II, 5.7.4 - El Quijote de Avellaneda como interpretación contrarreformista del Quijote de Cervantes. El fenómeno de la transducción literaria



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Crítica de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







El Quijote de Avellaneda como interpretación contrarreformista del Quijote de Cervantes. 

El fenómeno de la transducción literaria

Referencia II, 5.7.4




Que son el demonio y Dios como la araña y abeja, que de una misma flor saca la una ponzoña que mata y la otra miel suave y dulce que regala y da vida.
Quijote de Avellaneda (xxi).


Don Quijote con Álvaro Tarfe (Cervantes Project)
El Quijote de Avellaneda constituye la primera interpretación “creativa” —en este caso literaria— del Quijote de Cervantes. Una interpretación determinada por la razón teológica de la Contrarreforma religiosa.

En este contexto, no sorprende al lector que la sobrina apócrifa de don Quijote,

por consejo del cura Pedro Pérez y de maese Nicolás, barbero, le dio un Flos sanctorum de Villegas y los Evangelios y Epístolas de todo el año en vulgar, y la Guía de pecadores de fray Luis de Granada; con la cual lición, olvidándose de las quimeras de los caballeros andantes, fue reducido dentro de seis meses a su antiguo juicio y suelto de la prisión en que estaba (Quijote de Avellaneda, i).

He insistido anteriormente cómo de este modo la mitología caballeresca resulta reemplaza por el racionalismo teológico contrarreformista. Del mismo modo, las religiones secundarias o mitológicas habían sido por completo destruidas por la fe impuesta desde una razón que, si bien idealista, se articula en las religiones terciarias a través de una Teología, es decir, a través de una filosofía —platónica y aristotélica— debidamente confesionalizada. La Iglesia se apropió de ese modo del pensamiento más avanzado del momento, hasta tal punto que, desde entonces, hizo de la razón su principal instrumento de interpretación. Por esa razón puede afirmarse, con todo rigor, que la Iglesia Católica —mucho más que el Protestantismo, sin duda, cuya incursión en el psicologismo irracionalista es patente— ha sido y es una de las instituciones más racionales que han existido nunca. Y lo sigue siendo hoy día, en una época en la que la razón antropológica es más atacada que nunca, desde el siglo XVIII, y no precisamente por la Iglesia Católica, que sabe que no puede sobrevivir al margen de la razón humana, sino por la sofística posmoderna, anti-europeísta y nostálgica de la barbarie. Hoy día la Iglesia Católica es la institución que más y mejor sabe defender —y de hecho defiende— la razón humana de los irracionales ataques que ésta está recibiendo por parte de quienes, sin más alternativa que la nostalgia de la barbarie, atacan los fundamentos de la civilización occidental.

De un modo u otro, el don Quijote de Avellaneda nos acredita su cordura inicial en la medida en que protagoniza, diríamos que patológicamente, una vida en extremo religiosa, de misa diaria y rosario en mano:

Comenzó tras esto a ir a misa con su rosario en las manos, con las Horas de Nuestra Señora, oyendo también con mucha atención los sermones; de tal manera, que ya todos los vecinos del lugar pensaban que totalmente estaba sano de su accidente y daban muchas gracias a Dios […]. En esto tocaron a vísperas, y él, tomando su capa y rosario, se fue a oírlas con el alcalde, que vivía junto a su casa (Quijote de Avellaneda, i).

Es como si nuestro personaje hubiera subrogado la locura por la fe, es decir, la mitología por la razón teológica. Don Quijote ya no habla como caballero andante, sino como intérprete fideísta de libros devotos, acaso de los mismos que decía leer la astuta y bella Dorotea:

—Todos los trabajos —dijo don Quijote— que padecieron los santos que te he dicho y los demás de quien trata este libro, los sufrían ellos valerosamente por amor de Dios, y así ganaron el reino de los cielos (Quijote de Avellaneda, i).

Por otra parte, el contenido de sendos relatos intercalados que narran el soldado y el ermitaño no dejan lugar a dudas respecto a los idearios doctrinales, religiosos y contrarreformistas, sobre los que se sustenta la Idea de Razón desde la que se concibe el Quijote de Avellaneda. La historia del ermitaño reproduce la fábula o mito de Margarita la tornera (caps. XVII-XX), y la del soldado cuenta, en un discurso que concluye con el suicidio de los protagonistas, la historia del rico desesperado, que abandona los hábitos y la vida religiosa para casarse (caps. XV-XVI), y paga por ello. Su matrimonio, pese a las buenas expectativas, fracasa, como consecuencia de lo cual su mujer se quita la vida arrojándose a un pozo, acto que el viudo imitará tras azotar a su hijo recién nacido (y hacerle pedazos) contra los brocales del mismo pozo. Sus cuerpos, “con parecer del obispo, los llevaron a un bosque vecino a la ciudad, do fueron quemados y echadas sus cenizas en un arroyo que cerca dél pasaba” (Quijote de Avellaneda, XVI). Aquí no ha lugar a entierros civiles, ni ceremoniales paganos, arcádicos o pastoriles, al estilo de Meliso (Galatea, 1585) o Grisóstomo (Quijote, 1605). La moralina que aquí se impone, como interpretación del relato intercalado, no es tampoco la idea de verosimilitud literaria, al modo de la lectura de El curioso impertinente. No es aquí la Poética lo que cuenta, sino la Teología. Quien abandona la Iglesia, lo paga caro: arruina su vida y la de los suyos. Sufra castigo por ello:

Porque muy de temer es el fin triste de todos los interlocutores desa tragedia. Pero no podrán tenerle mejor, moralmente hablando, los principales personajes della, habiendo dejado el estado de religiosos que habían empezado a tomar, pues, como dijo bien el sabio prior al galán cuando quiso salirse de la religión, por maravilla acaban bien los que la dejan (Quijote de Avellaneda, xvi).

Con todo, donde mejor se advierte el impacto de una interpretación racionalista y teológico-política de corte católico y contrarreformista es en la solución final que impone la novela apócrifa. Don Quijote, definitivamente falto de juicio, es encarcelado en la Casa del Nuncio, el célebre manicomio de Toledo, mencionado con frecuencia en abundantes obras literarias del Siglo de Oro, y fundado a fines del siglo XV por el canónigo Francisco Ortiz, entonces nuncio apostólico[1]. Bárbara, mujer descarriada y de mala vida, es internada en Madrid, en una “casa de mujeres recogidas”, a título de “arrepentidas”, esto es, una especie de purgatorio político-religioso para purificación de alma y cuerpo[2]. Sancho, al fin y al cabo retratado durante toda la novela como bobo rupestre y necio hazmerreír —pues, “aunque simple, no peligraba en el juicio”—, se queda al servicio de un noble, de nombre ignoto, al que el narrador apócrifo apela una y otra con el pseudónimo de Archipámpano. 

Ha de observarse que la mayor parte de los nobles que acogen a don Quijote y Sancho no muestra su nombre propio ni en la misma ficción narrativa, con la excepción de Álvaro Tarfe y su amigo don Carlos. A los demás se les identifica bajo denominaciones lúdicas, pero funcionales, del tipo príncipe Perianeo, el Archipámpano, etc. Es evidente que el autor —o autores— del Quijote apócrifo gusta de la pseudonimia. De este modo, la razón teológico-política del momento organiza y encauza la vida de estos tres individuos, cuya patología y anomia —esta última especialmente significativa en el caso de don Quijote— resultaban inconvenientes o impertinentes a la eutaxia del orden moral y social entonces vigente. El Avellaneda impone de este modo un final armónico, reconfortante y restaurador del orden deseado, metiendo en cintura, o en vereda, diríamos, a los personajes que no se adecuan a lo que el Estado y la Iglesia exigen del individuo. 

El desenlace es completamente armonista, y está exento de toda dialéctica: como paranoico, don Quijote es recluido para su curación en el lugar adecuado; como mujer “perdida”, Bárbarra ingresa en una “casa de arrepentidas”; y como bobo útil, Sancho pasa a servir bufonescamente a un noble cortesano. Pero un final de esta naturaleza es degradante para un personaje que, como don Quijote, ha salido de una novela ajena al Avellaneda, y que responde a un racionalismo muy diferente del que el autor apócrifo pretende imponerle. La razón antropológica de la novela cervantina no es soluble en la razón teológico-política de la novela apócrifa de Avellaneda. Uno y otro don Quijote son muy diferentes, como bien se esforzó en demostrar el propio Cervantes, y el mismísimo personaje, en la segunda parte de la novela, publicada un año después del Avellaneda. Hasta tal punto Cervantes se toma en serio la legitimidad de su personaje, que en el seno de la fábula y la ficción literarias, don Quijote protagoniza, tomando por testigo al personaje de Avellaneda, Álvaro Tarfe, un juramento civil y político de autenticidad.

Llegóse en esto la hora de comer; comieron juntos don Quijote y don Álvaro. Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el cual alcalde pidió don Quijote, por una petición, de que a su derecho convenía de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente, declarase ante su merced como no conocía a don Quijote de la Mancha, que asimismo estaba allí presente, y que no era aquel que andaba impreso en una historia intitulada Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde proveyó jurídicamente; la declaración se hizo con todas las fuerzas que en tales casos debían hacerse, con lo que quedaron don Quijote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara claro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y sus palabras. Muchas de cortesías y ofrecimientos pasaron entre don Álvaro y don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción, de modo que desengañó a don Álvaro Tarfe del error en que estaba; el cual se dio a entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dos tan contrarios don Quijotes (II, 72).

Tal parece que, en la jurisdicción de la ficción literaria, también hay tribunales legales. El personaje defiende a su autor, frente a terceros adúlteros.

A medida que se precipita el final, la sanción religiosa y contrarreformista de los hechos se hace formalmente más presente, si bien delegando siempre la actividad ejecutora en las manos de la justicia civil, en este caso, la administración estatal y la potestad nobiliaria. Repárese en las palabras de don Carlos a Sancho, tratando de persuadirle de que abandone a don Quijote y se quede en la corte, al servicio del noble protector de quien le habla (cursiva mía):

Pero, pues ha querido Dios que entraseis en ella [en la corte, en casa noble] al fin de vuestra peregrinación, agradecédselo; que sin duda lo ha permitido para que se rematasen aquí vuestros trabajos, como lo han hecho los de Bárbara, que, recogida en una casa de virtuosas y arrepentidas mujeres, está ya apartada de don Quijote y pasa la vida con descanso y sin necesidad, con la limosna que le ha hecho de piedad el Archipámpano, la cual es tan grande, que no contentándose de ampararla a ella, trata de hacer lo mesmo con vuestro amo. Y así, le perderéis presto, mal que os pese, porque dentro de cuatro días lo envía a Toledo con orden de que le curen con cuidado en la Casa del Nuncio, hospital consignado para los que enferman del juicio cual él (Quijote de Avellaneda, xxxv).

Don Carlos confirma a Sancho, en el curso del mismo diálogo, finalmente, un imperativo de categoría: “estad cierto de que nos os faltará en mi casa la gracia de Dios”. El autor parece que quiere mostrar que el desenlace de los hechos, más que obra humana, es obra de Dios, designio de la Providencia, imperativo racionalista de un orden moral trascendente. Así opera la razón teológico-política. Incluso el mismo don Quijote, conducido hacia Toledo, parece olvidarse de Sancho por obra y gracia de Dios: “sin reparar don Quijote más en Sancho que si nunca le hubiera visto, que fue particular permisión e Dios” (Quijote de Avellaneda, xxxvi).

En cumplimiento de este itinerario previsto, cuyo artificio en última instancia el Avellaneda pone en manos de Dios y la Providencia, el último capítulo de la novela revela en su título, con indudable cinismo, el remate final de la fábula: “De cómo nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha fue llevado a Toledo por don Álvaro Tarfe y puesto allí en prisiones en Casa del Nuncio, para que se procurase su cura”. Subrayo, una vez más, la insistente recurrencia del autor apócrifo por encadenar, atar o aprisionar a don Quijote siempre que hay ocasión. La focalización inicial del manicomio tiene lugar desde el punto de vista de don Quijote, ya abandonado y engañado, y a merced de los locos y loqueros del lugar:

Se quedó solo en medio del patio don Quijote; y, mirando a una parte y a otra, vio cuatro o seis aposentos con rejas de hierro, y dentro dellos muchos hombres, de los cuales unos tenían cadenas, otros grillos y otros esposas, y dellos cantaban unos, lloraban otros, reían muchos y predicaban no pocos, y estaba, en fin, allí cada loco con su tema. Maravillado don Quijote de verlos, preguntó al mozo de mulas:
—Amigo, ¿qué casa es ésta? O dime, ¿por qué están aquí estos hombres presos, y algunos con tanta alegría? (Quijote de Avellaneda, xxxvi).

Avellaneda gusta de subrayar aquí el extrañamiento inicial de don Quijote, su fragilidad e ingenuidad ante lo que le espera, en este momento objetivado en una imagen macabra y latentemente agresiva: hombres enjaulados y rientes, ajenos a toda razón normativa, esto es, a toda razón teológico-política entonces vigente. Inmediatamente, uno de los locos, que casi podría pasar por pariente del licenciado Vidriera, Tomás Rodaja, dada la cantidad de sentencias y latines que endilga a su interlocutor, le muerde violentísimamente la mano derecha, “de suerte que faltó harto poco para cortársela a cercen” (xxxvi). Por fin, como no podía ser de otro modo, tan al gusto de Avellaneda, en “breve rato le [a don Quijote] metieron en uno de aquellos aposentos muy bien atado” (xxxvi).

Sin embargo, la novela de Avellaneda termina, podría decirse, si no in medias res, con un final abierto y, si cabe, aún más degradante, pues don Quijote, pasando el tiempo, sale curado del manicomio para reincidir en sus locuras andantes, en esta nueva ocasión,

llevando por escudero a una moza de soldada que halló junto a Torre de Lodones, vestida de hombre, la cual iba huyendo de su amo porque en su casa se hizo o la hicieron preñada, sin pensarlo ella, si bien no sin dar cumplida causa para ello; y con el temor se iba por el mundo. Llevóla el buen caballero, sin saber que fuese mujer, hasta que vino a parir en medio de un camino, en presencia suya, dejándole sumamente maravillado el parto (Quijote de Avellaneda, xxxvi).

De un modo u otro, el trabajo del falso Avellaneda no fue estéril. Su novela apócrifa intervino racionalmente toda posibilidad de interpretar el original cervantino, y lo hizo desde posiciones definidas sin duda por la ideología de la Contrarreforma religiosa y por la razón teológico-política de esta ordenación moral del mundo, tan propia de la ortodoxia del Siglo de Oro español. De este modo, el autor del Avellaneda ejecuta una transducción del Quijote cervantino, es decir, elabora una interpretación literaria de la obra de Cervantes canalizada y objetivada desde la creación literaria de su propia obra, el Quijote apócrifo. 

El lector está ante una interpretación creativa, pero no por ello menos crítica ni menos eficaz que otras, sino acaso, precisamente por literaria, mucho más directa, impactante y sutil, desde el momento en que interviene y manipula de forma incisiva la recepción del Quijote de 1605. Como transductor, Avellaneda, o quienes fueran aquellos que se ocultaron bajo este pseudónimo, interpretan el Quijote de Cervantes desde los presupuestos de la razón tridentina y teológico-política del ortodoxo siglo XVII. 

El Quijote de Avellaneda es, por este hecho, la primera interpretación histórica del Quijote cervantino, puntualmente construida desde los criterios de la Contrarreforma religiosa, y conforme a su ideario de causalidad, organización y teleología. En un trabajo anterior me he referido con detalle a los procesos semánticos de construcción, transmisión y transformación del sentido entre ambos Quijotes, y no voy a repetir ahora, de nuevo, lo dicho entonces (Maestro, 1994, 1994a). Baste recordar aquí que la transducción literaria es un proceso de interpretación de los materiales literarios en virtud del cual el intérprete actúa operatoriamente con el fin de imponer a sucesivos lectores una determinada lectura o interpretación de la obra a la que se refiere según un finis operantis bien definido, con frecuencia, por una ideología —no por una ciencia— a la que el transductor, por razones varias, sirve fielmente (o servilmente, si se admite el pleonasmo).

Si, por ejemplo, examinamos algunos de los testimonios de autores y críticos ilustrados, como Agustín de Montiano y Luyando, o los autores que firman un “Juicio de esta obra”, por referencia al Quijote de Avellaneda, en el Diario de los sabios, el 31 de 31 marzo de 1704 (fol. 207), comprobamos que el novelista apócrifo no perdió su tiempo en manos de cierta posteridad que, reconociéndose ilustrada, hoy no lo parece tanto, según la fortuna literaria de uno y otro Quijote. Así, estos autores del Diario de los sabios, escriben:

Puede decirse que la crítica que estos dos autores hazen, uno contra otro, no carece de fundamento […]. El Sancho de Avellaneda es más natural […]. Sea lo que fuere, me parece que Avellaneda no salió de su empressa: sostuvo el carácter de don Quijote, no le perdió de vista, hizo de él un cavallero andante que es siempre grave y que usa siempre de palabras magníficas, pomposas y floridas. Es preciso confesar que su Sancho es excelente, y más natural y original que el Sancho de Cervantes: aquél es un rústico labriego, que tiene el mismo entendimiento que éste; pero es más simple y dize, a dé donde diere, mil cosas que, por la destreza del autor, no desmienten su simplicidad, aunque las más vezes encierren en sí pensamientos finos y picantes. El carácter del Sancho de Cervantes no es uniforme: en tanto se le escapan algunas simples ingenuidades, y en tanto tiene discursos malignos, en los que se ve bien que siente y conoce toda la malicia de ellos, y que son algunas vezes muy elevados y estudiados para un labriego, y muy juiziosos para un criado que cree las locas visiones de su señor […]. En fin, me parece que se puede dezir que ay una diferencia sensible entre los dos Sanchos: el de Cervantes quiere de ordinario parecer bufón gracioso y chocarrero, y no lo es de ningún modo; el de Avellaneda lo es casi siempre, sin quererlo ser[3].

Tal parece, del juicio de estos autores “sabios”, que su valoración de Sancho coincide con la opinión y gusto de Álvaro Tarfe, su amigo don Carlos, y la corte de nobles madrileños que tanto gustaban de sus “disparates” y “simplicidades”, nada comparables a las del Sancho cervantino. A su vez, un ilustrado como Montiano y Luyando emite un juicio que, hoy por hoy, nos sorprende a todos, pero que en su momento resultaba de lo más justo y racional, en la España de 1732:

He reconocido la Segunda parte de Don Quixote, compuesta por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda; y confiesso me sirvió de sumo gusto la ocasión de leer lo que muchos años ha deseaba, porque en medio de que en el don Quixote de Cervantes avía visto sus desprecios, como no avía hallado en ellos la solidez necessaria para persuadírmelos justificados, anelaba encontrar el original, donde yo mismo pudiera convencerme. No me sucedió assí, ni creo que ningún hombre juicioso sentenciará a favor de lo que Cervantes alega, si forma el cotejo de las dos segundas partes; porque las aventuras de este don Quixote son muy naturales, y que guardan rigurosa regla de ala verosimilitud; su carácter es el mismo que se nos propone desde su primer salida, tal vez estremado, y por esso más parecido; y en quanto a Sancho, ¿quién negará que está en el de Avellaneda más propriamente imitada la rusticidad graciosa de un aldeano?[4]

En fin, ¿qué añadir a estos comentarios que no haya sido dicho con anterioridad? No en vano, como escribían con cierta lástima los autores del Diario de los sabios, antes citados, “toda Europa está por Cervantes”[5]. Indudablemente, si entonces existiera el hoy ofertado Premio Cervantes, sin duda ese galardón se lo concederían a Avellaneda. Y, para ser sincero, confieso que tampoco estoy del todo seguro de que, a día de hoy, no sucediera también otro tanto. Cierto que actualmente toda Europa, y todo el mundo, está por Cervantes, sí, pero cada cual lo está en la medida en que, a través del nombre y la obra de Cervantes, puede publicitar su propia obra y su propio nombre. No en vano la posmodernidad ha hecho de Cervantes un excelente recurso publicitario[6]. Y más de un artista, de haber vivido en la Alemania de la década de 1930, habría hecho, con tal de medrar, una exposición sobre “el Quijote y la raza aria”. A cada tiempo sus prejuicios, y a cada sofista la explotación de sus miserias preferidas. Así es la vida, esa vida que todos los mesías dicen querer cambiar.








Notas

[1] “Comunicaron esta determinación con don Álvaro, y, pareciéndole bien su resolución, les dijo que él se encargaba, con industria del secretario de don Carlos, cuando dentro de ocho días se volviese a Córdoba, donde ya sus compañeros estarían, por haberse ido allá por Valencia, de llevársela en su compañía hasta Toledo, y dejar muy encargada y pagada allí en Casa del Nuncio su cura, pues no le faltaban amigos en aquella ciudad, a quien encomendarle” (Quijote de Avellaneda, xxxiv).

[2] “Y, por que ninguno de los valedores de don Quijote y su compañía quedase sin cargo en orden a procurar su bien, le dio al príncipe Perianeo de que procurase con Bárbara aceptase el recogimiento que le quería procurar en una casa de mujeres recogidas, pues él también se obligaba a darle la dote y renta necesaria para vivir honradamente en ella” (Quijote de Avellaneda, xxxiv).

[3] Cito por el testimonio aducido en su edición del Quijote de Avellaneda por Martín de Riquer, vol. III, pp. 244-246.

[4] Ibid., vol. III, pp. 236-237.

[5] Ibid., vol. III, pp. 249.

[6] Vid. a este respecto el libro de Childers, Transnacional Cervantes (2006), cuyos contenidos, de no estar referidos al autor del Quijote, no suscitarían ninguna atención en el mercado académico norteamericano, y aún menos en el europeo.




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «El Quijote de Avellaneda como interpretación contrarreformista del Quijote de Cervantes. El fenómeno de la transducción literaria», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.7.4), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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