III, 4.3.5 - El concepto de ficción literaria en la obra de Jauss



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







El concepto de ficción literaria en la obra de Jauss

Referencia III, 4.3.5




Wolfgang Iser, con Der Akt des Lesens (1976), coloca, junto a la teoría de la recepción, una teoría del efecto estético, que va desde los procesos de elaboración hasta la constitución del sentido por parte del lector, describiendo la ficción como una estructura comunicativa.
Jauss (1977/1986: 20)[1].


Jauss nunca llega a formular explícitamente una teoría de la ficción literaria. Fueron Karlheinz Stierle (1975, 1975a) y Wolfgang Iser (1972a, 1975, 1979, 1990, 1993) quienes lo hicieron —presa como Jauss de la subjetivación de la estética por la crítica kantiana— conforme a los planteamientos establecidos por su maestro en la teoría de la rezeptionsästhetik. Como a continuación he de exponer críticamente, su planteamiento del concepto de ficción literaria será fenomenológico, posibilista y psicologista, es decir, considerará la ficción dada en las obras literarias como un hecho fenoménico, no esencial; como un discurso idealmente constitutivo de un “mundo posible”[2], no como una dimensión más del mundo real y efectivamente existente, y en él integrada; y como una experiencia psicológica, resultante de la operación de lectura, que no como una experiencia lógica, objetivada en la realidad de la literatura.

Al referirse a la teoría de la ficción de la estética de la recepción, Jauss remite siempre convictamente a los trabajos de Iser y Stierle[3], asegurando a cada paso un punto de partida y de llegada netamente fenomenológico, posibilista y psicologista.

La experiencia estética no sólo organiza la compleja transformación de los sentimientos en la imaginación, sino que, además, mantiene consciente, per negationem, la realidad cotidiana como fondo, ante el que la ficción puede desarrollar la «esfera más alta de la poesía» (Jauss, 1977/1986: 196).

Para Jauss, la ficción del arte pertenecerá siempre a la esfera de lo imaginario, constituido como un mundo posible y poético ajeno al mundo real y prosaico, distinto de él, e incluso en cierto modo también negador de él. Esta actitud fenomenológica es siempre resultado de una posición epistemológica de génesis aristotélica (Hombre / Naturaleza) y de confirmación y formato kantianos (Sujeto / Objeto), en virtud de los cuales las relaciones entre el Mundo (real), por un lado, y el Arte (ficticio), por otra, se resuelven en la mente o conciencia del receptor mediante una relación de adecuación o correspondencia[4].

Por otro lado, en lugar de hablar literalmente de “mundos posibles” para referirse al ámbito ficticio de las obras de arte —y de lo que, en términos de Materialismo Filosófico, se denomina existencia no operatoria (Maestro, 2006a)—, Jauss optará por un término mucho más discutible y confuso: “mundos de subsentido”.

Lo que constituye dichos mundos de subsentido —el “mundo de la religión, de la ciencia, de la fantasía, del sueño”— no son, pues, las áreas, objetivamente diferenciadas, del objeto, sino el sentido diferente, que la misma realidad alcanza, según se la experimente desde una actitud religiosa, teorética estética o de cualquier otro tipo (Jauss, 1977/1986: 197).

Semejante declaración es de un idealismo impresionante, pues no hay más mundo posible que el que existe de forma real, efectiva y factible, esto es, el mundo interpretado en el que todos vivimos. Nadie puede sustraerse a él, salvo mediante exacerbaciones imaginarias de su conciencia, de tipo lisérgico o místico, comparables a las de la bruja Cañizares que retrata Cervantes en el Coloquio de los perros. En este punto, la afirmación de Dufrenne (1967: 650), en que se apoya explícitamente Jauss, es un puro disparate: “Il y a autant de mondes que d’objets esthétiques, et en tout cas que d’auteur”. ¿Alguien se atrevería a hacer un inventario ontológico de semejante repertorio de mundología posibilista?

Adelanto que el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura considera ficción a todo aquello que carece de existencia operatoria, es decir, a toda aquella construcción humana —construcción material, sin duda—, que, de naturaleza física (M1), psicológica (M2) o lógica (M3), posee existencia estructural, como hecho real que es, pero no operatoria, porque no puede manipular por sí misma otras realidades del mundo. Pongo un ejemplo: don Quijote posee existencia estructural, pero no operatoria, pues no podemos batirnos en duelo con él. Para ello, tendríamos que introducirnos en el formato y estructura de su novela, es decir, compartir con don Quijote una existencia estructural, algo que ya no es posible, porque Cervantes, que ya ha escrito la novela, no ha contado con nosotros para figurar entre los personajes de la fábula. 

En consecuencia, don Quijote es una ficción, es decir, una materia literaria real, puesto que leemos, editamos y manipulamos su libro (bien lo saben los bibliotecarios y sus distintos editores), y que por ello mismo carece de existencia operatoria (no existe fuera de la novela), ya que sólo posee existencia estructural dentro de los límites internos de la propia narración, nunca fuera de ella. Los personajes literarios son realidades literarias, pues como tales materiales estéticos existen y son objeto de análisis. Si son ficciones lo son únicamente porque su operatoriedad el en mundo empírico es igual a cero, y porque por eso mismo su existencia es estructural (en las formas del arte), y no operatoria (sobre la materia del mundo).

El grandísimo error de las teorías fenomenológicas de la ficción literaria es que, al reducir la ficción a una experiencia psicológica (M2), dejan de percibir, en primer lugar, el fundamento real de las realidades y materiales estéticos, como si don Quijote no existiera literariamente (las continuaciones literarias de la novela cervantina, comenzando por el propio Avellaneda), pictóricamente (véase la infinita iconografía textual de este personaje), musicalmente (Don Quijote de Strauss, Retablo de Maese Pedro de Falla…), etc., es decir, físicamente (M1); del mismo modo que, en segundo lugar, dejan de percibir el fundamento lógico (M3) de estas figuras literarias o estéticas como realidades conceptuales portadoras de ideas y de sistemas de ideas, como la Libertad, la Locura o la Religión, por citar sólo tres referentes muy complejos dados en esta novela. 

Al reducir la ficción a una experiencia psicológica se la contrapone fraudulentamente a una supuesta realidad de la que la ficción, lejos de estar disociada o coordinada —como literalmente piensan Jauss y sus discípulos, incurriendo en la falacia adecuacionista[5] (Maestro, 2007a)—, está integrada: porque la ficción no existe fuera del mundo real, sino que es una parte material y formalmente integrante de él, es decir, es una realidad ontológica y gnoseológica esencial del Mundo interpretado en que vivimos. La ficción no se opone a la realidad, porque forma parte de ella: la ficción del arte brota de la realidad del mundo interpretado y construido por el ser humano, es decir, por el artista y por el intérprete de la obra de arte. 

No hay mundos posibles alternativos al mundo real y efectivamente existente, porque tales mundos posibles son sólo formas metafísicas de mundos irreales, incorpóreos e inoperables e inoperantes. Dicho de otro modo, la teoría de los mundos posibles es un repertorio formalista de imposibilidades físicas. No hay ningún mundo posible, y ha de subrayarse la precisión del indefinido apocopado, donde don Quijote, Fausto o el Dante que protagoniza la Divina commedia tengan la más mínima posibilidad de existir[6].

Los trabajos de Karlheinz Stierle sobre el concepto de ficción en la literatura son, francamente, muy confusos, y con frecuencia contradictorios. Stierle comienza por distinguir textos ficticios y textos pragmáticos, como si la ficción no dispusiera la comisión de acciones explícitas o como si todos los escritos pragmáticos fueran necesariamente realistas, y no utopías manifiestas. Ante la insuficiencia de esta bipolaridad, no tarda Stierle en hablar de “textos cuasi-pragmáticos”[7]. Califica a los textos pragmáticos, dirigidos a la acción, de centrífugos, y a los textos ficticios, caracterizados, en principio (porque posteriormente dirá lo contrario), por su autorreferencialidad, de centrípetos. Lo que sucede es que con todas estas denominaciones no acabamos de saber exactamente qué cabe entender por ficción en los textos literarios.

En los textos de ficción, no es posible establecer si el autor ha querido decir lo que ha dicho. La utilización pseudorreferencial del lenguaje como utilización lingüística de la ficción no es otra cosa que una forma especial de utilización autorreferencial del lenguaje cuya peculiaridad necesita aún de mayor determinación […]. La función pseudorreferencial del lenguaje no es otra cosa que la autorreferencialidad en forma de pseudorreferencialidad (Stierle, 1975/1987: 111).

Afirmaciones de esta naturaleza, por su confusión, resultan ser muy poco recomendables. Con frecuencia, han sido causa del descrédito de la Teoría de la Literatura, a ojos de muchos una disciplina cuya finalidad consiste en resolver problemas que no existirían si no existiera la Teoría de la Literatura[8]. Es evidente que la ficción no puede ser autorreferencial, porque si así fuera el arte podría prescindir de la realidad y del mundo interpretado de los que brota, entre otras cosas porque el ser humano sólo puede vivir en este mundo, y no en ningún mundo posible. Menos aún en un cosmos metafísico. Evito insistir en el hecho, que doy por supuesto, de que el Mundo, esto es, la Ontología General, no cabe en la conciencia de un ser humano común y corriente, corpóreo y operatorio. Sin embargo, el propio Stierle, poco más adelante, vuelve a afirmarnos, contradictoriamente, que “la autorreflexividad [sic] de la ficción no implica su autonomía en relación con el mundo real” (131). Evidentemente. 

Si la ficción fuera autónoma del mundo real, y viviéramos en una ontología equivocista, donde nada está relacionado con nada, y no en una ontología dialéctica, en la que unas cosas están relacionadas con otras, pero no una con todas, ni alguna con ninguna, entonces los hechos ficticios resultarían inconcebibles, inaccesibles y, por supuesto, ininterpretables como tales, por indiscernibles. Si no hay conocimiento de la realidad, no puede haber conocimiento de la ficción. Dice Stierle que “la ficción no es más reflejo del mundo que representación de otra cosa distinta del mundo” (138), pero, en realidad, ¿qué hay distinto del mundo?, es decir, ¿qué hay fuera del Mundo, fuera de la Ontología General? El propio Dios de la Teología cristiana, de existir, no podría situarse nunca fuera de esta Ontología general[9].

Según Stierle (1975/1987: 102), “la recepción de textos de ficción necesita ser referida al status de ficción”. A continuación, añade que el “rasgo esencial del texto de ficción, prescindiendo de todas las referencias particulares a la realidad, es que tiene carácter de aserción inverificable” (102). Pero, inverificable…, ¿desde qué criterios de verificación?, ¿desde qué conjunto de premisas? Si prescindimos de la realidad, no es posible verificar nada, porque nuestras premisas son igual a cero. Ni la más radical fenomenología puede prescindir de la realidad, incluso mental, del propio sujeto. En el desarrollo de las argumentaciones de Stierle, el lector se encuentra con auténticos trabalenguas:

Que las funciones de sujeto de la producción y sujeto de la recepción sean, en el texto de ficción, funciones pragmáticas representadas significa que el texto de ficción no está simplemente fuera de una situación de comunicación —y, por lo tanto, es un texto carente de situación y abierto a precisión situacional—, sino, que la ficción está referida a una implícita situación de comunicación que, por su parte, es un momento de la comunicación (Stierle, 1975/1987: 103).

Por su parte, el concepto de ficción propuesto por Iser es menos confuso que el de Stierle, pero igualmente insostenible, dado que sus apoyaturas son de un absolutismo fenomenológico que ninguna teoría de la ciencia estaría dispuesta a aceptar. Como advierte el propio Stierle, para Iser, el lector “es atraído a la ficción misma y la experimenta como realidad propia” (Stierle, 1975/1987: 112). 

Bien, si algo así fuera factible, y sólo en algunas circunstancias (nada deseables) puede serlo, estaríamos ante un receptor al que la lectura de obras literarias hace enloquecer, porque sólo desde la patología de la recepción se puede interpretar como realidad operatoria propia lo que es, y sólo puede ser, una realidad no operatoria ajena, dicho de otro modo, sólo desde la patología de la razón se puede considerar verdadero lo que no existe, porque su existencia es estructural, desde el momento en que sólo “sucede” o “tiene lugar” en las obras de arte literarias. 

Un lector así, como todo intérprete que se mueva por tales impulsos —es decir, digámoslo abiertamente, por tales patologías—, actuaría como una Alicia en el país de las maravillas, dando lugar a una hermenéutica de ciencia-ficción, propia de un pensamiento romo[10]. Stierle concluye sus tesis proclamando un acuerdo con Iser, precisamente en un punto que este último asumirá como la primera piedra de su propuesta general sobre la ficción literaria: que la ficción no tiene que ver con el mundo, sino con una propuesta de organización del mundo.

Lo que representa la ficción —y en esto estoy de acuerdo con Iser— no es el mundo, sino la posibilidad de organizar complejos de experiencia (Stierle, 1975/1987: 128).

He insistido mucho en la idea inequívoca de que la ficción no existiría si no estuviera implicada en la realidad y si, de hecho, no brotara de ella. Si la ficción no se refiere al Mundo, es decir, al Mundo interpretado e intervenido por la razón, entonces, ¿a qué se refiere? ¿Al noúmeno kantiano? ¿Al ápeiron de Anaxágoras? ¿Al Sphairos eleático? ¿Al acto puro aristotélico? Es evidente que lo que Iser quiere decir es que la ficción, tal como él la interpreta, desde la más absoluta fenomenología de la recepción, no tiene que ver con el Mundo tal como es (M), sino con el Mundo tal como lo interpreta la conciencia de cada receptor ([Mi] < E), dado que según su epistemología ultrafichteana, el mundo existe, sí, pero sólo en la conciencia, en la mente, en la imaginación, del receptor. 

De este modo, el lector ideado por Iser —no sé si antes o después de hacerse “implícito”, es decir, de disolverse en el formalismo puro— puede permitirse, al menos psicológicamente, vivir en un Mundo (interpretado) a la carta. Tal como Iser entiende la ficción, ésta sería una patología de la lectura literaria: una forma patológica de interpretación cuyo protagonista es el lector y, sobre todo, su conciencia. 

El lector de Iser es un receptor que juzga desde las emociones y estados anímicos fenomenológicos, es un intérprete psicologista (M2), que o bien no usa la razón o bien la ha perdido por completo sin echarla de menos (M3), y que por ello mismo lee (ilusoriamente) como realidad operatoria lo que sólo es (morfológicamente) realidad estructural, pero sin hacer nunca legibles las ideas formalmente objetivadas en los materiales literarios. Es, de hecho, el lector de Iser, un lector que actúa de forma ajena a la razón. Porque es un lector virtual, ideal e irreal, que el propio Iser califica retóricamente de “implícito”, y que no existe en ninguna parte. Ni siquiera en el propio texto literario, donde la conciencia fenomenológica del lector iseano lo hace aparecerse como el espejismo en el desierto, esto es, como un epifenómeno de la mente.

La teoría literaria concebida por Iser constituye una auténtica ordalía del psicologismo. Propiciadora del destructivismo derridiano, disuelve físicamente dos materiales literarios fundamentales, como son el texto y el lector:

La convergencia de texto y lector dota a la obra literaria de existencia, y esta convergencia nunca puede ser localizada con precisión, sino que debe permanecer virtual, ya que no ha de identificarse ni con la realidad del texto ni con la disposición individual del lector (Iser, 1972/1987: 216).

¿Quiere decir Iser que antes de que el lector manipule, mediante su recepción e interpretación, el texto literario la obra literaria no existe? ¿Quiere decir también que semejante convergencia o interpretación se sitúa en una suerte de limbo hermenéutico ilocalizable? Pero, ¿qué lección de metafísica es ésta? Todo en Iser parece ser virtual, ideal e implícito. Desde el lector hasta la literatura misma, cuyos límites interpretativos sitúa entre dos parámetros absolutamente psicologistas: “el aburrimiento y el agotamiento”, ambos “forman los límites más allá de los cuales el lector abandonará el terreno de juego” (Iser, 1972/1987: 216-217).

Otro de los gravísimos errores que eclipsa todo racionalismo posible en la idea de ficción que sostiene Iser es el relativo a la ruptura entre literatura y realidad: “Esto reviste una especial importancia en los textos literarios a la vista del hecho de que éstos no corresponden a ninguna realidad objetiva exterior a ellos mismos” (Iser, 1972/1987: 218). Entonces, ¿cuáles son los contenidos de la literatura? ¿De qué habla la literatura? Si la literatura no hace referencia a realidades objetivas exteriores, ¿a qué hace referencia? ¿A lo que está más allá del Universo conocido? 

La ruptura de esta symploké, es decir, de esta relación racional, crítica y lógica, entre el Mundo interpretado operatoriamente (realidad) y la literatura (ficción), equivale, en primer lugar, a plantear entre uno y otra una relación de exclusión, de autonomía y de insolidaridad que, de hecho, son imposibles, y, en segundo lugar, a negar una evidencia incontestable: que realidad y ficción son conceptos conjugados, desde el momento en que la ficción nunca expone ni desarrolla nada que no esté de un modo u otro implicado en la realidad. Los términos o materiales de la ficción son los términos y materiales de la realidad. En la realidad, estos términos obedecen a relaciones supuestamente causales, consecuentes y lógicas, mientras que en la ficción tales relaciones responden a licencias poéticas. Dicho de otro modo: la ficción está hecha de realidades, si bien organizadas —esto es, relacionadas y operadas— de forma diferente, pero en ningún caso ajenas, al Mundo interpretado.

Adviértase el absolutismo psicologista que Iser impone en su teoría fenomenológica de la recepción literaria:

Todo lo que leemos se sumerge en nuestra memoria y adquiere perspectiva[11]. Luego puede evocarse de nuevo y situarse frente a un trasfondo distinto con el resultado de que el lector se encuentra capacitado para establecer conexiones imprevisibles hasta entonces. La memoria evocada, sin embargo, nunca puede recuperar su forma original, pues esto equivaldría a decir que memoria y percepción son idénticas, lo cual es manifiestamente inexacto. El nuevo trasfondo saca a la luz nuevos aspectos de lo que habíamos confiado a la memoria; a la inversa, éstos, a su vez, proyectan su luz sobre el nuevo trasfondo suscitando así anticipaciones más complejas. De este modo, el lector, al establecer estas interrelaciones entre pasado, presente y futuro, en realidad hace que el texto revele su multiplicidad potencial de conexiones. Estas conexiones son el producto de la mente del lector[12] que trabaja sobre la materia prima del texto, si bien no son el texto en sí, pues éste sólo se compone de oraciones, afirmaciones, información[13]” (Iser, 1972/1987: 220-221).

Iser destruye la realidad de la literatura para quedarse con el espejismo que contempla un lector irreal. De este modo, Iser puso a disposición de todos los posestructuralismos posmodernos la idea de un lector sin ciencia, sin razón y sin criterios (M3), movido únicamente por su sensorialidad, su fenomenología, su ilusionismo, es decir, su vacío y vacuidad. Creó, de este modo, un lector vacante, sin ocupación ni ejercicio, sin criterios, sobre todo, y cuya mente, sumida en un abismo sin ideas, resultaba excelente para llenarla de prejuicios.

El impacto que esta realidad produzca en él [el lector] dependerá en gran parte de la medida en que él mismo proporcione activamente la parte no escrita del texto, y con todo, al suplir todos los eslabones ausentes, deberá pensar en función de experiencias diferentes a la suya propia; en efecto, sólo dejando atrás el mundo conocido de su propia experiencia es como el lector puede participar verdaderamente en la aventura que el texto literario le ofrece (Iser , 1972/1987: 225).

Ante todo ha de advertirse que el texto literario no ofrece aventuras, sino sistemas de ideas. Educarse críticamente, filológicamente, estéticamente, etc., en las posibilidades y modos de conocimiento de esas ideas y sus sistemas de conocimiento es el objetivo fundamental de las ciencias literarias en general y de la Teoría de la Literatura en particular. Lo que Iser propone es el triunfo del psicologismo al servicio de los derechos personales de la interpretación literaria. De nuevo asoma la larga sombra de Lutero. 

En este punto, Iser supone un profundo retroceso respecto a Jauss. No sólo renuncia a las normas, sino también al dialogismo, incurriendo en un radical autologismo. El yo, en Iser, lo es todo. Se conforma con la visión del espejismo en el desierto, sin querer saber lo que le dice la lógica de las leyes de la óptica. Iser renuncia a la razón y se confina en los límites de una conciencia idealista y autosuficiente. Iser es a Jauss lo que Fichte fue a Kant: la radicalización del subjetivismo (del yo) en el idealismo trascendental (del nosotros).

Asimismo, cuando Iser afirma que, “de la misma manera, dos personas que contemplen el cielo nocturno pueden estar mirando el mismo grupo de estrellas, pero una verá la imagen de un arado, y la otra pensará en un carro” (Iser, 1972/1987: 226), está reduciendo la interpretación de la realidad a una interpretación de fenómenos, porque ambos receptores verán “arados” y “carros” allí donde no existen, es decir, verán espejismos, apariencias e ilusiones, en lugar de ver realidades. Así son la fenomenología y el proceder del método iseano de interpretación literaria: suplantan la realidad de los materiales literarios (autor, obra, lector e intérprete) por apariencias (“texto virtual”, “repertorio”, “ilusión”, “blancos”, “punto de vista errante”, “lector implícito”, etc…). Iser subroga así las figuras gnoseológicas por figuras tropológicas y metafóricas. Dicho de otro modo, sustituye el conocimiento por la ilusión. No será necesario saber Geometría para distinguir un redondel de una circunferencia, porque podremos vivir ignorando lo que es este último concepto geométrico. A Iser le interesa el fenómeno (el redondel), no el concepto (la circunferencia).

Diré, como conclusión a este apartado, que cuando la teoría literaria moderna y contemporánea habla de ficción, incurre en una confusión objetiva de términos literarios, ideas filosóficas y conceptos categoriales, procedentes de diversas ciencias humanas, disciplinas académicas o simples experiencias psicológicas. Es el caso de teorías filológicas o retóricas de la ficción, como las de Cesare Segre (1985), y antes que él, desde un formalismo completamente idealista e iluso, Wayne C. Booth (1961); es el caso también de teorías de la ficción literaria basadas, bien en el idealismo metafísico de los mundos posibles, como las aducidas por Lubomir Dolezel (1988, 1989, 1998), que conducen a una interpretación teológica de la literatura (completamente desvinculada y ajena de la realidad material en que la literatura está inserta y a partir de la cual está construida, como tal materialidad literaria que es), bien en el materialismo fisicalista más parvulario e ingenuo, como las de Siegfried J. Schmidt (1980), que reduce la totalidad de los materiales literarios a una realidad física primogenérica, manufacturable e inventariadamente inerte[14]; sin embargo, la mayor parte de las teorías literarias que se han enunciado sobre la ficción se basan en argumentos puramente psicologistas, que conducen sin más a una exaltación metafísica y optimista de las formas literarias, concebidas desde una suerte de “creacionismo mágico”, como sucede en los trabajos de Félix Martínez Bonati (1992); en otros casos, este psicologismo explicativo de la ficción literaria trata de justificarse en términos fenomenológicos o pragmáticos (Landwehr, 1975; Glinz, 1977-1978; Reisz, 1979, 1989; Searle, 1975); finalmente, cabe referirse a las teorías literarias que tratan de explicar la ficción desde lo que ellas mismas llaman antropologismo, y que no es sino, una vez más, una nueva variante del psicologismo y la fenomenología, desarrollados en esta ocasión desde la interpretación formalista que el lector de turno, convertido por la institucionalización académica y los medios de recepción universitaria en crítico privilegiado, hace del texto literario (Iser, 1990; Ricoeur, 1983-1985; Vargas Llosa, 1990)[15]. Para todo ellos, quod non est in actis non est in mundo…  







Notas

[1] Cursiva mía.

[2] Volli (1978) tiene toda razón en su crítica a Dolezel, al negar que sea posible el uso del concepto de “mundo posible” fuera del ámbito de la lógica. Dolezel insiste en una falsedad palmaria: afirma que su teoría se basa en una lógica-ontológica de la obra literaria, cuando en realidad simplemente conduce a una metafísica de la literatura. No elabora una teoría del hecho literario, sino una Teología de la Literatura. Sus teorías son más ficticias que la propia ficción que él mismo dice estudiar en la realidad literaria. El concepto de “mundo posible” aplicado a la literatura desemboca en una tropología metafísica. Cuando Pavel (1975, 1986), Dolezel y Eco (1979) se declaran partidarios de una semántica específicamente literaria, lo que hacen es desvincular sus interpretaciones de la literatura de la realidad en la que la literatura está inserta, es decir, separan la literatura de la ontología, con lo cual convierten la obra literaria en una suerte de “alma sin cuerpo” o mónada megárica, autodeterminada y trascendente, de la que, por supuesto, sólo ellos pueden ser intérpretes o analistas, cuales mediums de la interpretación literaria y reveladores de su “verdad”.

[3] “Con la fórmula estructural «el mundo aparece como horizonte de la ficción, y la ficción, como horizonte del mundo» acepto los resultados de la teoría del acto lingüístico de Karlheinz Stierle (1975a)” (Jauss, 1977/1986: 196).

[4] Sobre la falacia adecuacionista, vid. Bueno (1992) y Maestro (2007a).

[5] “El mundo de la ficción y el mundo real están coordinados por una especie de horizonte recíproco” (Stierle, 1975a: 378), citado plausiblemente por Jauss (1977/1986: 200).

[6] Anderegg (1973: 107 ss), re-citado por Stierle, sostiene que “el campo ficticio de referencia, característico de la ficción, no es la ficción misma, sino la hipótesis de otro mundo en el que la ficción tiene su sede” (Stierle, 1975/1987: 131). Bueno. Anderegg me explicará cuál es ese otro mundo, distinto del único Mundo (M) existente, y su ontología general, en el que “la ficción tiene su sede”.

[7] “Hay una forma de recepción de textos de ficción que se puede llamar recepción cuasipragmática. En la recepción cuasipragmática, el texto de ficción es superado en la marcha hacia una ilusión ultratextual causada por el receptor mismo a estímulos del texto” (Stierle, 1975/1987: 104). Confieso no ver claridad, ni tampoco utilidad alguna, en tales afirmaciones.

[8] La “teoría” de la ficción de Stierle está llena de trabalenguas: “Conseguir la ficción, en la perspectiva del receptor, supone la disolución cuasipragmática de la ficción en ilusión, pero sólo para obtener la base necesaria para la constitución de la ficción misma” (Stierle, 1975/1987: 113). En otro lugar: “Sólo el retorno reflexivo de la ilusión concebida cuasipragmáticamente a la ficción y a su articulación pseudorreferencial hace visible la forma puesta en juego en la composición ficcional” (128).

[9] De hecho, el Dios de la Teología cristiana es producto de la ontoteología aristotélica, y de su idea de Acto Puro, reinterpretada y recuperada por Tomás de Aquino para mayor gloria de la filosofía confesional de su Iglesia.

[10] La llamada ciencia-ficción no es sino una construcción adulterada del Mundo (M), es decir, una visión falsificada del mundo no conocido o no interpretado racionalmente por los seres humanos en los términos de las ciencias categoriales. Pero esta construcción adulterada del mundo desconocido se hace siempre a partir de conocimientos, igualmente adulterados, del mundo conocido.

[11] Leamos la misma frase sustituyendo memoria por inteligencia, y comprobemos de este modo cómo Iser sustituye la Lógica por la Psicología: “Todo lo que leemos se sumerge en nuestra inteligencia y adquiere perspectiva”. Iser suprime M3 en favor de M2.

[12] He aquí la máxima ordalía del psicologismo, determinante en la teoría de Iser.

[13] Cursiva mía. Entonces, ¿cabe diferenciar el texto en sí de la materia prima del texto, y afirmar, con Iser, que el texto en sí es sólo “oraciones, afirmaciones, información…”, como si tales oraciones y afirmaciones no fueran realidades ontológicas y contenidos gnoseológicos?

[14] Schmidt, al reducirlo todo al primer género de materialidad (M1), es decir, al mundo de los objetos físicos, sostiene una de las concepciones más groseras y torpes de lo que el materialismo puede ser. Desde los presupuestos del materialismo filosófico, el materialismo que practica Schmidt resulta caricaturesco y zafio. En esta reducción de todo cuanto existe a materialidad primogenérica, Schmidt incurre en un formalismo primario, en virtud del cual la ficción queda convertida en una realidad material del mundo físico, tal como sostiene en su artículo de 1984, en el que con toda naturalidad afirma que “la auténtica ficción es que la realidad existe” (1984: 253). Quien lea el trabajo de Schmidt comprobará hasta qué punto su autor ignora que esta perspectiva le conduce directamente al Calderón de La vida es sueño, es decir, a una cosmovisión barroca, escéptica, del mundo material mismo, desde el momento en que presupone que las realidades sensibles “nos engañan”, y que el mundo físico está lleno de apariencias, simulacros y falacias, pues, como él mismo dice, la realidad efectivamente existente es una ficción. El paso siguiente, como apuntan las soluciones místicas y religiosas del más variado pelaje, será el de buscar la “no ficción”, esto es, la “realidad auténtica”, en un mundo metafísico, divino, celestial, o cosa que se le parezca. Los trabajos de Schmidt son, en punto de ficción, completamente inconsistentes, y en punto de materialismo, un reduccionismo grosero y por entero deficiente.

[15] El caso de Vargas Llosa en su libro La verdad de las mentiras es especialmente sangrante, pues se trata de una vulgarización retórica de la ficción literaria, expresada como si fuera resultado de la lógica de un genio, cuando en realidad es psicología de la más común y banal. Nada más. No es posible adoptar o criticar la idea de ficción sostenida por Vargas en su libro, entre otras cosas porque en él no está contenida ni expuesta ninguna idea al respecto, sino simplemente el relato de una psicología de la ficción, por lo demás irracionalista, según la cual toda obra literaria tendría que leerse como un libro de ejercicios místicos, algo así como una experiencia que permite al Hombre entrar en contacto con lo trascendente y numinoso, lo “profundo”, lo “auténtico”, de su existencia. Se trata, en suma, de una acumulación de figuras retóricas. Absurdeces. Señala Antonio Garrido que autores como Iser, Ricoeur y Vargas, “coinciden en señalar que la ficción permite al hombre profundizar en el conocimiento de sí mismo, alcanzar sus anhelos, evadirse de las circunstancias que condicionan su vida cotidiana y tener acceso a experiencias del todo imposibles por otros conductos”. De este modo, toda la literatura quedaría reducida a una suerte de Cántico espiritual, cuyos lectores resultarían ser sujetos capaces de existir durante algún tiempo fuera de la “realidad cotidiana”, acudiendo a un lugar —indudablemente metafísico— donde se les surtiría del conocimiento de sí mismos, para después regresar de nuevo al mundo dotados de este tipo de sapiencia trascendental. Ésa es la teoría de la ficción de Iser, Ricoeur y, sobre todo, Vargas Llosa como crítico literario, que no como novelista. Esta mística de la literatura como teoría de la ficción es innegable en las afirmaciones psicologistas de un crítico tan reputado como Iser, quien no tiene ningún reparo en escribir irracionalismos como los que siguen: “Las ficciones literarias muestran a los seres humanos como ese algo que ellos se hacen ser y como que ellos entienden que son. Para este propósito uno tiene que salir de sí mismo, de manera que pueda exceder sus propias limitaciones” (Iser, 1990a/1997: 57). Me pregunto cómo sería posible semejante viaje. La conclusión de Iser es de un irracionalismo metafísico incompatible con la razón humana: “La ficcionalización es la representación formal de la creatividad humana, y como no hay límite para lo que se puede escenificar, el propio proceso creativo lleva a la ficcionalidad inscrita, la estructura de doble sentido […]. Este estado de cosas arroja una luz bastante inesperada sobre la condición humana. El deseo, firmemente arraigado en nuestro interior, no sólo de tenernos a nosotros mismos, sino incluso de conocer lo que es ser, hace que la ficcionalización se oriente en dos direcciones distintas. Las ficciones resultantes pueden describir la satisfacción de este deseo, pero también puede proporcionar una experiencia de lo que significa no poder hacernos presentes a nosotros mismos” (Iser, 1990a/1997: 58 y 63-64). 






Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «El concepto de ficción literaria en la obra de Jauss», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (III, 4.3.5), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria




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