II, 5.8.3.3 - La Justicia ilegal en el Quijote


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







La Justicia ilegal en el Quijote

Referencia II, 5.8.3.3



Lo que sobra es la ley.
Alejandro Casona, Sancho Panza en la ínsula, en Retablo jovial (1969: 510).



Doré, Don Quijote y los galeotes
Tras la agresión al vizcaíno, Sancho aconseja a don Quijote retirarse a algún lugar seguro, para evitar la acción de la Justicia, objetivada en la Santa Hermandad. Como es bien sabido, la Iglesia Católica daba cobijo a delincuentes y criminales, impidiendo de este modo que la justicia civil los apresara.

—Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia, que, según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que den noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan; y a fe que si lo hacen, que primero que salgamos de la cárcel, que nos ha de sudar el hopo.
—Calla —dijo don Quijote—, ¿y dónde has visto tú o leído jamás que caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que hubiese cometido? (I, 10).

La actitud de don Quijote en este punto es muy clara, y pone al lector atento en antecedentes frente a una situación mucho más delicada que no tardará en presentarse, como es la liberación de los galeotes (I, 22). Don Quijote actúa desde la convicción y la imposición personales de que sus actos se sustraen a la acción de la justicia civil, es decir, a las normas legales del Derecho objetivado en las Leyes de un Estado. Don Quijote se atribuye una facultad personal para administrar Justicia, según él mismo postula de acuerdo con el código caballeresco al que ideal e imaginariamente se acoge. 

La Justicia no es para don Quijote una norma estatal, sino un autologismo personal[1]. A él corresponde el Derecho, la interpretación de los hechos y la ejecución de la Justicia. Don Quijote actúa como si el Estado no existiera, y como si él fuera un aforado frente a cualesquiera otras formas de poder, de Derecho y de Justicia. El único problema es que don Quijote no dispone de fuerza física alguna (M1) para sostener su imaginaria y ficticia facultad (M2) de ejercer la Idea de Justicia (M3). Y aunque la poseyera, al modo de un supernorteamericanizante héroe del tipo de Batman, Spiderman o Superman, nunca actuaría bajo la tutela jurídica de un Estado, sino a título personal, y a partir de su propia interpretación autológica de los hechos, tamizados desde la visión individualista del logos caballeresco. 

Por ello no es de extrañar que, para algunos lectores mentalmente corrompidos y alienados por la idea posmoderna de solidaridad, don Quijote sea una suerte de superhéroe de la justicia. ¿De qué justicia? De la ideal y metafísica, es decir, de la más injusta, por ser justicia personal (autológica: de un individuo dominante) o gregaria (dialógica: de un gremio dominante), la que se desarrolla y se impone al margen del Estado (normativa) y de los derechos que organizan la vida de los miembros de una sociedad política. La Justicia no existe al margen de un Estado que la haga factible y operativa. Una justicia sin Estado es una ficción, un idealismo, una metafísica propia de sofistas o de ignorantes (y con frecuencia de ambas cosas juntamente).

Hablemos de la liberación de los galeotes. En este episodio don Quijote comienza por adoptar la actitud de quien se propone cuestionar, desde la extrañeza ante la propia sociedad en que vive, es decir, desde la enajenación metafísica del mundo terrenal y político, el funcionamiento de la sociedad y de sus leyes, así como de la organización política del Estado y de sus fundamentos. Y, ni corto ni perezoso, se atreve a imponer desde el autologismo de su propio juego, o locura, una Idea de Justicia desde la que trata de destruir la Idea de Justicia normativa, estatal y política, representada por la Razón de Estado propia de su época y característica de su país. Y podríamos decir, sin temor en absoluto a equivocarnos, que también de toda época y de todo Estado.

Don Quijote comienza por hacer preguntas retóricas, a modo de personaje ingenuo pero crítico, ajeno a su propia sociedad pero interesado por intervenir en ella, como un ser adánico e inocente. Habla como si fuera un extraño en medio de la sociedad, y como si, repentinamente, hubiera vivido hasta ahora sin información alguna relativa al mundo de la picaresca, la jábega y la delincuencia. No entiende, ingenuamente, el lenguaje de germanía de los galeotes, e inquiere a Sancho sobre la absurda cuestión de si el rey puede o no imponer la fuerza de su voluntad, de la Justicia o de las Leyes, sobre sus súbditos.

—¿Cómo gente forzada? —preguntó don Quijote—. ¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente? […].
—Advierta vuestra merced —dijo Sancho— que la justicia, que es el mesmo rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga en pena de sus delitos (I, 22).

Para don Quijote, todo el que sufre es inocente. Esta es una idea metafísica y acausalista no solo del sufrimiento y de la inocencia, sino sobre todo de la Justicia, porque equivale a examinar los hechos al margen de las causas que han motivado el dolo de la persona que lo padece. No importa quién haya cometido maldades, ni cuáles hayan sido estas. El sufrimiento, la crueldad, el castigo, no están ahora justificados para don Quijote, fuera del código caballeresco del que dice servirse en sus aventuras. 

Para nuestro ingeniosísimo hidalgo solo están justificados la justicia y el castigo que él decide imponer cuándo y cómo lo considera oportuno. ¿Con arreglo a qué criterios?: los que le dictan la fenomenología y apariencia de su conciencia más personal. La Justicia soy yo. Este es su lema. Si los defensores de los Derechos Humanos (que nunca hablan de deberes Humanos) actuaran con el racionalismo y la lógica con los que en este episodio actúa don Quijote, ninguna sociedad humana sobreviviría como sociedad política, porque en ella los seres humanos carecerían de cualesquiera derechos. 

Y por lo tanto también de Estado y de Libertad. Sin leyes no hay libertad. Sin leyes hay barbarie, y en la barbarie la libertad mayor la ostenta y administra el mayor depredador. En la barbarie la justicia es autológica (está en manos de un individuo, del yo) o dialógica (depende de una especie, de una manada de animales que se organiza para la caza y la depredación, la justicia es entonces un nosotros, o una “cosa nostra”), pero no es una Ley, es decir, no es algo legal, ni normativo, ni consensuado por los miembros de la sociedad política (solo los seres humanos pueden constituirse como sociedad política, en el marco jurídico de un Estado: los animales se asocian, pero no políticamente). Don Quijote actúa aquí con justicia animal, pero desde un racionalismo humano, por completo idealista y metafísico, y deliberadamente acausalista y anti-estatalista. Quien identifique, en el contexto de este episodio, a don Quijote como un defensor de los Derechos Humanos es porque no tiene ningún interés en la Idea de Derecho ni ningún respeto por la Idea de Ser Humano.

—De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto y que vais a ellas muy de mala gana y muy contra vuestra voluntad, y que podría ser que el poco ánimo que aquel tuvo en el tormento, la falta de dineros deste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades. Todo lo cual se me representa a mí ahora en la memoria, de manera que me está diciendo, persuadiendo y aun forzando que muestre con vosotros el efeto para que el cielo me arrojó al mundo y me hizo profesar en él la orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores. Pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal, quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz, que no faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones, porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas —añadió don Quijote—, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido esto con esta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros; y cuando de grado no lo hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo, harán que lo hagáis por fuerza (I, 22).

Don Quijote considera que no hay justicia terrena, es decir humana y política, que supere su propio sentido de la justicia, por otra parte, metafísico y trascendente a cualesquiera causas. Él mismo exculpa a todos los galeotes y exige su libertad. Sus argumentos son de un irracionalismo grotesco. En primer lugar, desplaza y adultera las causas que han permitido objetivar sus delitos: “el poco ánimo que aquel tuvo en el tormento, la falta de dineros deste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición”; en segundo lugar, considera su acción como la realización metafísica de la voluntad de un orden moral trascendente: “muestre con vosotros el efeto para que el cielo me arrojó al mundo”; en tercer lugar, don Quijote sitúa la idea de Libertad en un mundo metafísico y límbico, al afirmar que es “duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres”: Dios y la Naturaleza, dos grandes mitos presentes en centenares de culturas bárbaras, no han hecho libres a nadie, porque la libertad que no se da dentro de un sistema normativo no existe de forma efectiva y hacedera, sino como ilusionismo y como sofística, y porque los dioses solo son causa de Mesías, caudillos, duces o Führer, que acaban por conducir a sus pueblos a la ruina; en cuarto lugar, personaliza y subjetiva el sentido de la Justicia, advirtiendo a los cuadrilleros que, puesto que los galeotes no les han hecho ningún daño personal, no compete a ellos llevarlos presos: “estos pobres no han cometido nada contra vosotros”; en quinto lugar, don Quijote sitúa la facultad de administrar justicia más allá del mundo humano, lo cual constituye sin duda la más grave impugnación dada contra la libertad humana, al hacer de Dios el único juez reconocido y posible, e imponer por lo tanto la renuncia a organizar la vida de los seres humanos conforme a derechos civiles, que quedarían derogados: “Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno”. Entonces, ¿para qué caballeros andantes?, si la justicia compete a Dios, ¿por qué ha de impartirla don Quijote? 

Cínicamente, don Quijote está proponiendo la abolición de la sociedad política o Estado, en nombre de una Idea de Libertad y de una Idea de Justicia que no son en absoluto ácratas ni anarquistas, sino metafísicas, teológicas y religiosas. 

Don Quijote no sustituye el Estado por el caos, no, porque no es un ácrata; don Quijote quiere derogar el Estado o sociedad política para ubicar en su lugar un mundo teológico y metafísico que, ordenado por Dios, tenga a este último como único juez, el cual, naturalmente, preservará el fuero de los caballeros andantes para administrar puntualmente justicia. Porque para el don Quijote que suscribe el párrafo antes citado, no es el Rey, sino Dios, el supremo Juez, y no son las leyes del Estado, sino la voluntad de un Dios, la que —no se sabe conforme a qué criterios— premiará o castigará, según un conocimiento inasequible a los seres humanos, la conducta de cada cual. 

En resumidas cuentas, don Quijote está proscribiendo al ser humano toda posibilidad y toda capacidad, es decir, toda potencia y toda facultad, no solo de ejercer la Justicia, sino de organizarse humanamente como sociedad política. Lo que propone don Quijote es hacer del cosmos político un caos animal, donde el más fuerte deprede al más débil, y luego, allá, en el otro mundo, que Dios dé registro de entrada a unos y a otros, administrando la Justicia negada terrenalmente a los seres humanos, porque no se les reconoce capacidad ni competencias para ejercerla. 

Esta es también la idea que tienen de los Derechos Humanos quienes, con la corriente del oportunismo histórico que caracteriza a nuestro tiempo, aducen este episodio para hacer de don Quijote una alegoría apologista de los tales Derechos Humanos. Nada puede haber más retrógrado, pernicioso y regresivo, para la supervivencia del ser humano como especie que una concepción de la Justicia y de la Libertad como la aquí aducida por don Quijote. Pero incluso él tiene disculpa, sea por loco, sea por ludópata, sea por ser una ficción literaria. 

Quienes no tienen disculpa son aquellos que se sirven de este personaje literario para proponer la existencia de una sociedad que derogue la legitimidad de los derechos políticos, y que en consecuencia abandone a sus miembros a la merced de una Justicia divina, como si un Dios fuera capaz de gobernar a los seres humanos mejor de lo que los propios seres humanos pueden gobernarse a sí mismos y entre sí. Lo más sorprendente es que este retroceso, de la Democracia —normativa y estatalista— a la Teocracia —personalista, feudalista y metafísica—, que apunta in extremis hacia la resurrección de una Inquisición, y a la habilitación en este mundo de la agustiniana ciudad de Dios, se hace hoy día en nombre de la progresía y de la izquierda.

Solo puede quebrantar la Ley quien está autorizado a hacerlo, por fuero (o por alguna otra Razón de Estado). Quien no lo está, incurre en la comisión de delito. Aquellos a quienes las leyes autorizan a adoptar comportamientos excepcionales, desde los cuales se sustraen al cumplimiento normativo que somete a los demás, reciben el nombre de aforados, o potentados incluso, y siempre privilegiados. Don Quijote no es nada de esto, y aún así se cree potentado para liberar a estos delincuentes, a los que, por otro lado, Cervantes cuida mucho de no atribuir lo que hoy llamarían los periodistas “delitos de sangre”, es decir, asesinatos. Sin embargo, ni don Quijote ni los cuadrilleros, como bien dice uno de ellos, tienen potestad para tal cosa: “¡Los forzados del rey quiere que le dejemos, como si tuviéramos autoridad para soltarlos, o él la tuviera para mandárnoslo!” (I, 22). Con todo, don Quijote provoca una revuelta que se salda con la huída de los guardias y la fuga de los delincuentes, que no se van del todo sin antes aporrear a caballero y escudero. Como no podía ser menos.

Don Quijote no ha hecho ningún acto de justicia. Y él lo sabe. Porque en el juego racionalista de su “locura” acepta la indicación de Sancho de ocultarse en Sierra Morena para evitar la búsqueda y captura que ahora cabe aguardar de la Santa Hermandad.

—Naturalmente eres cobarde, Sancho —dijo don Quijote—, pero, porque no digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes (I, 23).

Sancho teme la realidad —la realidad de la sociedad política en que vive—, y es consciente de no estar aforado por la locura que acaso podría exculpar a su amo, como en efecto sucederá gracias a la mediación del cura del pueblo capítulos más adelante. A don Quijote lo único que le interesa es mantener su juego, la ludopatía de su locura, y sabe que ahora, para preservarse y seguir jugando, ha de esconderse.

Los caballeros andantes eran héroes que habitaban un mundo ampliamente ajeno a las constricciones nacionales, políticas o geográficas. Es decir, un mundo ajeno al mundo real. No combaten en nombre de un señor feudal particular, sino por el propósito que individualmente han elegido, y cuyos límites se sitúan entre la forma característica de la conquista de su dama y la superación de los diferentes obstáculos que le salen al encuentro: gigantes, encantadores, enemigos, etc. La estructura de la acción del libro de caballerías no es colectiva, sino individual; su momento culminante no es la batalla, sino la aventura, el peligro inesperado, la oportunidad, con frecuencia casual, que permite desarrollar iniciativas genuinamente personales. 

El mito medieval del caballero andante encuentra en la posmodernidad nuevas recreaciones, entre las cuales la figura ideológica y alegóricamente más representativa es la del líder guerrillero o la del terrorista que luchan por la “libertad” de no se sabe qué, en nombre de una justicia, una paz y un orden que no son de este mundo.







Nota

[1] Esta es una idea fundamental para comprender el comportamiento de don Quijote. Adviértase que en su diálogo con don Lorenzo, el hijo del Caballero del Verde Gabán, don Quijote habla de la caballería andante como de una ciencia que “encierra en sí todas las ciencias del mundo, a causa que el que la profesa ha de ser jurisperito y saber las leyes de la justicia distributiva y comutativa, para da a cada uno lo que es suyo y lo que le conviene” (II, 18). No es lo mismo la propiedad que la convención. La primera forma de justicia (distributiva) apela a derechos personales, y regula la proporción en la distribución, mientras que la segunda (conmutativa) remite a convenciones, consensuadas o no, y regula la proporción en la atribución. Pero don Quijote evita en sus palabras referirse a la idea de justicia que siempre ha negado: la justicia legal, esto es, la que está objetivada en el ordenamiento jurídico de un Estado. Este tipo de justicia inhabilita por completo todo comportamiento de don Quijote como caballero andante.





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La Justicia ilegal en el Quijote», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.8.3.3), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria




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