II, 5.6.7 - Locura, autologismo y dialogismo en el Quijote



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Crítica de la Literatura

Jesús G. Maestro
______________________________________________________________________________________________________________________

Índices







Locura, autologismo y dialogismo en el Quijote

Referencia II, 5.6.7




Doré, don Quijote en la cama
He reiterado con insistencia la concepción de la locura de don Quijote como un autologismo. Y es que don Quijote plantea su locura en los términos de la Razón del Yo. Una razón aparentemente patológica y, en realidad, según la interpretación que aquí se sostiene, lúdica. Don Quijote se basta a sí mismo para justificar, autológicamente, todos sus actos, si bien conforme al código de la caballería andante, que interpreta y organiza a satisfacción de su voluntad. Una de las declaraciones más concluyentes en este punto es la que afirma durante su “encantamiento” en el carro de bueyes, de camino a su aldea, al final de la primera parte: “Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia” (I, 49). Y no deja de ser curioso que, reconociendo el encantamiento, prometa al cura y al canónigo no fugarse, si le dejan salir de la jaula para hacer aguas menores y aún mayores, aun cuando, como encantado que está, “no tiene libertad para hacer de su persona lo que quisiere, porque el que le encantó le puede hacer que no se mueva de un lugar en tres siglos, y si hubiere huido, le hará volver en volandas” (I, 49).

A medida que se desarrolla la acción novelesca, la locura de don Quijote amplia su radio de acción. De ser un autologismo concebido por el ingenioso hidalgo pasa a ser un dialogismo en el que participan cuantos le conocen y pretenden divertirse a su costa. Sucede incluso que a lo largo de la segunda parte don Quijote deja de ser la fuente primigenia del juego de la locura, de modo que otros participantes le llevan la iniciativa, y dominan sus movimientos y motivaciones, como ocurre con los duques, o incluso le ganan literalmente la partida, como sucede con el bachiller Sansón Carrasco. Esta situación ya se da de hecho al final de la primera parte, cuando don Quijote torna a su aldea enjaulado, y se refleja muy puntualmente en la gresca con el cabrero que relata la historia de Leandra, pelea propiciada por quienes no participan ella, para divertimiento de personajes de quienes cabría esperar un comportamiento menos degradado a la hora de disfrutar mediante la burla a costa ajena:

Mas el barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote, sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobre caballero llovía tanta sangre como del suyo. Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba, porque no se podía desasir de un criado del canónigo, que le estorbaba que a su amo no ayudase (I, 52).

Sin embargo, la locura de don Quijote no se sostiene por sí misma, aisladamente. La locura, como autologismo, no subsiste sin espectadores. Don Quijote necesita de los demás para ser un “loco”. Su autologismo requiere auditorio, es decir, dialogismo. De hecho, cuando don Quijote se queda solo en la mansión de los duques, porque Sancho Panza ha sido conducido a la ínsula Barataria, el ingenioso hidalgo ve decaer su ánimo, en una escena subrayada íntimamente por la pérdida de los puntos de su media, con todo lo que eso suponía para un hidalgo pobre. Pero sobre todo el lector comprueba cómo don Quijote pierde especialmente el sentido del humor y temporalmente el ansia de juego.

En primer lugar, ha de advertirse que quien siente aquí la pérdida de los puntos de la media no es don Quijote, sino Alonso Quijano. Esta pérdida material subraya la soledad en que ahora se encuentra el protagonista. El narrador, por mano del autor ficticio Cide Hamente, introduce una terrible digresión sobre la pobreza y la honra de los hidalgos, quienes a duras penas sobreviven en una dignidad miserable. Don Quijote, solo, sin Sancho, no piensa ni actúa ahora como caballero andante. Con los puntos de su media no valen encantos ni encantadores. Es la realidad en su más cruda expresión. En estos momentos don Quijote no tiene con quien jugar, ni a qué: “Finalmente, él se recostó pensativo y pesaroso, así de la falta que Sancho le hacía como de la inreparable desgracia de sus medias” (II, 44). No hay juego. Está solo. No hay público. La situación no durará mucho, porque Altisidora sí quiere reanudar la partida.

Y así, en segundo lugar, la presencia teatral y farsesca de Altisidora, la doncella “enamorada” de don Quijote, vendrá a rehabilitar la proyección lúdica de la locura del hidalgo, y a restaurar en su dimensión dialógica lo que durante un largo rato había sido una reclusión autológica. Pero inicialmente don Quijote no se encuentra con ánimo, escucha con atención el romance de la moza, pero cierra con violencia su ventana, malhumorado e incómodo: “Y con esto cerró de golpe la ventana y, despechado y pesaroso como si le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostó en su lecho” (II, 44). La actitud de don Quijote es desabrida. Ha perdido momentáneamente el sentido del humor y del juego.

Sin embargo, muy pronto va a recuperarlo, y precisamente a través de la situación provocada por la fingida Altisidora, pues don Quijote, o acaso sería mejor decir Alonso Quijano, se quedó “envuelto en los pensamientos que le habían causado la música de la enamorada doncella Altisidora” (II, 46). Si nos atenemos a los hechos narrados, el romance de la moza ha hecho olvidar a don Quijote la pesadumbre de sus medias deshilvanadas y la soledad por la ausencia de Sancho. Nuestro ingenioso hidalgo se levanta con inusitado optimismo, adquiere la apostura de un dandy, y, con explícita presunción, se adereza como si dispusiera de afectación juvenil y seductora.

Pero como es ligero el tiempo y no hay barranco que le detenga, corrió caballero en las horas, y con mucha presteza llegó la de la mañana, lo cual visto por don Quijote, dejó las blandas plumas y nonada perezoso se vistió su acamuzado vestido y se calzó sus botas de camino, por encubrir la desgracia de sus medias; arrojóse encima su mantón de escarlata y púsose en la cabeza una montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata; colgó el tahelí de sus hombros con su buena y tajadora espada, asió un gran rosario que consigo contino traía, y con gran prosopopeya y contoneo salió a la antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como esperándole (II, 46, cursiva mía).

Llaman aquí la atención varias cuestiones. Por una parte, don Quijote adopta la pose de un dandy o playboy, que se comporta con afectación, y que pasa por delante de Altisidora dándose cierta importancia, bajo la consciencia de ser caballero amorosamente solicitado. Por otra parte, don Quijote nos sorprende —o mejor dicho, nos sorprende el narrador—, asiendo un “gran rosario que consigo contino traía”. ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo don Quijote lleva consigo constantemente un rosario? Esta mención del rosario, que tiene lugar precisamente aquí, en una de las situaciones más frívolas de la novela, no deja de ser sospechosa, tanto por parte de don Quijote como por parte del narrador. El ingenioso hidalgo aparece ante nosotros portando un rosario precisamente cuando se siente —ridículamente— cortejado por una doncella, y haciendo él las veces de “caballero cortesano”, coqueto y afectado a más no poder, frente a la imagen de sí mismo que siempre ha querido dar, como “caballero andante”, ajeno a todo filtreo, dada la jurisdicción de Dulcinea.

En su tránsito del autologismo al dialogismo, la locura se transforma, hasta el punto de encaminarse hacia su disolución racionalista.





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Locura, autologismo y dialogismo en el Quijote», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.6.7), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...