II, 5.6.8 - Hacia la disolución de la locura en el Quijote de 1615



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







Hacia la disolución de la locura en el Quijote de 1615

Referencia II, 5.6.8




Doré, muerte de don Quijote
En la segunda parte, sin embargo, el comportamiento de don Quijote es mucho más racional respecto al mundo físico (M1). Él ve lo que hay, y en todo caso son los demás quienes, jugando al estilo del don Quijote de la primera parte, ven lo que no hay (Dulcineas encantadas, monos adivinos, castillos ducales llenos de fantasmas y figuras demoníacas junto con caballos voladores, cabezas parlantes, caballeros como el de la Blanca Luna, etc.), con alguna excepción, como los títeres de maese Pedro, que acaso Alonso Quijano derriba por medio de don Quijote a modo de ajuste de cuentas particular con Ginesillo de Pasamonte. Lo cierto es que en la segunda parte de la novela el teatro le viene dado a don Quijote por cuantos quieren integrarse en el juego iniciado por el caballero andante. Todos quieren jugar con don Quijote. La apoteosis de este juego se alcanza en el castillo ducal:

Y todos o los más derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote y sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquel fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos (II, 31).

La cursiva es decisiva: “y aquel fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no fantástico”. Luego, ¿antes no lo creía? El narrador otorga aquí al lector una razón fundamental para afirmar que no. Porque si don Quijote no creía ser caballero andante no era por loco, pues por loco sí creía y afirmaba serlo, sino por cínico, pues por fingidor sabía que no lo era, aunque lo afirmase. La locura de don Quijote es, sin duda, un invención de la cordura de Alonso Quijano, y un artificio del autor, Cervantes, consumado a través de la instauración de un personaje que, evadiéndose de las normas desde el pretexto de la locura, le permite asolar críticamente el Mundo Interpretado (Mi) en el Quijote.

La relación de don Quijote y Sancho con los duques hará que el juego continúe, e incluso de forma muy sofisticada, pero a costa de eclipsar el control que el ingenioso hidalgo, desde el racionalismo de su locura, ejercía sobre cuantos hasta entonces le rodeaban. Los duques quieren jugar, pero muy a su manera. Las normas del juego cambian ahora sensiblemente, porque quien las impone, la casa ducal, dispone de más libertad que el resto de los jugadores, don Quijote y Sancho. El caso de Sancho resultará especialmente dramático, porque no tendrá ninguna libertad desde la que pueda imponerse. Todo el mundo, especialmente por culpa del narrador, quien cínicamente lo califica de torpe y tonto en múltiples ocasiones, tiene muy fácil considerar a Sancho como tal, simple, ignorante, burdo, egoísta, ambicioso, etc. No son ciertas tales calificaciones, por más que muchas de ellas provengan del propio narrador[1]

Sancho cuida de su amo y sufre con él, y no por dinero[2]; deja la ínsula por propia voluntad, sin ambición ni riqueza alguna; renuncia a compartir el tesoro de Ricote, por temor a la Justicia y respeto a la Ley. Muy al contrario de lo que con tanta frecuencia se ha pretendido, insisto que sobre todo por el propio narrador, Sancho no es ningún tonto. Sancho, simplemente, no tiene libertad —ni genitiva, ni dativa, ni ablativa (Maestro, 2007)— para permitirse lo que hacen los demás, ni tampoco para evitar ni para contrarrestar lo que los demás quieren hacer de él, con él y contra él, desde el manteo de la venta hasta los azotes para desencantar a Dulcinea, pasando por los alfilerazos que exige la resurrección de Altisidora o toda la serie de burlas de la ínsula Barataria. 

Don Quijote se afora en la locura para librarse de las consecuencias de la libertad ablativa o estatal. Pero Sancho no puede acogerse a ese fuero. El Estado aurisecular no protege a los villanos del mismo modo que a los nobles. Además, para hacerse el loco, hay que saber. Sancho no dispone de formación intelectual alguna. No sabe leer, ni escribir, ni firmar. Tampoco es un sofista al que mueva una astucia innata, o una picaresca maliciosa. Sancho es un villano, pertenece al combustible de la comedia, y le están vetadas desde la dignidad del sufrimiento —nunca podría ser un personaje de tragedia— hasta las cualidad de la inteligencia y la sabiduría—. Los villanos no tienen inteligencia, sino astucia, determinada por la necesidad, que acaba conduciéndoles al código de la picaresca, y en ellos está proscrita la sabiduría, que en el mejor de los casos se ve subrogada, en la vejez última, por el sucedáneo de la experiencia, es decir, el nombre que damos a nuestras equivocaciones a medida que vamos envejeciendo. Sancho no puede tomarse ninguna libertad. No dispone de recursos, ni como noble, ni como pícaro. Es un labrador pobre, honrado y trabajador. Será siempre un invitado en un juego de locuras ajenas. Don Quijote reconocerá esta verdad en su lecho de muerte, al pedir perdón a Sancho por haberle arrastrado tras de sí en sus locuras caballerescas. Don Quijote pierde la locura curiosamente justo cuando ya no la necesita, en su lecho de muerte, pero consta que nunca ha perdido la razón, y que jamás pierde la memoria.

Durante el juego con los duques, don Quijote instruye y amonesta a Sancho muy cuidadosamente, revelando ante el lector más de lo que el narrador hubiera querido que este último supiera. ¿Qué tiene que ocultar don Quijote para advertir a Sancho en estos términos?

—¿No adviertes, angustiado de ti, y malaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano o un mentecato gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos o algún caballero de mohatra? […]
Sancho le prometió con muchas veras […] que descuidase acerca de lo tal, que nunca por él se descubriría quién ellos eran (II, 31).

Pero, ¿quiénes son ellos? No son impostores, ni rufianes, ni timadores, ni delincuentes (aunque están más cerca de esto último que de todo lo demás). Son, simplemente, personajes que representan un papel[3], y que juegan a ser lo que en realidad no son. Y don Quijote lo sabe. Quien no lo tiene tan claro es Sancho. Y por eso don Quijote ha de advertírselo, para que por Sancho no se descubra “quién ellos eran”[4]. Es decir, el juego exige cuidar las apariencias, porque, en este caso, la realidad es la apariencia. Y adviértase que ésta es una idea sofista por excelencia. La contraria es la idea platónica, según la cual la apariencia es la falsificación de la realidad. 

Pero con anterioridad a su encuentro y convivencia con los duques, don Quijote ha dado ya muestras de un racionalismo inusitado respecto a la primera parte de la novela. No confunde las ventas con castillos, algo que sorprende al propio Sancho[5]. Tampoco había calificado antes la casa de don Diego de Miranda ni como alcázar ni como fortaleza, como sí parece sugerirlo el narrador, cínicamente, con un lenguaje propio, que sólo a él compete, cuando afirma al final del episodio: “Reiteráronse los ofrecimientos y comedimientos, y con la buena licencia de la señora del castillo, don Quijote y Sancho, sobre rocinante y el rucio, se partieron” (II, 18). 

Por si esto fuera poco, la relación de don Quijote con el bobalicón del primo que les sirve de guía hasta la cueva de Montesinos refleja con claridad hasta qué punto el ingenioso hidalgo lo subestima respetuosa y cuidadosamente. Este primo, que carece de nombre propio, y resulta apelado por el narrador mediante un nombre común —primo— que funciona como propio, dedica su vida de Humanista a estudiar cosas absolutamente inútiles y absurdas. Parodia del intelectual, y del pseudoconocimiento más estéril, a las claras don Quijote le dice “que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria” (II, 22). Y por si esto fuera poco, cuando el primo habla de publicar en libros los resultados de sus proyectos de investigación, don Quijote apostilla directamente sus dudas explícitas: “pero querría yo saber, ya que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus libros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos” (II, 24, cursiva mía). En un contexto de esta naturaleza, el racionalismo de don Quijote es palmario. Y desde este sofisticado racionalismo, y con intención de burlarse de la parvedad mental del primo, y del juego encantador que Sancho propició sobre Dulcinea —cuyas consecuencias van a recaer sobre las posaderas del escudero—, don Quijote se inventa su fantástica estancia en el interior de la cueva de Montesinos. 

Asimismo, tampoco le parecerá ni racional ni adecuado que un mono, como el de maese Pedro, pase por adivino, atribuyéndolo, conforme a la razón teológica de su tiempo, a experiencia más diabólica que lógica[6]. De hecho, don Quijote pronuncia en este contexto un discurso en el que defiende explícitamente la verdad decisiva de la ciencia frente a cualesquiera supercherías procedentes de la ignorancia, la retórica y la sofística, y de todo aquello que, sin serlo, aparenta forma de conocimiento, “echando a perder con sus mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la ciencia” (II, 25). Y ha de advertirse que el racionalismo de don Quijote está muy por encima de las consecuencias de la “declaración” del mono adivino, a la que el ingenioso hidalgo no da ningún crédito. La experiencia del mono no causa en don Quijote ni el más mínimo impacto. De hecho, quien tiene interés en inquirir la respuesta simiesca de maese Pedro acerca de lo acontecido en la cueva de Montesinos es Sancho, no don Quijote. Entre otras cosas, porque don Quijote sabe que semejante relato sólo ha sido invención suya.

—Los sucesos lo dirán, Sancho —respondió don Quijote—, que el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no la saque a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra. Y por ahora baste esto, y vámonos a ver el retablo del buen maese Pedro, que para mí tengo que debe de tener alguna novedad (II, 25).

Como de costumbre, el narrador interviene a posteriori para disipar toda duda y desmitificar por completo cualquier interpretación sobrenatural de los hechos. Maese Pedro es Ginés de Pasamonte, y la peripecia de su mono un trampantojo destinado a la subsistencia del amo del simio. Don Quijote ha pronunciado una apología de la razón científica frente a la superchería y la ignorancia. Además, ha destruido el retablo de las figuras de Pasamonte. Y deliberadamente decide pagarlas. Es uno de los momentos de mayor liberalidad de don Quijote. Y de mayor desprecio hacia su “víctima”. Muestra así su supremacía, generosidad y desdén, y del mismo modo se asegura el control de la situación. El juego, por sí sólo, no se sostiene. Es necesario subvencionarlo. Hay que pagar a los demás el coste de algunas consecuencias[7]. Sancho no tardará en pedir su salario, esta vez con cierto éxito (II, 28). Por momentos, el racionalismo de la locura de don Quijote parece crecer irreversiblemente.

Sin embargo, el Quijote de 1615 contiene una aventura que pone a prueba el sentido lúdico de la locura de don Quijote, a la vez que extrema la idea de locura como un uso patológico de la razón. Me refiero al encuentro con el león. Este episodio tiene lugar en un contexto determinado por la compañía dialéctica de don Diego de Miranda, el caballero del Verde Gabán (Maestro, 1996). Don Quijote parece actuar aquí con el fin de devaluar, e incluso despreciar, el valor y modelo de vida del rico y aposentado hidalgo manchego. Las crudas palabras de don Quijote a don Diego ostentan el tono de un reproche despreciativo: “Váyase vuesa merced, señor hidalgo —respondió don Quijote—, a entender con su perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio” (II, 17). De cualquier modo, la locura de don Quijote alcanza en esta secuencia su punto más inaudito. El lector acaso puede acogerse a las palabras que pronuncia su escudero: “No es loco —respondió Sancho—, sino atrevido” (II, 17). Aceptemos que valentía es el nombre que adquiere la temeridad cuando el temerario sobrevive al peligro al que ha decidido enfrentarse o exponerse. Es lo que el narrador dispone en esta ocasión, con don Quijote ante el león y la jaula ya abierta.

Hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Solo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.
Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera (II, 17).

Lo cierto es que la inquietud de la escena se resuelve en una situación cómica extremada, no sólo por el efecto paródico de la conducta del león frente al intertexto esperable en los libros de caballerías, sino porque don Quijote exige al leonero que dé de palos a la fiera para que así haya motivo de pelea. Podríamos preguntarnos por qué necesita don Quijote del leonero para apalear a la bestia, y no lo hace él mismo. Lo cierto es que finalmente el ingenioso hidalgo salda con dos escudos de oro el pago de la aventura, como si con ello hubiera subvencionado la posibilidad de exhibir su valor ante los circunstantes, especialmente frente a don Diego de Miranda. Por otro lado, si nos atenemos a la certera nota que figura en la edición de Rico (Quijote, II, 17: 767, n. 42), cabe suponer que don Quijote no fue insensible al animal ni inconsciente ante la realidad: “Como en un torneo, el caballero sujeta a su lanza la insignia del vencido; el lienzo, con el que se ha limpiado el rostro, marca al enemigo verdadero: la angustia”. Si esto es cierto, don Quijote ha conservado, en su acto de locura, el racionalismo que impulsa su juego, jugando en esta ocasión con el valor más preciado, su propia vida.

Tras el encuentro con el león, y de camino a casa de don Diego, don Quijote se adelanta a los pensamientos de su interlocutor, haciendo de nuevo de la locura una idea fundamental sobre la que razonar. Sorprende una vez más en don Quijote esta extraordinaria capacidad racionalista para objetivar, de forma distanciada y rigurosa, la idea de locura que puede imputársele. Y adviértase que donde don Quijote dice Diego podría decir Lector.

¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido (II, 17).

Don Diego de Miranda permanece, desconcertado, en una suerte de escepticismo del que, bien mirado, no tiene ningún interés en explicarse, “pareciéndole que [don Quijote] era un cuerpo loco y un loco que tiraba a cuerdo” (I, 17). Y así, apenas presta mucha más atención al resto de discursos que profiere don Quijote, delegando en su propio hijo cualquier nueva opinión al respecto. 

Finalmente, cabe advertir que la locura de don Quijote pierde valor y fuerza al quedar derrotado el personaje en Barcelona. Pierde, sobre todo, la locura, sentido[8]. Con todo, antes de prever su propia muerte, don Quijote pretende transformarse de nuevo en su locura, y pasar de ser caballero andante a ser pastor. Sin embargo, algo así no será posible, porque la muerte del protagonista lo impedirá. Ahora bien, ¿de qué muere don Quijote? Si hemos de atenernos al texto, la causa es psicológica, y el motivo, lo que hoy día llamaríamos una profunda e irreversible depresión: “la melancolía que le causaba el verse vencido”, “no por esto dejaba don Quijote sus tristezas”, etc. El diagnóstico se afirma sin ambages: “Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan” (II, 74). Si ésta es la causa natural de la muerte de Alonso Quijano, resulta inevitable advertir que en este contexto de decaimiento de su ánimo y de anulación de la propia voluntad, la locura ya no tiene ninguna razón para sostenerse. No sorprende, pues, que en tales condiciones el protagonista prescinda de lo que hasta entonces ha sido su principal instrumento de acción, la locura, como uso patológico y lúdico de la razón, que resulta ahora reemplazada por un uso nada patológico y nada lúdico de la misma razón, determinado por la stoa. Alonso Quijano hace al final de su vida un uso estoico de la razón, y asume la muerte desde la consciencia de una necesidad inevitable[9].

Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías (II, 74).

Alonso Quijano no quiere morirse bajo la jurisdicción de la locura, sino dentro del orden político y religioso en el que es decoroso y racional morirse en el Siglo de Oro, y por ello exige confesarse y testar.

Yo me siento, sobrina, a punto de muerte: querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que dejase renombre de loco; que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos, al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento (II, 74).

Si Alonso Quijano actúa conforme a la razón, tendrá que demostrarlo con hechos, porque la verdad está en los hechos, y no en las palabras de los sofistas. Y la verdad de la cordura de Alonso Quijano está en acogerse a la razón teológica, mediante la confesión, y a la razón política, mediante la elaboración de un testamento legal. Don Quijote es para la vida, no para la muerte. Morir en la locura equivaldría a una muerte indecorosa, desacreditada, mítica en todo caso, pero en cierto modo fraudulenta y siempre irracional, sin mérito. Alonso Quijano, y con él Cervantes, no quiere que su herencia sea el juego de una locura, y por eso se acoge a la institución más segura, la Iglesia Católica, jerarquizadora de la vida y democratizadora de la muerte. 

No pidamos a don Quijote, ni a Alonso Quijano, formas ateas de conducta. No es que sea simplemente pedir un imposible, es que sería también exigirle un comportamiento ridículo, por incomprensible, en un contexto con cuya gravedad Cervantes no está dispuesto a jugar en el Quijote: la muerte del protagonista. Ser ateo en la España contrarreformista, como lo era Cervantes de hecho, como lo era Spinoza igualmente en la plenitud del siglo XVII, era y es algo posible sólo en términos de ontoteología, pero no como forma de conducta social y política, simplemente porque algo así sería completamente absurdo y ridículo (Maestro, 2005). No es que hasta el Romanticismo no se pudiera protestar o impugnar la existencia de Dios, es que, simplemente, en términos sociales y políticos, no se comprendería el sentido de una protesta de esa naturaleza antes de la crítica a la metafísica en que se fundamenta la interpretación del mundo anterior a la Ilustración europea. 

Sólo desde la Filosofía, y concretamente desde la ontoteología, es posible negar la existencia de todo dios, como de hecho lo había hecho Aristóteles en la concepción de su “motor perpetuo”, y mucho antes que él Tales de Mileto, al afirmar que “todo está lleno de dioses”. La celebrada, y trivial, aseveración nietzscheana que proclama la muerte de dios en el fragmento 125 de La gaya ciencia no se refiere a la muerte de ningún dios, sino a la muerte de toda razón. Nietzsche no habla de dios, sino de la razón, a la que siempre odió y detestó patológicamente. De este modo el retórico alemán niega al ser humano toda posibilidad de usar la razón, abriendo de este modo las puertas al irracionalismo posmoderno contemporáneo. Por su parte, Alonso Quijano muere como razonablemente tiene que morir, y no como un bufón enajenado o como alguien que juega con la vida irresponsablemente hasta el último trance. El juego en el Quijote terminó ya en el capítulo 73, el último que ha protagonizado don Quijote. El capítulo 74 corresponde de pleno a Alonso Quijano.

Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como este no se ha de burlar el hombre con el alma; y, así, suplico que en tanto que el señor cura me confiesa vayan por el escribano (II, 74).

Alonso Quijano no está de broma, no quiere jugar, y subraya constantemente que la locura terminó. Y el juego también. Finalmente, el cura ha de certificar que, en efecto, así es: “Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento” (II, 74). Y así lo reiterará una vez más el protagonista: “Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno” (II, 74). Ahora bien, ¿por qué Alonso Quijano quiere recuperar ahora la razón? En primer lugar, porque sabe que va a morir, y quiere concluir su vida no jugando, sino recobrando el crédito que siempre se tuvo de él: “Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía” (II, 74). En segundo lugar, porque se siente culpable de haber hecho sufrir con su juego a algunas personas, concretamente a Sancho, a quien pide explícitamente perdón por haberle arrastrado en sus ludopatías: “Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo” (II, 74). Y en tercer lugar, por imperativo cervantino, pues, como he indicado anteriormente, el autor de la novela desea codificar la muerte de su personaje en los términos del racionalismo teológico y político, conforme a la autoridad de la Iglesia y del Estado, objetivados aquí en las figuras del cura y del escribano, y en los hechos probados del sacramento de la confesión y del acto oficial de levantar un testamento. Como consecuencia de todo ello, Cervantes puede de este modo clausurar su novela y preservar así a su personaje de posibles deturpaciones posteriores, como la llevada a cabo por Avellaneda.

Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente «don Quijote de la Mancha», había pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente y hiciese inacabables historias de sus hazañas (II, 74).

Así es como desde la Razón Teológica el cura reconoce la cordura de la Razón Antropológica de Alonso Quijano, quien hará testamento conforme a las normas de la Razón Política. Y sólo un desenlace de este tipo permite a Cervantes clausurar la novela desde los criterios de una Razón Literaria, frente a posibles y ulteriores avellanedas.







Notas

[1] “Sancho […], maguer era tonto, bien se le alcanzaba que las acciones de su amo, todas o las más, eran disparates” (I, 30).

[2] “Miraba Sancho la carrera de su rucio y la caída de su amo, y no sabía a cuál de las dos necesidades acudiría primero; pero, en efecto, como buen escudero y como buen criado, pudo más con él el amor de su señor que el cariño de su jumento” (II, 11). Y más adelante, confesa al escudero del Caballero del Bosque: “y por esta sencillez le quiero [a don Quijote] como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga” (II, 13).

[3] No quiero usar el vulgar anglicismo de “jugar” un papel, aunque reconozco que aquí vendría bien al caso de la idea de locura como juego.

[4] No es la primera vez que don Quijote teme la franqueza de Sancho, que el narrador y otros personajes llaman “simpleza”, o acaso “estulticia”. Así, a la entrada de Sancho en el Quijote de 1615 acompaña la inquietud de su amo por lo que, tocante a su crédito, pueda revelar el escudero: “Grande gusto recebían el cura y el barbero de oír el coloquio de los tres [Sancho ante el ama y la sobrina], pero don Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase algún montón de maliciosas necedades y tocase en puntos que no le estarían bien a su crédito, le llamó, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar” (II, 2).

[5] “Y en esto llegaron a la venta, a tiempo que anochecía, y no sin gusto de Sancho, por ver que su señor la juzgó por verdadera venta, y no por castillo, como solía” (II, 24). Vid. lo indicado en la nota 1 de este capítulo.

[6] “Don Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono, por parecerle no ser a propósito que un mono adivinase, ni las de por venir ni las pasadas cosas, y, así, en tanto que maese Pedro acomodaba el retablo, se retiró don Quijote con Sancho a un rincón de la caballeriza, donde sin ser oídos de nadie le dijo: […] no quiero decir sino que debe de tener hecho algún concierto con el demonio de que infunda esa habilidad en el mono” (II, 25).

[7] El mismo procedimiento se reitera tras el destrozo del “barco encantado”: “en diciendo esto, se concertó con los pescadores y pagó por el barco cincuenta reales, que los dio Sancho de muy mala gana” (II, 29).

[8] “Apeáronse en un mesón, que por tal le reconoció don Quijote, y no por castillo de cava honda, torres, rastrillos y puente levadiza, que después que le vencieron con más juicio en todas las cosas discurría, como agora se dirá” (II, 71).

[9] Alonso Quijano no es el único personaje cervantino que, bien ante la presencia de la muerte, bien tras recuperar un uso no patológico de la razón, hablan desde la stoa. Lo mismo han hecho con anterioridad Carrizales, el celoso extremeño, y Tomás Rueda, el licenciado vidriera (Maestro, 2007). Así, este último, en respuesta a la burla que parecen tributarle los habitantes de la corte, siguiéndole por las calles como a un loco incurable, pronuncia un discurso de despedida en que adopta el tono de la stoa, para justificar de este modo el preámbulo al abandono de las letras y la entrega de su vida al nunca narrado ejercicio de las armas. Por su parte, la muerte de Carrizales, con el reconocimiento de sus errores, su confesión pública, y los contenidos expositivos de una filosofía propia de la stoa, tiene lugar desde un marco estoico, senequista, solemne, incluido un longo parlamento ante su servidumbre y parentela. Es casi el anuncio de su propia muerte: “Morir del propio veneno, y más proclamándolo en público parlamento, es casi un suicidio en forma de muerte natural” (Molho, 2005: 230). Carrizales muere disponiendo de sus bienes de forma generosa, sin rencor ninguno. Pierde la vida cobrando una razón de la que nunca demostró hacer uso con anterioridad. Siempre alimentando sus pasiones y satisfacciones, parece renunciar a todo ante la inminencia de una muerte relativamente voluntaria.






Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Hacia la disolución de la locura en el Quijote de 1615», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.6.8), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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