II, 5.6.5 - La locura como uso patológico de la razón en el Quijote



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Crítica de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







La locura como uso patológico de la razón en el Quijote

Referencia II, 5.6.5




Doré, Muerte de don Quijote
Son muy puntuales en el Quijote los momentos en los que el narrador delata el racionalismo del protagonista para explicar y justificar lógicamente los términos de su supuesta locura. Uno de estos primeros momentos compete al capítulo inicial, y afecta a la celada que el pobre hidalgo hace y deshace en pedazos tras someterla a una prueba que se cuida mucho de no repetir.

Es verdad que, para probar si [la celada] era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje (I, 1).

Torrente comenta con sorna el hecho de que don Quijote no quiera, de ninguna manera, repetir la prueba de resistencia que ofrece la celada, porque sabe, muy cuerdamente, que todo cuanto está haciendo forma parte de un trampantojo. Las mismas consideraciones ofrece el escritor gallego en sus comentarios a la aventura de los rebaños de ovejas, que don Quijote identifica con dos ejércitos enfrentados. Sorprendentemente, el caballero acosa a las ovejas como lo que son, ovejas, con su lanza hacia abajo, y no como si fueran caballeros, lo que exigiría realmente mantener la lanza en posición horizontal y erguida. Para quien suscribe, como para Torrente, está claro que don Quijote quiere jugar. Y que Sancho no, porque, entre otras cosas, no comprende el sentido de ese juego.

—¿Cómo dices eso? —respondió don Quijote—. ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?
—No oigo otra cosa —respondió Sancho— sino muchos balidos de ovejas y carneros.
Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.
—El miedo que tienes —dijo don Quijote— te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda (I, 18).

Dicho de otro modo: “Sancho, si no quieres jugar a esto, no juegues, pero, al menos, no molestes, así que, si tanto temes, retírate a una parte y déjame solo: déjame jugar a mí, si tienes miedo, pero no (me) estorbes”. Don Quijote prefiere el juego a la discusión. No quiere discutir, quiere jugar. No pelea contra quien le lleva la contraria, sino contra molinos, ovejas, barberos, disciplinantes, frailes y bachilleres, etc. Así se comporta don Quijote. Ni siquiera está dispuesto a razonar fuera del código autológico de su propio ego, configurado a partir de su interpretación personal de la literatura caballeresca[1]. Si Sancho le siguiera plenamente el juego, la novela perdería su dialéctica fundamental, del mismo modo que si don Quijote le obligara a seguirle el juego siempre, el resultado sería un fraude, comparable al de Chirinos y Chanfalla en el popular entremés, hasta el punto de convertir el Quijote en un retablo de maravillas muy poco duradero. No. Don Quijote juega con todos, y con Sancho de forma muy particular, sin dejarle tomar partido plenamente en todos sus juegos, ni tampoco en toda la complejidad del juego en sí: permite que lo manteen, le confirma en la creencia de que debe azotarse para desencantar a Dulcinea, le ceba en la idea de ser gobernador, etc., pero no le engaña en la donación legal y verdadera de los tres pollinos, ni en la herencia con que a su muerte premia sin reservas los servicios, y los abusos, que ha hecho sufrir a su escudero.

Poco antes de la aventura de las ovejas y carneros, don Quijote había tenido una de sus primeras citas con el dinero, encuentro inexcusable con la realidad, como advierte Torrente. En la venta de Palomeque, el ingenioso hidalgo quiere irse sin pagar. Y lo consigue. Eso sí, a costa del manteo de Sancho.

—Luego ¿venta es esta? —replicó don Quijote.
—Y muy honrada —respondió el ventero.
—Engañado he vivido hasta aquí —respondió don Quijote—, que en verdad que pensé que era castillo, y no malo; pero pues es ansí que no es castillo, sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos los incómodos de la tierra.
—Poco tengo yo que ver en eso —respondió el ventero—. Págueseme lo que se me debe y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar mi hacienda.
—Vos sois un sandio y mal hostalero —respondió don Quijote.
Y poniendo piernas a Rocinante y terciando su lanzón se salió de la venta sin que nadie le detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero, se alongó un buen trecho (I, 17).

Don Quijote trata de aforarse en el código de su locura para no pagar sus deudas. La porfía que mantenía con Sancho sobre “la venta que él imaginaba ser castillo” aquí ni siquiera se convoca. El hidalgo acepta la realidad de la venta, pero se sustrae, conforme al código caballeresco, del que se inviste gratuitamente según su locura, a su obligación de pagar. Y además, deja a Sancho a merced de las consecuencias de sus propias deudas: “lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes”. La actitud de don Quijote suena en este contexto más a cinismo que a locura. Finalmente, se despide incluso insultando a su acreedor: “sois un sandio y un mal hostalero”[2].

Tras el encuentro con los galeotes y su liberación ilegal, don Quijote sigue el consejo de Sancho, medroso de la Santa Hermandad, y decide adentrarse en Sierra Morena. Alardea de que lo hace por seguir el consejo escuderil, pero algunos editores, como F. Rico, lo interpretan como “una tendencia al desengaño y a la sensatez que se hará más perceptible en la Segunda parte de la obra”[3]. Personalmente creo que puede interpretarse como una muestra cervantina de la cordura de don Quijote, quien, consciente de la ilegalidad en que ha incurrido, opta por protegerse, “porque no digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes” (I, 23).

Los contenidos aducidos en el capítulo 25 de la primera parte son decisivos en la crítica a la idea de locura objetivada formalmente en el Quijote. En este episodio, que transcurre en el corazón inhóspito de Sierra Morena, se contienen muy importantes reflexiones del propio don Quijote sobre la locura en sí, en relación con Cardenio y con su propia persona, con el intertexto literario de actos inusitados y fantásticos llevados a cabo por renombrados personajes de los libros de caballerías, y con el referente material y humano del que brota la Idea de Dulcinea. Procedamos por partes.

En primer lugar, don Quijote protagoniza en estos pasajes una auténtica defensa de su propia cordura y de su sofisticado racionalismo. Lo primero que llama la atención en estas secuencias es que, tras el encuentro con Cardenio, don Quijote objetiva su relación con la locura como una experiencia ajena a sí mismo. “Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier caballero andante a volver por la honra de las mujeres” (I, 25), dice a propósito de la gresca que interrumpió el discurso de Cardenio. Poco más adelante advierte a Sancho que procederá a hacer una serie de locuras y disparates, a imitación de los caballeros andantes cuyas historias ha leído. Así subraya ante su escudero una advertencia que no puede dejar de citarse: “Y entiende con todos tus cinco sentidos que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere va muy puesto en razón y muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo” (I, 25). 

Aunque el contexto remite a la literatura caballeresca, no está de más reparar en la cursiva con la que enfatizo la cita. Don Quijote, en este capítulo, hace, acaso más que en ningún otro, alarde de su capacidad de raciocinio (al presentarse como alguien que controla su propia locura), de las competencias de su cordura (no firma con letra clara, sino que sólo rubrica, la cédula de los tres pollinos), y del cinismo de su locura (descubre la auténtica personalidad física de Dulcinea). Así, cuando Sancho le advierte que no tiene razón alguna para comportarse como un loco al imitar las penitentes sinrazones que otros caballeros andantes protagonizaron por el amor y el desdén de sus damas, don Quijote responde con reveladora sutileza:

—Ahí está el punto —respondió don Quijote— y esa es la fineza de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto ¿qué hiciera en mojado? Cuanto más, que harta ocasión tengo en la larga ausencia que he hecho de la siempre señora mía Dulcinea del Toboso, que, como ya oíste decir a aquel pastor de marras, Ambrosio, quien está ausente todos los males tiene y teme. Así que, Sancho amigo, no gastes tiempo en aconsejarme que deje tan rara, tan felice y tan no vista imitación. Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea; y si fuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi penitencia; y si fuere al contrario, seré loco de veras y, siéndolo, no sentiré nada. Ansí que de cualquiera manera que responda, saldré del conflito y trabajo en que me dejares, gozando el bien que me trujeres, por cuerdo, o no sintiendo el mal que me aportares, por loco (I, 25).

Señalo en cursiva aquellas declaraciones de don Quijote que, a mi modo de ver, subrayan el control que pretende demostrar sobre el ejercicio de su propia locura. Ante todo don Quijote sostiene que la razón de su locura está en mostrarse y ejercerse sin causa ni motivo alguno, es decir, “está en desatinar sin ocasión”. Si esto es así, si la razón de su locura está en la ausencia de una etiología interna o inmanente y de una causalidad externa o trascendente, la única razón que la justifica es el placer lúdico de comportarse como un loco, sin serlo verdaderamente, porque se carece de motivos para ello[4]. De hecho, don Quijote dedica un buen rato a pensar cuál ha de ser el caballero andante que ha de imitar. Finalmente opta por Amadís de Gaula —quien “sin perder el juicio y sin hacer locuras, alcanzó tanta fama de enamorado como el que más” (I, 26)—, porque es el único cuya penitencia resultará realmente asequible a don Quijote, sobre todo si tenemos en cuenta que las furias de Roldán escapan a las posibilidades físicas de nuestro hidalgo.

Y si esto es verdad, como lo es, ¿para qué quiero yo tomar trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar pesadumbre a estos árboles, que no me han hecho mal alguno? Ni tengo para qué enturbiar el agua clara destos arroyos, los cuales me han de dar de beber cuando tenga gana. Viva la memoria de Amadís, y sea imitado de don Quijote de la Mancha en todo lo que pudiere, del cual se dirá lo que del otro se dijo, que si no acabó grandes cosas, murió por acometellas; y si yo no soy desechado ni desdeñado de Dulcinea del Toboso, bástame, como ya he dicho, estar ausente della. Ea, pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amadís, y enseñadme por dónde tengo de comenzar a imitaros. Mas ya sé que lo más que él hizo fue rezar y encomendarse a Dios; pero ¿qué haré de rosario, que no le tengo? (I, 26).

Y por causa del rosario, lo que iba a ser el simulacro de una penitencia religiosa acaso se convierte en una blasfemia manifiesta. De este infamante rosario, hecho de ropa interior troceada, me ocuparé al hablar de las dialécticas religiosas, en el apartado de las características, relativo a las partes integrantes o extensionales dadas en la obra en sí. Digámoslo sin rodeos: don Quijote sabe que ha de ocultarse en Sierra Morena durante un tiempo para evitar el acoso de la Santa Hermandad, y para entretenerse decide pasar el rato haciendo tonterías, sin causa ni razón, con el pretexto de estar imitando a sus héroes favoritos en el ejercicio de sus locuras. Realmente, no cabe mayor racionalismo. El propio Sancho llega a afirmar que “su locura de vuestra merced va de veras” (I, 25), a la par que su amo no deja de reiterar la autenticidad y rigor de todos sus actos: “quiérote hacer sabidor de que todas estas cosas que hago no son de burlas, sino muy de veras, porque de otra manera sería contravenir a las órdenes de caballería, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de relasos, y el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir. Ansí que mis calabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada del sofístico ni del fantástico” (I, 25). 

Las calabazadas de don Quijote son tan verdaderas como lo es cuanto acaba de afirmar. Don Quijote miente como ludópata, es decir, para perseverar en su propio juego. Y no miente como loco, porque los locos no mienten, disparatan. Quien sufre una patología psicológica no necesita cambiar la realidad del mundo para habitar en él, puesto que no vive de facto en el mundo físico, en el que vivimos todos, sino en la fenomenología patológica de su propia conciencia, donde los demás no somos responsables de lo que hacemos, como la mente de aquella loca lorquiana, que quería que fuera verdad de día lo que de noche soñaba[5]. La mentira requiere siempre el uso de la razón más sofisticada. Don Quijote no es un loco: es un impostor y un cínico.

En segundo lugar, don Quijote demuestra empíricamente la realidad de su cordura. El episodio de los tres pollinos y la cédula rubricada es realmente revelador, como ha subrayado Torrente (1975) mejor que nadie. Don Quijote no quiere entrar en detalles a la hora de firmar la libranza a Sancho. Si firma como don Quijote, el documento carecerá de valor legal. Si firma como Alonso Quijano, don Quijote se desautoriza a sí mismo. La conclusión torrentina apunta a que Alonso Quijano está fingiendo la locura de ser don Quijote, pues no pierde de vista la realidad en los momentos decisivos. Alonso Quijano no quiere jugar con Sancho en lo referente a concederle los tres pollinos. La burla (de don Quijote) con su escudero, en este punto, está proscrita (por Alonso Quijano).

—Pues ¿qué se ha de hacer de la firma? —dijo Sancho.
—Nunca las cartas de Amadís se firman —respondió don Quijote.
—Está bien —respondió Sancho—, pero la libranza forzosamente se ha de firmar, y esa, si se traslada, dirán que la firma es falsa y quedaréme sin pollinos.
—La libranza irá en el mesmo librillo firmada, que en viéndola mi sobrina no pondrá dificultad en cumplilla […].
—Ea, pues —dijo Sancho—, ponga vuestra merced en esotra vuelta la cédula de los tres pollinos, y fírmela con mucha claridad, porque la conozcan en viéndola.
—Que me place —dijo don Quijote.
Y, habiéndola escrito, se la leyó, que decía ansí:
Mandará vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora sobrina, dar a Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dejé en casa y están a cargo de vuestra merced. Los cuales tres pollinos se los mando librar y pagar por otros tantos aquí recebidos de contado, que con esta y con su carta de pago serán bien dados. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veinte y dos deagosto deste presente año.
—Buena está —dijo Sancho—, fírmela vuestra merced.
—No es menester firmarla —dijo don Quijote—, sino solamente poner mi rúbrica, que es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y aun para trecientos, fuera bastante (I, 25).

En tercer lugar, don Quijote revela, con plena consciencia de cuanto dice, la genuina personalidad de Aldonza Lorenzo, el ser humano que constituye el referente material (M1) de la ilusión de Dulcinea del Toboso (M2), ficción ideada por don Quijote para justificar, con arreglo al código de la literatura caballeresca (M3), el juego de su locura como caballero andante enamorado. La revelación de la verdadera identidad de Dulcinea a ojos de Sancho constituye un punto más —uno de los más expresivos— en el cinismo de la locura de don Quijote. La princesa y emperatriz de la Mancha, Dulcinea del Toboso, es la hija de Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales, una brava campesina manchega. Hasta tal punto la cuestión resulta grotesca que Sancho habla de ella incluso como de un virago. Y acaso con connotaciones menos afortunadas moralmente, si atendemos a los atributos de “cortesana”, que “con todos se burla”, como los propios de una prostituta.

—¡Ta, ta! —dijo Sancho—. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?
—Esa es —dijo don Quijote—, y es la que merece ser señora de todo el universo.
—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire (I, 25).

Don Quijote, inmutable ante las bravezas que acaba de oír, atribuidas a su dama, que en nada le sorprenden, porque de sobra las intuye y sabe, justifica sin reservas, y muy racionalmente, su propia mitología al respecto. Acude para ello a la desmitificación de los idealismos más prestigiados y reconocidos por la poesía y la historia, y declara abiertamente que, para lo que él la quiere, Aldonza vale o equivale a Dulcinea, y punto. Don Quijote incurre aquí, ante Sancho, en una de las mayores delaciones de su cinismo.

Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y, así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina. Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado de los rigurosos (I, 25, cursiva mía).

Don Quijote reconoce aquí explícitamente que Dulcinea del Toboso es una pura invención de su imaginación (M2), cuyo referente físico es Aldonza Lorenzo (M1), para dotar de sentido el juego de su locura, con arreglo al código caballeresco (M3). Y ha de tenerse presente que en la segunda parte de la novela, cuando la duquesa le inquiere acerca del contenido de este episodio sobre la naturaleza ficticia de Dulcinea, don Quijote no la negará, replegándose en un discreto escepticismo desde el cual se niega a seguir razonando, y aún menos a verificar la verdadera naturaleza de su amada imaginaria, cuya ontología pone nada menos que en manos de Dios. Es una evidente y manifiesta forma de evasión. Y por supuesto de reconocimiento de la inexistencia de Dulcinea. Podríamos decir que, en este punto, el escéptico, como quien calla, otorga.

Pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.
En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas (II, 32).

No nos engañemos, don Quijote está reconociendo abiertamente la inexistencia de Dulcinea. Este personaje es un mito creado por él mismo. En términos de Materialismo Filosófico, diríamos que Dulcinea es una ficción construida por la psicología de don Quijote (M2) y justificada por los códigos de los libros de caballerías (M3), cuya realidad física (M1) es igual a cero, porque su relación de identidad con Aldonza Lorenzo da como resultado toda una poética de lo grotesco, bien detallada, sin ir más lejos, por el propio Sancho.

Parlamentos del Quijote como los aducidos han llevado a autores como Torrente Ballester a negar con toda rotundidad la sinceridad y la autenticidad del amor que el propio don Quijote dice profesar a Dulcinea, y, desde este punto de vista, negar incluso la existencia de Dulcinea como ideal metafísico recurrente en la acción y en el pensamiento del protagonista.

Creer que don Quijote ama a Dulcinea es una de las mayores falsedades interpretativas a que su historia dio lugar. Son ganas de negar lo evidente, de olvidar el proceso de invención de Dulcinea y lo que a su respecto, en un momento de sinceridad, don Quijote dice[6] […]. Porque él [don Quijote] sabe que Dulcinea no existe, y que no la ama (Torrente, 1975: 72 y 205).

Sucede, sin embargo, que Torrente Ballester, como casi todos los que se han ocupado de la locura de don Quijote, abordan esta cuestión en su estado estructural, no genético, es decir, se ocupan de la locura del protagonista tomando como referencia los momentos de mayor madurez y expresividad, y eclipsando, o simplemente olvidando, los estadios iniciales y de génesis, determinantes, por otro lado, en cualquier interpretación de la idea de locura en el Quijote. Cabe recordar que inicialmente, y en varios momentos, Alonso Quijano no dice creerse, sin más, don Quijote, sino que manifiesta poseer varias personalidades, entre ellas la de Valdovinos (I, 5)[7] y la de Reinaldo de Montalbán, como caballero andante que compite en unas justas contra caballeros cortesanos (I, 7), y así se lo dice al cura, Pero Pérez, en quien identifica al arzobispo Turpín, uno de los caballeros que acompañaban a Carlomagno.

—Por cierto, señor arzobispo Turpín, que es gran mengua de los que nos llamamos Doce Pares dejar tan sin más ni más llevar la vitoria deste torneo a los caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros ganado el prez en los tres días antecedentes.
—Ferido, no —dijo don Quijote—, pero molido y quebrantado, no hay duda en ello, porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías; mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán, si en levantándome deste lecho no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamentos; y por agora tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo (I, 7)[8].

La locura de don Quijote no es, pues, algo uniforme ni insensible a su entorno. Si en la segunda parte resulta tan atemperada que en muchos casos parece inexistente, en los momentos iniciales de la primera parte el lector se encuentra ante un personaje de múltiples personalidades[9]. Alonso Quijano necesita dejar muy claro, en los momentos iniciales más que en ningún otro, que está loco y que, como tal, se le ha de dejar actuar. A partir de este momento —capítulo 7 de la primera parte—, don Quijote no volverá a manifestar trastornos de personalidad, hasta el capítulo último de la segunda parte, en el que, tres días antes de morir, abjura de su locura y se comporta nuevamente como Alonso Quijano, el Bueno, con objeto de acogerse a la razón teológica (confesión religiosa) y a la razón política (testamento de sus bienes). 

Es cierto que Alonso Quijano podría haber muerto como don Quijote, pero Cervantes no quiso conferir a su personaje un desenlace de tal naturaleza. No quiso dejarlo definitivamente huérfano de razón, desamparado de la razón religiosa de su tiempo, ni aún menos de la razón política. No habría sido irreverente; habría sido ridículo. No es irreverente proclamarse ateo en el siglo de la Contrarreforma, y aún menos hacerlo en el seno del Estado más ejecutivamente contrarreformista. Sería tan sólo una experiencia que, de ser posible, resultaría ante todo ridícula. Y Cervantes no quiso ridiculizar la muerte de Alonso Quijano. Todo juego concluye racionalmente. Su última cita es la realidad. El juego termina cuando la realidad se impone de forma racional. No puede ser de otro modo. Por eso Alonso Quijano muere conforme a la razón —política y religiosa—.[10] Ambas formas de razón eran entonces las únicas concebibles. No había otras. Habría que esperar a 1670 para que un pensador como Baruch Spinoza escribiera una crítica racionalista y materialista a los dictados de la política y de la religión, una auténtica crítica de la razón teológico-política, en el tratado que lleva este título. 

No es cuestión baladí considerar que importantes claves de la idea de locura en el Quijote están objetivadas en su génesis y en su clausura. Respecto a su génesis, ha de subrayarse que Cervantes describe la formación de la locura de don Quijote de un modo tan increíble como verosímil, en una narración muy sucinta, que da cuenta de la causa de la locura pero que en modo alguno la explica. Hasta tal punto que la causa aducida resulta ser simplemente el pretexto que justifica la narración, en la cual, por cierto, la locura del protagonista nunca puede verificarse auténticamente, entre otras cuestiones decisivas, porque se trata de una patología que se sustrae a los diagnósticos de la ciencia (Medicina), a los dictámenes de las leyes (Derecho) e incluso a las normas de la religión (Teología). Cervantes supo elegir para su personaje la mejor de las dolencias posibles, aquella contra la cual, por no haber antídoto factible, no hay tampoco pena capital definida. Vivir sin juicio es casi como vivir en la inocencia, pero sin ser inocente.

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo […]. En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama (I, 1).

Nótese, no obstante, lo mucho que habla el narrador en los primeros capítulos, y lo mucho que tarda el lector en oír las primeras palabras de don Quijote, que lejos de ser palabras que identifiquen su propio pensamiento son discursos retóricos emprestados de los libros de caballerías. El narrador habla muchísimo en comparación con lo que ha de suceder en el resto de la novela, donde apenas se manifiesta de forma muy continuada. Don Quijote demora aquí, durante mucho tiempo, el uso de la palabra. Inicialmente se nos presenta declamando párrafos espectaculares, entre lo absurdo y lo cómico, tomados de lo más estrafalario de los libros de caballerías. 

En realidad, don Quijote no dice propiamente ni una sola palabra de propia cosecha durante todo ese capítulo primero. Carece de idiolecto y de pensamiento propios. Y eso pese a ser presentado como el personaje que da nombre, y confiere una realidad nueva e ideal, a todo cuanto le ha de servir para poner en marcha su empresa de caballero andante: sus armas, su rocín, su yo, su amada. El narrador no se responsabiliza de ninguno de los nombres que Alonso Quijano asigna a lo que ha de ser el patronato de su caballería. Don Quijote da nombre a las cosas, sin hablar, y el narrador nos lo cuenta, sin responsabilizarse de ningún nombramiento, y sin ceder la palabra a don Quijote en ningún momento. El narrador no le deja hablar. Solamente le permite actuar y declamar ridículamente ante nuestros ojos. Sólo autoriza el narrador formas de conducta y parlamentos que confirman ante el lector la locura del hidalgo. Sin embargo, más adelante, cuando don Quijote habla por boca propia, la de Alonso Quijano, el Bueno, comprobamos la complejidad y la autonomía de este personaje frente al narrador principal de su historia. Don Quijote puede estar loco, pero nunca actúa de forma absolutamente irracional. Nunca pierde un mínimo e imprescindible contacto con la realidad. La locura es en él, simplemente, un uso patológico de la razón. Don Quijote sustituye, en principio, la razón de su tiempo por la razón de la literatura caballeresca, para enfrentarla dialécticamente a la razón política y a la razón teológica a través de la razón antropológica.







Notas

[1] Así, por ejemplo, tras el relato que don Quijote hace de cuanto dice haberle sucedido en el interior de la cueva de Montesinos, y cerciorado Sancho de la invención del encantamiento de Dulcinea, su amo le responde sin pasión alguna: “Como te conozco, Sancho —respondió don Quijote—, no hago caso de tus palabras”. Don Quijote nunca discutirá con Sancho sobre su supuesta locura ni sobre sus contenidos: “Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera —dijo don Quijote—, y como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andará el tiempo, como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo he visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite réplica ni disputa” (II, 23). Actuará más bien con flema, y siempre a la espera de seguir jugando, conforme a una estrategia que constantemente deja la puerta abierta a nuevas posibilidades, como aquellas en las que deriva el desencantamiento de Dulcinea, a costa de las posaderas de Sancho, quien, en efecto, es el único responsable de su encantamiento.

[2] La relación de don Quijote con el ventero Palomeque será especialmente cínica en todo momento. Así, cuando la hija, junto con Maritornes, solicita al caballero andante socorra a su padre, porque unos huéspedes quieren irse sin pagar, éste responde “muy de espacio y con mucha flema” del modo siguiente, imitando incluso el lenguaje administrativo: “Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoy impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo podré hacer por serviros es lo que ahora diré: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa batalla lo mejor que pudiere y que no se deje vencer en ningún modo, en tanto que yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle en su cuita”. Y poco después, remata su intervención delegando en Sancho toda responsabilidad: “Deténgome —dijo don Quijote— porque no me es lícito poner mano a la espada contra gente escuderil; pero llamadme aquí a mi escudero Sancho, que a él toca y atañe esta defensa y venganza” (I, 44).

[3] Ed. de Rico, vol. I, p. 248, n. 6.

[4] De hecho, en sus palabras, don Quijote asocia la locura —no su locura— a un estado determinado por la falta de consciencia, de insensibilidad ante el dolor o sufrimiento psicológicos: “[…] y si fuere al contrario, seré loco de veras y, siéndolo, no sentiré nada […]; no sintiendo el mal que me aportares, por loco”.

[5] “Es fácil con esta loca, / pero loquita de atar, / que lo que sueña de noche / quiere que sea verdad” (Federico García Lorca, “Zorongo gitano”). Es dramático, por más que para algunos pueda parecer cómico, el caso que en cierta ocasión me comentaba un psiquiatra amigo, de una paciente que, nacida en la segunda mitad del siglo XX, leía este zorongo a sus amigos y parientes afirmando que Federico García Lorca lo había compuesto y musicado pensando en ella, de quien sin duda el poeta granadino estaba enamorado. Y todo pese a haber sido fusilado varias décadas antes del nacimiento de la indiscreta enamorada.

[6] Para don Quijote, subraya Torrente, decir, imaginar y ser, es lo mismo.

[7] “Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana” (I, 5).

[8] Emilio Martínez Mata ha advertido que la identificación que el propio don Quijote establece con Reinaldos de Montalbán no puede pasarse por alto ni considerarse gratuitamente: “Don Quijote no sólo prefiere a Reinaldos de Montalbán entre todos los caballeros […], sino que, en su delirio al volver de la primera salida, se cree el propio caballero francés: “No me llamaría yo Reinaldos de Montalbán, si en levantándome desde lecho no me lo pagare” (I, 7, págs. 96-97). Lo que resulta infamante para las motivaciones del hidalgo es que, al referir esta identificación, Reinaldos es presentado como un vulgar salteador de caminos que busca su enriquecimiento: “Sobre todos, [don Quijote] estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia” (I, 1, pág. 43). También es caracterizado de ese modo por el cura del lugar cuando, en el escrutinio de la biblioteca del hidalgo, se refiere a Reinaldos y sus amigos y compañeros como “más ladrones que Caco” (I, 6, pág. 87). El propio don Quijote hace de él una descripción degradante cuando el cura, para oírle disparates, le pregunta cómo se imaginaba a los caballeros andantes: “De Reinaldos […] me atrevo a decir que era ancho de rostro, de color bermejo [indicio de malicia], los ojos bailadores y algo saltados [atribuidos a los traicioneros], puntoso [‘suspicaz’] y colérico en demasía, amigo de ladrones y de gente perdida” (II, 1, págs. 694-695) (Martínez Mata, 2008: 59-60).

[9] Algo así no volverá a reiterarse en la novela. Lo que sucederá, en todo caso, será la confusión, acaso deliberada, que don Quijote mostrará entre el cura de su lugar y la figura de la princesa Micomicona, tras la destrucción de los cueros de vino tinto en la venta de Palomeque. A don Quijote, en este punto, le interesa dejar claro, en primer lugar, que quiere liberarse del compromiso que le ha hecho adquirir el fingimiento de Dorotea, y, en segundo lugar, que su “locura” sigue estando en su mejor momento: “Tenía el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya había acabado la aventura y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se hincó de rodillas delante del cura, diciendo: —Bien puede la vuestra grandeza, alta y fermosa señora, vivir de hoy más segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo también de hoy más soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda del alto Dios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la he cumplido” (I, 35). Todos celebran la gracia, rematada por Sancho, que ya se ve gobernador de un reino, salvo el ventero, quien ve su hacienda burlescamente destruida.

[10] Cervantes se veía además obligado a preservar a su obra de posibles y futuros ataques de autores apócrifos, como el de Avellaneda (1614).





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La locura como uso patológico de la razón en el Quijote», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.6.5), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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