II, 5.6.1 - Crítica de la Idea de Locura en el Quijote


Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices





Crítica de la Idea de Locura en el Quijote

Referencia II, 5.6.1




Aquí voy a definir la Locura como Idea, de modo que partiré de un conocimiento crítico y dialéctico, esto es, de una Filosofía, desde la cual consideraré la locura como un uso patológico de la razón. Los contenidos de la locura son los contenidos de un Mundo Interpretado (Mi) racionalmente, pero interpretado racionalmente de una forma patológica. Tal como aquí la voy a considerar, la locura será un modo patológico de usar la razón. Un loco puede perder la cordura, pero no completamente la razón. El hilo conductor y explicativo de la locura es un uso autológico y patológico de la propia inteligencia, es decir, de las capacidades discursivas personales e individuales. 

Solo los seres inteligentes pueden volverse locos, porque la locura no existe al margen de una mínima, y a veces sobresaliente, capacidad de raciocinio y de discurso lógico. Del mismo modo que solo puede padecer una enfermedad cardiovascular aquel que posee un corazón y un sistema de vasos sanguíneos, solo alguien que posee una inteligencia en ejercicio puede enfermar en el uso de sus facultades discursivas, y utilizar la razón de forma patológica como modo de explicación de la realidad propia y ajena.

Esta Idea de Locura puede encontrar justificación en una o varias ciencias categoriales, como la Medicina o el Derecho, desde las cuales será posible examinar científicamente la Locura como Concepto, bien por sus causas biológicas o físicas, como trata de hacer la Psiquiatría, bien por sus consecuencias jurídicas y sociales, como pueden objetivarse en el Código Civil o Penal de un Estado de Derecho.

Al considerar críticamente la Idea de Locura como un uso patológico de la razón, hay que explicar qué significado adquiere este uso aberrante de la facultad de razonar en cada uno de los tres ejes del espacio ontológico del Mundo Interpretado (Mi).

Así, en el mundo físico o primogenérico (M1) cabe hablar de un uso patológico de la razón cuando alguien ve gigantes donde solo hay molinos, no porque los demás no vean gigantes, sino porque el molino es única la realidad efectiva y físicamente existente. Dicho de otro modo: hablamos de locura cuando alguien se comporta de forma recurrente y sistemática como si lo que no existe físicamente existiera físicamente. Quien se comporta como si los contenidos de una calumnia o una mentira fueran posibles está aceptando la verdad de la calumnia y, en consecuencia, engañándose a sí mismo. No porque “crea” en su existencia, sino porque afirma tal existencia y, sobre todo, porque se comporta físicamente como si tales realidades falsas e inexistentes existieran real y verdaderamente en el mundo físico. Esto último es lo que hace don Quijote, sobre todo en la primera parte de la novela, y muy especialmente en las primeras páginas de ella. Y lo hace justificándolo de forma muy racional desde el logos que le proporciona el mundo de los libros de caballerías. Como no puede ser de otro modo, se trata de un racionalismo idealista. Pero que funciona a la perfección. Sobre todo para seducir al lector en la Idea de Locura que les interesa perpetrar al narrador y al protagonista de la novela.

Paralelamente, en el mundo psicológico o segundogenérico (M2), el uso patológico de la razón se da con extraordinaria frecuencia, y en todo tipo de seres humanos, incluso entre los presumiblemente más cuerdos y sensatos: hipocondrías, miedos, depresiones, desconfianzas, inseguridades, traiciones, infidelidades, sospechas, temores, ignorancias, amenazas, celos, ambiciones, etc., todo tipo de inquietudes y estados anímicos provocan en el ser humano impulsos que le hacen usar la razón de modo patológico, imaginando más, o menos, de cuanto hay en el mundo que real y efectivamente le rodea. 

Emocionalmente se puede vivir en un tercer mundo semántico durante mucho tiempo. Basta razonar la calumnia, la mentira o la falacia, y hacer de ellas un discurso verosímil para convertirlos en hechos de conciencia factibles más allá de cualquier psique humana. Dentro del mundo psicológico y fenomenológico, el uso patológico de la razón puede corregirse desde el momento en que el ser humano es capaz de verificar físicamente, esto es, en M1, o lógicamente, esto es, en M3, su acierto o su error. Un dolor en el cuello puede hacer pensar a un hipocondríaco en un cáncer de tiroides. Pero una consulta médica puede confirmar que se trata simplemente de una tortícolis. Los hechos de conciencia (M2) pueden y deben verificarse en el mundo físico (M1), de modo que se confirme que lo que vemos son molinos, y no otra cosa, y en el mundo lógico (M3), porque un diagnóstico asegure el buen estado de la tiroides y apunte hacia una mala postura sobre la almohada. 

El problema surge cuando el sujeto es incapaz, por impotencia o por abulia, de “leer” el mundo físico (M1) de forma correcta, y pretende imponer sobre la verdad crítica y científica del mundo lógico (M3) la fuerza de los hechos de conciencia de su propio mundo psicológico (M2): unos gigantes pretenden atacarme y todos los días contraigo una enfermedad, aunque los molinos sigan produciendo harina y los diagnósticos médicos confirmen el buen estado de mis tiroides. La locura de don Quijote tiene su génesis en M2; de inmediato busca apoyos materiales en M1, en los elementos y realidades físicas de su mundo circundante, a los que el protagonista por sí mismo va dando nombre y vida propios, y desde su misma concepción se presenta justificada en M3, conforme al logos del mundo codificado en los libros de caballerías, que es un logos ficticio, libresco e imposible. La locura de don Quijote responde a un diseño perfecto, en el que tanto el narrador, como don Alonso Quijano, tienen, respectivamente, mucho que decir y mucho que ver.

Confirmo, finalmente, que en el mundo lógico o terciogenérico (M3), el uso patológico de la razón corona la legitimación de cualquier tipo de locura. Cuanta mayor es la inteligencia y capacidad discursiva del supuesto “loco”, mayor es la coherencia, justificación y legitimación del uso patológico que hace de la razón. A don Quijote le avala la lógica caballeresca y sus profundas lecturas —que el narrador califica de “desordenadas”—, cuyo código, lenguaje y formas de conducta domina a la perfección. 

Don Quijote se sirve de ese código, esto es, de este dominio patológico de la razón, como un salvoconducto o justificante para hacer lo que le da la gana. Y hacer lo que le da la gana significa, en el contexto de la novela, jugar, al amparo y uso de ese código, a ser un caballero andante, y a protagonizar, jugando con los demás, especialmente con Sancho, una serie de acciones que ejecuta, casi siempre impunemente, arropándose un amparo y un derecho de los que solo puede disponer un loco, es decir, alguien que hace socialmente —y desde la tolerancia ajena— un uso patológico de la razón. Si don Quijote es consciente de este uso patológico que hace de la razón de la cual dispone, entonces su papel solo puede interpretarse como el de un cínico. 

Solo si don Quijote es inconsciente de ese uso patológico que hace de su razón, entonces aceptaré que es un ser inocente, y que desde la inocencia apalea a clérigos, libera a delincuentes, ataca los fundamentos jurídicos de un Estado, provoca injusticias mayores de las que trata de resolver, no se avergüenza de contraer deliberadamente deudas que sabe que nunca va a pagar, deja a su criado a merced de cualquiera que lo mantee o apalee, y roba instrumentos de barbería a quien se le cruza por el camino, entre otras muchas lindezas. 

Dicho de otro modo: si don Quijote es un inconsciente, que no sabe lo que hace, entonces no me quedará más remedio que aceptar que la crítica cervantina, desde 1614 —incluyendo a los autores del Quijote apócrifo, quienes objetivaron en esta novela la mejor interpretación contrarreformista que cupo hacer de la obra cervantina— hasta el momento de escribir estas líneas, 23 de julio de 2008 —con la excepción de Torrente Ballester (1975)—, está juzgando a un inocente, es decir, a alguien cuyos actos, como los actos de la crítica misma que tal locura interpreta, carecen, por irracionales, de todo valor y sentido. Sin embargo, algo así es por completo inasumible. Porque en don Quijote no cabe ni la inconsciencia ni la inocencia. Don Quijote es resultado de un uso patológico de razón. De un uso voluntariamente patológico de la razón. Porque la locura de don Quijote es una invención de la cordura de Alonso Quijano. Él es quien al comienzo de la novela la genera y él es quien al final de ella la clausura. El narrador, indudablemente, es su mejor cómplice.

Por otra parte, la locura es una de las formas más eficaces de sustraerse a las normas. Y esto es, en el Quijote, una cuestión decisiva. Las normas nos afectan a todos, son características esenciales de una sociedad política y con frecuencia se imponen para que nadie pueda evadirse de ellas. Las normas responden a exigencias morales que pretenden la óptima organización, coordinación y preservación de los individuos que constituyen un grupo social, cuya máxima expresión política es el Estado. 

Con todo, hay varias formas de evasión y de sustracción. Hay, por lo menos, tres: el fuero, el juego y la locura. 

El fuero es una forma colectiva y legal de sustraerse a las normas. Es una forma, por lo tanto, moral, que apela a la coordinación y supervivencia de un grupo humano frente a otros grupos ajenos y alternativos. 

El juego, a su vez, puede ser, en este sentido, tanto gremial como individual, y siempre es una forma moral de relación, porque afecta a grupos que disputan lúdicamente por sobrevivir o superarse unos a otros. 

La locura, por lo común, suele ser diagnosticada individualmente, y no en grupo. 

La mayor parte, pues, de estas formas de sustracción son gremiales, gregarias o colectivas —como el fuero y el juego—, es decir, proceden de grupos humanos cuyos miembros se articulan y organizan entre sí, reclamando derechos colectivos, privilegios o distinciones, es decir, normas propias, frente a terceros. 

El fuero selecciona las normas, pero no las suprime. Las distingue, por selección y por exclusión. Por su parte, el juego, lejos de derogar cualesquiera normas, las institucionaliza (hasta cierto punto) lúdicamente. Digo hasta cierto punto porque todo juego encubre cínicamente intereses muy trascendentes. Con todo, la forma de evasión o sustracción normativa individual por excelencia es la locura. 

Además, la locura tiene dos ventajas decisivas sobre cualesquiera otras formas de evasión normativa: el hecho radical de apelar a una cuestión ética —la salud personal—, y el hecho fundamental de que en toda locura las normas las pone el individuo, esto es, el yo. El “loco” no da cuentas a nadie. En la locura, la norma es un autologismo (la ley la dicta el yo). En el fuero y en el juego, la norma es un dialogismo (la ley la dicta el nosotros). En el caso de don Quijote, la locura es un autologismo, cuyas normas iniciales las pone el yo, es decir, el propio don Quijote; un autologismo, con todo, en el que, cada vez con mayor afluencia, quieren participar, es decir, quieren jugar, numerosos personajes que van incorporándose a la acción de la novela. De este modo, la locura autológica de don Quijote se va convirtiendo en una locura dialógica, en la que el cura, el barbero, Dorotea, Cardenio, los Duques, Antonio Moreno, Sansón Carrasco, etc., juegan sus cartas. Y el narrador las suyas.


Salud personal y derecho propio, he aquí las exigencias ética y moral de toda locura. Victimismo, triunfalismo y egoísmo. Y a jugar. 




Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Crítica de la Idea de Locura en el Quijote», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (II, 5.6.1), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria





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