III, 4.3.3.1 - Idea y concepto de Lector en Jauss



Crítica de la Razón Literaria
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura

Jesús G. Maestro
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Índices







Idea y concepto de Lector en Jauss

Referencia III, 4.3.3.1




Teodoro Cytajaca-Axentowicz,
Mujer leyendo
En su pensamiento literario, Jauss expone una idea psicologista del lector, explicitada fenomenológicamente, esto es, en M2, en la experiencia estética de la recepción, propia de todo ser humano, dotado de unas mínimas competencias, y un concepto formalista, estructuralista y teoreticista de “lector ideal”, objetivado en la figura de un “lector trascendental”, al que su teoría literaria concibe como propiedad y exigencia inmanentes del texto literario.

Sucede, sin embargo, que si el concepto de lector no es asimilable en una teoría de la literatura capaz de dar cuenta de los materiales empíricos sobre los que tal teoría está gnoseológicamente construida, difícilmente cualesquiera ideas que se aduzcan respecto al lector, la lectura, o incluso la interpretación misma de la literatura, podrán considerarse críticamente. A las teorías literarias de la recepción, y de forma muy concreta a Jauss (1967), se atribuye el hecho de sistematizar un concepto de interpretación literaria basado en una determinada idea de lector. Pero en Jauss, el lector es una propiedad inmanente del texto. En Iser, a su vez, el lector es una entidad implícita, dada como epifenómeno en la conciencia de un receptor. Es como si el lector real tuviera en su mente un lector implícito que el texto explicitara. Desafortunadamente, ni Jauss ni Iser fundamentaron sus teorías sobre la idea y el concepto de un lector real, corpóreo, gnoseológico, operatorio. El suyo es un lector ideal, formal, teórico, trascendental, kantiano, dado al entendimiento en condiciones apriorísticas y acríticas.

Uno de los mayores contestatarios que en este punto ha tenido el concepto de lector propuesto por Jauss ha sido Karlheinz Barck, quien en su artículo “El redescubrimiento del lector. ¿La estética de la recepción como superación del estudio inmanente de la literatura?”, ha puesto de manifiesto la incapacidad de la rezeptionsästhetik jaussiana para superar los modelos de la crítica inmanentista, de la que procede y de la que dice distanciarse, sin lograrlo, desde el momento en que su idea de lector es por completo estructuralista, formalista y fenomenológica. Barck objeta a Jauss el hecho de no definir según “la praxis y la experiencia social de lectores y grupos de lectores concretos”, sino según formas “intra-literarias” o inmanentes (Barck, 1987: 175). Barck tiene razón. El error de Jauss ha sido el mismo error de Husserl, de quien lo hereda el artífice de la rezeptionsästhetik, error que está

en la concepción del Ego trascendental como un Ego incorpóreo o, al menos, tal que puede «poner entre paréntesis» a la misma corporeidad subjetiva (Ideas, §54). A partir de semejante Idea del Ego trascendental, no será posible pensar los procesos de constitución más que como procesos operatorios «mentales», como operaciones similares a aquéllas que los aristotélicos atribuían al entendimiento agente, o los kantianos a la subjetividad pura, es decir, como operaciones de un sujeto meta-físico. Ahora bien, las operaciones del sujeto gnoseológico, tal como las entiende la teoría del cierre categorial, son operaciones corpóreas, eminentemente «manuales», operaciones «quirúrgicas», manipulaciones, en su sentido literal y no metafórico […]. La «puesta entre paréntesis» del sujeto corpóreo pretendida por la «reducción fenomenológica» podría acaso dejar intactos todos los componentes materiales de este sujeto, menos uno: la practicidad efectiva de las operaciones manuales. Pero el sentido de una operación es su propio ejercicio y una «puesta entre paréntesis» de este ejercicio (de esta praxis) corroe su misma significación (Bueno, 1984: 12-13).

Conviene, pues, pensar teniendo en cuenta la realidad, y no la psique. Ni el deseo. La simplicidad es sólo relativa a una multiplicidad dada, es decir, sólo puede predicarse y justificarse desde una multiplicidad de hechos, referentes o fenómenos materiales, pero nunca desde un inventario especulativo de postulados, y aún menos desde un abanico de posibilidades retóricas o inventivas. No se puede multiplicar irrealmente el número de lectores de una obra literaria sólo por adjudicarles identidades formales del tipo “lector real”, “lector ideal”, “archilector” (Riffaterre, 1971), “lector modelo” (Eco, 1979), “lector implícito” (Iser, 1972, 1976), “lector explícito”, “lector implicado”, “lector intencional” (Wolff, 1971), “lector informado” (Fish, 1970), “lector textualizado”, etc., porque el único lector posible, real y efectivamente existente, es el lector de carne y hueso. Es decir, un sujeto operatorio. No hay más. Porque lo demás es retórica y formalismo, metafísica de la lectura y teología de la recepción. Una supuesta teoría o poética de la recepción no puede basarse en una configuración idealista de lectores, cuya única existencia es formal y retórica, porque al hacerlo así dejará de ser una teoría de la literatura para convertirse en una teología de la recepción, una suerte de idealismo metafísico de la lectura, cuyo reino, naturalmente, no será de este mundo.

Una teoría que aumenta los entes sin necesidad, es decir, sin contrapartida empírica, sin correlatos referenciales efectivamente existentes, no es que sea falsa, es que simplemente no es teoría de nada. Es retórica. Es un discurso formalista que evita encontrarse con la realidad y para ello multiplica idealmente los entes sin necesidad alguna. Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem. Una teoría que no se basa en referentes materiales es lo mismo que una falsa partitura musical: la escritura de los signos musicales no se corresponde con ninguna realidad instrumental que haga factible su interpretación. Acaso un “músico ideal”, o un “músico implícito”, podría ejecutar la escritura musical plasmada en un pentagrama de esta naturaleza, pero también un “geómetra ideal”, y sin duda también “modélico”, podría trazar una circunferencia cuyo radio es infinito.

El Materialismo Filosófico define conceptualmente la figura del lector literario como aquel ser humano o sujeto operatorio, esto es, corpóreo, realmente existente, que interpreta las Ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios. El texto u obra literaria se considera, en el contexto determinante de los materiales literarios, un núcleo ontológico fundamental, indudablemente concatenado en symploké con otros núcleos ontológicos no menos importantes, como el autor, el lector y el crítico o transductor. El concepto de lector que sostiene el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura exige la existencia de un espacio estético, realidad al margen de la cual no cabe hablar de obra de arte ni de posibilidad alguna de interpretación. Porque si el lector no interpreta Ideas, objetivadas formalmente en los materiales literarios, entonces no actuará como lector de literatura, sino como un simple registrador de experiencias, sensaciones, ilusiones, sensorialidades, inquietudes, imaginaciones arbitrarias, impulsos, estímulos, figuraciones libérrimas, cosas en general, podríamos decir, que emanan o brotan, según el día, la temperatura o la lista de la compra, de su relación, por completo fenomenológica, psicológica, e incluso meramente animal o etológica, con la literatura, desde el momento en que renuncia a usar la razón para abordar la interpretación de Ideas, interpretación que exigirá una formación, una educación, sin duda científica, crítica y dialéctica, es decir, una paideía.

El lector al que se refiere Jauss en su pensamiento literario es un lector muy poco exigente. Es, en realidad, un receptor o registrador de experiencias estéticas, pero no necesariamente de Ideas críticas. Esta exigencia no está en la rezeptionsästhetik construida por Hans Robert Jauss. ¿Por qué? Porque Jauss reduce la interpretación a la lectura, y la lectura a la recepción, esto es, a lo que Iser (1976) denominará “el acto de leer”, y que debería haber estudiado como es debido, es decir, como el acto de interpretar ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios. De este modo, maestro y discípulo habrían superado los límites del idealismo fenomenológico en que incurrieron de forma tan constante como definitiva, y que les impidió distinguir de un modo efectivo y gnoseológico la diferencia operatoria entre lector, quien interpreta para sí, y transductor o intérprete, quien interpreta para los demás. El intérprete es un lector con criterios, y con poder y autoridad para hacerlos valer, contra otros intérpretes. Interpretar es interpretar contra alguien. La interpretación es siempre dialéctica, o en caso contrario sólo será una rapsodia descriptiva o una mera doxografía. Por otro lado, la lectura que no se convierte en interpretación, es decir, que no se hace pública, frente a otras interpretaciones, y en relación de analogía, paralelismo o dialéctica, no deja de ser un autologismo, esto es, la propuesta solipsista que alguien se hace para sí mismo. A su vez, la interpretación o transducción, por su naturaleza, es siempre dialógica y dialéctica, porque se enfrenta a otras interpretaciones, y porque siempre nace en oposición a una proposición que trata de discutirse o negarse, la cual es siempre normativa, es decir, legible, transmisible y transformable, conforme a un sistema de normas, desde el momento en que no se puede articular una interpretación a partir de un conjunto nulo de premisas o conceptos.





Referencia bibliográfica de esta entrada


  • MAESTRO, Jesús G. (2004-2015), «Idea y concepto de Lector en Jauss», Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (III, 4.3.3.1), edición digital en <http://goo.gl/CrWWpK> (01.12.2015).


Bibliografía completa de la Crítica de la Razón Literaria




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