II, 5.6.4 - La supuesta locura de Cardenio


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





La supuesta locura de Cardenio

Referencia II, 5.6.4



Doré, Hacia el reino de Micomicón
He indicado que don Quijote no está sólo en el juego de su locura. Otros personajes anómicos le acompañan. El narrador del Quijote califica a Cardenio de loco, por sus palabras y, sobre todo, por sus obras. Así insiste en presentarlo, principalmente cuando don Quijote interrumpe su historia, y airado y agresivo, golpea con violencia —y éxito contundente— a todo su público para irse al cabo tan tranquilo monte adelante. La comicidad es manifiesta. El cuadro es propio de una caricatura.

Digo, pues, que, como ya Cardenio estaba loco y se oyó tratar de mentís y de bellaco, con otros denuestos semejantes, parecióle mal la burla, y alzó un guijarro que halló junto a sí y dio con él en los pechos tal golpe a don Quijote, que le hizo caer de espaldas. Sancho Panza, que de tal modo vio parar a su señor, arremetió al loco con el puño cerrado, y el Roto le recibió de tal suerte, que con una puñada dio con él a sus pies y luego se subió sobre él y le brumó las costillas muy a su sabor. El cabrero, que le quiso defender, corrió el mesmo peligro. Y después que los tuvo a todos rendidos y molidos, los dejó y se fue con gentil sosiego a emboscarse en la montaña (I, 24).

Sin embargo, Cardenio tiene más de impotente, de violento y de cobarde, que de loco, insensato o irracional[1]. Cardenio querría perder la razón que posee. Porque asumir racionalmente lo que le ha sucedido le sume de forma insufrible en la mayor de las impotencias. Pero la razón no abandona al ser humano tan fácilmente como se cree, ni con la frecuencia con la que para algunos sería más que deseable. No, la razón se pierde mal, aunque su pérdida casi siempre se finja bien, o se represente ante los demás de forma más o menos aceptable. Al ultraje y la traición de don Fernando, Cardenio no ha sabido encontrar las formas de evasión o representación autorizadas y codificadas en el Siglo de Oro: viaje a las Indias en busca de nueva vida y fortuna, reclusión en un convento (si bien éste sería desenlace más propio para una mujer), o enrolamiento en el ejército, luchando contra protestantes y musulmanes. Loaysa y Tomás Rueda protagonizan dos de estas formas de evasión. Lo mismo cabe decir de Lotario. 

La noble Marcela, por su parte, subrogó el convento y la vida monjil por el monte y la compañía de cabras y zagalas. Sin embargo, acaso Cardenio no da para tanto. Y se tira al monte[2]. Mas no como pastor, sino como salvaje[3]. No sólo renuncia despechado a la vida cívica, sino que odia poseer cualquier capacidad de raciocinio, desde la cual se vea obligado a explicarse a sí mismo cuanto le ha sucedido. Cardenio es un suicida frustrado de la facultad de razonar. No es un loco: quisiera serlo. Y no puede[4]. Alonso Quijano, sin embargo, sabe muy bien cómo hacerse el loco. Domina el código de su locura, desde la que somete a los demás a participar en su propio juego. Pero la causa del intento de locura de Cardenio no es un juego, sino una deshonrosa humillación que no se puede contar a nadie sino como desahogo terapéutico. Y que además exige ser oída sin interrupción. Algo que el propio don Quijote, tan paciente en otros casos, no puede sufrir en éste, porque comienza a resultarle inaguantable, de modo que con el nimio pretexto de errar en el clavo en una apelación caballeresca al amancebamiento de la reina Madasima con su maestro Elisabat, amonesta al narrador para librarse de este modo de tener que seguir escuchando su historia. Y, de hecho, no la oirá, y no preguntará por ella en el futuro. 

Don Quijote tiene muy claro cuándo y con quién quiere jugar. Y cuándo no, y con quién no. La locura es una forma de evasión en la que, para instalarse definitivamente, hay que poseer ciertas destrezas y códigos. Cardenio no los posee; don Quijote, sí. Quien no es buen jugador, no puede permitirse los derechos que brinda la locura. Habrá de acogerse a otras formas de evasión, y no siempre muy regaladas, merced a las posibilidades que ofrecen la Iglesia, las Indias o la Milicia, porque la vida pastoril, como la caballeresca, ya no son en la Edad Moderna refugio de individualistas y excéntricos. Es normal quien vive conforme a las normas, y anormal, anómico o paranormal quien pretende vivir al margen de ellas. Pero la anomia, como la paranormalidad, es un espacio que conviene visitar y transitar, como de hecho hacen Tomás Rueda y Alonso Quijano, mas en el que no conviene residir, y menos definitivamente. A la anomia pertenecen el licenciado Vidriera y don Quijote, pero no sus artífices Rueda y Quijano. El juego dura lo que dura la voluntad de locura. Porque sólo el tramposo se toma el juego en serio. En este caso, el tramposo es el loco de veras, esto es, aquel que no sabe, porque no puede, razonar. Quien pudiendo razonar, y sabiendo cómo hacerlo, lo evita, para sustraerse de este modo a los imperativos y exigencias de la razón, ése no es un loco, es un cara dura. Y don Quijote, he de decirlo con toda franqueza, tiene más de cara dura que de loco.

La impotencia de satisfacer deseos personales es la primera causa de conflictos psicológicos. La locura, en el sentido en que aquí la someto a crítica, sólo es legítima, esto es, verdadera, cuando sus motivaciones son físicas (M1), es decir, alguien está loco porque su locura tiene causas físicas, no porque tenga consecuencias psicológicas (M2), y, desde luego, en absoluto porque el propio loco pueda explicar y justificar racionalmente (M3) su supuesta locura. El segundo caso es el de Cardenio, huido de la civilización por las consecuencias psicológicas de su impotencia. El tercer caso es el de don Quijote, quien se sustrae a una forma civilizada de ser y de estar porque prefiere incurrir en el ejercicio de otras formas de conducta, mucho más divertidas y complejas, de ser y de estar en el mundo que le ha tocado vivir, en sí mismo muy aburrido y muy anodino.





Notas

[1] “¡Ahora que dejé robar mi cara prenda, maldigo al robador, de quien pudiera vengarme si tuviera corazón para ello, como le tengo para quejarme! En fin, pues fui entonces cobarde y necio, no es mucho que muera ahora corrido, arrepentido y loco” (I, 27).

[2] “[…] pregunté a unos ganaderos que hacia dónde era lo más áspero destas sierras. Dijéronme que hacia esta parte. Luego me encaminé a ella, con intención de acabar aquí la vida” (I, 27).

[3] “Mi más común habitación es en el hueco de un alcornoque, capaz de cubrir este miserable cuerpo” (I, 27).

[4] “[…] estaba diciendo tantos disparates y desatinos, que daba indicios claros de haber perdido el juicio; y yo he sentido en mí después acá que no todas veces le tengo cabal, sino tan desmedrado y flaco, que hago mil locuras, rasgándome los vestidos, dando voces por estas soledades, maldiciendo mi ventura y repitiendo en vano el nombre amado de mi enemiga, sin tener otro discurso ni intento entonces que procurar acabar la vida voceando” (I, 27).





Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La supuesta locura de Cardenio», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.6.4), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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