III, 4.3.3.2 - La contribución decisiva de Jauss al cierre categorial de la Teoría de la Literatura como ciencia de la literatura



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







La contribución decisiva de Jauss al cierre categorial de la Teoría de la Literatura como ciencia de la literatura

Referencia III, 4.3.3.2





Gustavo Bueno
Adelanto la conclusión: el pensamiento literario de Jauss ha contribuido de forma determinante y única a propiciar el cierre categorial de la Teoría de la Literatura como ciencia de la literatura, cierre categorial que ha tenido lugar a fines del siglo XX y comienzos del XXI, y nunca antes en la historia de la investigación científica de la literatura. Voy a explicarme.

Diré en primer lugar, siguiendo la Gnoseología Materialista de Bueno (1992), que el cierre categorial de una ciencia no es más que una delimitación ontológica (los materiales o términos que constituyen el campo de investigación de una ciencia) y una delimitación gnoseológica (los procedimientos operatorios lógico-formales y lógico-materiales llevados a cabo para interpretar científicamente los materiales identificados ontológicamente). El campo categorial de la Teoría de la Literatura lo constituyen cuatro términos o materiales fundamentales: autor, obra, lector e intérprete o transductor. No cabe hablar de literatura al margen de ellos o de uno de ellos. Estos cuatro términos cierran el campo categorial de la Literatura del mismo modo que los elementos químicos de la tabla periódica de Mendeléiev cierran el campo categorial de la Química. Desde el punto de vista de la Gnoseología, la Teoría de la Literatura, como ciencia de la literatura, lo único que hará será conceptualizar material y formalmente tales términos ontológicos. Éste es el cierre categorial dado en el campo de los hechos y materiales literarios.

Las ciencias, en consecuencia, se organizan en campos gnoseológicos o categorías lógico-materiales, es decir, en sistemas de materiales formalmente conceptualizados o interpretados. Se dice que una ciencia está cerrada porque su campo gnoseológico está delimitado y definido por un conjunto sistemático de materiales que han sido interpretados de forma racional y lógica. Ha de subrayarse que los materiales que integran un campo categorial, científico o gnoseológico, están relacionados entre sí de forma racional y lógica, es decir, de forma sistemática y en symploké (Platón, Sofista 259 c-e). Se habla de cierre categorial, o cierre científico, porque el campo categorial o científico está sistemáticamente delimitado por una serie de materiales, cuya formalización o conceptualización es constitutiva de la ciencia dada, y porque hay otros materiales cuya formalización o conceptualización no compete ni es objeto de esa ciencia particular. Una ciencia es un sistema cerrado a la interpretación de materiales que no forman parte de su campo categorial, y que por tanto no constituyen ni ontológicamente ni gnoseológicamente parte de esa ciencia. Por ejemplo, el endecasílabo es un material de la Teoría de la Literatura (Métrica), pero el fémur de un mamut o las moléculas de carbono contenidas en el benceno no lo son, porque estos dos últimos términos categoriales son materiales que pertenecen respectivamente a los campos categoriales de la Paleontología y de la Química, y que en la medida en que pertenecen a ellos los constituyen ontológicamente y gnoseológicamente. El cierre categorial de una ciencia, o categoría, se consuma, se cumple, podríamos decir, cuando el científico (sujeto operatorio) trabaja (relaciona y opera) con todos los materiales (términos) del campo categorial, o espacio gnoseológico, que constituye su ciencia, como categoría específica.

No se puede ejercer una ciencia al margen de la totalidad de sus contenidos materiales o términos. No se puede hacer Química sólo con el benceno, o sólo con el sodio. Del mismo modo, no se puede ejercer la Medicina ocupándose solamente del corazón o los pulmones, y sin prestar atención al hígado o a los riñones. Una ciencia sólo puede ejercerse correctamente teniendo en cuenta la totalidad de los materiales o términos que la constituyen y, además, teniendo en cuenta la forma en que estos materiales o términos se relacionan entre sí, es decir, conceptualizándolos debidamente.

Por lo que se refiere a la Teoría de la Literatura, como ciencia de la interpretación de los materiales literarios, ésta sólo puede ejercerse plenamente si se tienen en cuenta todos los materiales literarios efectivamente existentes, que son los cuatro fundamentales (autor, obra, lector y transductor). Es tan absurdo hablar de una teoría literaria reducida al autor, o al texto, o al lector —como hace Jauss—, como hablar de una Medicina limitada al riñón o a la uretra, o de una Química confinada al hidrógeno o al wolframio. El cierre categorial de la Teoría de la Literatura, y por tanto su operatividad como ciencia, sólo se produce cuando trabajamos con los cuatro elementos fundamentales de su campo categorial o gnoseológico —autor, obra, lector y transductor—, los cuales están relacionados en symploké. Prescindir de uno de estos términos a la hora de interpretar la Literatura será tan irracional como ejercer la Oftalmología ignorando la existencia del corazón o del cráneo. Porque no se puede ignorar ni derogar la relación efectivamente existente entre las partes que constituyen una misma totalidad (atributiva, que no distributiva), es decir, entre los términos que —ontológica y gnoseológicamente— cierran una categoría, en la que cada término desempeña funciones atributivas específicas y no intercambiables[1], como puede ser el cuerpo humano, para la Medicina, o como, en su caso, lo es para la Teoría de la Literatura la Literatura escrita por un Autor, codificada en un Texto, leída por un Lector e interpretada por un Crítico o Transductor.

Ahora bien, desde el punto de vista de la gnoseología materialista, una ciencia no puede ser reducida a una teoría, ni a un conjunto de teorías, por muy organizados que ésta o éste se presenten. Es decir, no podemos hacer de la estética de la recepción la Ciencia única de la literatura, porque precisamente la rezeptionsästhetik limita a un único término, el lector, al que subordina todos los demás, la esencia de lo que la literatura es. Dicho de otro modo, convierte una estructura dada en symploké en una totalidad monista, en la que una parte o término (el lector) domina y subsume a todos los demás (autor, obra e intérprete). Algo así equivale a incurrir en un teoreticismo popperiano, en un formalismo idealista, cuyo límite sin duda es metafísico, dada su desvinculación de la materia. Es el caso de la Teología, que es especulación pura, es decir, retórica, o en el mejor de los casos racionalismo idealista, porque su objeto de conocimiento, Dios, no existe materialmente. Su M1 es igual a 0. Una ciencia es una construcción operatoria, una construcción ejecutada por sujetos corpóreos que actúan, y no sólo desde teorías que formalizan experiencias psicológicas, sino desde teorías que formalizan realidades materiales efectivamente existentes. Las ciencias trabajan con el M1 de sus objetos de conocimiento, los términos o materiales que componen físicamente su campo categorial, cerrado, pero no clausurado, para dar de ellos interpretaciones explicitadas de forma racional y lógica (en M3), al margen de las preferencias o inquietudes psicológicas y anímicas (M2) de los investigadores. Las ciencias son construcciones en las que se conjugan elementos formales y materiales. Cuando las teorías se desvinculan de las realidades materiales, cuando pierden toda posibilidad de conjugación formal con la materia, entonces degeneran en especulaciones, en hipótesis, es decir, en formas completamente desconectadas de la realidad física y material del mundo real y efectivamente existente. Las ciencias son superiores e irreductibles a las teorías, porque las ciencias comportan y movilizan arsenales físicos de múltiples términos, operaciones y relaciones (sintaxis), fenómenos, esencias y referentes (semántica), sujetos, colectividades y pautas de interpretación y actuación (pragmática), sobre cuya complejidad se construye el Mundo Interpretado (Mi), y al margen del cual el Mundo (no interpretado) permanece como una realidad ilegible e inerte (M), es decir, inoperable.

En el contexto de la Literatura, una vez más se confirma que la Crítica de la Literatura tiene más que ver con la Filosofía que con la Ciencia, la cual se identifica propiamente con una Teoría de la Literatura. Una situación análoga se da en el espacio gnoseológico de la Historia. No puede debatirse, en abstracto, si la Historia es una Ciencia o no, pues en su seno, esto es, en las operaciones que lleva a cabo el historiador, se dan muchos modos de “hacer Historia”. De la misma manera que también hay muchos modos de “hacer teoría literaria”. Uno de estos modos es el comparatismo, que procede mediante modelos (construcciones de relaciones a partir de términos), de acuerdo con operaciones que el sujeto operatorio, como comparatista, lleva a cabo en el campo gnoseológico de la Literatura, mediante la relación (comparación) de términos (materiales literarios) categoriales. La figura gnoseológica fundamental de la Literatura Comparada, como modus sciendi de la Teoría de la Literatura, es la relación. En Literatura Comparada, relacionar es operar, y operar es interpretar (Maestro, 2008).

Con todo, desde la Retórica de Aristóteles está formulada ya para la Teoría de la Literatura la idea esencial de la pragmática literaria a la que Jakobson dará forma estructuralista en su célebre ponencia de Indiana en 1958, y a la que apenas una década después Jauss convertirá en la fenomenología causalista del hecho literario: “Tres son los elementos —dice Aristóteles (Retórica, 1358b)— que entran en todo discurso: el que habla, el tema sobre el que se habla y el oyente a quien se habla. Y el fin es el oyente”. Jauss convertirá la conciencia del oyente, una figura en la que Aristóteles objetivaba la teleología del discurso en general y de la literatura en particular, en una conciencia causal y productora de la literatura como hecho significante. Jauss, acaso sin saberlo, estaba reduciendo la literatura a un epifenómeno de la conciencia subjetiva. Algo que Iser radicalizaría a lo largo de sus propias investigaciones. Muy lejos de hacer de la obra de arte verbal un objeto de conocimiento crítico y objetivo, propio de una conciencia lógica y trascendental, la convierte en un estímulo fenomenológico y acrítico de la conciencia psicológica de cada lector. Tras la estética de la recepción alemana, la interpretación literaria queda una vez más a merced de los hermeneutas de la psicología egoísta y de la ideología gremial, cuyo límite es el autismo individual y gregario. De aquellos polvos, estos lodos. Por tales caminos discurre actualmente la “teoría literaria” posmoderna.

De un modo u otro, a Jauss corresponde inequívocamente haber dado un paso decisivo en la codificación de la figura del lector como término registrado en el campo categorial de la Teoría de la Literatura. Que posteriormente tanto Jauss como sus discípulos, sobre todo Iser, hayan reducido, e incluso jibarizado, la figura del lector a una entidad psicológica, idealista y formalista, en nada minusvalora la decisiva aportación jaussiana, la cual hizo posible, a fines del siglo XX y comienzos del XXI, la incorporación de la figura del transductor o intérprete al campo categorial de la literatura, objetivando de este modo el cierre categorial de la Teoría de la Literatura como ciencia literaria (Maestro, 2007a).

Como he indicado desde el comienzo, la literatura puede sobrevivir sin lectores, pero no sin intérpretes. De hecho, la literatura que se lee en las universidades e instituciones académicas no se lee, a veces incluso desde hace siglos, fuera de ellas. Cárcel de Amor de Diego de San Pedro, Samson Agonistes de John Milton, o Pasión de la Tierra de Vicente Aleixandre, es literatura que no tiene lectores, sino intérpretes. Son obras de arte que no se leen fuera del mundo académico, es decir, al margen del mundo interpretado y categorizado por las ciencias de la literatura. Por eso puede afirmarse que la literatura, que puede existir sin lectores, no puede sobrevivir sin intérpretes. Desde siempre, la literatura ha perdido y pierde miles y miles de lectores diarios. Las obras literarias mueren para el público masivo y se codifican o incluso fosilizan en los cánones interpretativos del mundo académico. La literatura vive, pues, sobre la pérdida de millones de lectores a lo largo de su historia. Siempre ha sido así. La única novedad es que, contemporáneamente, mejor dicho, posmodernamente, la literatura ha comenzado a perder intérpretes. A perderlos de forma masiva, institucional y académica. Hoy por hoy en las universidades, especialmente en las estadounidenses, y americanas en general, se leen menos obras literarias que nunca. Lo mismo cabe decir de buena parte de los departamentos de Letras de las universidades europeas, especialmente anglosajonas y también anglogermanas. En lugar de literatura se estudia “cultura”, esto es, el opio del pueblo. La literatura pierde intérpretes: los estudiantes universitarios, como muchos de sus profesores, carecen de formación filológica suficiente para ser capaces de interpretar críticamente textos y materiales literarios. La “cultura”, por su parte, gana “estudiosos”. Es la hora de los “estudiosos culturales”. El pueblo quiere opio. No quiere intérpretes[2]. Prefiere el espejismo al oasis, prefiere la alucinación lisérgica a la experiencia crítica y científica, prefiere el sueño freudiano a la vigilia racionalista.







Notas

[1] Es decir, el hígado no puede sustituir al oído en sus funciones orgánicas, ni los dedos de la mano puede reemplazar funcionalmente, ni por unos segundos, la labor que en el organismo desempeña el tiroides. Es lo que sucede en toda totalidad atributiva. Por su parte, en las totalidades distributivas, los grupos de términos desempeñan funciones isovalentes o distributivas.

[2] El mismo ejemplo puede aducirse respecto a las lenguas. El latín y el griego clásico han sobrevivido durante siglos a sus hablantes, como “lenguas muertas”. Y como lenguas muertas seguirán vivas entre los gramáticos y filólogos grecolatinos. Del mismo modo que la literatura sigue viva en el mundo académico y universitario de sus intérpretes. Otra cosa es que consideremos la Universidad, y en conjunto las instituciones académicas, como un cementerio literario. No me opongo a esta imagen, pero adviértase que ninguno de nuestros colegas puede aceptarla sin incurrir en un descarado cinismo: porque de ese cementerio vivimos. Y de él cobramos. No sabré decir si como sacerdotes o como sepultureros. Aunque algunos lo hagan como muertos.






Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «La contribución decisiva de Jauss al cierre categorial de la Teoría de la Literatura como ciencia de la literatura», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (III, 4.3.3.2), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria




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