II, 5.7.3 - El Quijote de Avellaneda como parodia del Quijote de Cervantes


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
______________________________________________________________________________________________________________________

Índices







El Quijote de Avellaneda como parodia del Quijote de Cervantes

Referencia II, 5.7.3




Portada del Quijote de Avellaneda
He indicado inicialmente que, si en el estudio de estas dos novelas se siguen los parámetros de la Literatura Comparada, es posible ofrecer un análisis de los materiales literarios basado en la figura gnoseológica de la relación. Desde este punto de vista, habrá que tener en cuenta el tipo de relación dada entre los términos literarios que se interpretan. Semejante relación intertextual podrá ser analógica, si tiende a la semejanza; paralela, si se atiene a la proximidad; y dialéctica, si se articula mediante la disposición de términos contrarios. Avellaneda se servirá de los tres procedimientos, en todos los casos de forma intencional, y siempre con el fin de conseguir el mismo objetivo: la parodia degradante del original cervantino. Hablo de degradante porque no se trata de una parodia burlesca, ni tampoco crítica, sino despectiva, menospreciadora y deformante. Avellaneda se propone dañar la obra de Cervantes semánticamente, primero, y pragmáticamente, después. El objetivo es que se interprete como la novela de un necio, cuyo protagonista es un necio también.

La analogía se limita básicamente a los referentes imprescindibles, entre los que figuran sobre todo los nombres de los personajes principales, así como la reproducción de episodios imitativos del Quijote de 1605, entre ellos la recuperación sanchopancina del rucio que se expone en el Avellaneda[1], con intenciones un tanto paródicas respecto a la primera parte de la novela, e impresa por primera vez en la segunda edición de Juan de la Cuesta (I, 30). Lo mismo cabe decir de la situación narrativa en que el Sancho de Avellaneda imita artificiosamente al don Quijote cervantino, al exigirle al soldado, que les acompaña junto con el ermitaño, que vaya a rendir pleitesía a su esposa, Mari Gutiérrez, como consecuencia absurda de una más que supuesta derrota ante el escudero. Avellaneda hace todo lo posible por situar a don Quijote en el contexto de las imitaciones y comparaciones más degradantes.

Quiero, pues, antes, y es mi voluntad —respondió Sancho—, ¡oh soberbio y descomunal gigante, o soldado, o lo que diablos fueres!, ya que te me has dado por vencido, que vayas a mi lugar y te presentes delante de mi noble mujer y fermosa señora, Mari Gutiérrez, gobernadora que ha de ser de Chipre y de todas sus alhondiguillas, a quien ya sin duda debes de conocer por su fama; y, puesto de rodillas delante della, le digas de mi parte cómo yo te vencí en batalla campal. Y si tienes por ahí a mano o en la faltriquera, alguna gruesa cadena de hierro, póntela al cuello para que parezcas a Ginesillo de Pasamonte y a los demás galeotes que envió mi señor Desamorado cuando Dios quiso fuese el de la Triste Figura, a Dulcinea del Toboso (Quijote de Avellaneda, xiv).

Especialmente representativo es el ejemplo de analogía intertextual que se advierte en el episodio del ataharre en el Avellaneda, en clara correspondencia con su equivalente en el Quijote cervantino, esto es, el baci-yelmo por el que disputan los personajes en la venta de Palomeque.

—¡Bendito sea Dios, señores, que estarán contentos! A fe que ahora, aunque les pese, han de confesar mi buen juicio, pues veen que acerté de la primera vez que éste era ataharre, cosa en que jamás supieron caer tantos y tan buenos entendimientos.
Y, diciendo esto, dio el ataharre al labrador, lo cual viéndolo don Quijote se llegó a él, y, tirando reciamente, se le quitó diciendo:
—¡Ah, villano soez! ¿Y de cuándo acá fuiste tú digno de traer una tan preciada liga como ésta, ni todo tu zafio linaje?
Tras lo cual se le iba a meter en la faltriquera, pero impedióselo el labrador, que no sabía de burlas, asiéndole del brazo, y porfiando don Quijote, que se lo contradecía. El labrador, en fin, como era hombre membrudo y de fuerza, y ésas le faltaban a don Quijote, por estar tan flaco, pudo darle un empellón tal en los pechos, que le hizo caer con él de espaldas, y, saltándole encima, le quitó por fuerza el ataharre de la mano. Llegó Sancho en esto a ayudar a su amo, dando dos o tres crueles muchicones en la cabeza al labrador, el cual, revolviendo hecho un león contra Sancho, le cinchó dos o tres veces el ataharre por la cara (Quijote de Avellaneda, xxvii).

El paralelismo apela sobre todo a la disposición de la novela apócrifa siguiendo la estructura de la cervantina, mediante la reiterada presencia del cronista o sabio Alisolán, concomitante de Cide Hamete[2], o la incorporación de historias y relatos intercalados (caps. xv-xvi y xvii-xx), y del burlesco soneto del incipit, cuya autoría se atribuye a Pero Fernández, así como la apropiación de determinadas secuencias relativas a gigantes, encantadores y burlas varias (caps. xiii ss), con las correspondientes estancias en ventas a las que el protagonista loco confunde con castillos, etc., que van sucediéndose en el itinerario zaragozano postulado al final de la primera parte cervantina. Avellaneda trató de imitar y reproducir mediante un estrecho paralelismo formal las características narrativas y estructurales del Quijote cervantino, sin duda con el propósito de acercarse lo más posible al original, con objeto de deturpar del modo más eficaz la comprensión e interpretación del público, mediante la escritura y composición de una segunda parte apócrifa y degradante. El ejemplo más expresivo de paralelismo, y el más sutil, sin duda, es el que protagoniza Álvaro Tarfe para llevar y recluir a don Quijote a la Casa del Nuncio, el manicomio toledano. Es un procedimiento muy próximo funcionalmente al utilizado por el cura y el barbero en la primera parte del Quijote cervantino, con la ayuda de Dorotea, a la sazón convertida en princesa Micomincona. En el Avellaneda, Álvaro Tarfe idea, con la ayuda del joven secretario de su amigo don Carlos, que acaba por interpretar el papel de doncella menesterosa, por nombre Burlerina, hija del rey de Toledo, la farsa que permitirá conducir al enloquecido hidalgo a la ciudad Primada de España, para liberarla del asedio al que la tiene sometida el “alevoso príncipe de Córdoba” (xxxiv). Así se acredita lo “presto y bien que don Álvaro había entablado con el secretario de don Carlos el modo con que se podía facilitar el llevar a la Casa del Nuncio de Toledo a don Quijote” (Quijote de Avellaneda, xxxiv).

Lo cierto es que la novela apócrifa presenta, también en relación con la segunda parte cervantina, posterior a ella en un año, paralelismos —y analogías— sorprendentes. Aparte de las concomitancias señaladas, entre las que cabe recordar la interrupción que en la venta protagoniza don Quijote del ensayo de la comedia de Lope el Testimonio vengado, en paralelo a la irrupción contra el retablo de la libertad de Melisendra de maese Pedro, piénsese en la carta de Sancho a su mujer, Mari Gutiérrez en el Avellaneda, en concomitancia o afinidad, que no en analogía o semejanza, con las que escribe el personaje cervantino en la segunda parte del Quijote (1615)[3]. Y piénsese sobre todo en el final de la primera parte de su epístola, que concluye con la misma afirmación que formulan las tres labradoras que hacen las veces de Dulcinea y sus damas de honor a la entrada del Toboso en el Quijote de 1615 (II, 11): “Jo, que te estriego, burra de mi suegro” (Quijote de Avellaneda, xxxv). Se trata, en fin, de un refrán muy popular, y por lo tanto de uso frecuente. No es sorprendente en absoluto que figure en ambas segundas partes. Pero no se olvide de que no es la única recurrencia común, sino una más entre bastantes, y es el conjunto de todas ellas lo que resulta, cuando menos, un tanto sorprendente, porque da la impresión —y nada más que la impresión— de que Cervantes y Avellaneda sabían mutuamente lo que, de forma tan simultánea como alternativa, estaban haciendo.

Con todo, la figura dominante, como se desprende cuanto se ha expuesto, es la dialéctica explícita entre ambas novelas (Dulcinea / Bárbara, Alonso Quijano / Martín Quijada, razón antropológica / razón teológica, locura lúcida / locura necia, etc.). Una dialéctica que precisamente separa aquello que une: don Quijote como protagonista y como prototipo literario de dos novelas antagónicas. El antagonismo entre ambos Quijotes viene determinado por la dialéctica entre ambas novelas, objetivadora, la de Cervantes, de una razón antropológica, frente a la de Avellaneda, que impone y formaliza el triunfo de la razón teológica y tridentina. Ésta última es el código que hace posible en el autor apócrifo la degradación de la novela de Cervantes como objeto parodiado. He aquí sus cuatro elementos:

Artífice: Alonso Fernández de Avellaneda.
Sujeto: los prototipos de Avellaneda (don Quijote y Sancho).
Objeto: los prototipos de Cervantes (don Quijote y Sancho), y como objeto último la novela que los formaliza como materiales literarios.
Código: la razón teológica contrarreformista.







Notas

[1] “¡Ay, asno de mi alma, tú seas tan bien venido como las buenas Pascuas, y dételas Dios a ti y a todas las cosas en que pusieres mano, tan buenas como me las has dado a mí con tu vuelta! Mas dime: ¿cómo te ha ido a ti en el cerco de Zamora con aquel Rodamonte, a quien rodado vea yo por el monte abajo en que Satanás tentó a Nuestro Señor Jesucristo?” (Quijote de Avellaneda, vii). Otro ejemplo que ha de aducirse, también con Sancho como protagonista, es el que corresponde al relato intercalado que el escudero pretende narrar, por fortuna infructuosamente, ante las historias del soldado y el ermitaño, cuyo comienzo en el Avellaneda reproduce literalmente los principia, y también buena parte de la estructura y motivos (reemplazando aquí las cabras por gansos), del cuento del Quijote cervantino expuesto durante el episodio de los batanes: “Érase que sera, en hora buena sea, el mal que se vaya, el bien que se venga, a pesar de Menga. Érase un hongo y una honga que iban a buscar mar abajo reyes...” (Quijote de Avellaneda, xxi).

[2] Así, desde el capítulo I: “El sabio Alisolán, historiador no menos moderno que verdadero”. Y también en el último: “Estas relaciones se han podido sólo recoger, con no poco trabajo, de los archivos manchegos, acerca de la tercera salida de don Quijote; tan verdades ellas, como las que recogió el autor de las primeras partes que andan impresas” (Quijote de Avellaneda, xxxvi).

[3] Por lo demás, los contenidos de la carta del Sancho de Avellaneda son de una vulgaridad, e incluso de un mal gusto, que en nada guardan relación de analogía con las epístolas cervantinas atribuidas a este personaje en la segunda parte del Quijote (1615).





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «El Quijote de Avellaneda como parodia del Quijote de Cervantes», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.7.3), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...