II, 5.6.3 - La locura como uso lúdico de la razón en el Quijote


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Crítica de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







La locura como uso lúdico de la razón en el Quijote

Referencia II, 5.6.3




Doré, Don Quijote en la carreta
La locura es, para don Quijote, un uso lúdico de la razón y una expresión cínica de la libertad. La locura de don Quijote es una locura de diseño. La locura de don Quijote es una locura diseñada por la cordura de Alonso Quijano. Una locura muy bien contada, expuesta y justificada por el narrador del Quijote, que es un impostor. El narrador del Quijote ha engañado, durante siglos, a la mayor parte de los cervantistas. Y sigue y seguirá haciéndolo muy a su sabor. No ha engañado, sin embargo, a un lector singular del Quijote, como fue Gonzalo Torrente Ballester (1975), quien supo ver muy bien en la supuesta locura del hidalgo el pretexto para desarrollar un juego narrativo de consecuencias críticas devastadoras.

Pero un don Quijote cuerdo, un Alonso Quijano cuerdo, no interesa a nadie. Y menos que a nadie interesa a los cervantistas, que viven esencialmente de explotar la idea de locura en el Quijote, alimentada por una errada traducción erasmista, desde la que se identifica fraudulentamente el título genuino de la obra de Erasmo, Elogio de la estulticia, con la cualidad distintiva de don Quijote, bajo la forma de Elogio de la locura. A nadie, absolutamente a nadie, le interesa interpretar el Quijote desde la cordura del protagonista. La Inquisición no podía tomar en serio las críticas objetivadas en este libro, a menos que se tratara de una broma pesada, de una incómoda experiencia cómica, como bien lo advirtió el artífice del Quijote de Avellaneda. La teología tridentina no puede aceptar que desde la cordura se apalee impunemente a clérigos, se ridiculice racionalmente a eclesiásticos, se burle con suicidios fingidos como el de Basilio la importancia de sacramentos como la confesión (de un suicida) y el matrimonio (con Quiteria), etc. La mística y la retórica posmodernas no pueden renunciar a disponer de un loco ilustre desde el que explotar la idea foucaultiana de represión y de poder. Igualmente, el psicoanálisis freudiano y lacaniano se vería privado de uno de sus mejores pacientes.

El propio narrador del Quijote se tomó muy en serio su responsabilidad de asegurar y blindar la locura de su personaje a prueba de todo tipo de verificaciones. Y la mejor forma de blindarla fue la de conferirle un estatuto absolutamente ambiguo e inverificable de forma definitiva[1]. Si don Quijote actuara como cuerdo, Cervantes habría acabado en la hoguera. Lo que hace don Quijote está proscrito por la cordura, pero está permitido, sin estar legalizado, por la locura. Ahora bien, ¿qué sucedería si la locura de don Quijote fuera una invención de la cordura de Alonso Quijano? Sucedería que muchos aspectos del Quijote quedarían mejor explicados, a costa de que la obra de los inquisidores, la obra de los teólogos, la obra de los teóricos de la literatura y la obra, sobre todo, de los cervantistas, resultara, en muchísimos casos, completamente ridiculizada.

Desde posiciones sumamente frágiles y retóricas, Martínez Bonati se expresa respecto a la locura de don Quijote del modo siguiente, que no compartimos de forma íntegra:

La idea de locura (no se negará esto) es central en la obra. Ahora bien, locura es un fenómeno de una esfera intrínseca y esencialmente sistemática: es la ruptura del orden mental tenido por racional y sano, la irrupción de un código extraño de la intelección y la conducta (Martínez Bonati, 1995: 132).

Bonati, como casi todos los cervantistas, teóricos de la literatura e incluso médicos, consideran que la locura y la cordura son términos dialécticos, antitéticos, opuestos entre sí. Desde el Materialismo Filosófico como Crítica de la Literatura, considero que locura y cordura no son en el Quijote términos dialécticos, sino conceptos conjugados[2], es decir, hechos que se construyen de forma mutua, yuxtapuesta y entrelazada, de manera tal que el uno no prospera sin la presencia del otro, y así mutua y simultáneamente. La locura, como concepto conjugado con la cordura, permite explicar la Idea de Locura en el Quijote. Porque don Quijote no es un loco solo y siempre, y porque el propio don Quijote es una figura literaria superior e irreductible, sin más, a la locura.

Imbuido de la idea de juego desde la que Torrente Ballester (1975) propone su interpretación del Quijote, Bonati sugiere igualmente que la locura de Alonso Quijano puede ser, en efecto, un ardid que permite a don Quijote ser quien es y hacer libremente de las suyas, tal como aquí sostengo, con muy pocas reservas. La idea de fingimiento caracterizaría no sólo al narrador de la novela, sino a su protagonista fundamental, el propio Alonso Quijano, que finge ser don Quijote de la Mancha. No sólo el poeta, sino también el prosista, es un fingidor.

Cree don Quijote que es, y sabe que finge ser […]. La conciencia soterrada de estar fingiendo hace natural la aceptación del obvio fingir de los otros, que quieren engañarlo siguiéndole el juego. Resultan así convincentes también las credulidades excesivas de don Quijote y Sancho. Y también resultan convincentes sus agudezas y sabiduría, pues la doble conciencia de sus locuras —creer ser y saber que se finge— contiene, precisamente, sea mitad de saber, el saber que se finge; en otras palabras: es una conciencia no encerrada herméticamente en la locura, sino parcialmente abierta a la realidad y a la sensatez (Martínez Bonati, 1995: 144).

De quien sí disiento radicalmente, como no puede ser menos, es de Foucault (1972), quien confunde de forma obstinada, sistemática y absoluta, la Locura como Concepto y la Locura como Idea. La primera es objeto de una Ciencia, es decir, de un conocimiento conceptual o categorial, que sólo puede proporcionar la Medicina, u otra ciencia categorial definida, mientras que la segunda es objeto de una Crítica, es decir, de un conocimiento crítico y dialéctico, que sólo puede darse en una Filosofía, pero jamás en un saber acrítico y analítico, ajeno a toda dialéctica, como el que desarrolla Foucault, fundiendo y confundiendo las consecuencias de la Medicina de las edades Antigua, Media y Moderna con el discurso deconstructivista, que no filosófico, desde una posmodernizada Edad Contemporánea[3].

Uno de los primeros autores, si no el primero, en cuestionar e incluso negar la locura de don Quijote como un hecho involuntario de Alonso Quijano fue Gonzalo Torrente Ballester en su obra El Quijote como juego (1975). Torrente considera que la locura de don Quijote responde a una voluntad de Alonso Quijano por protagonizar un juego sobre el tablero que expone la novela. Por supuesto, el propio Cervantes resultaría implicado directamente, como artífice de semejante juego.

Llegados a este punto, quiero advertir de algo que resultara decisivo: nadie juega a cambio de nada, porque no se juega por nada y para nada. Todo juego es la disimulación de intereses muy serios. No concebiré, por lo tanto, el Quijote como un puro juego acrítico dado gratuitamente por Cervantes a cualesquiera lectores, cual “regocijo de las musas”. Como se verá, todo jugador es prisionero de un tablero, cuyos intereses están crudamente implicados en la más obstinada realidad.

Subraya Torrente que Alonso Quijano es un hombre de tantos —uno de tantos “hijos de algo de poca monta”—, que se presenta retratado en las condiciones más cotidianas y aburridas de su vida manchega. Incluso una vez transformado en don Quijote, los azares que le salen al camino son completamente humanos y cotidianos. Nada hay de extraordinario en la vida del hidalgo[4]. Para Torrente, el Quijote es un puro juego en el que la teatralidad del protagonista explica el fundamento de la acción narrativa. Don Quijote representa la conducta real de una apariencia, es decir, la “conducta real” de Alonso Quijano a través del mundo de “apariencia” que finge don Quijote en torno a sí. Don Quijote, en suma, dice lo que imagina ser: “yo imagino que todo lo que digo es así” (I, 25). Juega con palabras, mas no con realidades: “Don Quijote huye de toda realidad que pueda comprometer su ficción” (Torrente, 1975: 77). Desde este punto de vista, el narrador del Quijote cuenta, jugando, la historia de un juego. La operación eminentemente quijotesca consiste en transformar la realidad en un escenario adecuado al juego, a la ficción, al teatro, que hace posible, y justifica, la acción de don Quijote. La realidad es el principal antagonista del protagonista. Es lo que más obstinadamente le ofrece resistencia.

En su interpretación del Quijote, basada en la idea recurrente de que don Quijote finge —juega a— ser un loco, Torrente desmitifica con rigor muchas concepciones vigentes en la lectura romántica del texto desde fines del siglo XVIII europeo.

En primer lugar, desmitifica rotundamente la autenticidad de la locura de don Quijote. Se trataría del juego principal, de la ficción más íntima y personal, del protagonista, que se proyecta sobre toda la acción, el curso y los personajes de la novela. Alonso Quijano sería, pues, un cuerdo que se finge loco.

Es un juego, pero nada claro. Si lo fuera, si la trampa estuviera al descubierto, no tendría gracia y la novela se caería de las manos. Porque uno de sus ingredientes prospectivos más vitales es la comezón en que pone de saber si el personaje está loco o no. Y, una vez llegados a una conclusión, si se relee el texto, la comezón se repite y la fe en las convicciones adquiridas se trueca en duda. Tanto la afirmación de que don Quijote está loco como la de que no lo está alcanzan la “realidad suficiente” requerida para que una y otra actúen con la mayor energía sobre la inteligencia del lector, al margen y con independencia de su actitud sentimental —inevitable— ante el personaje (Torrente, 1975: 82-83).

Para Torrente, don Quijote es un personaje enajenado, es decir, alguien que ha tenido que salir de sí mismo, hasta tal punto que se ha salido enteramente, para adentrarse en un mundo inexistente, como es el de la caballería andante. En consecuencia, Torrente desmitifica los fundamentos más sólidos de la tradicional interpretación romántica del Quijote, iniciada por los post-ilustrados alemanes y glorificada todavía por Unamuno en 1905. Torrente propone una lectura verista del texto, y una interpretación coherente con el realismo en el que se sitúa el lector real de novela. Pero don Quijote no está solo, ni en su locura, ni en sus juegos[5]. Y no es casual que al final de la novela, vencido como caballero andante, trate de perpetuar el juego bajo la modalidad de la vida pastoril. Cualquier cosa antes que verse recluido en casa.

[…] querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo «el pastor Quijótiz» y tú «el pastor Pancino», nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos o de los caudalosos ríos (II, 67).

Y con la firmeza de esta intención don Quijote entra en su aldea, “donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la traza que en la pastoral vida pensamos ejercitar” (II, 72). Sólo la muerte impedirá la continuación del juego, y la imposición de la razón, pues Alonso Quijano no quiere, como se verá, morir al margen de la razón.







Notas

[1] Son constantes las referencias del narrador y de varios personajes a un don Quijote cuerdo y loco a la vez: “Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza de su grande locura y de que en cuanto hablaba y respondía mostraba tener bonísimo entendimiento […]. Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates que don Quijote había dicho” (I, 49). El narrador parece estar apuntando de este modo a un uso patológico de la razón. Lo mismo sucederá en los diálogos sostenidos con don Diego de Miranda, quien “ya le tenía por cuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto” (II, 17). La misma idea se reitera al presentar a un don Quijote inteligente y decoroso, que aconseja con discreción y agudeza a Sancho, nombrado ya gobernador: “¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en esta destos segundos documentos que dio a Sancho mostró tener gran donaire y puso su discreción y su locura en un levantado punto” (II, 43). El narrador cumple de este modo con un proceso creciente e irreversible de dignificación del personaje, que concluye con la segregación de toda locura, y la declaración de la propia cordura, coincidiendo con el fin del juego, esto es, el final de la vida y de la novela, la muerte.

[2] Sobre la noción de conceptos conjugados,  vid. Bueno (1978a).

[3] Samonà (1987) ha criticado con rigor algunas de las falacias vertidas por Foucault a propósito de la locura de don Quijote.

[4] La narración de hechos extraordinarios hace crisis a finales del siglo XVI, con la disolución de las utopías e ideales renacentistas. Así lo confirma el Quijote, desde sus expresiones de realismo y verosimilitud. Cervantes evita, en el tiempo y en el espacio, toda referencia extraordinaria, mítica y remota, con objeto de ofrecer una percepción de los hechos literarios como algo próximo en la historia y cotidiano al ser humano; para sus contemporáneos la acción sin duda parecía transcurrir hic et nunc: “En un lugar de la Mancha...”, “no ha mucho tiempo...”

[5] Respecto a la presencia de don Quijote, solo, en la novela, es recomendable la lectura del trabajo de Jaime Fernández (2008).




Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La locura como uso lúdico de la razón en el Quijote», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.6.3), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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