrollo de los principios de la revolución industrial. A la escuela, a la academia, hay que sumar el taller y el laboratorio. Las dimensiones de este taller, de este laboratorio, son las dimensiones del cosmos. La interpretación literaria no ha sido ajena a este positivismo, en especial durante las décadas del cientifismo decimonónico, por más que su “laboratorio” se limite, con frecuencia, a la Biblioteca. Con todo ―lo he dicho― es necesario salir del lenguaje para interpretar la literatura. La literatura exige el conocimiento de la totalidad, esto es, de la realidad. La poética exige más que la retórica. No bastan las palabras. La realidad no está hecha de palabras.

En cuarto lugar, la interpretación ha alcanzado en el terreno de las denominadas “ciencias humanas” un estatuto bien definido, en parte gracias al éxito y al formato de las “ciencias naturales”, que ha desembocado en un muy amplio reconocimiento académico. Pese a todo, este reconocimiento no puede confundirse con una plena justificación epistemológica o idealista de la interpretación literaria en el seno de las “ciencias humanas”. Hoy día, sin embargo, ya no preocupa esta legitimación científica, que se da por supuesta o simplemente se ignora. En la interpretación literaria al menos, la Ciencia ha sido sustituida por la Ética (el interés del yo), y sobre todo por la Moral (los intereses del gremio). Los gremios, los lobbies, son con frecuencia minoritarios. Es el poder de las minorías... 

El conocimiento se ve arrastrado por la univocidad de la idea, el saber sucumbe ante un saber, y la construcción de los valores se convierte en una lucha de ideologías, en una vulgar e intimidatoria axiomaquia. Se impone a priori un juicio definitivo, una solución final. En este contexto, una nueva forma de metafísica, en la que se basa cada vez un mayor número de interpretaciones, resurge con una falsa y atrayente originalidad. Solo así es posible estudiar a Calderón como si su obra literaria fuera una consecuencia real de la existencia de Dios, o del orden moral trascendente reflejado en la ficción de su teatro. Como se ha indicado anteriormente, las interpretaciones morales, todas ellas fundamentadas en un dogma más o menos declarado, son incapaces de no tomarse en serio la literatura. El dogma no admite otros dogmas, es decir, otras ficciones. A los ojos de los moralistas, la literatura es la mayor de las profanaciones. No en vano el arte y las ciencias son, ante todo, actividades seculares.

Estas cuatro consideraciones sobre el concepto de interpretación no son apreciaciones meramente lingüísticas, sino que están determinadas por el propio proceso y desarrollo de los objetos culturales sometidos a interpretación.

En tiempos de Aristóteles y Platón solo existía una ciencia efectiva, la Geometría. Diferentes epistemólogos han atribuido a esta circunstancia algunas de las características de la antigua idea de ciencia como conocimiento discursivo a partir de principios. En nuestro tiempo no podemos hablar de una única ciencia efectiva y dominante. Ni tan siquiera de un conjunto uniforme de ciencias en cuyas consecuencias se piense de una forma exclusiva y excluyente. Una de estas posibles ciencias, la biogenética, se ve con frecuencia intervenida por la ética (Bueno, 1996). Esta última no podrá reemplazar a aquella, pero también es cierto que la biología no es la literatura, donde un discurso ético ―y sobre todo moral― ha impuesto sus condiciones sobre los resultados de la interpretación científica.

La interpretación, pese a nacer de una facultad lingüística mitopoiética, creadora de mitos, se construye siempre mediante palabras, conceptos y proposiciones sobre un campo de estudios. Se supone también que los medios de la interpretación re-producen o re-presentan isomórficamente los objetos culturales. Con demasiada frecuencia se olvida, sin embargo, que esta representación está mediatizada de forma decisiva por la ética y por la moral, de las que dependen pragmáticamente el uso y función de las palabras, conceptos y proposiciones de que se sirve el pensamiento humano. La ética la moral conducen al mito de la interpretación literaria.

La interpretación responde a un constructivismo, con creaciones que se mantienen en el terreno de las construcciones conceptuales, y que se llevan a cabo mediante “operaciones mentales”, aunque sus consecuencias pragmáticas con frecuencia se realizan mediante “operaciones manuales” (Bueno, 1992), las cuales suponen un tránsito evidente del verbum al fatum, siempre como causa y consecuencia del ethos. En este sentido, toda interpretación es conocimiento o forma de conocimiento, y por eso mismo, por ser conocimiento, está compuesta de ideas que solo tienen sentido pleno en la medida en que se constituyen como experiencia de un sujeto individual. Una de las condiciones genéticas de la interpretación es el individualismo del sujeto, la soledad humana, el fundamento moral del yo.

En las “ciencias humanas”, la interpretación está obligada a trascender los límites del formalismo, al igual que sucede en las “ciencias naturales”. La interpretación literaria, más allá de formalismos y teoreticismos, ha de incorporar a su discurso explicativo los “objetos reales” del discurso literario. Dicho de otro modo: la interpretación literaria ha de incorporar a su formalización científica la realidad crítica de los materiales literarios: autor, obra, lector e intérprete o transductor. El discurso interpretativo no puede dar cuenta gnoseológicamente de la realidad de los objetos o referentes literarios a menos que el intérprete neutralice los componentes acríticos que pueden intervenir el proceso de investigación: ideologías, éticas, morales, religiones, pseudociencias, doxografías... El sodio, los astros naturales, o el vacío, son objetos reales con los que trabaja la ciencia natural, y forman respectivamente parte esencial y real de la química, la astronomía y la física. Son sus contenidos reales. Las ciencias atrapan sus contenidos formalmente, mediante palabras, imágenes o conceptos, es decir, mediante formulaciones que, lejos de ser ficciones explicativas, son referentes universales con probado fundamento material. Solo a través del materialismo gnoseológico las ciencias pueden librarse de la concepción de la Ciencia como re-presentación especulativa de la realidad y, en el mejor de los casos, como re-construcción o descripción de la verdad. 

En este contexto, las “ciencias humanas” han de superar los extravíos del idealismo epistemológico, orientado siempre, bien hacia la ética del individuo, bien hacia la moral del gremio social o lobby académico. Algo así se advierte de forma muy especial en la interpretación literaria contemporánea, que está tratando de sustituir, definitivamente, la Ciencia de la interpretación literaria por la Ética de la interpretación cultural o la Moral del dictado gremial (grupos feministas, indigenistas, neohistoricistas, nacionalistas, etc…) La ciencia literaria queda reducida de este modo a actos de conocimiento gremial, ejecutados e impuestos desde la moral dominante. Siempre ha sido así, aunque hoy quizás el énfasis es mayor que antaño, como menor es la disimulación moral del intérprete adscrito al gremio de turno. Ni la ética ni la moral han faltado jamás en la historia de las interpretaciones. Pero hoy su poder es tal, que incluso han conseguido subordinar a sus propios intereses dimensiones fundamentales del discurso y la metodología que tradicionalmente pertenecieron a la ciencia. 

Desde Aristóteles hasta la posmodernidad la interpretación literaria siempre ha sido un “acto de conocimiento”. Nada más. No ha curado ninguna enfermedad. No ha resuelto ningún problema social. No ha hecho a nadie ni más bueno, ni más honrado, ni más sensible que su vecino. Interpretación literaria es el nombre que los moralistas dan a su deseo de dominar ante los demás las obras literarias, es decir, a su lectura personal, o gremial, pero siempre poderosa y prototípica, de las obras literarias. Es el nombre que la Ética se reserva para sus relaciones con la Poética. Relaciones de dominio, sin duda. Pero la literatura seduce a la crítica quizá solo para burlarse de ella. El discurso literario sabe muy bien, como lo sabía Cervantes, que al poder solo se le puede seducir, vencer o burlar.

La moral y la ética actuales son fuertes formas posmodernas de prostitución literaria. La ciencia hace legible la literatura. La ética y la moral, ante todo, la prostituyen.

La literatura es ―como tal―  ininterpretable críticamente sin la ciencia. Es impenetrable fuera de ella. Pero al intérprete de los materiales literarios le gusta sustituir el conocimiento científico por los intereses morales y las apetencias éticas, y concebir ―por este camino― que las ficciones de la literatura se basan en un fundamento trascendental y metafísico, en el cual ha de encontrar confirmación y legalidad inmanente un determinado modo de vida, el origen mitológico de una nación, la concepción exclusiva y excluyente de una orientación sexual, etc... No debe sorprendernos algo así, pues es el planteamiento en que se basa la totalidad de las religiones, las genealogías indigenistas, los nacionalismos posrománticos y posmodernos, los fundamentalismos feministas... 

Como ha señalado Gustavo Bueno (1995a), lo que una ciencia positiva puede ofrecer es una visión científica de su campo categorial, pero nunca una visión científica del mundo. De igual modo, lo que una interpretación literaria debe ofrecer es la explicación de las Ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios, y no la legitimidad metafísica de un sistema ético y/o moral, que en un momento dado pueda usarse como marco de interpretación reivindicativa, literaria o cultural. Si eso se quiere constituir en credo, el engendro resultante se llamará dogma. La paradoja del fundamentalismo de las interpretaciones éticas y/o morales sobre la literatura reside precisamente en que ninguna de sus proposiciones puede confirmarse de forma unánime o definitiva en una obra literaria concreta. Como se ha dicho anteriormente, el destino de toda interpretación, por muy ética y muy moral que sea, es, solo y siempre, la obsolescencia más absoluta. Cualquier fundamentalismo ético y/o moral no solo implica, sobre un fenómeno tan complejo y abierto como es la literatura, una interpretación exclusiva, sino también una ontología monista, de tendencia totalizadora e ideal, y una metafísica, en cuya trascendencia inaccesible se sitúa la imposibilidad de verificar de forma racional cualquier interpretación científica y, sin duda, diferente

Es posible que en el mundo occidental más reciente el avance de la ciencia y del racionalismo solo haya afectado a la organización social de los fundamentalismos, pero no al dogmatismo de sus principios éticos, es decir, a su fe. Siempre habrá dogmas que las Iglesias no puedan ceder, como la existencia de Dios o la inmortalidad del alma. Siempre habrá dogmas de los que la moral de la interpretación literaria no podrá prescindir, como los conceptos de realidad o solidaridad –por ejemplo–, el criterio de verdad o la conciencia de la necesidad de un saber sobre la literatura. 






Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La interpretación, ese acceso a un Significado Trascendente», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (III, 3.1.2), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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