II, 5.7.2 - El personaje literario: don quijote como prototipo



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Crítica de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







El personaje literario: don quijote como prototipo

Referencia II, 5.7.2




Doré, don Quijote con dos zagalas pastoras
Lo he dicho: Don Quijote se irrita frente a la injuria, la difamación y la calumnia, del mismo modo que si fuera un ser humano, porque “muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias” (Quijote de Cervantes, II, 59). Y no le falta razón, porque el retrato deformante, degradado y vil, que de él hace Avellaneda es mayúsculo, como le advierten los primeros lectores del apócrifo, convocados en la segunda parte.

—Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia: sin duda vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquí os entrego (II, 59).

En realidad, tras la figura literaria de don Quijote, hay un ser humano injuriado, que es Cervantes. La crítica inicial de don Quijote al Avellaneda es superficial, esquiva y simple. Cervantes trata de restar valor e importancia a la obra apócrifa, desautorizando al autor como ignorante y espurio. Poco más. Con todo, el daño de la injuria sobre la figura de don Quijote, y sobre la persona de Cervantes, estaba hecho — “Y es querer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner puertas al campo (Quijote II, 55)—, pues, como suele decirse, lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos.

—En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa Panza: y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia (II, 59).

Es difícil combatir una calumnia. La mejor respuesta es el silencio. Cervantes parece evitar el enfrentamiento directo con Avellaneda. Si algo sabía al respecto, sobre su identidad, intenciones, aliados, lo silenció. Quien calumnia desea el escándalo, la vileza, la excrecencia de la propia ruindad, pues sabe, de ante mano, que sus testimonios son deturpantes, degradantes, falaces, sofistas, psicológicos, en todo caso, mentiras siempre. La calumnia tiene, sin embargo, algo importante: es la prueba principal de nuestras alianzas. Quien se deja seducir por la difamación, quien le da crédito, quien se comporta como si los contenidos de la calumnia hubieran sido posibles, ése es un traidor, pues teniendo razones para desmentir al calumniador, confiere valor de verdad a sus necedades. La calumnia, en última instancia, no desacredita al calumniado, sino a quien la levanta, la difunde o se la cree. Los amigos lo son de veras si son inmunes a la calumnia[1]. En caso contrario, son ordinarios traidores, con frecuencia después de haber sido serviles aduladores[2]. El público no traicionó, no abandonó, a Cervantes. Pero muy bien podría haber sucedido lo contrario. No faltaron, incluso ilustrados, y no ilustrados, que elogiaron el Quijote de Avellaneda muy por encima del Quijote de Cervantes. A quien injuria nunca le faltan aliados. Sin embargo, pasado el sarampión de la calumnia, resulta muy incómodo verse entre los difamadores, y como uno de tales pasar a la Historia. Pocos lo soportan.

Con todo, al margen incluso de todas estas declaraciones, pro-Cervantes y pro-Avellaneda, algunas pretendidamente “oficiales”, aun en la propia ficción literaria, el don Quijote de uno y otro autor se diferencia en una cualidad determinante e intensional: la naturaleza de su locura. Desde el punto de vista que se sostiene en este libro, en la novela de Cervantes, la locura de don Quijote es una invención de Alonso Quijano, que da lugar a un eficaz artificio sofisticado por el narrador; sin embargo, en el Quijote de Avellaneda, el protagonista es un loco de veras, simple y elemental de principio a fin. No evoluciona en ninguna de sus características ni propiedades. Ni en sus acciones. El don Quijote de Avellaneda es un personaje completamente plano, simple y fantoche. Y con una moralina muy de la época: si te comportas como un loco, serás tratado como tal, porque “éste [libro] —dirá Avellaneda al final de su “Prólogo”— no enseña a ser deshonesto, sino a no ser loco”.

Entonces, ¿cómo es, efectivamente, el don Quijote de Avellaneda? Ante todo, es un personaje literario mucho más castigado que el cervantino por lo que llamaríamos las fuerzas civiles y religiosas de orden público, esto es, por el Estado. Al don Quijote de Cervantes lo apalean arrieros, caminantes, venteros, puntualmente una moza del partido, y algún cuadrillero en funciones “de paisano”, habiendo sido casi todos ellos previamente denostados por el ingenioso hidalgo; en cierto modo lo burlan cuantos le tratan, especialmente los nobles, quienes más le faltan al debido respeto, y algún que otro eclesiástico, o castellano residente en Cataluña, le reprocha en público desabridamente su falta de cordura; pero al don Quijote de Cervantes no le pone la mano encima ninguna autoridad civil, ni militar, ni religiosa, es decir, ninguna institución política ni eclesiástica, de la sociedad a la que pertenece. 

Tampoco le acosan ni atacan los bandoleros. Sin embargo, al don Quijote de Avellaneda le agreden específicamente los poderes políticos y religiosos. Y aún más los primeros que los segundos, debidamente articulados por la mano del estamento nobiliario. Ya en el capítulo primero de la novela apócrifa encontramos a don Quijote en un aposento, convertido en mazmorra, y tratado como un facineroso, “con una muy gruesa y pesada cadena al pie” (Quijote de Avellaneda, I). A la salida de esta reclusión se entrega a la lectura, no sabríamos si decir patológica, de obras de meditación religiosa y contrarreformista, la Guía de pecadores de Granada, el Flos sanctorum de Villegas, y los Evangelios en vulgar. La mitología caballeresca ha sido sustituida inmediatamente por el racionalismo teológico. Pero sobre estas cuestiones volveré más adelante.

Sí ha de insistirse aquí en cómo la Justicia domeña y castiga al don Quijote apócrifo: “y a nuestro caballero, por las mismas calles que él la había empezado, le llevaron a la cárcel y le metieron los pies en un cepo, con unas esposas en las manos, habiéndole primero quitado todas sus armas” (Quijote de Avellaneda, VIII). Este don Quijote trata de libertar a un ladrón al que la Justicia azota por las calles, exhibiéndolo “a la vergüenza”. A diferencia del don Quijote cervantino que libera a los galeotes, razonando a su modo la justificación de tal acto, el personaje de Avellaneda no argumenta nada —ni una idea de Libertad, ni un concepto de Justicia, ni una razón que explique su discurso ni actuación—, simplemente disparata, comportándose como un enajenado y un demente. 

Al don Quijote de Avellaneda no le mueven ideales éticos ni idearios morales. Sus actos no se rigen por ningún criterio. Actúa solamente como un ser poseído por la alucinación y la demencia. Bien al contrario que el don Quijote cervantino, su locura carece de contenidos racionales. De hecho, la declaración que Avellaneda pone en boca de uno de sus personajes, maldiciendo al don Quijote apócrifo a las puertas de la cárcel en que está encerrado, es sumamente expresiva, desde el momento en que su valor imprecatorio puede interpretarse apuntando a la liberación de los galeotes habida en la primera parte cervantina:

Bien se merece el pobre caballero armado los azotes que le esperan, pues fue tan necio que metió mano, sin para qué, contra la justicia; y sin eso, en la misma cárcel ha descalabrado al hijo del carcelero (Quijote de Avellaneda, viii).

En esta ocasión, don Quijote se encuentra de veras con la Justicia, que está dispuesta, cuando menos, a azotarlo por las calles, exponiéndolo, como era costumbre en tales casos, a la pública vergüenza. La oportuna intervención de Álvaro Tarfe evita semejante desenlace. La nobleza interviene aquí puntualmente, no se sabe muy bien si para evitar el fin de don Quijote, o, posiblemente, para prolongar el curso de sus disparates y posponer, durante el resto de la novela, el castigo que impone su desenlace final, al recluirlo carcelariamente en un manicomio. Tarfe hace el papel del “noble bueno”, acaso para perpetuar y exhibir la burla del protagonista.

Don Álvaro Tarfe, disimulando, los mandó salir a todos fuera y rogó a uno de los dos caballeros que con él habían entrado se quedase allí, para que ninguno hiciese mal a don Quijote, mientras él con el otro, que era deudo muy cercano del justicia mayor, iban a negociar su libertad, pues sería cosa fácil el alcanzársela, constando tan públicamente a todos de su locura (Quijote de Avellaneda, ix).

Avellaneda habría querido incluso derogar el nombre mismo de don Quijote: “Ya no le llamaban don Quijote, sino el señor Martín Quijada, que era su proprio nombre” (I). Sin embargo, está claro que el autor apócrifo no puede permitirse este propósito. Suprimir el apelativo de don Quijote anularía toda posibilidad de referir en el futuro a este personaje la unidad de referencias semánticas y pragmáticas que la obra irá acumulando sobre él. Referencias que, como se verá, no son en absoluto complejas ni de relieve, sino muy simples, muy reducidas, y muy recurrentes. Avellaneda no puede imponer un supuesto nombre propio al nombre común del protagonista —esa pieza de la armadura que cubre el muslo—, y que desde su esencia misma funciona como propio al identificar al personaje de manera inequívoca y ya universal. El apelativo “don Quijote” es parte intensional y determinante del personaje, inseparable e indisociable de él. No cabe concebir a don Quijote con otro nombre. Ni siquiera apócrifamente. Hay elementos intensionales que, por mucho que se lo proponga, Avellaneda no puede extinguir. El núcleo no se deja extirpar.

Otra característica del Avellaneda es la soledad absoluta a la que familiarmente condena al personaje. No hay ama ni sobrina. Esta última se muere de “una calentura de las que los físicos llaman efímeras”, y así, Madalena, que tal se llama la sobrina apócrifa, desaparece, “quedando el buen hidalgo solo y desconsolado” (I). Con todo, el cura no tarda en darle como ama “una harto devota vieja y buena cristiana” (I). Nada parecido hay en la aparente naturalidad del hogar del don Quijote cervantino, con un ama y una sobrina harto incautas y parlanchinas, de cuya inquietud religiosa no se dice ni palabra. Como del cura Pero Pérez, que hace de todo menos oficiar de ministro de su Dios.

Extinta Dulcinea, el narrador del don Quijote apócrifo empuja siempre a su personaje hacia figuras femeninas prostibularias. Bárbara representará el referente más degradado de este proceso, pero no es el único. En una puntual y recurrente devaluación imitativa —antes que paródica— de los hechos relatados en el Quijote cervantino, Avellaneda emputece explícitamente a toda mujer que se acerca al hidalgo. Así, en la primera venta, el “señor castellano” se la ofrece sin ambages, y el narrador apenas cambia las ascendencia asturiana de Maritornes por la gallega de esta nueva moza del partido:

Si quiere posada, entre, que le daremos buena cena y mejor cama, y aun, si fuere menester, no faltará una moza gallega que le quite los zapatos; que, aunque tiene las tetas grandes, es ya cerrada de años; y, como vuesa merced no cierre la bolsa, no haya miedo que ella cierre los brazos ni deje de recebirle en ellos (Quijote de Avellaneda, iv).

No cabe hablar, ante intertextualidades de este tipo, que se reproducen con asidua frecuencia en el Avellaneda, de parodia, pues no se trata de una imitación burlesca de un referente serio, sino de imitación degradante, porque lo que en efecto se está formalizando es una devaluación de materiales literarios primigeniamente cervantinos. Con todo, Avellaneda presente a un don Quijote loco, irracional, estulto, violento y grotesco, pero no vicioso, ni sexualmente depravado. Estas últimas características no serían tolerables moralmente —esto es, públicamente, de cara al grupo (otra cosa sería íntima, privadamente)— por un autor, o un grupo de autores, afines a las honestidades y exigencias inquisitoriales. Por otro lado, el don Quijote apócrifo tiene con el dinero una relación muy distinta de la del cervantino[3]. Este último es, en la primera parte, cínico y deliberadamente irresponsable: viaja sin dinero, se va de las ventas sin pagar, destruye cueros de vino, y se desentiende de toda responsabilidad económica, mientras que en la segunda parte será en este sentido más racional, y actuará más sujeto a las normas sociales, al viajar mejor guarnecido económicamente, y mostrarse más liberal con quienes le rodean, desde Sancho hasta maese Pedro, pasado por los dueños del barco encantado que se destroza en una aceña. En el Avellaneda, don Quijote, simple en su locura no fingida, no sólo paga siempre lo que debe en las ventas[4], sino que incluso mantiene con el dinero una relación de absoluto descontrol, derrochándolo absurdamente, como los doscientos ducados con los que pretendía obsequiar a la menesterosa moza ventera[5].

En el ejercicio de su locura, y a diferencia del don Quijote cervantino, el de Avellaneda sólo protagoniza actos que, más que ridículos, cabe calificar de estúpidos. Si el personaje de Cervantes es el de un loco que actúa cínicamente, para unos, o lúcidamente, para otros, el de Avellaneda es un loco que se comporta como un necio. Los ejemplos son recurrentes, y acaso uno de los más expresivos sea el que corresponde al hecho de ir por las plazas públicas pregonando violentamente su misoginia y, de forma no menos retadora y amenazante, su repudio de Dulcinea:

Se ofreció en Ariza hacer él proprio [don Quijote] un cartel y fijarle en un poste de la plaza, diciendo que cualquier caballero natural o andante que dijese que las mujeres merecían ser amadas de los caballeros, mentía, como él solo se lo haría confesar uno a uno o diez a diez; bien que merecían ser defendidas y amparadas en sus cuitas, como lo manda el orden de caballería; pero que en lo demás, que se sirviesen los hombres dellas para la generación con el vínculo del santo matrimonio, sin más arrequives de festeos, pues desengañaban bien de cuán gran locura era lo contrario las ingratitudes de la infanta Dulcinea del Toboso. Y luego firmaba al pie del cartel: El Caballero Desamorado (Quijote de Avellaneda, vi).

La locura del don Quijote de Avellaneda no pone de manifiesto ningún conflicto serio, no ofrece ninguna observación crítica, ni social, ni política, ni religiosa. Sólo protagoniza tonterías sin consecuencias. Es, en este punto, una obra por completo acrítica. Su finis operis y su finis operantis son el mismo fin: degradar la interpretación del Quijote cervantino, imponiendo sobre la razón antropológica del original la razón teológica del apócrifo. El objetivo de Avellaneda no es la crítica del mundo interpretado en su novela, como sí lo era en el caso de Cervantes, sino la crítica degradante de la novela cervantina.

Avellaneda siempre enfrenta, y no por casualidad, a su personaje contra la Justicia del Estado, mas no contra figuras eclesiásticas ni autoridades vinculadas a la Iglesia. Muy al contrario que el don Quijote cervantino, quien en muy contadas ocasiones se enfrenta a autoridades civiles, con excepción del célebre episodio de los galeotes. En el Avellaneda, don Quijote nunca ataca a la Iglesia. La novela apócrifa se encuentra muy lejos de cumplir con el vocativo de Sancho, enunciado muy al final de la primera parte, en que impreca a su amo, diciéndole: “¿Qué demonios lleva en el pecho que le incitan a ir contra nuestra fe católica?” (Quijote de Cervantes, I, 52). Aquí la fórmula de la pregunta sería otra: ¿qué induce al don Quijote apócrifo a ir contra los representantes de nuestra sociedad civil?

—¿Qué hacéis, hombre de Barrabás? ¿Estáis loco? ¡En tal puesto y contra paje de persona de prendas tales, cual es el dueño dél y desta casa, metéis mano! Venga la espada luego y veníos a la cárcel, que a fe que os acordaréis de la burla más de cuatro pares e días.
No respondió palabra don Quijote, sino que, echando un pie atrás y levantando la espada, dio al bueno del alguacil una gentil cuchillada en la cabeza, de la cual le comenzó a salir mucha sangre. Viendo esto el herido alguacil, comenzó a dar voces diciendo:
—¡Favor a la justicia; que me ha muerto este hombre! (Quijote de Avellaneda, xxx)

Se reitera aquí una función o esquema recurrente: los nobles, que se presentan y actúan como dueños que controlan la administración y la política del Estado, impiden con rigurosa puntualidad que don Quijote sea ajusticiado, acabe en la cárcel o permanezca en ella el tiempo debido. El objetivo de esta supuesta indulgencia, o “gracia” de la Justicia, no es otro que el de convertir a este personaje en su bufón particular. Es como si la Justicia religiosa entregara el don Quijote apócrifo a la Justicia civil, quien lo indulta, durante un tiempo, a cambio de servirse de él como bufón. Así es como el figurón protagonista, una y otra vez, va de una en otra casa nobiliaria dando qué reír a cuantos lo burlan y manipulan, hasta que, finalmente, acabada la farsa, lo recluyen en una casa de locos. Entre tanto, el “donaire” de su necedad sirve de combustible a las burlas de una nobleza urbana no menos ociosa que la de la segunda parte cervantina.

En oyéndolo, se rió mucho el titular dello y, refiriendo al alcalde lo que don Quijote era y cómo por su orden le habían traído a su casa, le suplicó le soltase, dándosele como en fiado, que él se obligaba a entregársele siempre que le requiriese o constase que no era lo que le contaba, obligándose juntamente a todos los daños y costas de la cura del alguacil y a satisfacerle bastantemente. Lo mismo le rogaron todos los circunstantes que le acompañaban, deseosos de pasar la noche con el entretenimiento que les prometía el humor del preso y de los que venían en su compañía (Quijote de Avellaneda, xxx).

En manos de Avellaneda, don Quijote es un fantoche humano del que nada cabe esperar, salvo el regocijo y la burla de cuantos le rodean y manipulan inhumanamente para su propio solaz. No es un ser humano, es un pelele. Álvaro Tarfe lo mantiene cual bufón para uso privado y exhibición pública, especialmente en el contexto de las justas zaragozanas, a la sazón convertidas merced a la presencia de don Quijote en una “fiesta de locos”:

Porque por momentos se le representaba salía a la sortija, disputaba con los jueces, reñía con gigantes forasteros y otros cien mil dislates; porque estaba rematadamente loco, y Sancho ayudaba más a todo con sus simplicidades y boberías. Sólo tenía de bueno don Quijote el recado y regalo porque se le daba bonísimo en presencia de don Álvaro, que siempre comía y cenaba con él, acompañado de diferentes caballeros cada vez […]. Maravillábase mucho el vulgo de ver aquel hombre armado para jugar la sortija, sin saber a qué propósito traía aquel pergamino atado en la lanza; si bien de sólo ver su figura, flaqueza de Rocinante y grande adarga llena de pinturas y figuras de bellaquísima mano, se reían todos y le silbaban. No causaba esta admiración su vista a la gente principal, pues ya, todos los que entraban en este número sabían de don Álvaro Tarfe y demás caballeros amigos suyos, quién era don Quijote, su estraña locura y el fin para que salía a la plaza, pues era para regocijarla con alguna disparatada aventura. Y no es cosa nueva en semejantes regocijos sacar los caballeros a la plaza locos vestidos y aderezados y con humos en la cabeza, de que han de hacer suerte, tornear, justar y llevarse premios, como se ha visto algunas veces en ciudades principales y en la misma Zaragoza (Quijote de Avellaneda, xi).

Su imagen como fantoche resulta subrayada por una suerte de vanidosa necedad, de la que carece por completo el don Quijote cervantino. Avellaneda retrata a su personaje protagonista enajenado en la presunción: “andaba en esto don Quijote enseñando a unos y a otros las pinturas de su adarga, ufano de que tantos le mirasen” (Quijote de Avellaneda, XXIX).

Otro de los rasgos que cualifican en el Avellaneda la etiqueta semántica del personaje protagonista, es decir, sus rasgos intensionales, es la suciedad y la vileza corporal de don Quijote. Así se refleja desde la visión y el discurso de Sancho, quien no resultará retratado en su momento con mucha mayor limpieza:

—Cubra, señor Desamorado, ¡pecador de mí!, el etcétera, que aquí no hay jueces que le pretendan echar otra vez preso, ni dar docientos azotes, ni sacar a la vergüenza, aunque harto saca vuesa merced a ella las suyas sin para qué; que bien puede estar seguro.
Volvió la cabeza don Quijote y, alzando las bragas de espaldas para ponérselas, bajóse un poco y descubrió de la trasera lo que de la delantera había descubierto, y algo más asqueroso (Quijote de Avellaneda, x)[6].

Esta tendencia hacia la degeneración y degradación corporal del personaje se mantendrá hasta el final, donde alcanzará sus grados y expresiones más sobresalientes[7]. La dimensión física de la vileza se ve además corroborada por su naturaleza moral, encarnada en la compañía de Bárbara, la mujer del partido que el don Quijote de Avellaneda identifica con la reina Zenobia, y a la que convierte en compañera de viaje y aventuras. La fealdad de esta mujer, retratada de forma grotesca, así como la bajeza de su condición moral, contribuyen de forma superlativa a la degradación de la figura de don Quijote:

Salió ella [Bárbara] a la puerta del mesón con la figura siguiente: descabellada, con la madeja medio castaña y medio cana, llena de liendres y algo corta por detrás; la capa del huésped, que dijimos traía atada por la cintura en lugar de faldellín, era viejísima y llena de agujeros y, sobre todo, tan corta que descubría media pierna y vara y media de pies llenos le polvo, metidos en unas rotas alpargatas, por cuyas puntas sacaban razonable pedazo de uñas sus dedos; las tetas, que descubría entre la sucia camisa y faldellín dicho, eran negras y arrugadas, pero tan largas y flacas, que le colgaban dos palmos; la cara, trasudada y no poco sucia del polvo del camino y tizne de la cocina, de do salía; y hermoseaba tan bello rostro el apacible lunar de la cuchillada que se le atravesaba; en fin, estaba tal, que sólo podía aguardar un galeote de cuarenta años de buena boya (Quijote de Avellaneda, xxiv)[8].

Con todo, este personaje degradante representa el racionalismo del que carecen otras figuras del más bajo estamento social. Así como en el Quijote de Cervantes es Sancho Panza quien informa al lector de los hechos reales que, en la ficción literaria, la visión de don Quijote transforma en acontecimientos fantásticos y sobrenaturales, conforme a los códigos de los libros de caballerías y a las expectativas de sus propios intereses, en el Avellaneda este racionalismo procede de la prostituta que los acompaña, y en modo alguno del escudero. Y así se lo hace ella saber al ingenioso hidalgo en más de una ocasión. La más explícita es la que se expone en el capítulo xxx:

Yo, señor don Quijote, he cumplido mi palabra en venir con vuesa merced hasta la Corte; y, pues ya estamos en ella, le suplico me despache lo más presto que pudiere, porque tengo de volverme en mi tierra a negocios que me importan; tras que temo, lo que Dios no quiera, que aquel alguacil que iba con el señor de la carroza, a quien vuesa merced llamaba príncipe de Persia, nos ha hecho traer a esta casa para saber quién es vuesa merced y quién soy yo. Y es cierto que, viendo cómo ando en compañía de vuesa merced, ha de pensar que estamos ambos amancebados, y nos hará llevar a la cárcel pública, donde temo seremos rigurosamente castigados y afrentados; y vuesa merced créame, y guárdese no le pongan en ocasión de gastar en ella ese poco dinero que le queda; y después, cuando quiera, volviendo sobre sí, meterse en su tierra, no se vea forzado a haber de mendigar. Por eso mire lo que en este negocio debemos hacer, pues en todo seguiré de bonísima gana su parecer (Quijote de Avellaneda, xxx).

La advertencia de amancebamiento o barraganía no es vana, pues en la misma tesitura se la remiten al propio Sancho los sirvientes del noble titular que los acoge en su casa, para divertimento de su pequeña corte urbana y aristocrática[9].






Notas

[1] El camino más corto para caer en la desgracia y el infortunio consiste en creerse las calumnias, infamias o disparates, que, con fines diversos de autoinsatisfacción personal, relatan individuos paranormales y bufonescos, para solaz y recreo de las gentes. Porque creer en una calumnia consiste en comportarse como si su contenido falaz hubiera tenido la más mínima posibilidad de existir.

[2] Dignas de mención son en este punto las siguientes palabras de Tresguerres: “El adulador se hace acompañar asimismo de la traición: toda vez que sus expectativas no se vean satisfechas (y muchas veces aun siéndolo), al acto de adular le seguirán la calumnia, la maledicencia y, en suma, la traición [...]. Y esto es así, seguramente, porque toda adulación descansa sobre cimientos de envidia y de resentimiento; envidia de lo que el otro posee, y resentimiento por tener que adular para obtener el favor que se desea. El adulador no sólo desprecia a quien adula, sino que se desprecia también a sí mismo por lo que hace («El adulador —decía La Bruyère— nunca piensa bien de sí mismo ni de los demás»). Y cuando el otro ya no resulta útil, difícilmente puede el adulador dejar de dar el paso a la traición más abyecta; doblemente resentido si no ha alcanzado su meta: resentido por haber adulado y resentido porque tan rastrero comportamiento no haya servido a su propósito. Pero aunque éste se logre, no por ello quien adula dejará de traicionar a su benefactor: su resentimiento tomará ahora la forma de profunda vergüenza, y necesitará tratar de olvidarse cuanto antes de la forma ruin mediante la que ha llegado a su meta, mas necesitará que lo olviden también aquellos que, como espectadores, hayan podido asistir a la representación de sus viles maniobras. ¿Cómo, pues, podría intentar romper ese lazo humillante que amenaza atarle de por vida al adulado, recordándole a cada instante (y recordándoselo a los demás) el ser despreciable que en realidad es? Muy simple: poniendo su empeño todo en destruir a quien le ha beneficiado” (Tresguerres, “De los aduladores”, 2003: 3).

[3] “Hizo también un buen lanzón con un hierro ancho como la mano, y compró un jumento a Sancho Panza, en el cual llevaba una maleta pequeña con algunas camisas suyas y de Sancho, y el dinero, que sería más de trecientos ducados” (Quijote de Avellaneda, iii).

[4] “ […] pues vos, dejando el honroso nombre de castellano, os hacéis ventero, yo soy contento que os paguen. Mirad cuánto es lo que os debemos” (Quijote de Avellaneda, V).

[5] “[…] y cuando Sancho dijo que había burlado a su amo en no haber querido dar a la gallega los docientos ducados, sino solos cuatro cuartos, se metió don Quijote en cólera, diciendo: —¡Oh, infame, vil y de vil casta! Bien parece que no eres caballero noble, pues a una princesa como aquélla, a quien tan injustamente haces moza de venta, diste cuatro cuartos” (Quijote de Avellaneda, iv).

[6] No cabe duda de que el narrador gusta de exponer a los personajes protagonistas a la vergüenza, pues son recurrentes los momentos en que los presenta desnudos, descuidados o indecorosamente acomodados: “Estaban los dos en camisa, porque don Quijote, con la imaginación vehemente con que se levantó, no se puso más de celada, peto y espaldar, como queda dicho, olvidándose de las partes que por mil razones piden mayor cuidado de guardarse. Sancho también salió en camisa, y no tan entera como lo era su madre el día que nació” (Quijote de Avellaneda, xiii).

[7] “En fin, Sancho le desarmó, quedando el buen hidalgo en cuerpo y feísimo, porque, como era alto y seco y estaba tan flaco, el traer de las armas todos los días, y aun algunas noches, le tenían consumido y arruinado, de suerte que no parecía sino una muerte hecha de la armazón de huesos que suelen poner en los cimenterios que están en las entradas de los hospitales. Tenía sobre el sayo negro señalados el peto, espaldar y gola, y la demás ropa, como jubón y camisa, medio pudrida de sudor; que no era posible menos de quien tan tarde se desnudaba. Cuando Sancho vio a su amo de aquella suerte y que todos se maravillaban de ver su figura y flaqueza, le dijo: —Por mi ánima le juro, señor Caballero Desamorado, que me parece cuando le miro, según está de flaco y largo, pintiparado un rocinazo viejo de los que echan a morir al prado” (Quijote de Avellaneda, xxxiv).

[8] La prosopografía grotesca de Bárbara se reitera, esta vez en boca de Sancho, en un más que mediano parlamento dado en el capítulo xxxii del Avellaneda: “Pardiez, señoras, que pueden sus mercedes ser lo que mandaren; pero en Dios y en mi conciencia les juro que las excede a todas en mil cosas la reina Segovia. Porque, primeramente, tiene los cabellos blancos como un copo de nieve y sus mercedes los tienen tan prietos como el escudero negro mi contrario. Pues en la cara, ¡no se las deja atrás! Juro non de Dios que la tiene más grande que una rodela, más llena de arrugas que gregüescos de soldado y más colorada que sangre de vaca; salvo que tiene medio jeme mayor la boca que vuesas mercedes y más desembarazada, pues no tiene dentro della tantos huesos ni tropiezos para lo que pusiere en sus escondrijos; y puede ser conocida dentro de Babilonia, por la línea equinoccial que tiene en ella. Las manos tiene anchas, cortas y llenas de barrugas; las tetas largas, como calabazas tiernas de verano. Pero, para qué me canso en pintar su hermosura, pues basta decir della que tiene más en un pie que todas vuesas mercedes juntas en cuantos tienen? Y parece, en fin, a mi señor don Quijote pintipintada, y aun dice della, él, que es más hermosa que la estrella de Venus al tiempo que el sol se pone; si bien a mí no me parece tanto” (Quijote de Avellaneda, xxxii).

[9] “A fe, señor Sancho, que va vuesa merced medrando bravamente. No me desagrada que al cabo de sus días dé en rufián; por mi vida, que no es mala la moza. Rolliza la ha escogido; señal de buen gusto. Pero guárdela de los gavilanes desta corte, y vuesa merced vaya sobre el aviso, no le coja algún alcalde de corte con el hurto en las manos; que a fe que no le faltarán docientos y galeras; que liberalísimamente se dan esas prebendas en la corte” (Quijote de Avellaneda, xxxi).




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «El personaje literario: don quijote como prototipo», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.7.2), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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