II, 5.7.1 - La dialéctica entre Quijotes: Avellaneda versus Cervantes



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Crítica de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







La dialéctica entre Quijotes: Avellaneda versus Cervantes

Referencia II, 5.7.1




Doré, Don Quijote y Sancho
La interpretación dialéctica entre ambos Quijotes ha de enmarcarse en un estudio endogámico de Literatura Comparada. Voy a explicar qué significa esto.

La Literatura Comparada es el estudio comparado de los materiales literarios, es decir, la interpretación de autores, obras, lectores y transductores, a partir de la relación como figura gnoseológica que hace posible su análisis intertextual, cuya naturaleza será analógica, paralela o dialéctica, según los términos relacionados o comparados mantengan entre sí relaciones de semejanza, proximidad o contradicción. Esta es la idea de Literatura Comparada que he desarrollado en trabajos anteriores, y que cabe exponer en el siguiente cuadro, en el que se objetivan los Modi sciendi comparationis litterariae o Modos científicos de la comparación literaria (Maestro, 2008).



Modelo científico de la comparación literaria[1]

Modelo
Autor
Obra
Lectores
Transductores

Autor
Isología
Atributivo
metro
Heterología
Atributivo
prototipo
Heterología
Distributivo
canon
Heterología
Distributivo
canon

Obra
Heterología
Atributivo
prototipo
Isología
Atributivo
metro
Heterología
Distributivo
canon
Heterología
Distributivo
canon

Lector
Heterología
Atributivo
prototipo
Heterología
Atributivo
prototipo
Isología
Distributivo
paradigma
Heterología
Distributivo
canon

Transductor
Heterología
Atributivo
prototipo
Heterología
Atributivo
prototipo
Heterología
Distributivo
canon
Isología
Distributivo
paradigma



El caso que aquí nos ocupa corresponde al metro que se origina al establecer una relación comparativa entre dos obras, el Quijote de Cervantes y el Quijote de Avellaneda. Esta relación es isológica, ya que se establece entre dos términos de la misma naturaleza, esto es, obra = obra (que no entre términos de naturaleza diferente, obra / autor, lector / autor, lector / transductor, etc.). La relación, además de isológica, es aquí atributiva (y no distributiva), porque cada obra posee funciones propias, esenciales y específicas, en su género y en su especie, que se manifiestan en este proceso comparativo concreto y no en otros.

La relación gnoseológica o interpretativa que puede establecerse entre el Quijote de Cervantes y el Quijote de Avellaneda es una relación determinada atributivamente por la endogamia y por la dialéctica.

Se habla de endogamia en Literatura Comparada cuando la comparación se establece entre materiales literarios que pertenecen a una misma familia o phylum (una misma literatura, una misma época, una misma “cultura”, etc.), es decir, cuando el comparatista se sitúa en un espacio gnoseológico en el que los términos del campo de investigación están determinados por relaciones de sincretismo o identidad. Es el caso, por ejemplo, de un estudio de comparatismo literario entre obras de una misma literatura (términos pertenecientes a una misma clase), como Lazarillo de Tormes y La familia de Pascual Duarte. La endogamia viene dada por pertenecer a una clase común, pues ambas obras se inscriben en la clase de Literatura Española, aunque una sea aurisecular y anónima y la otra posguerracivilista y de autor bien conocido. 

Del mismo modo, difícilmente puede considerarse como un estudio propio de Literatura Comparada sensu stricto la relación crítica que un intérprete establezca entre la primera y la segunda parte del Quijote, o incluso la implicación en este contexto determinante del Quijote de Avellaneda, pues, en el primer caso, ambas obras sufren las consecuencias de un sincretismo dado en la identidad autorial (Cervantes) y, en el segundo caso, la terna se inscribe en una dialéctica que, más que comparatista, resulta absorbida en una figura filosófica tridimensional: tesis (Quijote I de Cervantes, 1605), antítesis (Quijote apócrifo de Avellaneda, 1614) y síntesis (Quijote II de Cervantes, 1615) (Maestro, 1994a).

Por esta razón considero que la relación que determina atributivamente el estudio comparado de ambas obras es la dialéctica. Antonio Márquez (1980) ha sido uno de los primeros investigadores en ocuparse de interpretar dialécticamente ambas novelas, enfrentadas no solo desde el punto de vista personal de sus autores, sino también desde el racionalismo de criterios antropológicos, teológicos y ontológicos. La tesis de Antonio Márquez se basa en la idea de que Alonso Fernández de Avellaneda es el pseudónimo bajo el cual se oculta un grupo de personas afines a Lope de Vega y a la Inquisición. No hay pruebas positivas de ello, si bien las consecuencias de tal interpretación parecen coherentes con la premisa. La hipótesis de Márquez busca, con todo, el apoyo de ciertos hechos, entre los que se aducen las lecturas devotas del don Quijote apócrifo, particularmente la Guía de pecadores (1556), de fray Luis de Granada —obra que la Inquisición daba a leer a sus reos de condición culta o intelectual—, así como el hecho de que la propia Inquisición permitiera sin objeciones de ningún tipo la publicación y circulación pseudónima de un libro, de cuyo supuesto autor, Alonso Fernández de Avellaneda, no se sabe nada.

Como casi es comedia toda la historia de don Quijote de la Mancha, no puede ni debe ir sin prólogo; y así, sale al principio desta segunda parte de sus hazañas este, menos cacareado y agresor de sus letores que el que a su primera parte puso Miguel de Cervantes Saavedra, y más humilde que el que segundó en sus Novelas, más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas. No le parecerán a él lo son las razones desta historia, que se prosigue con la autoridad que él la comenzó y con la copia de fieles relaciones que a su mano llegaron; y digo mano, pues confiesa de sí que tiene sola una; y hablando tanto de todos, hemos de decir dél que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos. Pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte, pues no podrá, por lo menos, dejar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos libros de caballerías, tan ordinaria en gente rústica y ociosa; si bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender a mí, y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más estranjeras y la nuestra debe tanto, por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e inumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar (“Prólogo” al Quijote de Avellaneda).

En este contexto de enemistad personal hacia Cervantes, de constatación de que “en los medios diferenciamos”, y de explícita apelación a Lope de Vega como “ministro del Santo Oficio”[2], la propuesta de Antonio Márquez me parece, pese a todo, muy coherente con una realidad de la que, hasta ahora, seguimos sabiendo muy poco[3]. Nos enfrentamos a un material literario cuya interpretación sigue siendo muy deficiente. Si de la vida de Cervantes se ignora mucho, en relación con lo que necesitaríamos saber, de la vida de este supuesto Avellaneda solo conocemos su pseudónimo y —lo que es decisivamente importante— el texto de su novela. En ella se objetiva una relación dialéctica, respecto a la obra cervantina, cuya interpretación contiene las claves más seguras para reconstruir y examinar el sistema de ideas formalizado en el Quijote apócrifo. 

Pensar, interpretar, escribir..., es pensar, interpretar y escribir contra alguien. Avellaneda escribe contra Cervantes y su obra, reemplaza la razón antropológica que rige la fábula del Quijote de 1605 por una razón teológica que sanciona el desenlace social, político y religioso; deroga todo referente idealista y toda crítica dialéctica para subordinar a los personajes a las exigencias realistas y armónicas del orden moral vigente, que termina por dominarlos y normalizarlos, en un manicomio y en una servidumbre bufonesca; revierte y reproduce los contenidos y fábulas cervantinas, de orientación y temática secular y pagana, al contexto religioso, nobiliario y católico, propio de la Contrarreforma; y pretende, sin duda, ante los lectores contemporáneos de Cervantes, canalizar mediáticamente la recepción del Quijote de 1604, interponiéndose e interviniendo en sus posibilidades seculares y críticas de interpretación, con objeto de neutralizarlas o incluso de extinguirlas. No en vano en el prólogo al apócrifo, Avellaneda escribe lo siguiente (cursiva mía):

En algo diferencia esta parte de la primera suya, porque tengo opuesto humor también al suyo; y en materia de opiniones en cosas de historia, y tan auténtica como esta, cada cual puede echar por donde le pareciere; y más dando para ello tan dilatado campo la cáfila de los papeles que para componerla he leído, que son tantos como los que he dejado de leer (“Prólogo” al Quijote de Avellaneda).

Es indiscutible que el “sentido del humor” de Avellaneda es muy diferente del de Cervantes. También es manifiesta su dialéctica en lo que se refiere a la materia de la historia. Por último, queda claro que el autor apócrifo se ha formado e informado bien documentalmente para escribir esta obra, como si fuera de encargo, bien por convicciones personales, bien por exigencias gremiales o “familiares”. De este modo, el autor, o los autores, del falso Quijote, llevan a cabo una triple operación de intervención en los materiales literarios de la novela cervantina, en la que podemos distinguir tres órdenes principales, que afectan, respectivamente, a las partes determinantes, integrantes y constituyentes del Quijote de 1605. 

Esta operación está destinada a provocar una interpretación de la obra cervantina muy diferente de la prevista por su autor, es decir, está orientada a generar una transducción aberrante del primer Quijote. Así, en primer lugar, Avellaneda lleva a cabo la supresión y adulteración de partes intensionales o esenciales del Quijote cervantino, como es el caso del repudio y derogación de Dulcinea por “el caballero Desamorado”, al comienzo mismo del relato, y la degradación y el simplismo de la pareja protagonista, don Quijote y Sancho, que se sostiene de forma constante y progresiva hasta el final de la novela. En segundo lugar, el artífice del apócrifo ejecuta la reproducción o reversión religiosa de partes integrantes o extensionales, como es la introducción de relatos intercalados de contenido católico y desenlace moralizante, frente a los episodios secularizantes, paganos, e incluso suicidas, que había introducido Cervantes en su primera parte del Quijote

Asimismo, las secuencias y funciones narrativas que integran como protagonistas a figuras del clero y de la nobleza resultan cuidadosamente dignificadas, y se disponen siempre orientadas hacia la consecución de un supuesto bien común en el seno de la sociedad política que es el Estado y de la sociedad gentilicia que es la Iglesia, en armónica y racional connivencia. En tercer lugar, Avellaneda procede mediante la adición y acumulación constante y creciente de partes distintivas y constituyentes, que imponen una interpretación degradante de los prototipos protagonistas —don Quijote y Sancho—, y por supuesto radicalmente diferente, es decir, dialéctica y paródica, de la dispuesta y prevista por Cervantes en su novela. El don Quijote apócrifo acaba encerrado ignominiosa y justamente, según el orden moral entonces vigente, en una casa de locos, y Sancho, desnaturalizado y embrutecido, sirve vulgarmente a un noble no menos común y ordinario en sus ordinarieces[4].

No por casualidad Dulcinea es el primer personaje que suprime Avellaneda. Dulcinea no es simplemente un personaje cualquiera. Dulcinea un es personaje esencial, determinante o intensional, del Quijote de 1605, es decir, es un prototipo, una parte medular de la cual la obra cervantina no puede prescindir sin eclipsarse. Avellaneda suprime esta figura determinante. Y no de cualquier manera, sino atribuyendo al don Quijote apócrifo la iniciativa y la justificación de tal supresión, bajo el signo del aborrecimiento, cual si de un auténtico repudio se tratara.

Pues Dulcinea se me ha mostrado tan inhumana y cruel, y, lo que peor es, desagradecida a mis servicios, sorda a mis ruegos, incrédula a mis palabras y, finalmente, contraria a mis deseos, quiero probar, a imitación del Caballero del Febo, que dejó a Claridana, y otros muchos que buscaron nuevo amor, y ver si en otra hallo mejor fe y mayor correspondencia a mis fervorosos intentos (Quijote de Avellaneda, II)[5].

De este modo, el Quijote apócrifo se abre camino a través de la derogación y la adulteración de partes esenciales del Quijote cervantino. Dulcinea se presenta en su referente real y grosero, la Aldonza que recibe y responde grotescamente las cartas de Martín Quijada, exhibidas a la hilarante ociosidad del visitante Álvaro Tarfe. Nada hay de ideal en esta figura, hasta ahora inmaculada y mítica, indisociable de la naturaleza genuina y única de don Quijote. En esa insolubilidad habían insistido sin pausa autor y personaje, sobre todo en la segunda parte de la novela cervantina:

Porque quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira y el sol con que se alumbra y el sustento con que se mantiene. Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause (Quijote de Cervantes, II, 32).

De hecho, el detonante que provoca el nexo entre don Quijote y el personaje de importación cervantina, Álvaro Tarfe, es precisamente la falaz proclamación del desamor del caballero por su mítica dama:

—¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda?
—Con todo eso —dijo el don Juan—, será bien leerla, pues no hay libro tan malo, que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en este más desplace es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.
Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho alzó la voz y dijo:
—Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es la firmeza, y su profesión, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna (Quijote de Cervantes, II, 59).

El amor cortés, el fino amor, el amor como impulso en la literatura caballeresca, nos confirma que quien ama vale más que quien no ama, y que el caballero, o es caballero enamorado, o no es caballero decoroso. Avellaneda suplanta la pureza y el idealismo de Dulcinea por la bajeza de una furcia degradante, Bárbara, que acompaña a don Quijote y Sancho prácticamente hasta el final de la novela apócrifa. La relación entre Dulcinea y Bárbara es de una dialéctica determinante y absoluta.

A su vez, el ejemplo por excelencia de la bondad ejercida en el Quijote de Avellaneda por un eclesiástico lo constituye la figura de mosén Valentín, el clérigo que, a la ida y a la vuelta de Zaragoza, acoge a la pajera protagonista con intención de sanarles de sus locuras y disparates, y de tornarlos cuerdamente a su aldea. En su pretendido concierto con el soldado y el ermitaño para conseguir este propósito, el narrador del Avellaneda enuncia la idea fundamental de cordura que se sostiene en la novela apócrifa (cursiva mía):

Con todo, quedaron de común acuerdo [el cura, el soldado y el ermitaño] de procurar probar con todas sus fuerzas, por la mañana, si le podrían reducir a que dejase aquella vanidad y locura en que andaba, persuadiéndole con razones eficaces y cristianas lo que le convenía y dejarse de caminos y aventuras y volverse a su tierra y casa, sin querer morir como bestia en algún barranco, valle o campo, descalabrado o aporreado (Quijote de Avellaneda, xiv).

Adviértase que las razones que mueven a actuar a estos personas son “eficaces Y cristianas”. No son, pues, unas razones cualesquiera. Son, como veremos más adelante, razones tridentinas.

Finalmente, los ejemplos de la degradación de Sancho no son menos duros que los que recibe don Quijote, de quien me ocuparé de forma específica en el apartado siguiente. Avellaneda arremete así contra Sancho, glotón, soez, sucio:

Y, apartándose a un lado, se comió las cuatro con tanta prisa y gusto, como dieron señales dello las barbas, que quedaron no poco enjalbegadas del manjar blanco; las otras dos que dél le quedaban se las metió en el seno con intención de guardarlas para la mañana (Quijote de Avellaneda, xii).

Cervantes responderá puntualmente a esta injuriosa degradación, por boca de los propios personajes, en la segunda parte, en la venta, ante los caballeros don Juan y don Jerónimo.

—Pues a fe —dijo el caballero— que no os trata este autor moderno con la limpieza que en vuestra persona se muestra: píntaos comedor y simple y nonada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia de vuestro amo se describe (II, 59).

Lo mismo sucederá en el diálogo con Antonio Moreno. Don Quijote y Sancho se defienden de las injurias, difamaciones y calumnias como si fueran personas reales. Como se atribuye a Séneca —y esto es algo que ningún calumniador (o calumniadora, que en esto, como en todo, el sexo pinta muy poco o nada) debe olvidar, pues del futuro nada está excluido—: “Quien puede soportar con firmeza injurias, difamaciones y calumnias, puede también vengarlas con igual o mayor firmeza”. Con todo, no será la venganza la respuesta cervantina, sino la de perseverar en el cumplimiento de sus deberes y compromisos y, sobre todo, guardar silencio. Es la mejor respuesta a la calumnia (no incompatible, dicho sea de paso, con la vendetta).

—Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas, que si os sobran las guardáis en el seno para el otro día.
—No, señor, no es así —respondió Sancho—, porque tengo más de limpio que de goloso, y mi señor don Quijote, que está delante, sabe bien que con un puño de bellotas o de nueces nos solemos pasar entrambos ocho días. Verdad es que si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla, quiero decir que como lo que me dan y uso de los tiempos como los hallo; y quienquiera que hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio, téngase por dicho que no acierta, y de otra manera dijera esto si no mirara a las barbas honradas que están a la mesa (Quijote de Cervantes, II, 62).






Notas

[1] Para una explicación detenida y ampliada de este modelo, en el que se objetivan los modos o procedimientos científicos de interpretación comparada de los materiales literarios, vid. el vol. 6 de la Crítica de la razón literaria, titulado Idea, concepto y método de la Literatura Comparada (Maestro, 2008).

[2] Como se sabe, Lope de Vega se ordena sacerdote en mayo de 1614, fecha en que sin lugar a dudas el Quijote de Avellaneda está ya imprimiéndose. Con todo, Lope era “familiar del Santo Oficio de la Inquisición” desde 1608, es decir, era alguien que trabajaba, desde la vida civil y secular, a cambio de privilegios sociales, políticos y económicos, para este tribunal. Se han señalado diferentes competencias “laborales” para los familiares del Santo Oficio, entre ellas las de controlar, espiar y delatar a sus conciudadanos. Acaso no por casualidad, en el capítulo XI del Quijote de Avellaneda, este autor apócrifo cita un “famoso epigrama del excelente poeta Lope de Vega Carpio”, al que apostrofa inmediatamente como “familiar del Santo Oficio”. Los versos que se citan corresponden a la octava real latina que, con acentuación y rima de métrica romance, publica Lope de Vega en el canto XX de La hermosura de Angélica (1602), en honor a Felipe III. Avellaneda la reproduce en su Quijote (cap. XI), con sendos cambios en los versos primero y cuarto para acomodarla a Felipe II.

[3] Avellaneda aún ofrece una tercera alusión, tan elogiosa como las anteriores, a Lope de Vega, con motivo de los ensayos que una compañía de comediantes hace de “la grave comedia del Testimonio vengado, del insigne Lope de Vega Carpio” (xxvii), en medio de los cuales ensayos don Quijote arremete contra los actores al considerar, al igual que ante las figuras del retablo de maese Pedro, que lo que se representa como ficción sucede real y efectivamente.

[4] La ridiculización de Sancho al final de la novela apócrifa es sobresaliente. Al servicio de un noble cuyo verdadero nombre no se revela jamás, reemplazado por uno común que funciona como propio —Archipámpano—, tomado lúdicamente de la literatura caballeresca, acaba sus días, junto con su mujer, como bufón de pequeña corte urbana: “Archipámpano, para mayor recreación, hizo hacer un gracioso vestido a Sancho, con unas calzas atacadas, que él llamaba zaragüelles de las Indias, con que parecía estremadamente de bien, y más, puesto con espada al lado y caperuza nueva; siendo menester, para persuadirle se la ciñiese, decirle le armaban caballero andante una tarde, por la vitoria que había alcanzado del escudero negro, dándole el orden de caballería con mucho regocijo y fiesta” (Quijote de Avellaneda, xxxiv).

[5] Para las citas del Quijote de Avellaneda, sigo la edición de Florencio Sevilla, publicada digitalmente en Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001: http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=4948 (20 enero 2009).





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La dialéctica entre Quijotes: Avellaneda versus Cervantes», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.7.1), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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