II, 5.9.6 - El escarnio y el sarcasmo en el Quijote



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







El escarnio y el sarcasmo en el Quijote

Referencia II, 5.9.6




Quijote II, 69 (Cervantes Project)
Otra de las formas de la materia cómica que merece atención en el Quijote es el escarnio, como ejercicio de burla que se ejecuta y practica de forma relativamente violenta con intención de ofender moralmente. La persona que se convierte en sujeto de escarnio sufre la burla, más o menos agresiva, de un grupo humano que lo desautoriza. Esta reprobación o desautorización es moral, desde el momento en que son las normas del grupo escarnecedor las que sirven de código de referencia para justificar y ejercer la burla afrentosa contra un individuo que disiente de tales normas. 

El escarnio está determinado por causas morales (las normas de cohesión de un grupo escarnecedor del que disiente el individuo escarnecido) y por consecuencias éticas (el daño físico que puede recibir o acusar el sujeto escarnecido). Concebido de este modo, desde los criterios del Materialismo Filosófico, el escarnio se articula sobre el enfrentamiento dialéctico existente entre un individuo dado en una sociedad —disidente de sus normas morales— y el grupo de individuos que representan y ejercen los códigos morales imperantes por los que se rige la vida de esa sociedad, frente a los cuales el individuo de marras se convierte en un componente subversivo. El escarnio es el ejemplo de cómo desde la moral una sociedad castiga éticamente al individuo que transgrede sus normas, y cómo se sirve de la burla afrentosa para conseguirlo. 

Con todo, el escarnio constituye una agresión ad hominem, una suerte de ataque personal mediatizado por la experiencia cómica. Desde este punto de vista, podría decirse que el escarnio pretende más bien la destrucción de la persona, antes que su moralización. Y en este último aspecto se distinguiría una vez más de la sátira.

No es muy frecuente, en verdad, este tipo de forma cómica en el Quijote, pero sí hay episodios que en cierto modo la materializan. En el caso del joven Andrés, es don Quijote quien lo propicia, al convertir lo que son unos azotes de amo a mozo en una paliza cruel y escarnecedora, con sarcasmo incluido. El drae define el sarcasmo como burla sangrienta, como ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata a alguien. Podría decirse incluso que se manifiesta como la figura retórica del escarnio. Y habría que añadir, además, algo fundamental, que implica, con acritud, al escarnio en los terrenos más amargos de la ironía: el sarcasmo se construye retóricamente sobre la cínica afirmación de una proposición falsa, que, con fines e intenciones burlescas, e incluso crueles, se enuncia y esgrime ad hominem, con consecuencias éticas (agresión física contra la víctima) y morales (cohesión del grupo social que, desde sus normas gremiales, ejerce el sarcasmo). Así sucede en la secuencia en que el labrador Juan Haldudo azota a Andrés una vez que don Quijote los ha abandonado.

—Llamad, señor Andrés, ahora —decía el labrador— al desfacedor de agravios: veréis cómo no desface aqueste; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades (I, 4).

Como es bien sabido, las consecuencias de este episodio no rematan en él, sino que se reiteran desde el punto de vista de la víctima bastante más adelante, cuando en compañía del cura, Cardenio, Dorotea, Sancho y el barbero, el joven Andrés se encuentra con don Quijote y le reprocha ignominiosamente su comportamiento:

Así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina y me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un Sambartolomé desollado; y a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que decía. En efecto, él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía. Mas como vuestra merced le deshonró tan sin propósito y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y como no la pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el nublado, de modo que me parece que no seré más hombre en toda mi vida (I, 31).

Como consecuencia de estas palabras, don Quijote queda horriblemente avergonzado. Se constata aquí que su “locura”, indiferente a otro tipo de críticas, no es insensible ahora a éstas. Don Quijote, que con toda naturalidad acepta que Sancho le diga que los gigantes son molinos, los castillos ventas, y los ejércitos rebaños, no puede sufrir psicológicamente, de ninguna manera posible, la humillación que supone ser desmentido y ridiculizado por uno de los sujetos implicados en (los juegos de) su locura. En otras palabras, don Quijote soporta que le lleven la contraria fenomenológicamente (venta / castillo, gigante / molinos…), pero no puede sufrir psicológicamente, y menos en público, el ridículo al que lo somete una víctima: “Quedó corridísimo don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con no reírse, por no acaballe de correr del todo” (I, 31). La locura de don Quijote no le libra —en casos como éste— de la experiencia de la vergüenza. Su patología no es insensible a este poderoso sentimiento de ridículo que le abochorna. Extraño loco aquel que no pierde el racionalismo de su vergüenza. Torpe jugador quien permite que otros le hagan trampa.

Otro episodio escarnecedor, aunque sin tanta violencia, pero mucho más burlesco y también con su dosis de gravedad para la víctima, es el relativo al manteo de Sancho. A imitación de su señor, el escudero pretende irse de la venta sin pagar, pero la presencia de “gente alegre, bienintencionada, maleante y juguetona” (I, 17) —¿cabe mayor ironía y ludismo por parte del narrador?— supone que el escudero sea convertido en objeto de holgura, como “perro por carnestolendas”. La locura, o cinismo, de don Quijote es ahora un divertimiento para todos, excepto para Sancho, quien nunca aceptará que fueran númenes o encantadores quienes lo mantearon, para solaz de don Quijote[1], ventero, huéspedes y lectores del Quijote. La sociedad política no permite que alguien débil, impunemente, se salga con la suya sin pagar sus deudas. Don Quijote se ha evadido, ésta como muchas otras veces, de cumplir con sus compromisos. Sancho, no. El escarnio, la burla de intención moral con agresión física, es el instrumento que se ha usado contra él, para divertimiento de todos y escarmiento de los más.

De escarnecedora se ha calificado igualmente la fingida ceremonia en que don Quijote es armado caballero (I, 3), la cual no tiene ninguna validez, salvo en la psicología del protagonista. Se trata en realidad de la ceremonia de un escarnio, ignorado y propiciado por el mismo don Quijote.

Como escarnio que se resuelve en farsa puede interpretarse el conglomerado de burlas a las que los duques someten insaciablemente a don Quijote y Sancho. Se trata de engaños y farsas sin ningún valor final, salvo la exclusiva diversión y satisfacción de ociosidad de los duques y su corte de frívolos mayordomos. El viaje de Clavileño, los azotes de Sancho para desencantar a Dulcinea, la resurrección de Altisidora, la restauración física de la condesa Trifaldi y su corte de dueñas doloridas, etc., son un escarnio constante desposeído de valor moral, es decir, constituyen una mera, gratuita y lúdica farsa. Domina el juego teatral, sin más. Especialmente escarnecedora es en este punto, por lo que a Sancho respecta especialmente, la resolución de la aventura de Altisidora. Secuestrados y vejados, don Quijote y Sancho son conducidos violentamente al castillo de los duques. Allí, en una lúgubre y numinosa ceremonia farsesca, Sancho es objeto de renovadas burlas y vejaciones, ahora vistiendo el hábito de los reos inquisitoriales.

Salió en esto, de través, un ministro, y llegándose a Sancho le echó una ropa de bocací negro encima, toda pintada con llamas de fuego, y quitándole la caperuza le puso en la cabeza una coroza, al modo de las que sacan los penitenciados por el Santo Oficio, y díjole al oído que no descosiese los labios, porque le echarían una mordaza o le quitarían la vida (II, 69).

Una vez más Sancho sufre y calla, pues carece de libertad, y por ende de poder, para contrarrestar tales burlas y escarnios. Pero no puede negarse el hecho de que es plenamente consciente de ellos: “¡Esas burlas, a un cuñado, que yo soy perro viejo, y no hay conmigo tus, tus! […]. Esto me parece argado sobre argado[2] […], si es que para curar los males ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda” (II, 69). Y más adelante: “esto del morirse los enamorados es cosa de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacer, créalo Judas” (II, 70). Una vez más lo teatral y lo numinoso aparecen concitados en una situación determinada por la burla y la falacia, en la que el escarnio amoral, es decir, sin intención ni consecuencia moral alguna, hace las delicias de los farsantes que se sirven de don Quijote y Sancho como marionetas o títeres. Como sabemos, en términos convencionales, una farsa es una pieza cómica breve destinada a provocar la risa de sus espectadores. Farsa, y poco más, es en la empobrecida psicología de los duques, el escarnio que una y otra vez hacen padecer a don Quijote y Sancho, y a este último acaso más que aquél.

Con todo, el narrador no se atreverá nunca a condenar explícitamente la actitud tan necia de los duques, sino que delegará esta función en manos del retórico y ficticio autor Cide Hamete, cuya será la opinión y valoración siguiente.

Y dice más Cide Hamete: que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos (II, 70).
     
Compete, pues, a Cide Hamete, esto es, a una ficción en la ficción, degradar a los duques al lugar que les corresponde. El narrador evita hacerlo, mas no sin antes relacionar, por lo que a la construcción de la fábula se refiere, la acción de Sansón Carrasco de vencer a don Quijote en Barcelona con un encuentro con los duques, habido en el itinerario, de ida y de vuelta, que lleva a cabo el bachiller en persecución de Alonso Quijano. Queda sellada de ese modo la ruindad de cuantos rodean a don Quijote, en especial de los duques y del bachiller Carrasco[3].







Notas

[1] “Viole bajar y subir por el aire con tanta gracia y presteza, que, si la cólera le dejara, tengo para mí que se riera” (I, 17).

[2] Burla sobre burla.

[3] “Llegó, pues, [Sansón Carrasco] al castillo del duque, que le informó el camino y derrota que don Quijote llevaba con intento de hallarse en las justas de Zaragoza; díjole asimismo las burlas que le había hecho con la traza del desencanto de Dulcinea, que había de ser a costa de las posaderas de Sancho; en fin, dio cuenta de la burla que Sancho había hecho a su amo dándole a entender que Dulcinea estaba encantada y transformada en labradora, y cómo la duquesa su mujer había dado a entender a Sancho que él era el que se engañaba, porque verdaderamente estaba encantada Dulcinea, de que no poco se rió y admiró el bachiller, considerando la agudeza y simplicidad de Sancho, como del estremo de la locura de don Quijote” (II, 70).




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «El escarnio y el sarcasmo en el Quijote», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.9.6), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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